domingo, 16 de marzo de 2014
EPILOGO ♥♥♥
QUERIDO PEDRO:
A él
Sólo era una chica recién graduada cuando fui a verte pelear, y me has convertido en una mujer. Me has hecho una esposa. Me has hecho una madre. Y me has hecho a mí, y a cada uno de mis días, la mujer más feliz en la faz de la tierra. Pasaré el resto de mi vida amándote a ti. Y a nuestros hijos. Y correré contigo, comeré contigo, dejaré que me levantes en tus brazos y me lances en el aire, y que me beses. Seré tu amiga, tu amante, tu enfermera, tu compañera de ejercicios, tu amor, tu esposa y la leona que pelea a tu lado. Yo seré siempre, siempre tu fan número uno. Gracias, Pedro, mi amor, por inspirarme cada día con tu amabilidad y tu fuerza. Gracias por ser el padre que yo ni siquiera podría haber imaginado para mis hijos. Gracias por darme un poco de ese peleador. Quiero que sepas que estaré muy feliz de trabajar contigo y que deseo que pronto podamos darle la bienvenida a nuestra Iris.
Te amo, y estoy enamorada de ti, por siempre y para siempre, ahora y en cada segundo que pase. Negro y miel, cada centímetro tuyo, cada magnifica parte tuya, es mía. Y voy a atesorarla y apreciarla por siempre.
Tuya, Paula.♥
-------------
Y TERMINO.... MUCHAS GRACIAS POR LEER Y POR TODOS SUS COMENTARIOS, ME ALEGRO DE QUE LES HAYA GUSTADO ESTA NOVELA TAN LINDA!♥ VOY A EXTRAÑAR SUBIR!
MUCHAS GRACIAS!!♥♥♥
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO FINAL PARTE DOS
Antes de darme cuenta, estoy llorando. Viene hacia mí y limpia mis lágrimas con sus pulgares, riéndose de mí suavemente por ser tan emocional. Después lame las esquinas de mis ojos, me levanta en sus brazos y me lleva fuera de nuestro apartamento.
La pandilla completa llena el ayuntamiento, todos excepto Diane y nuestro precioso Racer, a quien no debemos exponer mucho hasta que se vuelva más fuerte.
Ahí están Melanie, Ruban, y el entrenador Lupe. El Entrenador incluso sostiene una foto cuatro por ocho de Diane, diciéndonos—: Ella quería estar en los dos lugares a la vez, así que me ofrecí a traer su foto mientras cuida del futuro campeón.
Mis padres ríen a su lado. Mi madre tiene lágrimas en los ojos, y mi padre está radiante de orgullo. Diego y Delfina se encuentran junto a ellos, sujetándose de las manos. Están tratando de hacer que su relación funcione ya que estaremos en Seattle por un par de meses, ahora que la temporada acabó. Y Jo. Ella está aquí, también, con esa sonrisa coqueta y esa postura propia del ejército.
La emoción que siento burbujea en mi pecho y me quema dentro mientras Pedro y yo caminamos hacia donde firmaremos, mi mano entrelazada con la suya, con su bronceada, callosa, enorme mano, la cual nunca dejaré ir.
Y después estamos firmando oficialmente, casándonos. Toma mi mano entre las suyas, sus ojos mieles brillantes, líquidos y enteramente posesivos mientras desliza un anillo en mi dedo.
El anillo es de platino. —El diamante blanco eres tú —me dice en un susurro aterciopelado, levantando mi mano en su línea de visión. A la derecha del diamante blanco central hay uno miel, y a su derecha otro negro.
—Tú eres los otros dos —digo, y la profundidad de mis sentimientos casi me asfixia mientras enmarco su fuerte quijada entre mis pequeñas manos y lo beso con locura—. Te amo.
Después tomo su gran mano y deslizo la banda de platino que le compré, con un grabado suave en el interior: Para mi real, tu Paula Chaves.
—¡Señor y Señora Riptide! —grita la pandilla cuando terminamos. Nos reímos y Pedro me levanta del suelo, me lanza en el aire y me atrapa.
—Ahora eres mía —dice felizmente, y después me acerca y su risa se convierte en una mirada abrazadora. Recorre sus ojos por mi rostro, sostiene la parte trasera de mi cuello, se inclina y me da el más suave, gentil y prolongado beso que me ha dado en su vida.
—Te tenemos un regalo, Paula. —Diego y Ruben sostienen una caja mientras camino hacia ellos—. Es de parte del equipo, incluyendo a nuestro nuevo miembro, Jo. —Saludo con la mano a Jo, quien está al final de pasillo, y luego abro el regalo.
Un destello de rojo aparece, y saco una brillante y roja bata idéntica a la de Pedro. Pero esta tiene escrito La Chica de Riptide.
Sonriendo encantada, los abrazo, pero no por mucho tiempo, porque oigo un gruñido y soy jalada hacia más grandes, fuertes y posesivos brazos.
Cuarenta días de deseo sexual reprimidos van con nosotros en el viaje de regreso a casa. Energía sexual primitiva se arremolina entre nosotros como un creciente tornado, alimentándose en nuestras emociones. En nuestra felicidad, nuestro amor, nuestra necesidad. Cuando entramos en el apartamento, Racer está durmiendo en su cuna, la cual Diane parece haber sacado a la sala. Asienta una revista cuando entramos y con un feliz grito, abraza a Pedro fuertemente. Él se ríe en sorpresa, y luego ella envuelve sus brazos a mí alrededor.
—Espero que los dos sepan que trataré a este bebé como a un nieto—nos dice.
—Diane —digo con emoción, completamente conmovida por sus palabras—. Gracias.
Pedro le sonríe, sus hoyuelos se ven hermosos, y Diane lo abraza una última vez antes de irse. Pedro se quita su corbata negra y la tira a un lado. Abriendo un botón de su camisa blanco nieve, me jala a sus brazos y toma mi boca, uniendo su lengua con la mía mientras me levanta hacia una elegante mesa de madera cerca de la entrada.
—Necesito besar —desliza sus manos por todas mis curvas—, a mi hermosa esposa.
Me estremezco de felicidad y amor mientras deslizo mis manos en su cabello y devoro sus labios tan salvajemente como él devora los míos. Racer se despierta, justo a tiempo, con un repentino grito, y ambos nos separamos y nos giramos hacia el ruido.
Antes de que pueda empujar la mesa, Pedro me asienta en el suelo y besa la parte trasera de mi oreja, su voz tensa. —Aliméntalo para que puedas alimentarme después.
—Tengo una buena idea de lo que quieres, así que está bien.
—¿Bien? —dice mientras deambula en la cocina, y levanto a Racer de su cuna.
—Más que bien. —Grito—. Trae la cuna cuando vengas al cuarto.
Rápidamente, me siento al borde de la cama y me quito la blusa, bajo mi sostén y presiono a nuestro protestante bebé en mi pecho, mirando el reloj para alternar entre senos.
Pronto, Pedro pone la cuna a mi lado y empieza a caminar. Mi león está inquieto.
Una súper cargada corriente sexual flota entre nosotros dos, ha estado cargándose por cuarenta días. En mi mente, he follado a Pedro millones de veces, y sé que él ha estado follándome con la mirada todos los días.
Mientras alimento a Racer, Pedro me mira intensamente. Termina de comer un durazno y dos manzanas, y ahora está caminando de nuevo, mirándome alimentar a nuestro hijo mientras se desabrocha los botones de la chaqueta, luego de su camisa. Sus ojos están hambrientos. También lo estoy. Mucho. Nunca he anhelado algo tanto en mi vida. Estamos acostumbrados a soluciones rápidas en la vida, pero no hay manera rápida de arreglar tu cuerpo después del parto, y tuvimos que esperar sin importar qué. Pero, Dios, Racer es tan buen bebé. Come y duerme. Siento que él sabe que papá es especial. Y trata de hacérmelo fácil. Supongo que si no lo hace, conseguiremos ayuda. Tenemos opciones. Elecciones. Somos dueños de nosotros, de nuestras vidas. Nosotros y con las personas a nuestro alrededor somos felices.
—¿Ya terminaste? —pregunta toscamente, caminado hacia mí mientras jala su camisa fuera de sus pantalones.
Es tan posesivo. Cada día, cada noche, me acerca a él y me dice que soy suya. Pero él no se da cuenta de que cada vez que dice eso, también me está diciendo que él es mío. Realmente no puedes poseer algo que no te posea de vuelta, ni siquiera un coche.
Mientras alimento a nuestro hijo, escuchamos música y nos ponemos canciones, y canciones para Racer. Ahora la camisa de Pedro cae a sus lados, revelando sus abdominales. Viene hacia mí y pone su mano en el seno que Racer no está ocupando. Sostiene mi cuello y se inclina a besarme.
Deseo corre a través de mis venas, y para cuando Racer termina de
succionar y se duerme, Pedro se hace hacia atrás y me mira, sus parpados entrecerrados, mis labios palpitando por su beso.
—¿Recuerdas haber preguntado acerca de la familia que te perdiste porque nunca tuviste una? —susurro, alcanzándolo y curvando mis dedos en su quijada, amando el hecho de que sus labios se vean hinchados por nuestro beso, también—. No te la perdiste porque tienes una. Construiste una, Pedro. Fuiste directo a ser la cabeza de una. ¿Y sabes algo? Tu familia no está contigo por el destino, o por la sangre, o porque no tengan elección. Están contigo porque te aman. Y te escogieron. —Miro directo a sus ojos mieles—. Yo te escogí. —Aún sosteniendo a Racer junto a mi pecho, busco tras de mí y saco un sobre doblado que escondí en la mesita de noche—. Te escribí una carta.
Sus labios se curvan de manera presumida, se acerca para tomarla, pero la sostengo lejos con una sonrisa maliciosa. —Te la cambiaré, por mi antigua carta.
—No —dice, pellizcando mi nariz.
Me río. —¡Hombre codicioso! ¡Sí! —Insisto.
—¿Qué dice? —pregunta, sus cejas alzándose en un reto.
—Podrás verlo si me das mi antigua carta, la cual escribí cuando era joven y estaba asustada, y obtendrás esta nueva, la cual escribí cuando soy… cuando soy tuya.
Sus ojos centellean con mis últimas palabras. Cuando saca la vieja carta de la mesa de noche rápidamente se la quitó, para que nunca tenga que recordar que lo dejé, porque ahora nunca me iré. —Puedes leer la nueva todas las veces que quieras —le digo mientras me paro y me dirijo a la cuna, y sus ojos brillan. Él asiente mientras la deja en la mesa de noche.
En lugar de leerla, me observa mientras acuesto a Racer, y espera a que lo acomode sobre su lado, va por el IPod que ya está descansando sobre los parlantes. Cuando regresábamos del ayuntamiento, le dije que tenía ganas de ponerle “From This Moment” de Shania Twain y Bryan White, y de repente, la canción llena nuestra habitación.
Mi corazón tiembla mientras me giro para mirarlo, mis manos vacías, vacías de él. Curva sus dedos a sus lados y toma un largo respiro, su mirada ardiendo con un caliente y miel anhelo, y en una fracción de segundo, los dos estallamos en movimiento hacia el lado opuesto de la cama. Empiezo a quitarme la falda frenéticamente y se termina de quitar la camisa de un tirón, nuestros ojos mirando el uno al otro mientras lo hacemos.
Estoy desnuda antes que él. Me subo a la cama y me arrastro a través de ella, alcanzándolo para desabrochar sus pantalones. En un movimiento, él agarra la parte trasera de mi cabeza y aplasta mi boca como si no me hubiera besado en toda su vida. Chispas corren a través de mi cuerpo mientras nuestras bocas se dan un festín y los dos gemimos como si estuviéramos muertos de hambre.
Con impaciencia empujo los pantalones negros bajo sus caderas, y la hebilla golpea el suelo. Él los patea hacia un lado y me acuesta en la cama. Su boca no deja la mía, ni siquiera por un momento. Mis manos se deslizan por sus duros músculos, su suave piel, mientras siento todos sus callos raspándome, y cada parte de mi cuerpo se despierta por él.
—Te quiero, te amo como a nada en mi jodida vida, nada —dice apasionadamente, mientras frota mi cabello hacia atrás, y me estremezco cuando nuestros labios se juntan de nuevo y rodamos en la cama. Mueve mis brazos hacia arriba y entrelaza nuestros dedos mientras cierro mis piernas alrededor de él. Se desliza en mi interior, jadeo y chilló, y lamo su boca mientras siento su longitud, su amplitud, su pulsante dureza avanzando hacia mí. Gimiendo de placer, me lame de vuelta, penetrándome con un lento y delicioso control, aunque siento la vibrante tensión de su cuerpo sobre el mío.
—¿Estas bien? —carraspea, ardientemente besando mi cuerpo, abriendo sus dedos sobre los míos y entrelazándolos más fuerte mientras sus labios acarician y bailan sobre los míos.
