lunes, 3 de marzo de 2014
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 29
Esperamos a mis padres en mi sala de estar.
He repasado todo en mi cabeza, con ganas de protegerlos, queriendo proteger a Delfina, pero al final, simplemente no tengo ganas de mentir por nadie ni a nadie más. Mis padres se merecen la verdad, aunque duela. No voy a sentarme y verlos juzgar y retener cualquier afecto de Pedro porque creen que me va a lastimar, cuando yo, yo fui la que le hizo daño con mi falso sentido de heroísmo al querer salvar a mi hermana.
Dios, ¿pero que si ella es insalvable?
¿Y si está tan profundamente dentro que nunca saldrá? Y si lo hace, ¿qué pasaría si, como una auténtica adicta, cae de nuevo, una y otra vez?
Cuando mis padres llegan, apenas me miran, sus ojos vuelan directamente detrás de mí, hacia la cara de Pedro.
Mi padre se enfurece. —¿Tú eres su novio? ¿El que la embarazó y luego la dejó tirada en la puerta?
Pedro camina a mí alrededor, una torre mirando hacia abajo a mi padre.
—Sí, ese soy yo. —Pone su mano sobre mi estómago, y añade—: Más vale que sea yo.
Expulso un respiro. —Eres tú. Ahora, vamos a relajarnos un poco.
—No estoy relajado —argumenta Pedro en voz baja mientras mira a mi padre y luego a mi madre—. Ella no ha estado sola. Si yo hubiera querido que esté sola, no la hubiera traído a su casa.
—Estoy bien, Pedro. Papá, tranquilízate y siéntate.
Agarro la muñeca de Pedro y me permite tirarlo hacia atrás y llevarlo a la sala de estar, con mis padres siguiéndonos. Se sienta a mi lado y extiende una mano en mi estómago, tranquilo.
Respiro profundamente y miro a mis padres.
—Mamá y papá, Delfina los engañó. No estuvo viajando por el mundo la temporada pasada. Salía con un hombre al que llaman Scorpion. Ella no estuvo en Hawai ni en Tombuctú; viajaba con él, a la vez que yo viajaba con Pedro. Scorpion también es un luchador.
La mano de mi madre vuela a su boca, pero no logra sofocar su pequeño grito angustiado.
—Scorpion le facilita drogas a Delfina y la mantiene encantada con él. Para que ella fuera liberada, Pedro regaló el campeonato. Y creo que puede que ella necesite nuestra ayuda de nuevo este año.
Los ojos de mi madre son como dardos hacia mi derecha y arriba, y mi padre ni se inmutó, porque ha estado mirando a nada más que a Pedro todo el tiempo. Por la tensión de todos los músculos junto a mí, sé que Pedro también mantiene sus ojos fijos en él.
—Oh, Delfina —suspira mi madre tristemente mientras se agarra la cabeza.
—¿Te dejaste ganar por mi pequeña Delfina? —le pregunta de repente mi papá. Mi padre es un entrenador y respeta a los atletas—. ¿Entregaste la pelea por ella?
Pedro se ríe suavemente y se inclina hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. —No. Lo hice por Paula.
Mi papá se pone de pie inmediatamente, y en ese mismo instante, Pedro lentamente y de esa manera suya parecida a un león, hace lo mismo.
—Pedro, creo que tú y yo empezamos con el pie equivocado. —Mi padre rodea la mesa de centro y extiende la mano. Toda su hostilidad ha desaparecido. Ahora se ve más que mil libras más ligero y hasta lleva una pequeña de sonrisa—. Soy Miguel Chaves.
Pedro sin siquiera mirar la mano, se lo toma de inmediato y la sacude, fuerte y firme como él, con la voz ronca por la emoción. —Soy Pedro.
***
Ella me dejó un mensaje.
En mi habitación la noche que Pedro se fue, descubrí una nota metida debajo de mi almohada.
"No es lo que piensas. Estaré de regreso después de la temporada. Tengo esto. Por favor, ¡no vengas tras mí!"
¿Qué. Mierda?
El desconcierto ni siquiera comienza a describir mi reacción a la nota.
No puedo dejar de leerla. Es como si quisiera leer algo oculto entre cada una de las letras garabateadas, pero no hay nada.
