domingo, 9 de marzo de 2014

SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 34





Un grupo de ciervos saltan en el protegido parque natural detrás de los extensos jardines de la casa de alquiler en Austin. Los señalo y digo—: ¡Mira! —Pero Pedro sólo gruñe; está un poco ocupado tirando de una gigante rueda de un tractor, una y otra vez.



Hace tanto calor aquí en Texas, el sudor escurre por mi cuello y se adentra en mi escote. Entrecerrando los ojos por el sol de la tarde, les pregunto a Pedro y al Entrenador si quieren alguna cosa del interior. El Entrenador sacude su cabeza mientras Pedro gruñe y comienza a girar la rueda en la dirección opuesta.



—Ya casi terminamos —me hace saber el Entrenador. Asiento y levanto dos dedos, lo que significa que me llevará dos minutos hacer mi quinto viaje a la casa por limonada.



Dentro de la casa, diviso a Ruben en la orilla de la sala de estar, y está tan inmóvil que casi no lo veo. Sus manos están atascadas en los bolsillos de su traje, y está mirando la puerta principal con una gran mueca. Mi cuerpo se pone en modo de alerta máxima, y un pequeño punto frío se instala muy dentro de mi estómago.



—Sus padres —digo con disgusto.



Sus padres. Dos especímenes de personas que no merecen un pene y ovarios, ¡mucho menos que les permitan reproducir algo tan magnifico como Pedro! ¿Criarlo? Oh, no. Esos imbéciles sólo tomaron a su niño, lo registraron en un instituto mental, y nunca regresaron.



Con los labios apretados, Ruben me da un gesto afirmativo. —Diego lo está manejando.



Envolviendo mis brazos alrededor de mi estómago por puro instinto protector, mi mirada se posa en la puerta junto a la suya. —¿Por qué lo siguen molestando? ¿Quieren hacer las paces?



—¡Paula! —Ruben casi se ahoga con mi nombre, su risa es una de las más tristes y sin sentido del humor que he escuchado de alguien—.Son unos imbéciles. Hemos pasado por esto docenas de veces, y ellos

saben que Pedro los hará irse con un maldito cheque.



Una potente ira se apodera de mí mientras pienso en la forma que Pedro se inquieta cada vez que incluso nos acercamos a su ciudad natal. La temporada pasada, sus padres lo buscaron de nuevo y se encontraron a ellos mismos en el lado receptor de un cheque con su firma.



—Ellos no merecen nada de él. Nada —susurro.



Antes de darme cuenta, voy volando a través de la sala de estar.



—¡Paula! Sólo deja que Diego haga que se larguen —me propone Ruben.



Pero en su lugar, abro la puerta y ahí están, en la entrada, muy a gusto. El hombre... es tan grande como una montaña, maravillosamente envejecido. Juro que casi duele ver el parecido a Pedro en él. Los ojos del mismo tono como los de Pedro instantáneamente me impactan, pero la expresión en esos ojos es completamente diferente. La vida y la vitalidad, la unidad y la fuerza que veo en los ojos de Pedro

están completamente ausentes en los de su padre.



¿Y su madre? Mientras me examina con ojo crítico, yo la examino de regreso, y en ese pequeño vestido limpio de ama de casa, ella se ve pequeña, tranquila y dulce; lo que sólo hace que la confusión que siento sea más abrumadora.



Estas son personas a las que les podría sonreír en un elevador, o pasarlos de largo en la calle. Parecen buenos y cariñosos, ¿pero cómo pueden serlo? ¿Cómo pudieron haber abandonado a Pedro y luego tener el descaro de venir a llamar a su puerta, una y otra vez, como si fuera su derecho?



El simple pensamiento de abandonar a este pequeño bebé que tengo dentro de mí me asquea, y todavía no puedo imaginar por qué alguien le haría eso a su propio hijo.



—Ustedes lo han dejado solo toda su vida. ¿Por qué no lo dejan en paz ahora? —exijo, frunciendo el ceño.