—Más que bien. —Respiro. Arqueando mi columna, abro mi boca y su lengua entra para tomar la mía, nuestras caderas meciéndose; nuestras bocas a un ritmo frenético, nuestros cuerpos moviéndose lento y prolongadamente mientras nos hacemos el amor el uno al otro por primera vez como esposo y esposa.
—Te amo —susurro como un canto mientras me llena, una y otra vez, y me lo repite cada vez que empuja dentro mí, apretando mis manos.
—También te amo.
Me deja toda pegajosa, por dentro, y por fuera, y cuando ya estamos cansados, gruñe y me acerca mientras desliza su dedo por mi muslo, y luego lenta y amorosamente empuja su semen de vuelta a mí, acurrucándose contra mi espalda. Usando su nariz, mueve mi cabello hacia atrás, acariciando mi cuello con movimientos propios de un león, acariciando, lamiendo y amándome, susurrándome que soy suya.
Y cierro los ojos mientras él aprieta mi estómago, como si algunas veces olvidáramos que Racer ya no está ahí. Aprieto su mano sobre la mía y asiento cuando el murmura en mi oído. —Mía.
Por la noche, Racer no llora por comida, y me despierto desorientada y preocupada, solamente para encontrar a Racer durmiendo profundamente en los brazos de su padre. Pedro lo sostiene como me sostiene a mí, firme pero suavemente. Racer hace pequeños sonidos de ardilla mientras respira, su cabello es como el de su padre, pero su piel es rosada y suave, mientras que la de su papá es grande y dura. De repente, estoy llorando silenciosamente por toda la felicidad que siento. El corazón es un músculo hueco, y latirá billones de veces durante nuestra vida. Es del tamaño de un puño, tiene cuatro cámaras; dos aurículas y dos ventrículos. Lo uso como uso mi alma, y mi cuerpo, mis huesos, mis fibras, mis nervios, para amar con cada partícula y molécula en mí. Bombea vida dentro de mí para que pueda darles amor libremente a este hombre, y a este pequeño niño que me dio.
Estoy enamorada y seré por siempre transformada por este amor, por este hombre, y nuestra nueva y pequeña familia. Solía soñar con medallas y campeonatos, y ahora sueño con un niño de ojos mieles convertido en hombre, y con el luchador de ojos mieles que un día cambió mi vida cuando puso sus labios sobre los míos.
-------------------------
EL FINAL!!! MUCHAS GRACIAS!!
LEAN EL EPILOGO!!♥♥
sábado, 15 de marzo de 2014
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO FINAL PARTE UNO
¡Dije sí!
Y he estado reproduciendo su propuesta en mi cabeza, una y otra vez, entonces me detengo a pensar en las dolorosas contracciones. Son cada vez más y más cercanas, a menos de un minuto de diferencia. La necesidad de pujar se hace aguda mientras espero en la cama del hospital, pero se supone que no debo pujar todavía.
Pedro mete un mechón de cabello suelto detrás de mí oreja con una expresión de dolor. —Paula… —Es lo único que puede decir, casi como una disculpa mientras me mira.
Me duele mirarlo. Su cara esta manchada de sangre y su mandíbula está un poco hinchada. Quiero tocarlo, cuidarlo y curarlo, pero cada vez que trato de hacer algo de eso, él me detiene y planta un beso en la palma de mi mano.
—Necesitamos hielo para tu cara —protesto.
—¿Quién se preocupa por mi puta cara? —contesta.
Y entonces me quejo cuando otra contracción me golpea. Él gruñe como si pudiera sentirla, y menea su mandíbula para mantenerla unida. Cuando la enfermera me revisa e informa que estoy en siete centímetros, me pregunta si quiero caminar para llegar a los diez. No quiero, pero asiento. Pedro se estremece visiblemente mientras trata de mantener el control, y me ayuda a levantarme de la cama. Agarro su antebrazo por soporte cuando empezamos a caminar fuera del cuarto, aferrándome a él.
—Quédate conmigo. Quédate conmigo, ¿sí?.
—Está bien, Paula —murmura automáticamente.
Enganchamos nuestras manos juntas, y su apretón tranquilizador me llena de coraje mientras caminamos por el pasillo del hospital.
Envuelve su brazo alrededor de mi cintura cuando una ola de contracciones me sacude. —Distráeme —pido.
—¿Te gustó la pelea? —pregunta en mi oído.
Sus ojos mieles danzan de alegría, con los labios torcidos en la parte inflamada de su mandíbula, y me río dolorosamente entre las contracciones, porque claro, por supuesto, Pedro quería saber.
—Pateaste traseros como sólo tú lo haces, pero ahora tu bebe me está derribando.
Me ayuda a volver a la habitación. Pronto estoy en una nube de dolor y todo lo que quiero es pujar, pujar, pujar.
En el momento en que el médico me dice que ya puedo pujar, estoy realmente agotada.
Envolviendo sus fuertes brazos alrededor de mis hombros por detrás de mí, Pedro entierra su nariz en mi cuello, mientras mi olor lo calma. Su olor me calma, y trato de no gritar por su bien, porque lo quiero conmigo, y sé que él nunca querría perderse un momento como este.
Mordiendo duro mi labio, pujo y apruebo su mano mientras me trago mis gemidos. Pujo con más fuerza contra el dolor, pujo otra vez, más duro y más tiempo. Después de varios intentos roba aliento, el bebé finalmente sale, y gimo cansada cuando la presión en mi cuerpo se alivia, dejando caer mi cabeza hacia atrás en la mesa.
El medico lo atrapa, y a través de una mirada empañada con alivio, veo algo húmedo, manchado y rosa.
—Es un niño —escuchamos, y luego las primeras lágrimas del bebé en el cuarto. Sus pulmones probablemente no están totalmente desarrollados, pero ese pequeño y suave gemido hace que mi corazón se llene de alegría.
—Un niño —suspiro.
—Un niño — repite Pedro con voz ronca y mi pecho se inunda por oír la aceptación y satisfacción en la palabra. Pedro no tiene que decírmelo, pero lo sé ahora, nuestro hijo es real para él. Nuestro hijo es real para los dos.
Sonrió en silencio para mí misma mientras mis ojos rebosan con lágrimas. El doctor murmura hacia las enfermeras mientras cortan el cordón. —Respira por sí mismo. Sin complicaciones. Sigue siendo prematuro, seguimos necesitando incubarlo.
—Queremos ver… —Lloro sin aliento. Mis brazos son tan débiles que apenas puedo levantarlos, ni siquiera sé por qué, desde que no hicieron casi nada mientras pujaba.
El pequeño bebé deja escapar otro aullido mientras lo limpian, y luego lo traen de vuelta a nosotros. No creo que Pedro esté respirando cuando mi propio aliento sale de mi garganta al sostener a ese pequeño pedazo de vida por primera vez.
El doctor empieza a arreglarme mientras las enfermeras esperan para llevar al bebé a la unidad de cuidado intensivo neonatal, Pedro inclina su cabeza hacia la mía. Nos acariciamos sobre la cabecita calva del bebé.
—Lo amo, Pedro —susurro mientras muevo mi cabeza, deseosa de sentir su aliento en mi cara, sus labios en los míos—. Te amo tanto. Gracias por este bebé.
—Paula —murmura lacónicamente mientras nos envuelve en sus brazos. Sé en mi interior que Pedro cree que no merece esto. Nadie le enseñó que lo hace, así que aprieto su hombro como puedo con uno de mis débiles, temblorosos y candados brazos mientras sostengo al bebe con el otro.
—Si es como yo, lo apoyaremos —susurra preocupado en mi oído—. Si es como yo… estaremos ahí para él.
—Sí, Pedro. Le enseñaremos música. Y ejercicio. Y cómo cuidar de su pequeño cuerpo. Va a ser fuerte y se sorprenderá y se frustrará algunas veces, también. Le enseñaremos a amarlo. Y a amarse a sí mismo. Le enseñaremos a amar.
Se seca los ojos con el dorso de la mano. —Sí. —Me besa la frente—. Sí, le enseñaremos todo eso.
—Ven y abrázanos otra vez —digo cuando retrocede como si este bebé y yo, haciendo pequeños ruiditos, no pudiéramos ser de él.
Se mueve de nuevo y nos fundimos en su abrazo. Él da los mejores abrazos, y encajamos perfectamente. Siento que limpia otra lágrima desde arriba de mi cabeza, y me hace empezar a llorar suavemente, también. Es tan fuerte. Nunca pensé que este momento lo mantendría aquí. Sostengo a nuestro bebe con un brazo porque necesito sostener a Pedro con el otro. —Ven aquí —le digo, extendiéndole mi brazo. Entonces agacha su cabeza y me acaricia, y no sé si mi cara está más húmeda que la suya—. Estoy tan enamorada de ti —susurro—. Mereces esto y más. Mientras peleas allá afuera, pelearé porque regreses a casa por esto.
El gruñe con exasperación y se limpia los ojos de nuevo, como si odiara llorar. Entonces agarra mi cara y besa la parte trasera de mi oreja, su voz más gruesa de lo que nunca la he oído. —Jodidamente te amo, pedazo por pedazo. Pedazo por pedazo. Gracias por este bebé. Gracias por amarme. No puedo esperar para hacerte mi esposa.
***
Estoy en mi habitación privada cuando veo a Delfina de nuevo. Ella viene sonrojada y feliz, seguida de Diego, que luce casi tan sonrojado como ella. Tal vez más. Mientras Diego golpea la espalda de Pedro y felicita al nuevo padre, Delfina se dirige directo a mí.
—Paula, ¡Lo vi! ¡Lo vi a través de la ventana! ¡Es él bebe más pequeño que existe!
—¡Lo sé,Delfina, es muy pequeño! —Mi voz se estremece de emoción cuando hablo de él—. Se supone que aún no puede estar aquí, pero los doctores están sorprendidos de lo bien desarrollado que se encuentra para su edad.
Se sienta en la esquina de mi cama y agarra mis manos, sus ojos brillando con alegría. Mantiene mi mirada por un momento, y aunque no quiera borrar la sonrisa, tengo que preguntar lo que continúa en el fondo de mi mente.
—Delfina, ¿qué hacías con Scorpion? —Hago una mueca de dolor mientras trato de sentarme derecha, luego alcanzo debajo de la cama y ajusto mi posición un poquito mejor—. ¿Por qué no nos dijiste que te estaba chantajeando, así podíamos ayudarte?
Un rubor recorre desde su barbilla hasta su frente, y sostiene su cara en sus manos. —Es muy vergonzoso.
Pedro hace señales desde la puerta de que se está yendo con Diego, y cruzo miradas con mi gran león, su cabello despeinado en sus pantalones de chándal y una sudadera, y caigo en que tenemos un hijo juntos. Mi pecho se hincha poderosamente, siento que flotare como una nube.
Susurra suavemente, su mirada brillando con orgullo de pareja. — Estaremos afuera.
—Siento haberte causado tantos problemas —le dice Delfina.
Mantiene la puerta abierta y sacude la cabeza, con un hoyuelo asomándose. —No hay problema.
Cuando la puerta se cierra detrás de él, todo lo que puedo oír en el cuarto son los sollozos de mi hermana, y mi propia voz mientras me estiro para acariciar la parte de atrás de su cabeza, y pregunto gentilmente. —¿Te hirió?
Agarra un pequeño pañuelo de su bolso y se da palmaditas con él en los ojos. —No… él era un desastre. Dijo que me extrañaba. Que me quería de vuelta, y que haría lo que fuera para mantenerme. Es probablemente el por qué estaba luchando tan jodidamente mal —dice—. Me alegro que haya perdido. Sólo odio que todavía me duela.
—Oh, Delfina.
—Cuando viniste a casa, ni siquiera podía pensar bien. Estabas tan… protegida. ¡Teniendo a tu bebé! Está tan enamorado de ti. ¡Cuando yo estaba en el infierno! Benny dijo que filtraría el video si no volvía. Él quería herirte de nuevo. Quería tener una manera de hacer que Pedro perdiera. No quería estar con él, pero estaba asustada de que les enviara ese video sobre mí. Así que lo hice. Me ofreció…. Drogas… Las quería. Realmente, pero sabía que si las tomaba, no volvería a casa. Mi plan era quedarme con él. —Limpia las lágrimas de sus mejillas pero siguen cayendo, incluso cuando su voz suena tan constante y fuerte—. Hasta que la temporada terminara, y ya no me necesitaría más para herirlos. Me imaginé que encontraría una manera de tener el video y escapar de él.
—Delfina… —Abro mis brazos, y ella se inclina y apoya la cabeza en mi hombro—. Tenemos que avanzar —susurro. Las palabras salen casi como una plegaria, porque ahora tengo un bebé. Un bebé. El me necesitará, como mi pareja lo hace, y necesito que Delfina sea fuerte por sí misma. Pedro la ha protegido por mí, pero es mi deber proteger a mi hijo y a mi hombre con fiereza, y mi propia familia está por encima de todo.