Mamá y papá han estado viniendo a diario, diciendo Delfina esto, Delfina aquello. Están acostumbrados a ella siendo voluble e irresponsable, pero en esta ocasión, están muy preocupados por lo que les contamos. Mi suposición es que la única razón de que no estén completamente perdiéndolo es porque, antes que Pedro se fuera, les pidió que se aseguraran que estuviera bien cuidada, y les había asegurado que Delfina volvería a casa.
Mis padres brillaron. ¿Y yo?
Me disculpé para ir al baño. Donde me senté por un tiempito, intentando respirar. Todavía no puedo respirar bien, sólo pensando en cualquier cosa, cualquier cosa en absoluto, eso tenía que ver con Scorpion… y Pedro. Consideré mostrarles a mamá y papá la nota, pero ¿cómo puedo agregarla a sus preocupaciones cuando no pueden hacer nada sobre ello? Simplemente no puedo.
Sin embargo, le mostré la nota a Melanie.
―¿Qué mierda significa esto? ―demanda Melanie cuando se la muestro, al siguiente día.
Me mira en total desconcierto. ―No sé.
―Te diré lo que quiere decir. Quiere decir “Soy una mierdita, justo como siempre has sabido que soy pero te niegas a creerlo. Regresaré una vez que joda tu vida y la de tu novio otra vez. No intentes detenerme”. Eso ―dice Melanie con furia― es lo que quiere decir.
De nuevo, recuerdo lo que me dijo sobre Scorpion, y deseo haber prestado un poco más de atención.
―Si volvió a Scorpion, entonces Scorpion es lo que merece. ―Mel resopla.
Sintiéndome tan confundida sobre la nota como en el primer momento que la leí, suspiro y me dirijo a la otra mujer en la habitación. ―Josephine, ¿quieres algo? ―le ofrezco a mi guardaespaldas en el edificio, la “marimacho” que Melanie había dicho que nos había estado siguiendo antes a la pelea. Ni siquiera había sabido que Pedro ―el imbécil adorable y posesivo― ya había contratado a alguien para protegerme. Y Josephine es en realidad alguien muy dulce, pero evidentemente una mujer grande y peligrosa.
―No gracias, Señorita Alfonso ―dice en su voz bastante áspera desde la esquina, donde está vigilando con un ojo la ventana y con el otro una revista.
Melanie levanta la mano para contener unas risitas. ―¿Llamas a Riptide, “Señor Alfonso”? ―le pregunta.
Josephine asiente con respeto. ―Por supuesto, Señorita Melanie.
―Paula, no puedo creer que alguien llamaría a tu chico “señor” en cualquier forma. “Señor” es para tipos en trajes. ¿Las otras dos guardias, también lo llaman “señor”?
Josephine asiente, y Melanie continúa soltando risitas con alegría.
Kendra y Chantelle son mis otras dos guardaespaldas, a propósito mujeres porque Pedro no tendría a un hombre cerca de mí, pero están siempre haciendo rondas fuera de mi edificio o en los elevadores. Pedro se fue en un estado extremadamente inquieto debido a Scorpion y Delfina―maldita sea ellos.
Diego le aseguró―: Tienen a su hermana ahora. Ya no necesitan a Paula para joderte―lo harán a través de Delfina otra vez.
―No. ¡No, no lo permitiré! ―prometí. Pero he escuchado nada, nada, de Delfina―nada excepto esta estúpida nota.
―La ira que siento está más allá de las palabras, Melanie, es indescriptible ―le digo mientras meto la nota en el bolsillo de nuevo.
―Pollito, yo estaría jodidamente enojada. Ella. No. Merece. Un. Héroe. Como Pedro para salvarla. ¡Y PUNTO! ¿Quiere a Scorpion? ¡Scorpion es lo que merece!
―Mel, sólo pensar en lo que él hizo el año pasado debido a nosotras me enferma. No lo dejaré lastimarse a sí mismo por mí o por cualquiera de los míos. Por nadie. ¡Ni siquiera por este bebé!
Melanie me abraza. ―Lo sé, sólo no te alteres por el bebé.
―El señor Alfonso es un hombre muy afortunado ―suelta Josephine desde su silla, asintiendo.
