lunes, 10 de marzo de 2014

SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 35



Lo dañaron. Sus padres. Lo ignoraron por toda su vida, y las veces que iban a verlo era solamente para lastimarlo. No tomó más de un par de horas después de su visita en Austin para que Pedro volviese a su agujero negro. Sé que es gracias a ellos. Diego lo sabe. Ruben lo sabe. El entrenador y Diane lo saben también. A la mañana siguiente de su visita, apenas puede levantarse de la cama y ha sido así por días . Pedro está fuera de combate. Me duele muchísimo verlo así, es como si estuviera siendo apuñalada diariamente.



—¿Aún no se levanta? —pregunta Diego desde la sala de estar. El equipo está esparcido a lo largo del sofá cuando me ven cerrar la puerta de la habitación detrás de mí. Sacudo la cabeza con desesperanza. Pedro se ha hundido más profundo, se encuentra completamente en otro mundo como nunca, jamás, lo he visto antes. Apenas puede mirarme a los ojos. Apenas come. Apenas habla. Está en un mal, un pésimo, estado, pero luce como si pelease para no desquitarse con alguien, y por ello, no dice nada… Absolutamente nada.

Todo lo que veo es la lucha interna reflejada en sus puños, empuñándolos y deshaciéndolos, empuñándolos y deshaciéndolos mientras su mirada está fija en un punto perdido y se mantiene de esa manera por minutos, y minutos y minutos, como si estuviera viendo dentro de él.



—Mierda. Es una realmente mala esta vez —dice Diego, pasando una mano por su rostro. Sigue llamándolo “una mala”. Los rostros de Diane, Lupe, Diego y Ruben se ven como me siento: miserable.



—¿Al menos tomó las pastillas de glutamina? —me pregunta el Entrenador, su frente elevándose hasta el inicio de su cabeza—. ¡De lo contrario perderá la masa muscular en la que hemos trabajado demasiado!



—Las tomó.



Y lo hizo; solamente las sacó de mi mano, las tragó de un tirón con un trago de agua y volvió a la cama. Ni siquiera me llevó con él como cuando está excitado. Es como si no se quisiera a si mismo… y no me quisiera.



Silenciosamente, y sintiéndome gris como si tuviera un relámpago encima mío, me dirijo a la silla y bajo la mirada a mis manos. Siento que los ojos de todos están puestos en mí por un largo y aterrador minuto. Taladran mi cabeza como si creyeron que yo tendría que saber cómo lidiar con esta mierda. No lo sé. He pasado dos noches sosteniendo a un gran e intenso león entre mis brazos, llorando silenciosamente de manera que no pudiera oírme.



El resto de los días, he pasado masajeando sus músculos, intentando traer de vuelta a Pedro Alfonso. Pedro no se da cuenta que él es el único que nos mantiene a todos juntos. Ahora tratamos de levantarlo de donde yace. Somos tan dependientes, de alguna manera todos estamos depresivos junto a él. Sé, después de ver sus rostros por casi tres días, que ninguno de nosotros sonreirá hasta ver nuevamente un par de hoyuelos.



—¿Dice algo? —Diego rompe el silencio—. ¿Está por lo menos enojado con ese par de imbéciles? ¿Con algo?



Meneo la cabeza.



—Ese es el problema con Pedro. Simplemente lo recibe como un puñetazo. Y continúa de pie, pero aún recibiéndolos. ¡A veces deseo que dijese todo lo que siente, maldita sea! —estalla Diego poniéndose de pie y comienza a pasearse.



Ruben sacude la cabeza. —Respeto eso, Diego. Cuando abres la boca para decir algo, lo hace más real. Lo que sea que esté pasando por su mente, el hecho que no lo diga significa que está luchando contra eso. No dejará que importe lo suficiente para sacarlo.



Dejo que mi cabello caiga como una cortina y pestañeo para regresar la humedad que gobierna mis ojos, rehusándome a mostrarles cuanto me afecta todo esto. Pero lo hace. Estuve deprimida una vez en mi vida. Es un gran, negro y oscuro agujero. No era como esa leve depresión donde estás triste y con el periodo menstrual. Es un sentimiento arrollador de querer morir. Y querer morir está absolutamente en contra de todos nuestros instintos vitales.



Nuestro instinto normal es matar para proteger a los que amamos, matar para sobrevivir. Con tan sólo imaginar a Pedro sintiendo todo el desastre que sentí cuando mi vida era arruinada frente a mis ojos me lleva profundamente a una oscuridad que hace que me preocupe sobre caer junto a él, en lugar de sacarlo de ahí.