Ella extiende su menique, como solíamos hacerlo para una promesa cuando éramos jóvenes. Riendo, los ponemos juntos. —Sólo no le digas a mamá y papá. Están desesperados por ver a su nieto y están volando hacia acá mientras hablamos —me dice.
—Nadie tiene que saber sobre ese video, pero ellos debieron de haber perforado el teléfono por escuchar tu voz.
Con una nueva y curiosa excitación, señala a la puerta. —Entonces, ¿cómo llamarán a la pequeña cosa?
Le sonrío, de oreja a oreja, y susurro. —No tengo idea, así que espero que el padre la tenga.
***
Su nombre es Racer.
Racer Chaves Alfonso.
Porque él estaba corriendo a la meta antes de que nosotros pudiéramos establecernos.
*Juego de palabras, la traducción de Racer es corredor.*
Las enfermeras dijeron que era un gran niño, para ser prematuro, incluso cuando Pedro y yo pensamos que es muy pequeño. Dios, él está perfecto. Diez pequeños dedos. Diez pequeños dedos en los pies. Una pequeña y rosada boca. Una pequeña naricita. Necesita la incubadora por cuatro semanas ahora, pero aparentemente él está casi listo para volver a casa. Ya no necesita un tubo para ser alimentado, y ahora pesa 3.628 sanos kilos, que impresiona a todos y no pueden creer que sea prematuro. Luego, por supuesto, ellos ven al papá y saben por qué este prematuro es un poco grande y saludable.
Pedro se pasa el día entrenando para la próxima temporada mientras sigo en el hospital, determinada a alimentarlo con mi propia leche materna para que pueda obtener todos los nutrientes y el sistema inmunológico que necesita. Incluso leí acerca de el “método canguro”, donde las enfermeras ponen al bebe contra la piel desnuda de la madre para fortalecer y madurar sus sistemas. Me encanta leer sobre la evidencia científica de lo que el contacto piel a piel puede hacer.
Así un día, la enfermera me trajo a Racer, y abrí mi blusa y sentí su pequeña piel desnuda sobre la mía. A veces, Pedro está aquí, y se pone detrás de mí, por lo que él es mi canguro, y yo soy el canguro del bebé, como el nombre del método. Pero no, Pedro no se siente como un canguro detrás de mí, es demasiado primitivo para eso. Él acaricia mi clavícula y pone abajo a nuestro bebe cuando lo siento en mi piel, y es exactamente hoy, cuando estamos haciendo esto, que Racer finalmente abre los ojos para mirarnos. Son mieles, un dolorosamente familiar miel, y me enamoro por segunda vez en mi vida.
***
Hemos sido dados de alta del hospital, y los tres estamos en Seattle, en casa por fin. Hoy es el cuarentavo día después del parto, y esta noche Pedro y yo podemos tener sexo. Excepto que estoy determinada a que la primera vez que me tome de nuevo… voy a ser completamente suya. Así que, al medio día, iremos hacia el ayuntamiento.
Dios, estoy muriendo por tener mis manos en el sexy padre de mi bebé.
—Está dormido —susurro, desde la silla de la sala de estar donde estoy sentada para alimentar a Racer esta mañana.
Pedro todavía está en su pantalón pijama y con el torso desnudo, y viene con un brillo de orgullo y protección en sus ojos, muero cuando tiene esa mirada en su rostro.
—Ven a olerlo. —Dudo con una gran y embrutecida sonrisa.
Viene y toma una gran respiración de la parte de arriba de la cabeza de Racer.
—¿Huele bien, cierto? —digo.
—Tan bien como tú —susurra Pedro con voz ronca, y mientras huelo al bebé, él me huele.
Nos reímos, y desliza sus manos debajo de mi cuerpo para levantarme. —Agárralo —me dice.
Lo hago. Me levanta mientras sostengo al bebé, y nos lleva a la cama. —Diane está tan entusiasmada por él, todos lo están. ¿Aún no llega?
—Viene en camino —dice.
Asiento ansiosamente
Los parlantes de nuestro IPod suenan con “Kiss me” de Ed Sheeran. La canción parece familiar de alguna manera, pero su familiaridad realmente me golpea cuando pongo a Racer en la pequeña cuna en mi lado de la cama, y Pedro me envuelve en sus brazos y empieza a besarme. Quiero hacer lo propio de una chica y quejarme acerca de mi estómago. Aún no está completamente plano, pero a él le gusta, lo besa. Quiero quejarme con todas estas hormonas en mí. Pero me siento preciosa, apreciada, y tan afortunada, ni siquiera tengo palabras para decir cuánto deseo esto para la gente que amo.
Sé lo que significa para Pedro tener una familia ahora. Nunca lamentó no tener una. Pero ahora que la tiene, sé que ve la diferencia. Sé que ve lo que se estaba perdiendo. Ahora tiene una familia a la cual cuidar, y una que cuidara de él.
El golpe en la puerta nos separa, y cuando Pedro la abre, Diane entra, radiante, y me ve en la bata roja de Pedro y a él en pantalones de pijama.
—¡Creí que ustedes dos ya estarían listos!
Me besa fuerte y emocionadamente, sus ojos queman con una capa de fuego.
—Ve a prepararte. No puedo esperar para hacerte mía.
—Ya soy tuya.
Arrastra su dedo por mi labio. —Estaré haciéndote mía toda la vida.
Corro hacia el baño, donde dejé mi ropa, y me la pongo con rápidas y desesperadas manos. No puedo dejar a Racer por más de un par de horas, y nuestra cita es a las doce, así que no quise torturarme con un atuendo complicado. Escogí una simple pero bonita falda blanca y un top de encaje, del mismo color. Pedro me dijo que me daría una gran boda de iglesia luego, que simplemente no puede esperar para hacerme suya. Le dije que no me importa nada de eso. ¡Sólo quiero al hombre!
Las mariposas que me provoca aletean con toda su fuerza mientras acomodo mi cabello en un moño que luce descuidado pero bonito; después intento animar un poco mi rostro, pellizcando mis mejillas para que nadie sepa que Racer me mantiene despierta hasta tan tarde en las noches.
Cuando salgo, mi chico ya está en la sala. Cada hormona en mi cuerpo amenaza con estrellarse dentro de mí al mirar a Pedro en su traje negro. Alto y de hombros anchos, perfectamente esculpido, su cabello desarreglado como siempre, sus ojos mieles brillando con amor y emoción, y sus hoyuelos… Es todo un hombre, un chico, y todo mío.
--------------------------------------
GRACIAS POR LEER Y SUS COMENTARIOS!♥
MAÑANA TERMINA!♥
viernes, 14 de marzo de 2014
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 39
No hay duda. Estoy de parto. Contracciones. Todo lo que leí en el libro está pasando. Mi fuente se rompió. Gracias a Dios que no es una inundación, pero corre por mi pierna, saliendo de mí.
Tomo una profunda respiración cuando el dolor toma el control. Las contracciones de antes que mi fuente se rompiera no eran nada comparado al dolor que siento ahora que mi abdomen se tensa y aprieta.
Pero Pedro está luchando ahí, y no voy a ninguna parte hasta que él esté listo para irse. ¡Oh Dios, ni siquiera he tenido tiempo para estar asustada de dar a luz hasta ahora! Estoy tan ocupada tratando de recordar cómo tomar las respiraciones lentas y relajantes sobre las que leí que no me doy cuenta que Delfina ha dejado su asiento y ha venido a mí.
—¿Estás bien, Paula? —pregunta preocupada.
Mierda. Se dio cuenta. —Bien —jadeo, cuando mi contracción llega.
—Paula, Benny no se rendirá. Preferiría morir —añade con voz temblorosa, lágrimas brillando en sus ojos—. No quieres que Pedro lo mate, Paula… ¡las cosas que eso hará a su mente! Y Benny no es del todo un monstruo, no lo es.
—Delfina. —Diego alcanza su mano y la atrae hacia él—. Ya está todo arreglado, Delfina. Scorpion no te lastimará de nuevo. —Mirándola a los ojos, levanta la mano y toca su rostro. Ella contiene el aliento. Un palpable chisporroteo se extiende entre ellos, y Diego suaviza su voz mientras continua—: Hemos negociado. Lo estamos consiguiendo.
—¿Qué? —pregunto con perplejidad—. ¿Qué está pasando? —Diego se pone de pie para darle el asiento a Delfina y luego toma el que está vacío a mi otro lado— Diego, ¿qué está pasando? —demando.
—¡Diego! —grita Delfina. Sacude la cabeza violentamente, y Diego duda.
—¡DIEGO! —exijo furiosamente—. ¡Te juro que he tenido suficiente de esta mierda!
Diego tira de su corbata por un momento y entonces agacha la cabeza hasta mi oído y deja salir—: Scorpion está afuera por la sangre de Pedro. Él no cree que Pedro pueda hacerlo rendirse o que pueda matarlo, hizo que Pedro esté de acuerdo en que cualquier encuentro del campeonato sería por sumisión. Si nuestro chico gana, consigue el campeonato, pero lo más importante para él, el… video de Delfina.
Delfina hace un pequeño sonido de dolor y entierra el rostro en sus manos, y estoy tan aturdida, que mi cerebro casi grita mientras intenta procesarlo. ¿Delfina estaba siendo chantajeada con un video? Y Pedro… ¿está de acuerdo con esto?
—Él quería hacerlo —me dice Diego inmediatamente.
—Dios, Delfina —digo. La idea de ese loco usando a mi hermana para hacer que Pedro tenga que tomar la decisión asesina, que es, matar a Scorpion, me hace temer por todos nosotros. Si el bastardo no podía vencer a Pedro, ¿estaba decidido a convertirlo en un asesino?
Y hacerlo irse a negro para siempre…
Concentro toda mi atención en mi hermana cuando otra contracción se afianza, y Delfina desliza lentamente su mano por mi estómago. —¿Es el bebé?
Respirando e inclinándome hacia ella, para que Diego no escuche, asiento.
—Sí.
—¿Qué hago, Paula?
—Sólo sostén mi mano mientras observo a mi chico hacer esto.
Como si me estuviera escuchando, Pedro continúa acabando a Scorpion ahí. Mis nervios está hecho jirones. La sangre casi negra de Scorpion está por la lona, y aunque está tropezando, se rehúsa a caer. Jadeando pero imparable, Pedro lo agarra por el cuello y lo lanza hasta enfrentar el espacio donde se encuentra la silla vacía de Delfina.
Sus labios se mueven cuando murmura algo en el oído de Scorpion, y justo cuando Scorpion deja escapar una risa burlona, un fuerte crujido llena la arena.
—¡AAAAAA! —jadea el público cuando el codo de Scorpion se quiebra y su brazo cuelga sin fuerza desde la mitad.
Mi estómago se aprieta a la par que la lucha se vuelve incluso más cruel, y Pedro deja a Scorpion contra el poste de la esquina y golpea su cabeza de lado a lado, atacándolo como haría con su bolsa de velocidad. Scorpion lucha y da un rodillazo en el estómago de Pedro.
—Paula —solloza Delfina—, ¡van a matarse!
Una bola ardiente de miedo se acumula en mi garganta mientras ambas miramos la pelea en curso con temor. Siguen con todo. Scorpion ha dado un par de patadas, y están regresando al centro. Pedro está cubierto de sangre, tanto de Scorpion como propia, y aunque Scorpion apenas puede estar de pie, arremete enojado con sus hombros, tratando de darle un cabezazo a Pedro.
—¡Uno de ellos tiene que parar ahora! —susurra Delfina en voz baja.
—Tiene que ser Scorpion —digo.
Y entonces, Pedro ofrece una rápida y fuerte combinación de dos golpes que al instante dejan a Scorpion de rodillas. Un grito de emoción estalla entre la multitud, y Pedro se limpia la frente con la parte posterior de su brazo y me busca entre los espectadores.
Cuando me encuentra, sin quitar los ojos de los míos, agarra a Scorpion por el pelo y lo jala hasta que está de pie y le señala a Delfina junto a mí.
Susurra algo a Scorpion, y en respuesta, éste escupe sangre roja en el suelo.
Pedro lo empuja lejos y toma posición de nuevo, levantando la guardia de una manera que claramente dice: Bien, imbécil, entonces sólo tendremos que seguir luchando y ver quien se agota primero.
Así que la pelea continúa. Pedro se balancea y golpea con esa misma fuerza innatural que su público ama, e inmediatamente gritan en señal de aprobación mientras miramos todos sus músculos contraerse y tensarse al son que los hace trabajar. Scorpion dura dos golpes y un gancho, entonces cae con un plaf sobre su rostro.
El público está animado y excitado, y un canto familiar se eleva en
un crescendo—: ¡Pe—dro! ¡Pe—dro!