―Oh, Josephine, debería haber una palabra nueva para el amor entre estos dos. ―dice Melanie, empujando su cabello rubio hacia atrás y golpeteando un uña con manicura a sus labios mientras estrecha los ojos con aire pensativo―. Josephine, deberíamos darles un nombre como Bennifer y todas esas parejas famosas. Ayúdame a pensar en uno ahora que estás metida en todas esas revistas de chimentos.
―¿Por qué no invento “Melrube”? ¿Para ti y Ruben? ―lanzo en respuesta.
Melanie sonríe y cae haciendo glup más cerca de mí. ―Me gustan sus pequeñas visitas amistosas. Vino cada noche y tuvimos un tiempo genial. Pero tiene una buena cosa pasando, Paula. Es leal a Pedro en una forma increíble. Él nunca dejaría lo que tiene por mí, y yo nunca dejaría mi vida por él. ―Suspira y deja caer la cabeza hacia atrás para mirar el techo―. Así que supongo que somos amigos.
―Con beneficios.
Sonríe con descaro. ―Sí. ―Luego me agarra la mano―. Pero quiero lo que tienes. ¡He estado enamorada cientos de veces en mi vida! Pero nunca como tú. Así que me pregunto si realmente lo estuve o sólo fue un capricho, ¿sabes?
Sonriendo, acuno el pequeño bulto en mi estómago y agarro su mano con la otra.
―Aquí. Siente esto. Esta es las burbujita de la que te conté… ―E incluso Josephine se acerca.
―¿Ese es el bebé moviéndose? ―pregunta Josephine.
Asiento, tomo su mano y la pongo a la par de la de Melanie. ―Creo que ya está comenzando a aprender cómo dar un gancho. Pero aún no le cuentes al Señor Alfonso ―bromeo con la parte del Sr.―. Quiero que lo sienta cuando sepa que es el bebé de seguro.
***
EL DIA DÉCIMO OCTAVO llega mañana.
El día décimo octavo llega mañana.
No he muerto. Ninguna tragedia ocurrió. Delfina no trató de hacer contacto y ponerme en una posición horrible. Pedro no se volvió negro. Mi penitencia ha sido levantada y ¡Yo. Voy. A. CASA. Con. Pedro. MAÑANA!
Con un hermoso bebé a salvo en mi matriz, exactamente doce semanas de edad hoy.
Siento mil y un hormigueos dentro de mí mientras empaco mis cosas. Y hay un montón de cosas para empacar. Así que, sí, últimamente, estuve usando una tarjeta de crédito platinum y estaba sintiéndome un poquito triste por extrañar a mi hombre. Y con la maligna llamada de Melanie posada sobre mi hombro cuando nosotras andamos perdiendo el tiempo en Internet, cedí y compré muchas cosas para el bebé y también un par de cosas para el embarazo para mí. Parecía que cuanto más compraba, más estaba haciendo notar las energías alrededor de mí―este bebé está sucediendo.
Así que tengo unas zapatillitas Converse pequeñitas y rojas, algunos conjuntos diminutos de bebé, sólo en caso, y un enterito que dice MI PAPI PEGA MUY DURO. También empaco mi libro Qué Esperar Cuando Estás Esperando. El cual no es un libro, como le dije a Melanie―es una maldita biblia para el embarazo. Así que todo eso está apilado en la maleta del bebé.
Estoy poniendo todas mis cosas de ejercicios de vuelta en una aparte, porque finalmente seré capaz de reanudar suavemente el correr de nuevo y juro justo ahora, que correr equivale en mi mente a volar. ¡No puedo esperar! Y junto con mis atuendos deportivos, agrego algunos vaqueros con la ridícula cinturilla para embarazos ―es incluso más ridículo lo ansiosa que estoy de necesitar usar aquellos en lugar de mis vaqueros habituales― y también he conseguido algunas camisetas sin mangas holgadas para embarazadas.
Mi teléfono suena mientras continúo empacando y contesto para escuchar la voz de Diego. ―Está tan emocionado de llegar a ti ―me dice Diego.
―Oh, Diego, estoy tan lista ―digo mientras miro alrededor de mi habitación, feliz de que no la estaré viendo de nuevo por un tiempo, luego meto mis zapatos de correr en el compartimento con cremallera para zapatos en el costado.
―Pero quiero decir realmente emocionado ―dice Diego, aclarándose la garganta intencionadamente.