Sea lo que sea que esté sintiendo, necesito recordarme que no puede controlar los pensamientos que poseen su cabeza. Su mente no es suya a pesar de que ahora controle sus reacciones. Quiero apoyarlo, ser inmutable y comprensiva. No emocional, necesitada y como si me fuera a derrumbar en cualquier momento. Y Dios, a los seis meses de embarazo estoy definitivamente emocional, necesitada y un poco destruida sin él.



—Por lo menos bajará para golpear esos sacos. No sabes lo mucho que lo admiro por eso —agrega Ruben tristemente.



—¿Crees que saldrá de ésta antes de la pelea, Paula? —me pregunta el entrenador—. Por dios, ver a mi chico ser humillado en la última pelea de la temporada… Este era su año, esta era su temporada.



—No sé si peleará esta noche —admito.



—Entonces tendremos que decirle adiós al primer lugar del ranking —maldice Diego.



—¡No puedes dejarlo pelear así, Diego! Podría salir lastimado. Podría lastimarse —exploto, luego inhalo profundamente e intento calmarme.



—Hubiera sido mejor si no pudiera recordar —dice Diego con una gran cantidad de amargura en su voz.



—¿Qué quieres decir?



—Hubiera sido mejor si no pudiera recordar nada de lo que sus padres le hicieron.



Mis instintos protectores salen con venganza.



—¿Qué le hicieron?



Hay algo alarmante en la vacilación de Diego, en la manera que pasa su mirada a través del grupo, y después sus ojos regresan a los míos. Mi pulso está más alterado de lo normal cuando Diego finalmente habla—: Lo internaron porque tenía diez años cuando por primera vez se volvió negro, Paula. Pero primero, pensaron que estaba poseído. Llevaron todo tipo de fanáticos y lo exorcizaron.



Cuando esas últimas palabras abandonan su boca y penetran mi afligido cerebro, estoy tan rota y desolada, mi corazón marchitándose en mi pecho. Hago un sonido y tapo mi boca. Diane cubre su cara. Maldiciones salen de la boca de Ruben cuando baja su mirada a la alfombra. El Entrenador mira sus manos. El silencio que se expande… se desarrolla con dolor, con escepticismo, y agonizante frustración… de un pequeño niño que era tan mal entendido...



Pienso en “Iris”, la canción que ha reproducido para mí. La canción con la cual quería que lo viera y comprendiera. Cuando ni siquiera sus propios padres lo hicieron.



Oh, Dios.



—Fue puesto en un círculo de exorcismo en su propia casa — continúa Diego, clavando la daga más profundo en mi ser—. Eliminaron todo de su habitación de manera que no lastimara a nadie, y estaba atado a su cama. Fue así por unos días, no recordamos específicamente cuánto, pero fue más de una semana, hasta que un pequeño vecino que solía jugar con Pedro fue a buscarlo y sus padres se interpusieron. El “hombre santo” fue despachado y, en cambio, internaron a Pedro.



No se escucha ni un sólo sonido en la habitación. Dejé de respirar. Me siento como si hubiera dejado de vivir.



—Desafortunadamente —prosigue Diego—, aún recuerda ese desenfrenado episodio porque en la institución hicieron algún tipo de hipnosis experimental para sacar sus recuerdos. Como si una terapia fuera a funcionar; no es como si lo hiciera. Lo peor es que su propio cuerpo lo habría protegido de ese doloroso recuerdo si no hubiéramos arruinado esa maldita hipnosis.



Aún no había sonido alguno.



Pero lograba escuchar el rápido latido dentro de mí. Rápidos y listos como en esos momentos en los que podía correr a toda velocidad como el viento. Incluso podía escuchar la circulación de la sangre en mis venas, rápida y furiosa. Estoy lista… enfadada… y desesperada por luchar por algo. Por luchar por él. Pienso en cómo me dijo que tenía un recuerdo de sus padres. Como su madre lo persignaba en la noche. Un indescriptible dolor inunda pequeños lugares en mi interior. Oh, Pedro…



—¿Así que recuerda todo? —pregunto mientras en el centro de mi cuerpo se quema con impotente rabia.



—Sabe que están equivocados… cuando está triste. Pero cuando esa parte negra brota, sé que piensa sobre ello. —La frustración y desesperación de Diego está impregnada en cada parte de su rostro—. Es solamente natural preguntarse por qué no fuiste amado.



—¡Pero es amado! —lloro.




—Lo sabemos, Paula , cálmate —dice Ruben poniéndose de pie y acercándose.