—¡Rip! ¡¡¡Sella el trato, Rip!!! —grita un hombre joven desde una esquina de la primera fila.
El silencio desciende cuando Pedro se aproxima al cuerpo inmóvil de Scorpion, y no creo que yo esté siquiera respirando. Mi corazón está haciendo todo tipo de movimientos en mi pecho mientras escucho a Delfina empezar a sollozar en silencio a mi lado.
Scorpion se arrastra en el suelo. La mirada de Pedro está hábilmente fijada en mí, su amplio y brillante pecho expandiéndose con cada trabajosa respiración, y sé que mi frente está arrugada con dolor, pero por favor, por favor, no quiero que se dé cuenta que algo está mal.
—¡¡¡¡Vamos, Pedro!!!! —grito, pero no puedo estar de pie, así que tengo que gritarlo desde mi asiento. Él se vuelve y golpea a Scorpion de nuevo al piso cuando trata de levantarse.
La gente aúlla su aprobación.
Pedro agarra el brazo sano de Scorpion y rompe todos los dedos de su mano en un movimiento; luego rompe su muñeca. Los ojos de Scorpion saltan. Empieza a retorcerse mientras Pedro desliza sus manos hasta su codo sano. Pedro empieza a girarlo en un ángulo extraño, y una dolorosa contracción rasga mi cuerpo, haciéndome tragar de nuevo un gemido de dolor.
Scorpion se retuerce bajo él y comienza a farfullar. De repente, hay un fuerte grito, y una toalla negra cae en el ring, justo al lado del retorcido cuerpo de Scorpion.
Pedro sujeta su mandíbula cuando la ve, y el público abuchea cuando se dan cuenta que el equipo de Scorpion se ha rendido por él. La decepción cruza el rostro de Pedro, y le toma un par de segundos antes de finalmente, finalmente liberar a su oponente. Scorpion escupe una tonelada de sangre de su boca y lo mira, jadeando. Pedro empieza a alejarse, pero al escuchar a Scorpion murmurar algo en voz baja, se gira y golpea con su puño y noquea al miserable insecto hasta la inconsciencia.
—¡RIPTIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIDE! —Escucho el grito del anunciador.
Pedro me mira, su expresión tan fiera como el dolor en mi interior.
Una tormenta de testosterona gira a su alrededor, y puedo ver sus emociones bullendo en sus enojados ojos mieles, gritando en silencio —: ¡No jodas conmigo o lo que es mío nunca más!
Viene al borde del ring y sacudo mi cabeza en un no, que no venga.
Quiero verlo ahí arriba con su brazo en alto, tomando su maldito título, escuchar su nombre en los labios del anunciador, escuchar ese mismo nombre brotando de los altavoces. El locutor agarra su brazo y lo tira hacia arriba en el aire antes de que Pedro pueda llegar a las cuerdas, y la felicidad me inunda y se mezcla con mi dolor cuando escucho… Cuando escucho lo que se suponía que escucharía en esa pelea final, una temporada antes…
—¡¡El ganador del campeonato Underground de esta temporada, te lo entrego, PEDRO ALFONSO, RIIIPTIDE!!! ¡¡Riiiiiiiiptide!! Riptide… ¿¿a dónde vas?
Mis ojos arden y él se convierte en una hermosa mancha.
Estoy llorando porque sé que está saltando del ring y viniendo a mí. Sé que él sabe que algo anda mal, siempre lo sabe. No necesito decirle. Diego sentado a mi lado, es ajeno a ello. Pero mi hermana sabía. Y Pedro, él sabe. Siento sus brazos sudorosos y sangrientos cuando se arrodilla ante mí.
—Paula, oh, nena, está llegando, ¿no es así? —Cuando asiento, él dice, jadeando y con brillantes ojos mieles mientras limpia mis lágrimas—: Te tengo, ¿de acuerdo? Me tienes, nena; ahora te tengo. Ven aquí. —Me recoge, y lloro en su garganta húmeda mientras enrollo mis brazos a su alrededor cuando empieza a llevarme a la salida.
—Él no… se supone… venga todavía… Es demasiado pronto… ¿Y si no lo logra…?
Todas mis emociones habían estado encorchadas y embotelladas, y ahora estaban inundándome. Se suponía que íbamos a hacer esto después, después de esta pelea. Después de que tuviéramos la habitación lista. Después de que fuéramos a Seattle.
La multitud nos atropella y los fans se estiran para acariciar su húmedo pecho musculoso y bronceado cuando hace un camino para nosotros, ignorando cada grito, cada llamada, todo excepto a mí.
—¡RIPTIDE, ERES GENIAL! ¡RRIIIIPPPPTIIIDE!
Una canción empieza a sonar, absolutamente a todo volumen, a través de los altavoces, y no reconozco al cantante o el tono, cuando una voz se une.
—A petición de nuestro vencedor, quien tiene una pregunta muy especial que hacer… —Escucho al presentador decir mientras Pedro nos mueve a través del gentío, con mi cabeza presionada contra su pecho. Escucho su corazón latir. Su respiración. Cada parte de él, la siento.
Él sigue adelante a través de la multitud de personas, e incluso a través de mi dolor, me doy cuenta que los fanáticos tienen rosas blancas en sus manos mientras los pasamos, y algunos de ellos están lanzándolas a nosotros desde las gradas. Entonces, escucho la letra de la canción, hasta que dos palabras golpean como una inyección de adrenalina por mi torrente sanguíneo: Cásate conmigo…
—¿Q—qué? —jadeo.
No responde.
Está dando instrucciones a Diego para que saque el auto cuando por fin salimos del Underground, y cuando llegamos al auto, Delfina se sube al frente con Diego.
Pedro toma mi rostro en sus manos y me mira, su voz cargada de emoción y deshidratación, su rostro hinchado y ensangrentado matándome porque no puedo hacer nada al respecto.
—La canción se suponía que te pediría que te cases conmigo, pero tendrás que conformarte conmigo haciendo la pregunta —susurra, sus ojos de un miel brillante y poderoso en la oscuridad—. Mente. Cuerpo. Alma. Toda tú para mí. Toda tú eres mía.
Aprieta mi cara entre sus manos que están húmedas, callosas y ensangrentadas. —Cásate conmigo, Paula Chaves.
------------
GRACIAS POR LEER!
MAÑANA EL FINAL PARTE 1 Y EL DOMINGO LA SEGUNDA PARTE CON UN PEQUEÑO EPILOGO!
ESPERO QUE LES GUSTE!♥
GRACIAS! =)
jueves, 13 de marzo de 2014
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 38
Los altavoces crepitan como si el micrófono estuviera encendido, y un locutor aparece arriba de escenario. Casi salto fuera de mi piel.
—Señoras y señores, ¡hola! —La gente ruge su saludo antes de que el locutor continúe—. ¡Bien, aquí estamos esta noche con todos ustedes! ¿Está la gente preparada? ¿Están todos listos para una pelea diferente a cualquier otra? ¡Diferente a CUALQUIER OTRA, gente! ¿Réferi?
El réferi en la esquina del ring presta toda su atención al locutor.
—Señor, no vamos a necesitar sus servicios esta noche. —El locutor dice galantemente, añadiendo una reverencia dramática que causa que un rugido atronado explote alrededor de la arena mientras el público se levanta y grita su aprobación.
—¡Eso es correcto! —grita el locutor en una voz resonante hacia la multitud—. Esta noche, NO hay reglas, NO hay réferi. Todo vale. ¡TODO VALE, GENTE! No hay Nocauts, esta es una lucha de sumisión. ¡De sometimiento!
—¡¡O muerte!! —la gente grita emocionada.
—¡Damas y caballeros! !Si! ¡Es una pelea de sumisión, aquí, esta noche en el Underground! ¡Ahora, vamos a llamar a su peor pesadilla al ring! El hombre por el que sus hijas lloran. El hombre del que desean huir. El hombre con el que sin duda no quieren estar en el ring.¡Nuestro campeón defensor, Benny, The Blaaaack, Scorpionnnnnn!
Estoy hiperventilando. No sé cómo pensaba que iba a hacerle frente aquí sentada, viendo el combate de la maldita década, porque todos los órganos en mi interior están temblando de los nervios y creo que voy a vomitar mi corazón. Todo vale. No hay árbitro. Justo como ellos pensaban que iba a suceder, lo harán, y ni siquiera sé con seguridad en qué estado de ánimo estará luchando Pedro.
—Diego, voy a vomitar —me ahogo, aspiro unas profundas respiraciones mientras mi estómago se aprieta en una repentina y dura
contracción.
A lo lejos, una figura con un traje negro agitándose detrás de él se acerca al ring, y las náuseas aumentan con toda su fuerza cuando lo veo. Scorpion. Con su dedo corazón gigante clavado en el aire, decido que es incluso peor que mi Voldemort, porque este tipo está realmente vivo.
—Ese imbécil —dice Diego con disgusto.
La última vez que tuve el disgusto de ver a Scorpion salir a luchar, Pedro tiró la pelea para rescatar a Delfina de ese espécimen repugnante de hombre. Y Delfina, ¿dónde está ahora? ¿Qué está haciendo Scorpion con ella? Pedro me dijo que confiara en él, y lo hago, pero mi miedo es tan grande mientras miro la cara de esa desagradable pesadilla, que hasta la última gota de razón en mi ha huido. Es imposible silenciar los gritos frenéticos en mi mente, diciéndome que Pedro va a conseguir salir herido esta noche. Se va a hacer daño y una vez más, ¡no puedes pararlo!
¡No puedes hacer nada al respecto!
De repente, veo a Delfina a través de los stands, y una terrible ira y dolor barren a través de mí, mientras ella cuidadosamente evita mi mirada.
Scorpion salta al ring, y cuando su equipo le quita la túnica, un escorpión negro extra grande que parece haberse tatuado recientemente en toda la espalda saluda a la multitud mientras se da vuelta para que todos lo vean. El tipo es aún más feo que el trasero de alguien, y siento un placer perverso al ver esa cicatriz en su terrible cara, cortesía de Pedro.
—La buena noticias es que aún es repugnante —dice Diego.
—Diego, no puedo creer que mi hermana estaba limpia y libre de él y entonces vuelve a eso. Me pone enferma. —Robo otra mirada de Delfina a través del ring, y su traición me corta como un cuchillo.
—No es lo que piensas, Paula —me dice Diego, luego asiente al ring—. Tu chico lo tiene. Sólo tienes que esperar y ver.
—¿Qué quieres decir? —pregunto desconcertada, pero si Diego responde, no lo oigo.
Scorpion acaba de girar en la dirección de Delfina, y ella lo mira con una expresión sombría que no parece que sea en realidad la mirada de una joven enamorada. Luego se sacude dando la vuelta para mirarme, y levanta su dedo medio en el aire. Directamente hacia mí.
—Oh mierda, Paula, por el amor de…
Levanto mis dos dedos medios en respuesta, y la bestia sonríe, su sonrisa amarilla hacia mí.
Diego jadea y gime como si tuviera un dolor digestivo. —Muy bien, si Pedro sabe que él te enseño el dedo medio y tú se lo devolviste…
—¡Booooo! —grita la gente inmediatamente, él les muestra el dedo también, junto con su sonrisa amarilla, y como si esto no fuera lo suficientemente grosero también toma su ingle y la aprieta—. ¡¡BOOOOO!! —grita la multitud.
¡Dios, no puedo entender por qué mi hermana estaría con tal espécimen! Ella solía ser tan romántica. Solía querer un príncipe. ¿Y se va con Scorpion?
—¡Y desafiando a nuestro campeón esta noche, todo sabemos su nombre! Todos estamos esperando para ver si va a traerlo a este ring esta noche. Así que… ¿lo hará? Preeeeparense para dar la bienvenida al primer y único Pedroooo Alfonsooo, suuu Riiiiiptide.
Es imposible calmar el rayo que corre a través de mí al oír su nombre. Había sido ruidoso cuando Scorpion salió. Pero la forma en que la gente empieza a gritar por Pedro hace que mi garganta se cierre con emoción y mi corazón se sacude dentro de mi pecho.
—¡Pe—dro! ¡Pe—dro! ¡Pe—dro!
El canto desgarra entre la multitud. El color rojo ocupa toda la arena.Entonces veo la mancha roja que me muero por ver mientras su nombre me rodea completamente como su color lo hace.
—¡Pedroo, mátalo, Pedrooo! ¡Vamos, Rrrrrriptide!
Mis funciones corporales aumentan en todos los sentidos. Mis pulmones, mi corazón, mis glándulas suprarrenales, mis ojos, cada parte de mi acorde con él. En el instante en que viene trotando hacia la arena, soy envuelta en un torbellino de nerviosismo, miedo y excitación. Estoy dividida entre el deseo de llevarlo a un lugar seguro y la necesidad de animarlo como el resto de sus fans lo hacen, para hacerle saber que sé que si alguien posee ese ring, es él.