Escucho un grito en el fondo, y una voz familiar diciendo―: ¡¡Porque soy el rey de los hijos de puta!!
Dejo de empacar y me enderezo, mis ojos ampliándose. ―¿Ese es él?
―¡Seh! Está poniéndose maniaco.
―¡Vengan aquí ya! ¡Estoy muriendo por verlo!
―La pelea termina tarde en la noche. Pero antes de que el sol salga, estaremos volando en tu dirección.
―¡Aquellos hijos de putas quieren un pedazo de Riptide, van a conseguir jodidamente ahogarse! ―Escucho en el fondo.
Riendo en puro disfrute, instintivamente envuelvo mi brazo alrededor de mi pequeño vientre. ―¿Está negro entonces?
―Aún no, pero está llegando allí. Creo que es acumulado. Estamos sorprendidos que duró tanto tiempo. Te advierto, sin embargo. Te veo pronto.
―Diego, ¡cuida de él! Sin mujeres, Diego.
―Estás bromeando, ¿cierto? Podrían arrancarse las bragas justo ahora y él no estaría mirando a ningún lugar excepto hacia Seattle.
―¿Puedo hablar con él? ―pregunto, y mi pecho siente todo esta opresión rara, excitada.
Un momento pasa, luego su voz profunda y gutural sale a través del auricular y vuela directo a mi corazón. ―Bebé, estoy tan entusiasmado, estoy listo para patear culos y llegar a ti.
―¡Sé que lo estás! ―digo riendo.
―Voy a noquear a todos los que pongan, sólo para ti.
―¡Y estaré esperando por ti mañana temprano también!
―De acuerdo, no te muevas―estoy yendo a traerte. Usa un vestido para mí. No. Usa algo lindo y apretado. Usa tu cabello suelto. O recogido, mierda, eso también me vuelve loco.
―Lo recogeré así puedes soltarlo tú mismo ―ofrezco.
Inhala una respiración audible, y luego hay un largo silencio, como si estuviera imaginándose haciendo justo eso.
―Sí ―murmura finalmente, y puedo escuchar la creciente sequedad en su voz.
―¿Sí? ―No sueno nada mejor, apretando el teléfono.
Puedo escuchar su respiración calmándose, y suena como si estuviera poniéndose todo tosco y cariñoso, como lo hace conmigo. ―Sí, haz eso.
Me derrite, y los aleteos en mí llegan nuevamente recargados. Empaco todo el día y luego me ducho, enjabono, intento miles de cosas para vestir, incluso un par de vestidos. Intento mi cabello recogido, suelto y retorcido, y luego coloco un vestido de lino, lindo, holgado y blanco y unos zapatos planos color piel, con mi cabello recogido en una cola de caballo floja que frecuentemente uso.
El día siguiente, no creo que jamás me haya arreglado tanto en mi vida, y puedo apenas sentarme quieta en el descapotable de Melanie. Mel es una de esos pocos que han decido que incluso si llueve más de doscientos días al año en Seattle, los otros ciento sesenta y cinco merecen la pena conducir con la capota abajo―y aquí estamos, con la capota abajo, en uno de aquellos hermosos y soleados días de los ciento sesenta y cinco, esperando a que el avión aterrice.
―Creo que lo veo ―digo, apuntando hacia el cielo azul.
―Paula, estás tan dulce así. Es como si todas tus paredes se hubieran venido abajo y tienes quince años completamente sobre tu cabeza. ―Melanie está totalmente divertida, sus ojos verdes brillando, sus gafas colocadas sobre la cabeza.
Ni siquiera puedo responder, porque las dos ruedas traseras del avión están tocando el suelo, y el avión es tan blanco y hermoso, con una línea azul y plateada que cruza el centro que va todo el camino hasta su elegante cola, puedo solo mirarlo aterrizar. La emoción hace a mi pulso bailar mientras curvo los dedos alrededor de la puerta del coche.
―Se siente como si no lo hubiera visto en un año.
―Estoy contenta de saber que fui capaz de hacer tu tiempo pasar rápido ―dice Mel con sarcasmo, y luego chilla y me empuja hacia adelante con un tintineo de sus pulseras―. Abraza a tu maldito chofer, te traje hasta el aeropuerto, ¿no?