Me abraza y noto que tengo mis manos sobre mi estómago, y la imagen de mi Pedro como un niño, soportando esas cosas, sólo por algo que no era su culpa, martillea mi cabeza. Oh, como desearía tener a ese par de malvados padres frente a mí ahora, y al mismo tiempo, estoy agradecida que no estén aquí porque no me siento segura de qué les haría o diría. ¡Pero quiero lastimarlos por dañarlo! Quiero golpearlos, gritarles y correr tras ellos con un rastrillo.



Apretando mis manos, me alejo de Ruben.



Él y Diego son como hermanos para mi ahora, sin embargo a Pedro no le gusta que me toquen, y no me gusta hacer cosas que lo dañen, incluso si no está observando. Estaba cómoda, pero la única comodidad que quiero es del hombre que yace en la cama en la habitación principal. Calladamente, me dirijo hasta allí.



—Los veo luego, chicos. Gracias por venir a chequearlo.



—Uno de nosotros estará cerca —suelta Diego.



Sin querer hacer ruido, me despido desde la puerta y la cierro detrás de mí. Mi corazón hace toda esa cosa de latir como loco cuando veo a Pedro. Su gran musculatura reposa en la cama, tumbado boca abajo como un león en sosiego. Mi chico juguetón, mi hombre sobreprotector, mi celoso novio, mi luchador arrogante. Mi niño incomprendido. Mis ojos recorren la longitud de su cuerpo, su puntiagudo cabello contra la almohada, su hermosa y cuadrada mandíbula. Está quieto y descansando. Descansando como si estuviera dañado en lugares donde mis manos no pueden llegar y mis ojos no pueden ver.



Volteándome, cierro con pestillo y prosigo a quitarme la ropa en el camino. No son por razones sexuales por las que quiero estar desnuda sino porque necesito sentir su piel contra la mía. Nunca, jamás hemos dormido con algo entremedio de nosotros. Ama sentirme, y yo muero por sentirlo. Deslizándome en la cama, me sitúo detrás de él.



—Mírate —digo, copiando lo que me dice algunas veces, mientras paso mis labios en la curva de su oreja y recorro mi mano por su hombro hasta su pecho, expandiendo mi mano donde su corazón latiendo. Gime mientras beso el dorso de su oreja.



—Mírate —repito cariñosamente. Suavemente, lamo el dorso de su oreja como él lo hace conmigo, escurriendo mis manos a lo largo de su cuerpo, acariciándolo él me acaricia—. Te amo, adoro, valoro, necesito y quiero como nunca creí posible amar, adorar, valorar, necesitar y querer a otro ser humano, o a algo, en el mundo —murmuro. Levemente gime con agradecimiento y mis ojos se humedecen porque es injusto que tenga que lidiar con esto. ¿Por qué alguien tiene que lidiar con algo como esto? ¿Por qué una hermosa persona que no quiere lastimar a nadie tiene el impulso de hacerlo consigo mismo? ¿De sentir que la vida no vale nada? ¿Qué él no vale nada? ¿De pensar que preferiría morir?



No necesita contarme. He estado ahí, pero he estado una sola vez. En cambio, él lo ha estado más seguido, y no importa cuántas veces vuelva, siempre sabrá con certeza que en el futuro volverá a caer. Es un luchador.



Tiernamente, trazo mi lengua por sus abdominales, sus brazos musculosos, su garganta, y hasta la unión de sus labios. Sin embargo, se aparta.



—¿Qué estoy haciendo, Paula? —pregunta.



Me tenso ante el inexpresivo tono de su voz.



—¿Crees que puedo ser un padre? ¿De que incluso podría ser un marido para ti? —se voltea con un desconocido y dañado ruido, y entierra ese sonido en la almohada, sus músculos resaltando cuando escurre sus brazos bajo la almohada para mantenerla en su rostro.



—Pedro —digo obligando a mi voz a parar de temblar, y callar al maldito dolor—. No me interesa lo que tu mente está diciéndote, cómo te está haciendo sentir tu cuerpo… lo sabes. Lo sabes. Eres bueno, noble y te mereces esto. Quieres esto. —Paso mi mano por su cintura y me acerco más.



—Merezco ser menospreciado. Como un perro.



Las lágrimas que habían gobernado hace unos momentos atrás, salen de mis parpados.



—No, no lo mereces… no lo mereces.



Él se aleja de mí, pero no lo dejo. Enrosco mis brazos alrededor de sus hombros y no lo dejo rodar más lejos, enredo mis dedos por su cabello y acaricio su cabeza.