Con un simple salto, toma el ring, y de inmediato Ruben tira la túnica de sus hombros. Juro que oigo un suspiro colectivo de las mujeres que están cerca de mí.
—¡Pedroo! ¡Mátalo, Pedro! —grita alguien.
Y entonces, sucede lo increíble.
Comienza con su distintivo y arrogante giro. Todos sus músculos son gloriosos, bronceados y duros, y oigo gritar a una mujer cercana que su cuerpo debe ser inmortalizado, es tan masculino y perfecto. Entonces me mira. Sus ojos mieles brillando. El más miel de los mieles. Sus hoyuelos destellan, y me doy cuenta con un estremecimiento en mi corazón que esto es lo que el Entrenador quería decir sobre el miel regresando. Sus ojos son mieles. Claro, hermoso y brillante miel. Esos ojos y hoyuelos le hablan directamente a las mariposas en mi estómago y ellas vuelan con ellos.
Un frenesí de emoción se dispara a través de mí, y de repente lo sé, con cada fibra de mi ser, él conseguirá esto. Lo hará. Es Pedro Alfonso. Es un hombre que cae y se levanta una y otra vez. Empuja, labra, saquea y avanza. Él. Conseguirá. Esto. Recuerdo quien es. De donde proviene su impulso, de alguna fuente innombrable que nadie en el mundo posee. Es invencible e insuperable, y va a aplastar a Scorpion, justo como quería. Suena la campana, y mi chico no pierde el tiempo. Va directo hacia el centro del ring. Mientras Scorpion parece pensar que van a saltar alrededor un poco, Pedro lo golpea tres veces, con la suficiente rapidez para hacer que el feo animal retroceda.
Burbujas de emoción explotan dentro de mí. Llenan mi boca y mis gritos instantáneamente se unen a los otros. —¡Pedro!
—¿Paula? —Peter me obliga a bajar a mi asiento, pero estoy tan emocionada que no puedo quedarme por mucho tiempo. Lo siento. A Pedro, en el peso en mi vientre, lo siento vivir dentro de mí y a su energía en mi interior.
La pelea comienza con fuerza.
Pedro golpea con sus nudillos en la mandíbula de Scorpion, el puñetazo sacudiéndolo. Mi pecho escasamente puede contener todas las emociones en mi interior, mis pulmones trabajan en busca de aire. Dios, he estado esperando ver que esto sucediera por lo que se siente como mil años, y apenas puedo soportarlo. La multitud ha estado esperando el mismo tiempo para verlo, y están gritando con toda la fuerza de sus pulmones. ¡Como yo!
—¡Vamos, Pedro!
—¡Mátalo,Pedro!
—¡Pedro, joder, te amo! ¡Oh mi dios, te amo! —grito.
—¡Paula! —dice Diego desesperadamente, y señala mi estómago—. Todos esos saltos no pueden ser buenos.
—¡Es bueno, Diego! ¡Es tan bueno! —Él bebe se está moviendo, y tengo algunas contracciones tolerables, pero las he sentido en ocasiones.
Leí que el cuerpo comienza a practicar hasta tres meses antes del parto. Creo que el bebe siente mi adrenalina. O sabe que su papá está luchando. Se retuerce siempre después de una contracción, y creo que hay simplemente demasiada acción para que se relaje ahora. ¿Cómo podemos relajarnos viendo esto? ¡Oh dios mío!
—No sé lo que hay sobre Pedro y ese ring —dice Diego—. Pero sólo sé que cuando está sobre él, lo que sea que se proponga, lo realiza.
Ruben dice que es la memoria muscular, pero no estoy muy seguro.
—Es Pedro,Diego —le digo con entusiasmo, y agarro y lo abrazo. Pedro golpea perfectamente de nuevo, defendiendo, saltando, y pegando, mientras que Scorpion no ha aterrizado un solo golpe. Ni uno solo. Un canto se propaga en la multitud—: ¡Mátalo, RIP! ¡Mátalo, RIP! ¡Mátalo, RIP! ¡Mátalo, RIP!
Diego me dice que ni todo el entrenamiento del mundo puede convertir a un luchador en un fuerte golpeador; o eres un feroz golpeador o no lo eres. Había dicho que la velocidad podrías trabajarla, pero no podías hacer tu mano pesada, y ahora puedo ver la diferencia en el poder del golpe.
Ahora puedo ver por qué Scorpion tuvo que hacer trampa para ganar el campeonato la temporada pasada.
Entre rondas, Pedro salta con energía, mientras que Scorpion se sienta en su taburete con la cabeza baja hacia el suelo, su equipo trabajando en esparcir vaselina, o algo, en sus cortes.
La campana suena de nuevo.
Pedro sale de las cuerdas y golpea, pero esta vez Scorpion responde, rápido y con precisión, alterando su ritmo. Entran en un cuerpo a cuerpo. Pedro se libera y le da un gancho con su derecha. Scorpion se cubre y vuelve con un poderoso puño que aterriza directo en la caja torácica de Pedro.
La respiración sale de él, pero Pedro no se estremece. No. Mi árbol no se estremece. En vez de eso, empieza a lanzar una seguidilla de golpes, su rostro concentrado y fiero, y la cabeza de Scorpion comienza a balancearse, la sangre escurriendo por ambas fosas nasales, y de un corte cercano a uno de sus ojos.
Scorpion devuelve el golpe, su puño conectando con la mandíbula de Pedro, haciendo que la sangre se derrame de su boca. Otra contracción me llega, y esta vez estoy teniendo problemas para recordar respirar. La pelea es intensa, emocionante y terriblemente dolorosa de mirar en partes iguales.
El torbellino de golpes continúa. Rebotando, persiguiendo, cada uno sigue golpeando al otro. La diferencia en el poder del puño es aparente. Pedro es más rápido y más fuerte, y Scorpion parecer ser el saco de arena de turno. Se sacude, y casi es aplastado, pero no caerá. Sigue balanceándose y aterrizando golpes de regreso en Pedro. Agarra a Pedro por el cuello, intenta lanzarlo al suelo, y cuando no puede, levanta la rodilla y la asesta en su estómago.
—¡Queeeé! ¡Eso no es justo! —lloro.
—Pedro es un boxeador; nunca utiliza sus piernas excepto para ponerse de pie, pero cualquier cosa vale aquí, Paula. Si Scorpion quiere morder…
El miedo se asoma de nuevo dentro de mí, y otra contracción me agarra, lo suficientemente fuerte como para tener que reprimir un gemido de dolor y hacerme sentar por un momento. Con un gruñido enojado, Pedro empuja a Scorpion y empieza a arrasar con él. Golpe tras golpe.¡Bam! ¡Bam! ¡Bam!
Lo he visto matar su bolsa de velocidad, y su saco, pero nunca, nunca lo he visto matar a otro hombre como este. Scorpion se cubre la cabeza y se agacha, y Pedro carga, embistiendo contra su estómago, una, dos, tres veces. Scorpion rebota en las cuerdas y cae de rodillas. Escupe en el suelo y se levanta con esfuerzo, mientras Pedro se tranquiliza a la par que recupera el aliento, con las cejas bajas sobre sus ojos, ojos brillando como los de un depredador.
Scorpion arremete hacia adelante y consigue un puñetazo directo a la mandíbula de Pedro, luego aterriza otro duro golpe en la derecha de la caja torácica. Pedro se mueve hacia atrás. Veo la sonrisa amarilla en la cara de Scorpion cuando pretende un tercer golpe directo a la sien de Pedro, que lo hace rebotar en las cuerdas con un sonido que es tan inquietante de escuchar, que me sacudo en mi asiento con un crudo grito de dolor.
Se endereza, con una respiración temblorosa que expande su amplio pecho, y mi corazón se siente descuartizado. ¡El dolor que siento cada vez que recibe un golpe hace que mis contracciones se sientan tranquilas! Me estremezco interiormente cuando se acerca a Scorpion de nuevo, ahora sangrando tan libremente como su oponente. Vuelven a ello una vez más, y escucho todos esos ruidos de sus golpes, ¡pam, pam, pam!
Los nervios me corroen por dentro mientras las rondas se alargan. Una tras otra. Ninguno se rinde. Ninguno cae. Retorciéndome con ansiedad en el asiento, siento un estallido, y entonces un suave sonido me alcanza. Bajo la mirada con horror para ver que hay agua goteando debajo de mi falda, bajando por mis piernas desnudas.
—No —digo.
Sintiendo que me quedo en blanco de puro pánico, miro a Pedro y luego a Diego, que está muy absorto en la pelea, y mentalmente cierro los ojos y le digo al bebé, por favor, por favor, no hasta que tu papá esté listo.
Sólo tengo seis meses y medio. Siete, y no más. ¡No puedo dar a luz ahora!
-------------
LA NOVE TERMINA ESTE FINDE, DISFRUTEN DE LO POQUITO QUE QUEDA! =)
GRACIAS POR LEER! =)
miércoles, 12 de marzo de 2014
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 37
Un millón de cosas borrosas revolotean en mi interior cuando lo escucho inhalar otra vez, más largo y más profundo en esta ocasión, como si él necesitara mi esencia para calmarse y encontrar su centro. Me agacho y beso la parte superior de su cabeza, corriendo mis manos por su cabello. Juro que no puedo dejar de besarlo. Beso su mandíbula, su sien, me estiro por su mano, beso la parte trasera de sus dedos.
Cuando regresamos a la suite, Diane nos sirve la cena, su rostro todo radiante al verlo en la mesa, y cuando Pedro me mira a través de ella y palmea en su regazo, yo casi corro hacia él. Cuando levanta su tenedor hacia mí, me siento como una estúpida ave hambrienta que está siendo alimentada por primera vez en el año.
Cuando me pregunta—: ¿Más? —Lentamente, viendo atentamente mi boca mientras alza su tenedor, yo asiento y muerdo todo, y entonces, antes de que incluso trague, presiono mis labios en los de él, porque no puedo expresar el alivio que sentí después de este procedimiento, de ver que él está completamente bien. E incluso un poco mejor.
Él golpea la cama perezosamente, su cuerpo todavía relajado con los restos de la anestesia y los relajantes musculares que le dieron, el colchón crujiendo cuando cae en él, todo muscular y perdido.
—Ven aquí —llama sin siquiera alzar su cabeza o mirar para ver donde estoy.
Acabamos de cepillar nuestros dientes y estoy recogiendo la ropa que dejó desordenada por el suelo, entonces añado la mía a la ordenada pila en la silla de la esquina y me deslizo desnuda bajo las sabanas con él. Nuestras esquinas se tocan. Cada sensación está intensificándose para mí. Estoy agradecida por su toque. Por escuchar su voz. Por cada pequeño momento que tengo justo ahora. Ahora veo que tan precioso es. Cada canción que él puso para mí, cuando esa brillante mente está bien y resplandeciente con luz y pensamientos. Precioso, incluso, cuando él está en la oscuridad, silenciosamente luchando contra ella y aferrándose a mí.
Su brazo se curva alrededor de mi cintura, y sus dedos se enroscan en mi cadera mientras me arrastra para ponerse en cuchara conmigo. Mi ansiedad por haberlo observado pasar por lo que acaba de hacer todavía se acelera en mí, y no puedo evitar presionar extra fuerte contra su cuerpo. Lo escucho retumbar una risita divertida. Escuchar su suave, sexy risa…
Oh Dios.
—No es gracioso —digo entre lágrimas mientras lo encaro—. No es jodidamente gracioso.
—Sí, lo es —susurra con un adorable hoyuelo, su voz profunda y texturizada mientras frota la yema de su pulgar por mi nariz—. Nadie nunca se ha preocupado por mí antes.
—Sí lo hacían, Pedro. Todos los que amas, te aman también. Diegor, Ruben, el Entrenador, y Diane. Ellos sólo son mejores ocultándolo de ti.
Me mira pensativamente, entonces extiende su mano en mi estómago y sus labios rozan, suave y dulcemente, sobre los míos.
—He hecho esto antes. Lo tengo, pequeño petardo. —Esos ojos oscuros mirándome, su pulgar frotándose sobre mi frente—. No pongas esa pequeña cara por mí, ¿está bien? —Me aplasta contra él y cierra sus ojos con fuerza, gimiendo como si sujetarme se sintiera bien para él—. Quiero hacerte feliz. Quiero hacerte jodidamente feliz, nunca quiero que estés triste.
—Bien —digo, todavía un poco emocional, presionando mis labios en su mandíbula.
—¿Bien? —repite, moviendo su cabeza y presionando sus labios en los míos.
Deslizando mi brazo alrededor de mi estómago, enlazo mis dedos con los suyos y asiento. —Más que bien.