Giro y la abrazo tan fuerte que casi le duele. ―Te amo, Mel. Se buena, y ¿ven a verme pronto?
―¡Lo haré, cuando termine con mi proyecto actual! ―Luego me da un leve codazo y asiente detrás de mí―. Ahí está él.
Doy la vuelta. El avión está aparcado tan cerca que una de sus alas está a menos de unos tres metros desde el coche de Mel. Mientras las escaleras están siendo bajadas por uno de los pilotos, ansiosamente abro de un tirón la puerta del coche cuando Melanie grita―: ¡Tus cosas, chica tonta! ¡Oye, no olvidas tu cabeza porque está sobre ti!
Consigo mi bolso primero, y cuando giro otra vez, Pedro está cubriendo la puerta. Mil y una campanas repican con emoción dentro de mí. Sé que debería ir a arrastrar mis maletas fuera de la cajuela de Mel pero cuando él baja, tomando tres pasos a la vez, y llega al pavimento, corro. Se siente como si ahora puedo correr―y corro directo a sus brazos abiertos.
Chillo y me atrapa, me presiona, y balancea alrededor, riendo conmigo. Luego nos miramos, mis senos presionando contra su muro duro de pecho, mis pies todavía cerniéndose a centímetros del suelo mientras me sostiene en sus brazos, y veo como las motitas de miel de sus ojos atrapan la luz solar cuando baja la mirada hacia mí como si quisiera abrazarme, acariciarme, alimentarme, y follarme, todo al mismo tiempo.
―Llévame a casa. ―Respiro, aferrándome a su cuello cuando me baja hasta el suelo.
―Será un placer ―dice con voz áspera, devorando la mitad de mi rostro en una mano grande.
Su frente cae para descansar en la mía cuando posiciona sus labios a los míos, y escuchamos a Mell gritar―: ¡Pedro, cuida de ella! ¡Ella actúa como una tipa fuerte, pero su centro de chocolate está derretido por ti, sabes!
Él se ríe y va a agradecerle. Ruben salta fuera del avión y se dirige directamente hacia Mel. ―Hola, amiga ―grita.
Melanie le responde―: Hola, amigo. ―Cuando Ruben palmea el hombro de Pedro.
―Traeré sus maletas.
Miro cuando Pedro vuelve hacia mí, su cuerpo moviéndose sinuoso en sus vaqueros holgados y camiseta gris que se suponía sea holgada pero abraza todos los músculos correctos en las formas correctas, y ni siquiera estoy respirando cuando me acuna arriba en sus brazos y baja la mirada a mí con ojos que proclaman dos palabras: Eres mía.
Me carga dentro del avión como si fuéramos una novia y novio y el umbral del avión fuera la puerta de nuestra nueva casa. Diane chilla y Entrenador y Diego comienzan a aplaudir cuando me pone en mis pies.
―¡Yay! ¡Ahí está ella! ―dice Diego.
―¡Ooooh, Paula, luces tan hermosa embarazada!
―Ahora en el final mi chico puede mantener su cabeza en el juego ―se queja Entrenador, casi gruñendo con alivio. Con una sonrisa en voz baja, me estiro para abrazarlos, advirtiendo que Pedro aprieta su agarre en mi cintura y tiene problemas liberándome para que pueda.
Ruben sube al avión entonces. ―Maldita sea, esa chica luce bien todo el tiempo. ¡Y tú también, Paula! ¡Brillas como una estrella!
Escucho un gruñido bajo detrás de mí, y creo que Pedro ha tenido suficiente de mi abrazando a todos. Antes de que Ruben pueda dar un paso adelante, Pedro me agarra por las caderas y me lleva, medio cargándome, hacia nuestros asientos en la parte posterior, y sé que es súper posesivo cuando está negro, así que sólo me siento y levanto su mano para besar con cariño todos sus nudillos magullados.
―Todo bien, Pedro. ¡Ha regresado, así que ya basta de arrojar cosas del hotel! Te necesitamos completamente concentrado ―dice Diego, en un modo puro negocios cuando el avión comienza a rodar.
―Tan pronto como nos registremos, necesito tu trasero en el gimnasio. Estaré maldito si te dejo enfrentar a ese hijo de puta sin que te prepares cuando lleguemos a las semifinales ―dice Entrenador.