Tienen la desfachatez de lucir genuinamente horrorizados, ya sea por mi aparición o por mi arrebato; o, muy posiblemente, por ambas cosas.



—Queremos hablar con él —dice la mujer.



Porque eso es lo que es, sólo una mujer. Nunca podría mirarla y pensar en ella como la madre de alguien, especialmente de Pedro.



—Mira... hemos oído sobre el bebé —añade. Su mirada baja hacia mi estómago, y siento a Diego acercarse más a mí, como si esperara que ella extienda su mano y toque mi estómago, y él, en nombre de Pedro, planea detenerla—. Este bebé —continúa la mujer, frunciendo los labios en una delgada línea y haciendo un gesto hacia mí—, podría ser como él.

¿Te das cuenta de eso?



—Si —digo, alzando la barbilla—. Espero que lo sea.



—¡Nuestro hijo no está en condiciones de ser padre! —explota el

hombre con una voz profunda y retumbante que me sobresalta—. Puede

herir a alguien. ¡Necesita ser medicado y contenido!



—¡Dios mío, hipócritas! ¿Quieren hablar sobre buenos padres? —pregunto, tan indignada que mis pulmones ni siquiera pueden funcionar en estos momentos—. ¡Su hijo se ha convertido en un hombre noble y honorable, pese a lo que tiene que hacer frente, cuando ustedes son los que lo abandonaron! Tomaron su infancia y lo desecharon, ¿y quieren venir aquí a decirle cómo vivir el resto de su vida?



—¡Nuestro hijo está enfermo! Queremos que sea tratado y revisado en una institución mental periódicamente para asegurar que está calmado y sereno, como una persona normal —dice la mujer.



—¡No! ¡Ustedes lo están! Al menos él sabe cuál es su problema, pero creo que ustedes dos deberían averiguar los suyos.



La puerta detrás de nosotros se abre, y Ruben sale con la mirada más feroz que he visto en él.



—Se perdieron a un increíble ser humano —dice Ruben, y ellos lucen tan conmocionados ante su calma, y sus palabras amenazantes. Creo que esta es la primera vez que salió a saludarlos, también—. Como sus padres, debían levantarlo y sostenerlo. Nosotros no sentimos pena por él, realmente, porque prosperó. Pero sentimos lástima por ustedes.



—Nosotros somos su familia —resopla la madre de Pedro.



—Eran su familia —corrige Diego mientras da un paso más cerca de mí—. Ahora, él es nuestro. Y ésta es la última vez que les vamos a pedir que se marchen. La próxima vez que los veamos no serán bienvenidos, involucraremos a las autoridades.



El hombre me mira, y se siente tan extraño, unos ojos tan parecidos a los de Pedro mirándome con tanto frío desprecio en lugar de un afectuoso calor.



—Tienes que tener algo mal en tu cabeza para dejar que mi hijo te tenga así —me dice, señalando mi estómago.



De repente, soy atraída detrás de una pared musculosa. La respiración se enreda en mi garganta cuando una mano enorme se coloca extendida sobre mi cintura, y el sonido de la voz de Pedro desde la parte superior de mi cabeza pone a todos los vellos de mis brazos de puntas.



—Acércate a ella, o a cualquier cosa mía de nuevo, y te demostraré en un latido lo peligroso que soy —dice en un mortal tono inexpresivo, aún más depredador por su tranquilidad.



La energía volátil que emana su enorme cuerpo hace que mi pulso se acelere a la espera de la respuesta de sus padres. Ninguno de ellos parece capaz de sostener demasiado tiempo la mirada de Pedro. Con los labios apretados, el hombre toma a su esposa y la arrastra por el sendero hacia el pequeño auto junto a la acera. Mis extremidades están temblando, la mayor parte de mi peso descansando contra Pedro, cuando aprieta mis caderas y hoscamente murmura—: Entren.



Y entramos.