Corriendo mi mano libre sobre su cabello, curvo una de mis piernas alrededor de sus caderas y dejo un millón de besos en su rostro, haciéndolo reír. Me río suavemente con él, una sonrisa curvando mis labios con cada beso que continuo presionando, pero no me detengo. Ahora sé que él es realmente mío. Esos dedos han sido míos desde el momento en que me tocaron. Ese rostro. Esos labios. Su enorme, amable, protector, posesivo, y compasivo corazón. Él ha sido mío desde que he sido suya, y saber esto me hace sentir como que estoy siendo hecha pedazos, y luego recompuesta, completa y feliz.
—Quiero dormir contigo en mí —ruego, arrastrando mi boca abierta a lo largo de su mandíbula, mis dedos súbitamente casi arañando la piel de sus hombros mientras respiro su caliente piel y trato de acercarme más con mi barriguita hinchada en medio.
Él desliza su mano entre nosotros y comienza a prepararme con sus dedos mientras vuelve su cabeza y lentamente, sin prisas toma mi boca, su lengua desacelerándome, lamiendo dentro de mí con perezoso placer.
—¿Estas lista? —murmura calientemente.
—Lléname… —Es todo lo que puedo decir, y un sonido sin aliento burbujea por mi garganta mientras me agarra por la cintura y me hunde en su longitud, llenándome de manera que estoy tan repleta y tan penetrada por él, que puedo difícilmente hablar, o respirar, o pensar en nada que no sea Pedro en mi interior, pulsando y caliente, su boca tomándome, lentamente, asegurándome que él tiene esto. Y él me tiene.
***
Todavía es negro el día de la pelea, y la atmosfera en la suite presidencial es espesa y tensa mientras esperamos a que esté listo. Diego, Ruben, y el Entrenador se asoman por la puerta de la habitación principal, mientras estoy siendo carcomida por mi propia preocupación enferma, porque en serio no estoy segura de sí deba pelear así.
—¡Di el nombre de ese hijo de puta! —sisea el Entrenador hacia Diego.
Creo que quiere provocar la energía turbulenta de Pedro en acción, pero Diego sacude su cabeza.
—No usaremos rabia. Él ya está lleno de odio hacia sí mismo cuando está decaído —susurra Diego.
Pero lo que, personalmente, siento más en su lucha interior. Ha estado en su interior, peleando. No ha dicho una palabra de auto–desprecio, pero siento que las ha estado pensando, que las siente en su alma. El electroshock lo ha ayudado, pero todavía está decaído. Me rompe que tenga que pelear así.
—Trata de calentar esos músculos, Paula —sugiere Diego.
Yendo hacia donde Pedro está atando sus botas en silencio, deslizo mis manos arriba y abajo por su espalda y suelto cada músculo que puedo, despertándolos con lentas, y deliberadamente fuertes, presiones de mis dedos.
—Muy bien, Pedro, hay que animarnos. Sé que te gusta ésta —dice
Diego mientras acomoda los parlantes del iPod de Pedro. “Uprising” de Muse irrumpe a través de la habitación en un volumen alto. El ritmo rebelde de la música parece alcanzar los oídos de Pedro, y sus músculos comienzan a cooperar bajo mis dedos, como si él no pudiera evitar responder.
Mi corazón se estremece un poco. ¿Está volviendo en sí mismo? Ha estado tan ocupado peleando en su interior que sólo me pregunto si ha dejado lucha suficiente para Scorpion. Da un tirón a su otra bota mientras froto sus duros músculos y trato de transmitir cada onza de bien y energía sanadora que tengo para él.
Caliento cada músculo, uno por uno, moviéndome por su espalda, poniendo especial atención en sus manguitos rotadores. Cuando no puedo evitar inclinarme hacia su cabeza y preguntarle cómo se siente, él se balancea alrededor y agarra la parte de atrás de mi cabeza, sujetándola mientras cierra su boca en la mía y me saquea.
Cuando se echa hacia atrás, mi boca quema por su calor, y sus ojos hierven a fuego lento con una oscura y fiera desesperación. Me mira fijamente como si fuera la única esperanza en el mundo, la mirada en sus ojos es tan salvaje y feroz que enciende la esperanza en mi interior de que quizás él luchará. Tal vez lo quiere lo suficiente como para empujar a través de esto. Sé cuánto desea esta victoria, y sé que detesta completamente cuando su lado oscuro jode con él.
—Pedro, viejo, esto es por lo que has estado esperando. —Diego se apodera de sus hombros y atrae su atención hacia él con un apretón tranquilizador—. Todo lo que siempre has querido está al alcance de tu mano. Todo. Tiene planes después de este campeonato, sé que los tienes. Ganando esto los harás posibles. Paula, el bebé…
Ante esas palabras, lo veo pellizcar sus ojos cerrados por un silencioso momento, luego suelta un largo y lento respiro. Diego se inclina para murmurarle algo en el oído, y Pedro asiente y ásperamente. — Gracias —dice, y cuando abre sus ojos otra vez, se pone de pie. La sinapsis en mi cerebro parece encenderse en emoción. Vestido ya en su atuendo de lucha, en su rasgado y bronceado cuerpo, puedo ver cada centímetro de la maquina estelar en la que se ha convertido.
Cuando dice—: Ven aquí, Paula. —Estoy tan increíblemente nerviosa por la pelea, que casi tropiezo hacia adelante mientras voy. Me toma en sus brazos y me abraza con fuerza, poniendo un cálido beso en la parte trasera de mi oído—. Te necesito en mis periféricos, al menos. En todo momento.
Súbitamente, mi interior se estremece con el conocimiento de que estará peleando, y así venga el infierno o el cielo, yo lo estaré mirando.
—¡No me moveré de mi asiento! —le prometo.
Pone a cero su atención en mí por un segundo más, entonces besa detrás de mi oído de nuevo y acaricia mi trasero. Eso es todo lo que hace. Entonces comienza a saltar en su lugar, torciendo sus brazos arriba y alrededor de sí mismo, y la atmosfera entera cambia dramáticamente mientras el equipo comienza a respirar otra vez.
—¿Dónde está Jo? —pregunta ásperamente a Diego.
Un cosquilleo comienza en mi centro cuando comprendo que él realmente está regresando.
—Ya está explorando el área —dice Diego, y hay un temblor de emoción en su voz mientras probablemente comprende lo mismo.
—Ni tú, ni Jo, van a quitar sus ojos de Paula, ¿Me escuchas? — ordena mientras truena su cuello hacia un lado, y luego al otro.
—¡Lo tenemos, amigo! —le asegura Diego.
—Muy Bien. ¿Estamos listos aquí? —El Entrenador balancea la lona que contiene la ropa limpia de Pedro, Gatorades, y auriculares extra, encima de su hombro.
—Listo —responde Pedro mientras recupera su iPod de los altavoces. La música muere al instante, y todos lo vemos agarrar sus auriculares de la mesita de noche y asegurarlos en su iPod plateado.
—¡Demonios, sí! ¡Ese es mi chico! —grita el Entrenador
Ruben grita—: ¡Este es el HOMBRE!
—¿Quién estará pateando traseros? —El Entrenador golpea la espalda de Pedro mientras se dirigen hacia la puerta.
—Yo. —Oigo el bajo gruñido de Pedro.
El entrenado llega a su espalda con un golpe aún más fuerte. —¿Qué nombre es el que todos gritaran esta noche?
—El mío.
—¡Dilo!
—Riptide.
—¡Así no es como los hijos de puta lo dicen!
Pedro cierra de golpe el puño en su pecho y grita —: ¡RIPTIDE!
—¡ASI ES! —grita El Entrenador de nuevo.
Golpean sus nudillos, y luego el Entrenador lo lleva fuera de la habitación y a los ascensores, el resto de nosotros los seguimos detrás. — ¿Tienes suficiente para esta pelea, chico?
—Lo tengo.
El Entrenador asiente, luego lo empuja —¿Qué vamos a hacer si no se somete, chico? ¿Ya sabes lo que debes hacer?
—Sé que hacer.
Al escuchar esta última serena afirmación, mi sangre se acumula en mis pies, y siento como todas las otras partes de mí se estremecen mientras mi piel se convierte en piel de gallina y algo más. Una parte de mí quiere ser valiente y ver esta pelea, pero no recuerdo haberme sentido nunca tan carente de valor en mi vida.
Con el ceño fruncido repentinamente, Pedro empuja un grueso dedo en el pecho del Entrenador.
—Pase lo que pase, no vas a tirar la toalla. ¿Me escuchas? Nosotros NUNCA, JAMAS nos someteremos.
La tensión en el aire aumenta dramáticamente, y un par de miradas se intercambian. Cuando no hay una respuesta inmediata por parte del Entrenador, Pedro lo empuja un paso atrás. —Entrenador. No tirarás la toalla. Nosotros no nos someteremos. ¡Y punto!
Los ojos del Entrenador giran brevemente en mí dirección. Brevemente, sí, pero no lo suficientemente breve para que no logre ver la duda en su mirada antes de que asienta. Exhalando a mi lado, Diego toma mi mano cuando oímos un tintineo.
—Vamos —murmura.
Abordamos el ascensor, pero estoy tan malditamente nerviosa, mi corazón golpeando tan ferozmente que sé que va a romper un par de costillas en el momento en que lleguemos al Underground. Pedro juguetea tranquilamente con su iPod, sus auriculares negros en una mano. Está tratando de entrar en la zona. Con todo el amor que tengo por él en mi corazón, lo veo agachar la cabeza, colocarse sus auriculares, y reproducir su música.
—¿Por qué lo prometiste? —Ruben enfrenta al Entrenador mientras Pedro escucha su música, su tono acusatorio—. ¡Si las cosas se ponen extremadamente feas, no vamos a dejarlo morir ahí afuera hoy!
—¡Sus ojos están volviéndose mieles! ¡Si alguien va a morir esta noche, no es nuestro chico! —refuta el Entrenador.
¡Muy bien, todo esto es una locura! Mi estómago esta enrollado como una serpiente de cascabel venenosa lista, y simplemente no puedo estar de pie aquí como un mudo por un segundo más largo.
—Diego, ¿de qué están hablando? Estoy empezando a enloquecer aquí.
—Ha habido rumores sobre este siendo el combate de la década — responde en voz baja—. Ambos son tercos como el infierno, y uno tiene que someter al otro por la victoria, Paula. Podría volverse peor. Como has dicho… más que mierda pasando.
Un pequeño destello del final de la temporada pasada juega en mi cabeza, espontáneo y no deseado. Recuerdo el cuerpo caído de Pedro en el suelo de lona ensangrentado. La multitud que gritaba su nombre. Y luego el silencio cuando se dieron cuenta de que su Riptide, su feroz, apasionado, hermoso Riptide, caía.
Mientras todas mis entrañas se enredan como pretzels por los recuerdos, empezamos a salir del ascensor arrastrando los pies, pero Pedro agarra mi mano y me detiene.
—En mi periferia —susurra en mi oído.
Sus ojos se clavan en los míos, y rezo, ruego que no vea el miedo en mis ojos, pero saca sus auriculares hasta el cuello, y oigo la música fluir entre nosotros. Loca y rápida.
—En tu asiento en todo momento, Paula —me dice, y desliza sus manos en mi cabello y golpea su boca sobre la mía, robando mí sabor mientras me alimenta con el suyo, dejándome drogada y aturdida. Pone su frente en la mía, su mirada incandescente mientras me observa—. Te adoro con cada respiración que tomo, con cada onza de mí; te adoro. —Con otro beso rápido y duro, le da una bofetada a mi trasero—. Obsérvame quebrarlo.
Mientras viajamos al Underground, mantiene su brazo extendido sobre la parte trasera de mi asiento mientras escucha su música. El resto del coche está totalmente en silencio. Puedo saborear la violencia en el aire mientras se aleja hacia los vestuarios, y quiero gritar “te amo” mil veces, pero está con su iPod ahora, entrando en su zona.
—Diego, ¿realmente está listo para esto? —susurro vacilante.
—Eso espero, Paula. Odiaría que este episodio tomara otro de sus sueños. Vamos —dice mientras nos empuja a través de la multitud hacia nuestros asientos.
Al menos dos mil personas llenan la arena esta noche. El Underground ha estado provocando a su público toda la temporada, y ahora están sedientos de sangre por ver a Scorpion contra Riptide. Las caras están rayadas con rojo, simulando sangre. Erres rojas brillantes adornan las mejillas de las mujeres y la parte superior de algunos de sus pechos. Veo rojo, rojo de Riptide, cruzo los asientos y camino a la parte posterior, con la multitud de pie, donde hay un poco de negro también, negro de Scorpion.
Instalándome en mi asiento junto a Diego, me doy cuenta de que Pedro ha asegurado una vez más dos asientos vacíos a nuestros lados, y parece que esperamos toda la vida, mirando fijamente hacia el vacío ring central, que sólo parece hacer que la multitud grite más fuerte mientras esperan por Pedro y Scorpion para que llenen el espacio cuadrado de veintitrés por veintitrés.
—¡Riiiptiiiiide! —grita un grupo de amigos al unísono, en frente del
ring y de mí.