―Siempre estoy en mi mejor momento―es mi jodido ring al que entro ―contesta Pedro, pero está únicamente medio escuchando, su expresión ferozmente protectora cuando me mira besar cada uno de sus nudillos.
―¡Eso es chico! Eso es lo que me gusta oír ―dice Entrenador.
Pedro da vuelta su mano en la mía para que su pulgar pueda trazar mi labio inferior. Ojos líquidos negros grisáceos rastrillan sobre mí, y la apreciación masculina en su mirada únicamente confirma que este vestido blanco de lino era definitivamente la forma de ir. Estoy embarazada, pero juro, sólo la forma en que me mira ahora me hace sentir como una virgen.
Se estira, y contengo la respiración con anticipación de su toque, de su mano, cálida y fuerte, los callos en mis mejillas. No puedo respirar cuando siento la parte posterior de un solitario dedo que se curva y desliza suavemente por mi mandíbula.
―¿Has estado pensando en mí?
―No ―bromeo.
Sonríe con indulgencia y traza la parte posterior de ese dedo abajo hasta mi mentón, de vuelta arriba hasta mi sien, y traza el lóbulo de mi oreja. ―¿Alguien más en tu mente?
Delirante con las chispas que su toque enciende, todavía logro encogerme de hombros misteriosamente. Sonríe con indulgencia otra vez, como si supiera que no hay forma que yo pueda pensar en cualquier otra cosa que no sea él―el centro del universo y el rey del mundo.
―¿Estás cuidando bien a mi bebé? ―pregunta con aspereza, y evidentemente levanta la falda de mi vestido y desliza su mano cada vez más arriba, pasa mis muslos y bragas, para que pueda extender los dedos en mi abdomen desnudo―. ¿O has estado acechando en la noche con una peluca en vestidos de señora?
El equipo en su área parecen haberle preguntado algo, pero sólo se asegura que la falda de mi vestido esté todavía cubriendo la cima de mis piernas cuando sigue su mano adentro, y no puedo siquiera pensar, porque el contacto piel a piel ha revuelto mi cerebro. Me sonríe cariñosamente como si supiera lo que me está haciendo.
Luego desliza la mano libre bajo la caída de mi cabello y comienza a acariciarme. Un ronroneo embarazoso se me escapa, y lo escucho riéndose por lo bajo cuando me mira. Dos meses de abstinencia. De esperar, extrañar y anhelar. Ahora todas mis células zumban despiertas. Ni siquiera está tocando mis senos, los que ansían y se sienten más pesados que nunca. Ni siquiera está tocando mi sexo, el que está mojado y apretándose con necesidad, pero oh dios, siento el placer desde las raíces de mi cabello hasta las plantas de mis pies.
Su mano sostiene firme mi abdomen, piel a piel, pero sus dedos masajean mi cuero cabelludo cuando trabaja hacia mi cola de cabello, y siento el toque de la punta de sus dedos en cada parte de mi cuerpo.
Su pecho se expande en una profunda respiración cuando agacha la cabeza y toca su nariz a mi cuello, y noto que está respirándome. La necesidad de calor líquido me inunda y casi gimo. Curvando los dedos alrededor de la parte posterior de sus brazos musculosos, debajo de la manga de su suave camiseta, susurro su nombre, y antes que pueda terminarlo, gira la cabeza a la mía y desliza su lengua entre la unión de mis labios. Oh, por favor, oh, oh.
La humedad de su lengua vuelve de nuevo. El placer se sacude a través de mi cuando mis labios se abren, mientras mi cuerpo muerto de hambre le grita que me dé más, que me dé todo lo que quiero, amo y necesito justo ahora, justo ahora, por favor, ahora mismo.
Me da todo, pero lentamente. Me saborea, su mano abriéndose sobre mi nuca, su pulgar acariciando la banda de mi cola de caballo… matándome suavemente… gimo y le froto los hombros cuando abre los labios más amplios y ahonda para probar, más profundo, más húmedo. Nos estamos moviendo muy lento, como en un sueño.
Luego comienza a follar mi boca de forma embriagante, profundamente, saboreando cada centímetro que obtiene con su lengua, prolongando la duración se retira antes de que una vez más venga hacia adelante a saborearme. El calor se derrama por mi cuerpo―me está volviendo loca.