—Te amo. Te amo. Te amo. Te amo como una loca maldita lunática. Si eres un desastre, quiero ser un desastre contigo. Sólo déjame tocarte, no me alejes —susurro, suspirando. Se queja y voltea su cara hacia la almohada nuevamente, mientras lo toco, casi se estremece.



Pero toco su hombro, delineo la "P" de su bíceps, sus tatuajes. Los sonidos que hace, como un verdadero león, como un león herido, me hacen sentir desesperada y feroz como una leona intentando recuperar el interés de su macho. He pensado que es difícil, a veces, cuando está maniaco, porque es un puñado de energía demasiado difícil de controlar. Pero nada tan duro como ahora, cuando mi luchador está en la obscuridad, cuando no quiere hacer nada. Cuando siente que no vale nada.



Pasando mis dedos hasta su mandíbula, rasco con mis uñas su cabeza en la forma que sé que le gusta y me lo permite, pero no abre sus ojos, sólo hace esos bajos y oscuros gruñidos.



—¿Quieres escuchar música? —le pregunto. No dice que no, así que alcanzo su iPod, coloco un audífono en su oído y el otro en el mío, y pongo “I Choose You” de Sara Bareilles.



Escucho la canción mientras lo acaricio, justo como él me acaricia, y quiero que sienta exactamente como sus caricias y lamidas me hacen sentir. Quiero que se sienta querido, protegido, entendido, deseado, amado y nutrido. Así que hago mi mejor esfuerzo... y sé que mis manos no son tan grandes como las suyas... y que mi lengua es más pequeña que su nuca... pero sé que le gusta mi toque y le gusta mi lengua en él...



Entonces “I Choose You” habla de mí eligiéndolo… Y de cómo se está convirtiendo en mío mientras yo soy suya.



Y susurro en su oído: —Siempre te escogeré, Pedro. Desde el primer día en que te vi, te amé y cada día te amo más. Amo lo que toco, la mano que sostengo justo aquí, justo ahora. —Presiono mi abultado estómago en la parte baja de su espalda. Estoy incuestionablemente embarazada ahora, y es un poco difícil maniobrar para conseguir el ajuste perfecto, pero realmente quiero estar tan cerca como pueda.



De repente se voltea. Sus brazos se envuelven alrededor de mí como presas y descansa su frente entre mis pechos, aferrándose a mí. No me mira, pero siento su necesidad. Rozo lo alto de su cabeza con mis labios y relaja su agarre. Así sabe que me gusta estar aquí. Repentinamente, gruñe en mi piel y su musculatura se mueve cuando me libera con esfuerzo y se tira sobre la cama.



—Vete, bebé. Ve a algún otro lugar. No soy bueno así.



Algo se aprieta en mí. No quiero que se sienta mimado o compadecido, así que acomodo mi almohada como si todo estuviera bien y digo: —No quiero ir a ningún lado. Prefiero estar aquí contigo.



Me da una mirada y mi corazón se mueve sólo de sentir esos ojos en mí. Late más rápido cuando me alcanza. Desliza sus dedos en mi cabello, su mirada nunca me deja. Sus ojos nunca se han visto tan desolados; parece embrujado, pero en el negro de su iris, aún lo veo a él. Ese fuego que es. Ese impulso, esa intensidad, acechando en el fondo como un tigre. Baja por mi espina dorsal, después arrastrándose hacia el frente y pasando sobre mis duros y sensibles pezones, luego recuesta su cabeza en mí y extiende su mano abierta sobre mi estómago.



—Tú realmente quieres estar conmigo —dice con voz ronca. El cazador en él sigue ahí. El león. El crudo instinto que es. Me tumba abajo con una incuestionable mirada que casi se siente como una orden. Sí, sus ojos están oscuros y embrujados, pero esos iris aún siguen vivos y hambrientos. Hambrientos de mi afecto, me doy cuenta. Hambrientos de mí.



—Sí, Pedro —digo, sin una pizca de duda, ni en mi voz ni en mí—. Quiero estar contigo. Y no me llames masoquista, porque tú eres mi todo. Mi aventura, todo en un sexy, celoso, y hermoso paquete, y tú me haces ridículamente feliz. Delfina podría haberse convertido en una adicta y ahora me doy cuenta que no soy diferente. Soy adicta a ti. Tú eres mi crack y también te convertiste en mi único distribuidor.



Cierra sus ojos y exhala.