Detrás, un canto comienza—: ¡Sáquenlos! ¡FUERA! ¡FUERA! ¡FUERA!
GRACIAS POR LEER! =)
martes, 11 de marzo de 2014
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 36
Completamente al tanto de que acompaño a los chicos casi a la fuerza, me mantengo en silencio durante el camino al hospital. Todos parecen estar en el mismo canal. No hay intercambio de palabras ni miradas. Parece que esperamos a que Pedro diga algo, pero su atención está fija en pasar la ciudad, su perfil está lleno de determinación. No creo que esté viendo algo; está perdido en su interior.
Cuando llegamos, siento que la calidez de su cuerpo me envuelve repentinamente mientras se inclina y me da un breve beso en los labios.
Su voz tiembla a través de mí cuando dice: —Saldré pronto.
—¡No! ¡Quiero ir contigo! —le grito a su espalda ancha cuando desaparece por el pasillo con una enfermera mientras Diego se dirige al mesón para registrarlo. Empiezo a sospechar que de hecho se trata de algo grande cuando Ruben comienza a hablarme como si fuera una niña.
—Es mejor si te quedas aquí,Paula —prácticamente canturrea.
Frunzo el ceño.
—No me trates como una flor, Ruben. Quiero estar ahí para él. Necesito estar ahí para él.
Diego sigue el mismo camino que tomó Pedro y yo lo alcanzo con rapidez.
—Diego, ¿puedo ir con él?
Por un momento, hay una comunicación de hombre a hombre entre los chicos, luego Diego asiente en dirección a Ruben y me dice: —Vendré a buscarte cuando él esté preparado.
—¿Preparado?
Diego desaparece por el mismo pasillo que Pedro.
—¿Ruben?
Estoy completamente confundida.
Ruben suspira. —Llevarán a cabo un procedimiento para inducir una convulsión cerebral… —Y mientras él empieza a explicar, escucho como si acabara de deslizarme hasta el otro lado de un túnel y estoy cada segundo más y más lejos. Mis ojos arden y todo lo que sé es que las paredes del hospital son blancas. Tan vacías, lisas y blancas—… mientras su cerebro recibe una corriente eléctrica…
El corazón es un músculo hueco y latirá miles de millones de veces
durante nuestra vida.
En mi corta vida, he aprendido que no puedes correr si te desgarras un ligamento, sin embargo, tu corazón se puede romper en mil pedazos y aún así puedes amar con todo tu ser. Tu maldito ser, miserable e increíblemente vulnerable…
Puedo sentir mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho como nunca antes, pum pum pum. Aunque intento actuar como si no fuera LA GRAN COSA, mi cerebro repite las palabras mientras trato de comprender lo que Ruben acaba de explicarme. Que Pedro está apunto de someterse a un electroshock. Van a enviarle una maldita corriente eléctrica a través de su cráneo hasta su cerebro para que tenga una maldita convulsión cerebral.
Ahora me dice que podría perder la memoria de corto plazo, que le pondrán una anestesia de acción rápida, que sus niveles de oxígeno en sangre y el ritmo cardiaco estarán monitorizados, que además de la posible pérdida de memoria de corto o largo plazo, no existe otro efecto secundario. Juro que cuando reproduzco en mi cabeza la escena de Pedro desapareciendo por el pasillo con el personal del hospital, escucho un sonido que hace un eco bajo y sombrío en las frías y blancas paredes, un sonido bajo y sombrío que viene de mí.
—Oh, Ruben —gimo su nombre en voz baja y con desdicha y cubro mi rostro mientras el pánico y el miedo aumentan como una ola, ahogándome.
Mi pulso flaquea cuando Diego se presenta y me señala. Corro hacia él y lo sigo a una habitación, medio viva, medio muerta, como nunca lo he estado por el pánico fatal. Veo máquinas, me doy cuenta de la frialdad insuperable del hospital y, en medio de la habitación, lo veo. Le están atando las muñecas con bandas de velcro. Su cuerpo está sobre una superficie plana y está cubierto por una bata de hospital mientras mira hacia el techo.
Pedro.
Mi chico hermoso, presumido, juguetón de ojos mieles, y mi hombre serio y sombrío que me ama como nadie me ha amado en la vida. La necesidad de protegerlo de lo que sea, se presenta con fuerza. Me acerco a paso lento, pero con determinación, con una mano debajo de mi barriga del tamaño de un melón, que es donde está nuestro bebé. Me tiembla todo el brazo descontroladamente mientras alcanzo la mano grande que está atada a la mesa. Atada. A la mesa. Mi voz se rompe como el cristal mientras acaricio sutilmente sus dedos con los míos, intento sonar calmada y racional cuando en realidad estoy a punto de gritar.
—Pedro, no hagas esto. No te hagas daño, por favor, no te lastimes más.
Le da un apretón a mis dedos y desprende sus ojos de mí.
—Diego…
Diego agarra mi codo y me aleja; me altero cuando me doy cuenta de que Pedro no quiere verme aquí. No me ha mirado a los ojos. ¿Por qué no me mira a los ojos?
Giro hacia Diego mientras me saca de la habitación, mi voz está un grado más debajo de lo histérico.
—Diego, por favor, ¡no le permitas hacer esto!
Él pone sus manos sobre mis hombros y me habla en voz baja para no llamar la atención.
—Paula, es un procedimiento normal que se lleva a cabo en personas con trastorno bipolar, ¡así es cómo controlan la vigilancia suicida! No todos encuentran la dosis de medicina correcta y los doctores lo saben. Él estará sedado durante el proceso.
—Pero es sólo una pelea, Diego —reclamo miserablemente y señalo a la habitación—. ¡Es una pelea estúpida, y es él!
—Estará bien. ¡Lo ha hecho antes!
—¿Cuándo? —grito.
—¡Cuando te fuiste y tuvimos que evitar que se cortara las muñecas por ti!
Oh, por Dios. Mi corazón se rompe con tanta fuerza que creo que lo oigo y no es sólo mi corazón, sino que todo mi cuerpo se destroza por dentro y se agrieta por la pena causada por lo que me dijo Diego. El dolor es tan grande que me encorvo de forma protectora para cubrir mi estómago e intento recordar cómo respirar frenéticamente; si no es por mí, es por este bebé. Su bebé.
—Paula, esta es la mierda con la que ha vivido siempre. Está bien, está mal, está confundido. Sus decisiones pueden lastimar, pero le hacen bien. Así es cómo se formó, esto es por qué es quien es. ¡Es fuerte debido a esta mierda! Puedes ser deplorable o puedes ser fuerte, pero no puedes ser ambos. Él es fuerte. Tú tienes que ser fuerte con él. Él no lo soportará si sabe que tú no lo haces.
Aunque mis miedos han espantado toda mi confianza y mi estómago está apunto de revolverse, de alguna manera logro parecer una persona. Logro enderezar la columna, poner mi cabeza en alto y tomar un poco de aire de forma irregular, ya que lo haré por él. Lo haré con él y me probaré a mí misma y a él que voy a ser lo bastante fuerte para amarlo malditamente mucho.
Inhalo de nuevo y limpio mis ojos. —Quiero estar ahí.
Diego señala la puerta y asiente, dando su aprobación. —Ven conmigo.
Mis pasos son lentos y casi dubitativos mientras entro a la habitación. Él es grande, imponente y fuerte, lo sé, incluso si mi corazón es un trapo en mi pecho y toda mi sangre parece hielo dentro de mí, le voy a probar que soy digna de ser su compañera y ser la que estará firme cuando él no pueda estarlo. No sé cómo probaré esto porque me estoy desmoronando como un edificio en demolición mientras camino. Me veo bien, pero en mi interior, en mi alma, me estoy desintegrando, nervio por nervio, órgano por órgano.
Ahora él me mira directamente a los ojos y puedo ver la preocupación en los suyos, oscuros. Por supuesto que tiene miedo de que me desmorone. No quiere ver eso en mis ojos.
—¿Estás bien? —me pregunta, en un susurro ronco.
Asiento y alcanzo su mano. Mi respuesta debería ser “Más que bien”.
¿No es así? Sin embargo, no puedo lograr que las palabras salgan de mi garganta. Así que acaricio sus dedos con los mío y cuando él me da un apretón, recuerdo nuestro vuelo fuera de Seattle, esta mano, la que no soltaré, y le devuelvo el apretón lo más fuerte posible, y le dedico una sonrisa temblorosa.
—Esa es mi chica —dice, con voz rasposa, y pasa su pulgar sobre el mío.
Está atado, apunto de recibir los golpes eléctricos y me pregunta por mí. Oh, Dios, lo amo tanto. Si él muere, quiero morir con él y no es una maldita broma. Aguanto las lágrimas y le doy un apretón más fuerte.
—¿Puedo sostener su mano? —le pregunto a una de las enfermeras.
—Lo siento, pero no puedes hacerlo durante el procedimiento —me dice.
Pedro me mira con cautela mientras me obligo a dar un paso hacia atrás y ellas ponen algunos electrodos en su frente. Siento una bola de fuego en mi garganta, en mi corazón y en mi estómago. Ni siquiera respiro cuando una enfermera le pregunta: —¿Estás listo?
—Golpéame —responde y me mira brevemente para evaluar mi reacción antes de volver a mirar al techo.
Dan inicio al flujo de la intravenosa para sedarlo. Empiezan a hacerle preguntas.
—¿Nombre completo?
—Pedro Alfonso.
Mis ojos se llenan de lágrimas.
—¿Fecha de nacimiento?
—9 de octubre de mil novecientos ochenta y ocho.
—Lugar de nacimiento.
—Austin, Texas.
—Nombre de sus padres.
—Ana y Horacio.
Apenas puedo soportar el hecho de que está atado, hablando con voz profunda y fuerte sobre sus malditos padres que lo volvieron negro, respondiendo cualquier cosa que le preguntaran.
Luego ella le dice—: Cuenta de uno a cien. —Y le pusieron una mascarilla.
Empieza a contar y, mentalmente, cuento con él. Sus ojos se cierran. Sus hermosas pestañas caen sobre sus pómulos pronunciados. Mi instinto protector se hace presente con tanta fuerza que quiero gritarles que se detengan, ahora que él no puede verme ni evitar que lo haga. Pero me quedo aquí porque él quiere que lo haga. Porque él es fuerte. Más fuerte que yo. Él se golpeará a sí mismo tal y como la vida lo ha golpeado.
Entonces, recibe el primer golpe eléctrico. Su cuerpo se tensa sobre la mesa.
Mi cuerpo se tensa y comienza a desmoronarse. Las máquinas emiten un pitido. Sus dedos de los pies se enroscan.
No sabía si no se habría tambaleado y roto cosas debido a su fuerza, pero su cuerpo se mantiene relativamente quieto mientras recibe el shock en su cerebro. Oh, por Dios.
Oh, mi Dios.
Oh, mi maldito Dios.
Estoy enamorada de Pedro Alfonso, tiene Trastorno Bipolar, y eso cae sobre mí como una avalancha.
Creo que nunca he llorado así antes. A pesar de mis esfuerzos por no llorar, las lágrimas literalmente saltan de mis ojos, mis brazos tiemblan y mi cuerpo está tan débil por el dolor, que apoyo la espalda contra la pared e intento, en vano, tragarme las lágrimas.
—Tranquila, Paula, tranquila —dice Diego, que se arrodilla a mi lado y me abraza.
—Es muy difícil —digo, mientras me cubro el rostro e intento alejarme porque a Pedro no le gustaría que estuviera tan cerca. No le gustaría—. No me toques, Diego. Oh Dios, esto es tan duro. ¡Tan jodidamente duro! —Él me agarra y me sacude un poco, su voz en confortante y sus ojos expresan dolor.
—Él no está sufriendo, Paula. Solo quiere estar mejor. Paula, él NO es una víctima. Toma decisiones según las circunstancias. Se preocupa por ti. Tienes que ser determinante como él, por favor, te suplico que seas fuerte.
Asiento, aunque sólo puedo pensar en el cerebro de Pedro, su hermoso cuerpo, mi iglesia, mi santuario, sufriendo esto.
—Paula, también me duele, ¿de acuerdo? También me duele. Pero no puedes dejar que te vea así. Él es fuerte porque, en lo que a él respecta, ésta es su realidad; la afronta y siembre ha sido así. No lo lamenta. No le dejes ver que esto te hace mal, o lo quebrarás. No tienes que salvarlo, sólo tienes que estar con él mientras se salva a sí mismo.
Me abrazo a mí misma, asiento y aparto mis lágrimas mientras intento componerme. Seco mis ojos, tratando de ponerme de pie, y las enfermeras y el doctor dicen que han terminado.
Pedro aún está sedado, sobre la mesa. Le han quitado la mascarilla y de alguna manera limpiaron sus conductos de aire. Tomo su mano y la llevo a mis labios cuando lo desatan. Beso cada uno de sus nudillos, luego seco mis lágrimas de ellos con mis labios. La forma en que Pedro es cuidado…
Diego es un buen hombre, me rompe el corazón que mi hermana no lo haya notado.