Pedro toma una botella de agua de la cocina y rápidamente la bebe toda. Todavía está en su equipo de entrenamiento, sus músculos relucientes. Sacude su cabello húmedo, luego se deja caer en uno de los sofás de la sala y envía la botella vacía girando en el suelo, viéndola girar con enojo. Sus codos se apoyan en sus rodillas, los anchos hombros duros y tensos, y su cabeza cae mientras mira fijamente a nada más que esa botella girando. Dando vueltas y más vueltas.



—No creo que a tus padres les guste tu opción de mujer, Pedro —dice

Ruben, primero. Está tratando de aligerar lo que acaba de pasar, pero nadie se ríe. La tensión en el aire es tan espesa que tendrías que cortarla con un hacha.



Pedro alza su cabeza y me inmoviliza con ojos afectuosos, violentamente mieles. —Si alguna vez ellos se acercan a ti, soy el primero en saberlo. ¿Me escuchas, petardo?



La feroz actitud protectora en su mirada crea un sentimiento igual de protector, envuelto con fuerza alrededor de mi estómago. —No me buscaban, te estaban buscando a ti.



—No los quiero cerca de ti. No los quiero cerca de nuestros hijos — dice con enojo. Mi corazón se estruja en mi pecho; ¿él dijo “hijos”, en plural? Quiero sonreír y abrazarlo por esto, pero su mirada está casi... cruda con dolor.



—¿Terminaste? —pregunto despreocupadamente, señalando al exterior, a donde él estaba trabajando.



Asiente lentamente, con el rostro tenso mientras me observa dirigirme hacia él. Está inquieto, su ira es palpable en el aire. Tiene una extraña expresión, como si estuviera tratando de serenarse. Continúa apretando y relajando su mandíbula. Odio que tenga que enfrentarse cara a cara con sus padres, pero una y otra vez, él ha probado que hará lo que sea para protegerme.



Mi cabeza se siente magullada e hinchada mientras me dejo caer a su lado y tomo su brazo, agarrando su gruesa muñeca y empezando a trabajar en ella.



—No puedo creer que dos imbéciles como ellos crearan algo tan maravilloso como tú —susurro en voz baja.



Diego se va en silencio a la cocina, y Ruben se dirige afuera al jardín para ayudar a el Entrenador a limpiar. Sus pasos se desvanecen, y todo a nuestro alrededor se siente silenciado mientras Pedro me mira. Su voz carga esa calma, la tranquilidad mortal que manifiesta cuando se está poniendo muy ocupado peleando contra algo en su interior.



—Tienen razón, pequeño petardo.



Siento como si me hubieran golpeado con un bate de béisbol justo en mi pecho. Inhalando una lenta respiración, me mira con fiereza.



—Paula, no le desearía un padre como yo a la descendencia de Scorpion, mucho menos a mi propio hijo.



No. No con un bate de béisbol. Creo que me acabo de estrellar contra un tren. Dolor pasa a través de mí, y mis manos caen de su brazo. —Por favor, no digas eso. Por favor, no pienses en nada más aparte de que serás el mejor padre.



Aprieta su mandíbula, y puedo decir que suaviza su voz por mí. — Podría ser como yo.



—¿De qué manera como tú? —contraataco ferozmente, sujetando mi estómago—. ¿Hermoso por dentro y por fuera? Con más fuerza de voluntad que nadie que he conocido. Hercúleo, generoso, amable...



Luce tan atormentado, me apodero de su mandíbula y lo obligo a mirarme.



—Eres lo mejor que me ha pasado. Eres humano, Pedro, y no te tendría de ninguna otra manera. Queremos esto. Queremos una familia unida. Lo merecemos, igual que cualquier otra persona.



Endurece su mandíbula y aprieta los dientes. —Pequeño petardo, quererlo no significa que esté bien. No tengo jodido valor alguno para cualquier cosa que no sea pelear.