Deshace mi cola de caballo y me libera de vuelta para mirar cuando mi cabello cae a mis hombros, y sus ojos, tan negros ahora mismo, me devoran. Está maniaco y está hambriento, pero parece tan feliz ―casi aliviado― de verme, que puedo ver docenas de brillantes luces brillando en sus iris.
Desliza la mano a mi espalda baja y me presiona cerca cuando vuelve adentro. Su beso se vuelve brusco, y mi cabeza cae atrás al asiento por la fuerza. Gimiendo, muevo la boca frenéticamente bajo la suya y no me doy cuenta que estoy aferrándome hasta que siento su camiseta en un puño en mis manos.
―Te extrañé ―jadeo en su boca moviéndose, y gruñe suavemente y lame hacia abajo mi cuello. Cada beso es fuego, vuelve a subir por mi cuello, hasta mi oreja.
―Esta noche, después de la pelea ―me dice, su respiración profunda y lenta, la mía rápida y trabajosa.
Me aprieta cuando me mira fijamente, analizando la sonrisa aturdida en mis labios.
―Tu deseo es mi orden.
―Ordeno que eres mía esta noche de nuevo, eres mía para siempre.
Lo dice tan serio, río, pero no se ríe. Ni siquiera sonríe. Está mirándome como si esperara que dijera, una vez más, incluso si bromeo, que su deseo es mi orden.
Acarició su barbilla. ―¿Qué vas a hacerme esta noche?
Respira en mi oído, mordisqueando suavemente. ―Te besaré. Tocaré y acariciaré. Te lameré. Te masajearé. Follaré y haré el amor. Haré que duermas conmigo dentro de ti. ―Mueve los dedos, enormes, fuertes y con cicatrices, sobre mi abdomen―. ¿No recuerdas quien puso esto en ti?
―Oh, recuerdo. Me pone caliente recordar.
―Y me hace querer poner miles de estos en ti. Pero ¿por qué no te ves embarazada para mí? ¿Estás comiendo bien?
―¡Sí! ¿Por qué? ―Me enderezo cuando retira la mano debajo de mi vestido―. ¿Me quieres inflada? ¿Quieres que todos sepan que estoy embarazada?
Se apoya atrás con los codos en la parte posterior del asiento, el movimiento delineando cada músculo debajo de su camiseta cuando sonríe deliciosamente y asiente.
―¿Para que todos sepan que estoy tomada y soy tuya? ―insisto.
Asiente con una sonrisa adorable que llega todo el camino a sus ojos.
―Mi culo ya es enorme y las chicas están más grandes también. Únicamente tiene sentido que mi vientre seguirá.
―Sucede que me gusta la forma en que las chicas se ven en ese vestido. Y tu culo esta jodidamente sabroso.
―Entonces ¿por qué no cuentas tus bendiciones? Tengo tetas grandes, culo grande, y una barriga plana por un tiempo.
Sus pestañas bajan sobre sus ojos mientras mira con apreciación a las chicas, luego una sonrisa curva su boca cuando me atrae cerca. ―Ven aquí.
―Tienes un brillo malicioso en los ojos.
Su sonrisa se profundiza en una carcajada. ―Ven aquí. Te extrañé.
―¿Qué está planeando, señor?
Da palmaditas en su regazo. ―Te dejaré elegir.
―¿Entre?
―Música.
―Me gusta el sonido de eso.
―Besar.
―Lo estás haciendo difícil.
―Acariciar.
―Ahora estás siendo malvado.
―O, todas las anteriores.
Sin advertencia, salto encima de él, y se ríe, al instante aferrándose a mí fuerte.
―¡Ahora te tengo!
―Tú me tuviste cuando me miraste
―rápidamente, admito sonriendo, como si su enorme ego en verdad necesitara otra enorme caricia de mi parte―. En el momento en que me guiñaste un ojo, estaba jodida, Señor Pedro Alfonso… novio sexy, luchador asesino, y padre de mi hijo no nacido. Definitivamente me tienes ahora.
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GRACIAS POR LEER!♥
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Wow buenisimo,me encanto!!!
ResponderEliminarWowwwwwwwwwwwww, qué genial e intenso este cap!!!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarme encanto el cap besos espero el siguiente
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