—Diego, en serio le agradabas a mi hermana, no sé qué pasó — susurro.
Alza sus cejas.
—¿Qué? Paula, a mí también me agradaba, aún me agrada. Pero no voy a dejar a mi hermano por nadie.
Asiento en silencio mientras estudio la mano grande de Pedro. Cada línea de su palma… sus nudillos, la longitud y forma de sus hermosos dedos, sus uñas cuadradas y limpias.
Trazo las líneas de la palma de Pedro tranquilamente, alzo la cabeza y le sonrío a los bondadosos ojos café de Diego.
—Un día encontrarás a una mujer que hará que quieras hacer cualquier cosa por ella. Diego, yo voy a cuidar de él. Tú me vas a enseñar a cuidar perfectamente de él.
Él sonríe y me da un golpecito en el hombro.
—Hasta entonces, ninguno de ustedes dos va a tener que hacer esto por su cuenta. —Pone una mano sobre el hombro de Pedro. Juro de corazón y pensamiento que, aunque no sea de sangre, él es de verdad el hermano de Pedro y, en este momento, desearía que mi hermana y yo fuéramos así de cercanas y leales.
—Paula, hice algo de lo que estoy muy avergonzado y creo que te debo una disculpa —espeta. Ver sus ojos sin esperanza planta un frío cubo de hielo en el centro de mi vientre.
—Cuando te fuiste, él se puso muy triste. Estuvo en vigilancia suicida en el hospital, y siempre lo sedaban cuando despertaba porque destruía cosas e intentaba ir tras de ti. Le dieron antidepresivos que no funcionaron y con un ciclado rápido como el de Pedro no es una buena idea de todos modos. Entonces tuvimos que empezar con esto. —Señala la mesa—. Lo hicimos durante varias semanas para que pudieran darle el alta…
Me mira y creo que ni siquiera estoy respirando. Sólo lo observo, esperando por más, confundida y en parte paralizada debido a la montaña rusa que ha sido el día.
—Después de los primeros tres tratamiento, mejoró un poco, así que
lo dieron de alta y vinimos tres veces a la semana para terapia electroconvulsiva por un par de semanas. Durante ese tiempo, él aún estaba negro. Le llevamos catorce mujeres.
Mi corazón cruje cuando las menciona y siento cómo crecen un montón de bloques mentales mientras pongo los brazos alrededor de mi estómago y mi cerebro grita: ¡No quiero saber, no quiero saber, no quiero saber!
—Les hice firmar a todas un papel con el compromiso de que no hablaran, no tomaran fotografías y que usaran protección doble… Todas salieron una hora y media después con los paquetes de condones intactos, lo que confirmaba que no lograron que se volteara o incluso levantara la cabeza de la cama. Les dijo que se fueran. A todas.
Sigo mirándolo. Diego se pasa las manos por el rostro y agrega—: No se acostó con ninguna de ellas, Paula, no importa cuánto intentamos que pasara. Él estaba obsesionado con tu maldita carta, la leía y leía cada vez que estaba despierto. Cuando por fin logró salir de esa depresión y apareció con sus ojos mieles, él no recordaba nada. Tal vez porque estaba negro o tal vez debido a los efectos secundarios del electroshock. Tuvo unos doce tratamientos. Pero casi lo perdimos, Paula, ¿sabes? Ruben y yo estábamos… ¡estábamos muy molestos contigo, también! Entonces le dijimos que se había divertido con todas esas mujeres.
—¡Diego! —jadeo, completamente horrorizada.
—¡Lo siento! Pero queríamos que recordara cómo solían ser las cosas antes de ti. Para que recordara que hay cientos de mujeres allá afuera, no sólo tú. —Se encoje de hombros y me mira, casi suplicante—. Sin embargo, incluso cuando intentamos hacerle pensar que estaba bien sin ti, supongo que la cabeza no es lo que mueve a un hombre como él. Escuchó todo sobre las mujeres, sin hacer comentarios al respecto, luego empezó a empacar y dijo que íbamos a Seattle y que teníamos que lograr que tu hermana volviera para llegar a ti. Entonces, sí. Ruben y yo, le mentimos —dice—. Me ha estado matando. Ahora, una vez que sepa la verdad… ¡nunca volverá a confiar en nosotros!
Se le quiebra la voz y se aleja cuando Ruben entra a la habitación. Ruben nos mira de ida y vuelta, percatándose de que algo pasa. Finalmente, Diego habla en un tono triste y cansado.
—Le dije, amigo.
Ruben encuentra mi mirada incrédula, cabizbajo.
—Paula… —emite.
—Tienes que decirle —digo, y miro a uno y luego al otro, sin ser capaz de soportar el dolor que siento por Pedro ahora mismo—. No pueden volver a mentirle nunca, jamás. ¡No es justo para él! También lo hice una vez y entiendo que querían protegerlo… pero es confuso para él. Es confuso olvidar algunas de las cosas que haces. No pueden, ninguno de nosotros puede volver a mentirle. ¿Me escuchan?
Ruben pasa una mano por su rostro y su voz titubea.
—Nos va a patear el culo.
Los miro a ambos, sus expresiones desgarradas, y niego con la cabeza.
—Si en verdad creen eso, entonces no lo conocen en lo absoluto.
Él se despierta en la cama poco después de que los chicos se han ido. Sus ojos son perezosos, pero ellos se fijan en mí y se afilan. Aún no son mieles, pero veo un poco de vida, y siento un pequeño cosquilleo que se convierte en un enorme nudo de emoción.
—Mírate —dice con una voz engrosada por las drogas. Puedo escuchar la obvia alabanza en sus palabras, como si me viera bastante increíble, y cuando veo un hoyuelo asomarse, la fuerza de mis emociones casi me paraliza. Él no sabe que es un desastre sin mí, pero ahora yo lo hago. No sabe que le trajeron mujeres para darle placer y él no las quiso. No sabe que es magnífico, perfecto, hermoso, noble, bueno, y todo, todo, lo que siempre he querido.
Y justo en este momento, duele terriblemente saber que sus hermanos, de quienes él se hace cargo y ama, tampoco sabían qué hacer, y terminaron mintiéndole.
—Mírate a ti —lo contradigo tiernamente, arrodillándome inmediatamente en el suelo junto a su cama y poniendo mi mejilla en sus nudillos. Beso cada magulladura en su mano una vez más.
—Eh, lo tengo, no quiero que te preocupes —me dice, acariciándome con su mano libre a lo largo de la parte de atrás de mi cabeza.
—Lo sé. —Agachando mi cabeza, froto mi rostro contra la sábana así él tal vez no verá las lágrimas perdidas que se fugan de mis ojos. Beso sus nudillos amorosamente otra vez—. Sé que lo haces.
Incluso con el efecto de la anestesia, su voz todavía tiene el mismo efecto en mí que siempre ha tenido. —Sube para acá. ¿Qué estás haciendo allí abajo? —murmura ásperamente mientras tira de mí hacia arriba. Sé que le han dado relajantes musculares, pero incluso así, antes de que lo sepa, ha tirado de mí sobre él y me estira como cuando dormimos por la noche, cuando él está en mi cama. Mi redondo estómago se pone en el camino, pero no es enorme, así que me inclino hacia un lado, huelo su cuello, y entierro mi rostro en su pecho mientras nos ajustamos.
—Tus enfermeras van a echarme si ven esto —digo.
Él toma mi trasero y me ajusta un poco mejor. —No las dejaré. Tú eres mi medicina.
Cierro mis ojos y huele como él. Sus brazos son de él. Todo es normal, excepto que estoy usando ropa y él está en una bata de hospital, y no estamos en la habitación de un hotel. Él todavía es él, llevando mi corazón en su mano. Todo lo que quiero, justo aquí, en mis brazos. Deslizo mi mano a su mandíbula y beso cualquier parte de su rostro que puedo mientras lo agarro un poco desesperadamente.
—Pedro, tú eres mi rey. —Lo abrazo con fuerza—. No hay juego de ajedrez para mí sin ti.
Se mueve y manipula el control debajo de la cama así nos sentamos ligeramente. Me ajusta en su regazo, sus labios en mi oído. — Tú eres la reina que me protegerá —me dice con diversión, y cuando asiento, porque no puedo hablar, me acaricia el cabello mientras mira en mi rostro, y yo sé, incluso si no me lo dice, que mis ojos están hinchados y que él puede decir que he estado llorando. Siento sus labios presionarse en mis parpados, primero uno, luego el otro, mientras hace un puño en mi pelo e implora rudamente—: Mantente fuerte, mi pequeño petardo. Mantente fuerte conmigo.
Asiento. —Trataré, porque tú me inspiras.
—Tenemos lo que querías, Pedro —dice Ruben desde la puerta. Estoy tan cómoda en sus brazos que ni siquiera me vuelvo a saludarlo. Y entonces siento algo suave junto mi mejilla. Abro mis ojos y veo a Pedro sosteniendo una rosa para mí. Él. En el hospital. Dándome una rosa con esos oscuros pero centelleantes ojos con manchas mieles.
—Pedro —digo, una confundida, desconcertada risa abandonándome.
—Te daría un jodido jardín completo si pudiera. —Él alza mi barbilla hacia atrás y me sujeta en esa mirada fija—. Por estar aquí, justo ahora, conmigo.
—Oh, Dios. —Agacho mi cabeza en su pecho porque no puedo soportarlo, mis dedos curvándose en su bata de hospital—. Estaré aquí cada vez que necesites hacer esto. Yo estaré aquí. Te lo prometo.
Mientras estamos registrando la salida del hospital, me llega un texto de Melanie.
“¿Cómo están las cosas en Felices Para Siempre? ¿Algo más que felices?”
Sonrío mientras regresamos a nuestro Escalade rentado, como si este fuera sólo otro lunes. Pedro trepa en el carro conmigo y pone su brazo en el respaldo de mi asiento, igual que siempre. He pasado en el infierno, ahora estoy de vuelta en el cielo, y de repente sé que ésta es la manera que mi vida va a ser: después de la oscuridad, siempre, siempre encontrare mi luz, la cual es él.
Escribo de vuelta. “Perfecto”.
—La última vez los shocks nos han ayudado a sacarlo de los pensamientos suicidas, pero hemos tenido que hacerlos tres veces por semana, y nosotros sólo no tenemos tiempo para ello ahora. No podemos darle más relajantes musculares, así que tendremos que esperar que esto sea suficiente para un reinicio —nos dice Diego a todos.
—Estoy jodidamente bien —gruñe Pedro. Todos parecemos buscar en su mirada, y es Ruben quien reúne su coraje para hablar.
—Pedro, Diego y yo queremos tener unas palabras contigo sobre algo — dice, mirando brevemente hacia mí y usando una voz que prácticamente me ruega para que engatuse a Pedro a entrar en razón—. Diego tiene una actualización sobre la hermana de Paula y nosotros queremos decirte algo. ¿Mañana en la mañana antes de que vayas al gimnasio?
—Lo he escuchado —dice él simplemente, sorprendiendo a todos en el carro—. Todavía estoy pensando sobre qué hacer con ustedes, payasos.
—Mierda,Pedro —dice Ruben, espantado—. Estoy a punto de cambiar mis jodidos pantalones, solo sé razonable.
Diego se ve bastante molesto. —Pedro, te juro por Dios que no te he mentido nunca sobre nada más, esto se veía inofensivo; parecía que sólo ayudaría al estado de tu mente.
—El estado de mi mente no es ayudado al saber que no puedo confiar en ustedes, cabrones —gruñe, y ambos se quedan quietos y continúan viéndose enfermos mientras él añade—: Ustedes son mis hermanos, pero ELLA ES MÍA. Si ella me hubiera dejado por su mentira, los mataría ahora mismo. Los mataría a ambos.
—La traeríamos de vuelta a ti, Pedro —promete Diego—. Te lo juro, si hubiéramos sabido el nivel de su… juro que te la habríamos traído de vuelta.
—Pedro, estábamos tratando de ayudarte a sobrevivir. Como siempre lo hacemos. Pensamos que estaba terminado, viejo. Pensamos que estábamos ayudando. Pero entonces Paula regresó y comprendimos que tan equivocados… mierda, cuán equivocados estábamos. Ni siquiera sabemos cómo corregir el registro sin vernos como idiotas para ti.
Pedro se queda pensativo por un largo rato, y los tres intercambian extrañas, miradas vinculantes, como de hermanos. Entonces Pedro asiente y desliza su brazo alrededor de mi cintura, tirando de mí hacia él, y cuando acaricia el punto de mi pulso con un suave gruñido y curva su mano sobre la redondez de mí estómago, toda la tensión desaparece de mis hombros. Me derrito en sus brazos.
GRACIAS POR LEER! =)
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)