—Puede que no quieras que esté contigo ahora, pero yo quiero estar contigo —le digo—. Dejé mi vida entera por venir contigo. Sólo contigo. Y sabes que no era una mala vida. —Acaricio su cabello—. Tenía mi alquiler; buenos y cuidadosos padres, amigos patea traseros, y podía haber tenido un trabajo en mi nueva carrera. Abandoné todo eso. Dejé mis sueños atrás por venir a perseguir los tuyos, a perseguirte a ti. Como una estúpida admiradora.





Se me escapa una risita divertida, y él mueve su grande y sólido cuerpo para sentarse en la cama. Echa mi cabeza hacia atrás y corta mi risa con su boca.




—No eres una estúpida admiradora —me susurra, chupando mi respuesta antes de añadir—: Eres mi mujer y eres malditamente buena para mí.



Me estremezco cuando me tira debajo de él, me quejo y toco cada pequeña parte que puedo de su piel. —Y tú eres mi hombre y eres tan bueno y preciado para cualquiera, pero aún sigues siendo mí hombre. Mío.



Gruñe y se enrosca sobre mí, así su erección está entre mis piernas, su atormentada mirada aferrada a la mía con esperanza mientras tira una de mis piernas alrededor de sus caderas. Después me agarra por la rodilla y hace lo mismo con la otra.



—Te amo —le digo sin aliento. Pensé que lo decía todo el tiempo, pero creo que necesita que lo diga en este momento. La forma en que sus rasgos se vuelven crudos cuando oye eso hace que mi interior burbujee con la necesidad de decirlo de nuevo. Levanto la cabeza, lo repito con cada beso que pongo en su rostro. Decido decirlo hasta que se canse de ello, y toma mucho, mucho tiempo antes de que él finalmente tome mi boca para tranquilizarme.

Al menos sesenta y cuatro besos. Dándome el beso número trece. Se mueve dentro de mí, empujando profundamente cada vez que digo: —Te amo —tomándolo con un empuje, como si la única forma en la que piensa que le amaré fuera tomándolo a la fuerza—. Te amo —gimo en el próximo empuje.



Él cierra los ojos, y lo siento chupando desesperadamente mi ternura. Trato de mantener a raya mi orgasmo mientras me aferro a sus hombros, diciendo: —Te amo, Te amo —pero él es caliente, es hermoso, me necesita y lo necesito.



Me lleva a la cima mientras lucho, y llego al orgasmo en el “Te amo” número sesenta y dos. Su mirada parece más voraz para entonces, como si todos mis “Te amo” sólo hubieran encendido más de su hambre. Y cuando empieza a venirse dentro de mí, me mira como si no estuviera seguro de creerme aún, porque no puede creer que sea digno de ser amado. Así que cuando no puede evitarlo y aplasta mi boca con la suya y mete su lengua, áspera y dura, lo agarro y le devuelvo el beso aún más duro.



Se estremece en mí, apretando sus músculos. Agarra mis caderas tranquilizándome, pero las muevo, persuadiéndolo de que llegue más lejos dentro de mí. Gime suavemente y succiona mi lengua, y yo envuelvo mis piernas más apretadas y las engancho en la parte baja de su espalda, mis brazos apretados alrededor de él mientras lo deja ir. Cuando sus músculos dejan de flexionarse y moverse, todavía sigo sosteniéndolo, no va a deshacerse de mí. Evita su peso cuando se hunde, y me vengo con él, enmarañados, enterrando mi cara en su cuello mientras se mueve a un lado. Todavía está dentro de mí, y no quiero que salga.



—No salgas —gimo.



Lo hace, mientras me da la vuelta, y luego se las arregla para entrar de nuevo. Empieza a lamerme, una mano extendida sobre mi pecho, y la otra por encima de mi estómago. Me quejo y me dan ganas de llorar de felicidad, porque mi león está de vuelta. Por lo menos se preocupa lo suficiente por algo. Nosotros.

Al igual que el por bebé, y me preocupo por él también.



Más tarde, canta una canción para mí llamada “Hold Me Now” de Red, y me doy cuenta que acaba de pedirme que lo sostenga. Una vez aseada, me acerco y él pone su rostro sobre mi pecho hasta que su gran cuerpo parece acurrucado como si estuviera tratando de encajar en mí, e incluso entonces, su mano se extiende posesivamente sobre nuestro bebé.



UNA SEMANA DESPUÉS



Aparte de las pocas horas que Pedro se esfuerza para entrenar, él se queda en nuestra habitación y no parece quererme fuera de su vista. No me habla mucho, pero mantiene su brazo alrededor de mí como prensa, y quiere que lo alimente y lo folle todo el tiempo. Trato de mantenerlo interesado en la vida, así que le cuento acerca de las pequeñas cosas que soy capaz de vislumbrar cuando salgo de la habitación para traernos comida. Le digo que sorprendí a Diane y al Entrenador besándose el otro día. Le cuento que Melanie trabaja duro encontrando diseños para la habitación de nuestro bebe, y Diego parece triste por Delfina. Le gusta escuchar, sé que le gusta.