—No, no es así. Eres un gran luchador, pero eso no es lo que te hace ser TÚ. Pedro, ¿no ves lo inspirador que eres? Eres honesto, impulsivo, apasionado, feroz y tierno. Proteges y provees sin ninguna expectativa. Nunca te he escuchado juzgar o criticar a las personas. Vives tu vida con tus propias reglas y haces tu mejor esfuerzo para proteger a los que te rodean. Amas incluso con más intensidad de la que peleas, y nunca he visto a nadie pelear como tú. Nadie te enseñó a ser como eres, simplemente tú. De cualquier manera que lo veas, tu eres el único padre que yo hubiera querido para mis hijos, y el único hombre al que amaré. Dejemos que esos dos se vayan. Te hicieron biológicamente, pero ellos. No. Te. Crearon.



Absorbe mis palabras, y mientras piensa en ellas, agarro su nuca y lo empujó hacia abajo para que pueda besar esos hermosos labios, y detenerlos de decir cosas más hirientes sobre sí mismo. Su boca, dura al principio, se suaviza bajo mi presión, hasta que siento la tensión en él aliviarse mientras me lame de regreso y murmura contra mis labios—: Estás ciega porque eres mía.



—No. Te veo porque soy tuya.



Retrocede para ver mi expresión, su mirada brillando protectoramente en mí, y sé que él hará cualquier cosa para protegerme a mí y a nuestro bebé.



—No están de acuerdo con mi elección. ¿Tú estás bien con todo esto? —me pregunta.



Dios, estoy de acuerdo con todo lo que hace, tanto así confío, respeto y amo a este hombre. Sé que está preguntando sobre su decisión de utilizar medios naturales para controlar su enfermedad. Probablemente le tome el doble de esfuerzo de lo que le llevaría medicarse; requiere disciplina y todo un estilo de vida dedicado a su bienestar y, francamente, no es como si él tuviera una postura política del problema. Es su vida y está tratando de vivirla, y yo quiero vivir la mía con él. Todos los que han estado enfermos, o han estado bajo medicación a largo plazo, alguna vez saben que cuando arreglas una cosa en tu cuerpo químicamente, renuncias a algo más. Mira la lista de efectos secundarios. No hay ninguna píldora mágica para la salud.



Somos obras en proceso, y la salud no es un lugar seguro. Es una meta que siempre está en movimiento y tiene que ser perseguida, diariamente, y para siempre. Pedro siempre luchará esta pelea... y yo siempre pelearé con él.



—Estoy bien con tu elección, Pedro —le digo, sosteniendo su mirada para que sepa que lo digo en serio.



La sonrisa que aparece en su rostro es tan tierna. —Tendremos a un pequeño alguien que dependerá de nosotros. Tienes que decirme si es demasiado para ti, Paula.



—Te lo haré saber —acepto.



Toma mi mano entre la suya, una grande y callosa, y ambos las observamos mientras entrelazamos nuestros dedos. —Entonces, dame tu palabra de que me dirás si alguna vez me salgo de control y te gustaría que me medique, y te doy mi palabra de que lo haré en el instante en el que me lo pidas.



—Pedro, te doy mi palabra —digo, apretando su mano.



—Y yo te doy la mía. —Me jala más cerca y me envuelve en sus brazos, y me deslizo en ellos, absorbiendo su abrazo fuerte y protector mientras extiende sus dedos sobre mi vientre redondo y agacha su cabeza sobre mi hombro para ver el bulto. —Te protegeré hasta que muera —susurra contra mi oreja—. Nada nunca les hará daño. Si ella es como yo, la apoyaré como ellos nunca lo hicieron. Le demostraré que aun así puede florecer. Que todavía vale la pena.



Estoy completamente derretida cuando giro mi cabeza para enterrar mi nariz en su pecho sudoroso, sin querer estar en otro lugar. —Será un él. Y él lo logrará. Al igual que tú.


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GRACIAS POR LEER!!!

NO FALTA MUCHO PARA QUE TERMINE ASÍ QUE DISFRUTEN DE LO QUE QUEDA!!♥♥


3 comentarios:

  1. Ayyy me encanta como se apoyan y acompañan pau y pepe!!!

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  2. muy bueno una pregunta son solo dos temporadas ?

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  3. Ayyyyyyyyyyy, buenísimo!!!!!!!!!!!!!! SUbí otro cap x favorrrrrrrrr!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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