La final se acerca, y Pedro aún no ha subido al ring en ninguna de las últimas noches. Bajó al segundo lugar después de Scorpion. Puede caer mucho más, pero Scorpion ha perdido un par; pelea mientras esté en las drogas, de acuerdo con Diego, y no ha sido tan fuerte como siempre.



Pensar que Delfina esté con ese imbécil me preocupa y enferma. Ella podría estar igual de drogada e indefensa, pero la idea me corroe de tal manera que ciertamente no debo pensar en eso ahora. Todo lo que quiero es que Pedro termine exitosamente la temporada, este es su sueño.



Después... después tendremos que encontrar otra vez una forma para llevar a Delfina a salvo a casa. Aún cuando sé, en mi intestino, que los hombres están planeando algo, realmente no alivia mi malestar. Pero ahora estamos a tres días de la gran pelea, y Pedro sigue completamente a oscuras. Hoy fue a entrenar sin ver a nadie a los ojos. Sé que siente cosas, cosas malas. Sé que no las expresa porque estaría perdiendo, y él nunca pierde. Excepto cuando perdió por ti, me dice una triste voz.





Todos aumentan su preocupación, y yo me siento especialmente preocupada cuando Pedro me pide que llame a Diego y Ruben. Ellos golpean a la puerta de la suite y cubro el cuerpo desnudo de Pedro con la sábana blanca, así únicamente su espalda y hombros están descubiertos, y los dejo entrar.



—Están aquí —digo.



Ruben se aproxima primero y se arrodilla a un lado de la cama. —Oye, Pedro, ¿cómo lo estás haciendo?



—Mal —previene.



—¿Qué hay de nuevo? —dice Diego.



Silencio.



—Quiero que ustedes me lleven... al maldito hospital... y me registren.



Los ojos de Ruben se encienden, igual que los de Diego. Los chicos me

ven por un momento, y Pedro repite exactamente lo que acaba de decir.



—Quiero que ustedes me lleven... al maldito hospital... y me registren para recibir ese procedimiento —añade.



Algo en sus palabras, en la forma en que los hombres dudan antes de responder, envía una nueva oleada de alarma deslizándose a través de mí.



—Quieres hacerlo de nuevo —dice Ruben.



Inclina su cabeza contra su almohada. —Ahora. —subraya firmemente.



Ruben voltea impotente hacia Diego, quien después de un momento toma su teléfono. —Primero, necesitamos ver cuándo puede hacerse. Déjame hablar al hospital —dice y comienza a marcar, saliendo de la habitación.



—Te harán animarte —dice Ruben mientras se levanta y palmea la espalda de Pedro con un golpe en seco.



Pedro lo agarra por la corbata y lo jala más cerca mientras se sienta.



—Maldición no me trates condescendientemente. Sólo llévame ahí y no te atrevas a que ella me vea —amenaza.



Mis cejas se alzan cuando me doy cuenta de que Pedro piensa que dejé el cuarto, y los ojos de Ruben se mueven en mi dirección, una señal para que no sepa que escuché. Pero no voy a mentirle a Pedro de nuevo, así que doy un paso adelante.



—Quiero estar contigo. Si te medican o hacen cualquier cosa. Quiero estar ahí y voy a estar ahí. —Se endereza ante el sonido de mi voz, primero voltea a ver a Ruben.



—Ruben... —advierte. Ruben afloja su corbata mientras Pedro mueve su cabeza para verme—. Tú te quedas aquí y yo regresaré —habla con voz ronca pero obviamente preocupado, usando un tono completamente diferente conmigo del cual usaba con los chicos.



—No lo creo —digo obstinadamente, porque, seriamente, no voy a ceder en esto. Los tres están actuando como si fuera incompetente, ¡Un débil capullo de rosa!



Entorna los ojos y aprieta la mandíbula ante mi terquedad. Yo levanto ambas cejas y me cruzo de brazos.



—Voy donde tú vayas. ¿Entendido? Sea lo que sea, no es la gran cosa —digo.



Se queda bloqueado en mi mirada, un músculo trabaja en la parte posterior de su mandíbula.




—¡Que no es la gran cosa! —aseguro, engañando con todo lo que tengo. Pero no voy a dejarlo fuera de mi vista.


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se vienen los últimos capítulos con todo!! 

GRACIAS POR LEER!♥


domingo, 9 de marzo de 2014

SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 34





Un grupo de ciervos saltan en el protegido parque natural detrás de los extensos jardines de la casa de alquiler en Austin. Los señalo y digo—: ¡Mira! —Pero Pedro sólo gruñe; está un poco ocupado tirando de una gigante rueda de un tractor, una y otra vez.



Hace tanto calor aquí en Texas, el sudor escurre por mi cuello y se adentra en mi escote. Entrecerrando los ojos por el sol de la tarde, les pregunto a Pedro y al Entrenador si quieren alguna cosa del interior. El Entrenador sacude su cabeza mientras Pedro gruñe y comienza a girar la rueda en la dirección opuesta.



—Ya casi terminamos —me hace saber el Entrenador. Asiento y levanto dos dedos, lo que significa que me llevará dos minutos hacer mi quinto viaje a la casa por limonada.



Dentro de la casa, diviso a Ruben en la orilla de la sala de estar, y está tan inmóvil que casi no lo veo. Sus manos están atascadas en los bolsillos de su traje, y está mirando la puerta principal con una gran mueca. Mi cuerpo se pone en modo de alerta máxima, y un pequeño punto frío se instala muy dentro de mi estómago.



—Sus padres —digo con disgusto.



Sus padres. Dos especímenes de personas que no merecen un pene y ovarios, ¡mucho menos que les permitan reproducir algo tan magnifico como Pedro! ¿Criarlo? Oh, no. Esos imbéciles sólo tomaron a su niño, lo registraron en un instituto mental, y nunca regresaron.



Con los labios apretados, Ruben me da un gesto afirmativo. —Diego lo está manejando.



Envolviendo mis brazos alrededor de mi estómago por puro instinto protector, mi mirada se posa en la puerta junto a la suya. —¿Por qué lo siguen molestando? ¿Quieren hacer las paces?



—¡Paula! —Ruben casi se ahoga con mi nombre, su risa es una de las más tristes y sin sentido del humor que he escuchado de alguien—.Son unos imbéciles. Hemos pasado por esto docenas de veces, y ellos

saben que Pedro los hará irse con un maldito cheque.



Una potente ira se apodera de mí mientras pienso en la forma que Pedro se inquieta cada vez que incluso nos acercamos a su ciudad natal. La temporada pasada, sus padres lo buscaron de nuevo y se encontraron a ellos mismos en el lado receptor de un cheque con su firma.



—Ellos no merecen nada de él. Nada —susurro.



Antes de darme cuenta, voy volando a través de la sala de estar.



—¡Paula! Sólo deja que Diego haga que se larguen —me propone Ruben.



Pero en su lugar, abro la puerta y ahí están, en la entrada, muy a gusto. El hombre... es tan grande como una montaña, maravillosamente envejecido. Juro que casi duele ver el parecido a Pedro en él. Los ojos del mismo tono como los de Pedro instantáneamente me impactan, pero la expresión en esos ojos es completamente diferente. La vida y la vitalidad, la unidad y la fuerza que veo en los ojos de Pedro

están completamente ausentes en los de su padre.



¿Y su madre? Mientras me examina con ojo crítico, yo la examino de regreso, y en ese pequeño vestido limpio de ama de casa, ella se ve pequeña, tranquila y dulce; lo que sólo hace que la confusión que siento sea más abrumadora.



Estas son personas a las que les podría sonreír en un elevador, o pasarlos de largo en la calle. Parecen buenos y cariñosos, ¿pero cómo pueden serlo? ¿Cómo pudieron haber abandonado a Pedro y luego tener el descaro de venir a llamar a su puerta, una y otra vez, como si fuera su derecho?



El simple pensamiento de abandonar a este pequeño bebé que tengo dentro de mí me asquea, y todavía no puedo imaginar por qué alguien le haría eso a su propio hijo.



—Ustedes lo han dejado solo toda su vida. ¿Por qué no lo dejan en paz ahora? —exijo, frunciendo el ceño.



Tienen la desfachatez de lucir genuinamente horrorizados, ya sea por mi aparición o por mi arrebato; o, muy posiblemente, por ambas cosas.



—Queremos hablar con él —dice la mujer.



Porque eso es lo que es, sólo una mujer. Nunca podría mirarla y pensar en ella como la madre de alguien, especialmente de Pedro.



—Mira... hemos oído sobre el bebé —añade. Su mirada baja hacia mi estómago, y siento a Diego acercarse más a mí, como si esperara que ella extienda su mano y toque mi estómago, y él, en nombre de Pedro, planea detenerla—. Este bebé —continúa la mujer, frunciendo los labios en una delgada línea y haciendo un gesto hacia mí—, podría ser como él.

¿Te das cuenta de eso?



—Si —digo, alzando la barbilla—. Espero que lo sea.



—¡Nuestro hijo no está en condiciones de ser padre! —explota el

hombre con una voz profunda y retumbante que me sobresalta—. Puede

herir a alguien. ¡Necesita ser medicado y contenido!



—¡Dios mío, hipócritas! ¿Quieren hablar sobre buenos padres? —pregunto, tan indignada que mis pulmones ni siquiera pueden funcionar en estos momentos—. ¡Su hijo se ha convertido en un hombre noble y honorable, pese a lo que tiene que hacer frente, cuando ustedes son los que lo abandonaron! Tomaron su infancia y lo desecharon, ¿y quieren venir aquí a decirle cómo vivir el resto de su vida?



—¡Nuestro hijo está enfermo! Queremos que sea tratado y revisado en una institución mental periódicamente para asegurar que está calmado y sereno, como una persona normal —dice la mujer.



—¡No! ¡Ustedes lo están! Al menos él sabe cuál es su problema, pero creo que ustedes dos deberían averiguar los suyos.



La puerta detrás de nosotros se abre, y Ruben sale con la mirada más feroz que he visto en él.



—Se perdieron a un increíble ser humano —dice Ruben, y ellos lucen tan conmocionados ante su calma, y sus palabras amenazantes. Creo que esta es la primera vez que salió a saludarlos, también—. Como sus padres, debían levantarlo y sostenerlo. Nosotros no sentimos pena por él, realmente, porque prosperó. Pero sentimos lástima por ustedes.



—Nosotros somos su familia —resopla la madre de Pedro.



—Eran su familia —corrige Diego mientras da un paso más cerca de mí—. Ahora, él es nuestro. Y ésta es la última vez que les vamos a pedir que se marchen. La próxima vez que los veamos no serán bienvenidos, involucraremos a las autoridades.



El hombre me mira, y se siente tan extraño, unos ojos tan parecidos a los de Pedro mirándome con tanto frío desprecio en lugar de un afectuoso calor.



—Tienes que tener algo mal en tu cabeza para dejar que mi hijo te tenga así —me dice, señalando mi estómago.



De repente, soy atraída detrás de una pared musculosa. La respiración se enreda en mi garganta cuando una mano enorme se coloca extendida sobre mi cintura, y el sonido de la voz de Pedro desde la parte superior de mi cabeza pone a todos los vellos de mis brazos de puntas.



—Acércate a ella, o a cualquier cosa mía de nuevo, y te demostraré en un latido lo peligroso que soy —dice en un mortal tono inexpresivo, aún más depredador por su tranquilidad.



La energía volátil que emana su enorme cuerpo hace que mi pulso se acelere a la espera de la respuesta de sus padres. Ninguno de ellos parece capaz de sostener demasiado tiempo la mirada de Pedro. Con los labios apretados, el hombre toma a su esposa y la arrastra por el sendero hacia el pequeño auto junto a la acera. Mis extremidades están temblando, la mayor parte de mi peso descansando contra Pedro, cuando aprieta mis caderas y hoscamente murmura—: Entren.



Y entramos.



Pedro toma una botella de agua de la cocina y rápidamente la bebe toda. Todavía está en su equipo de entrenamiento, sus músculos relucientes. Sacude su cabello húmedo, luego se deja caer en uno de los sofás de la sala y envía la botella vacía girando en el suelo, viéndola girar con enojo. Sus codos se apoyan en sus rodillas, los anchos hombros duros y tensos, y su cabeza cae mientras mira fijamente a nada más que esa botella girando. Dando vueltas y más vueltas.



—No creo que a tus padres les guste tu opción de mujer, Pedro —dice

Ruben, primero. Está tratando de aligerar lo que acaba de pasar, pero nadie se ríe. La tensión en el aire es tan espesa que tendrías que cortarla con un hacha.



Pedro alza su cabeza y me inmoviliza con ojos afectuosos, violentamente mieles. —Si alguna vez ellos se acercan a ti, soy el primero en saberlo. ¿Me escuchas, petardo?



La feroz actitud protectora en su mirada crea un sentimiento igual de protector, envuelto con fuerza alrededor de mi estómago. —No me buscaban, te estaban buscando a ti.



—No los quiero cerca de ti. No los quiero cerca de nuestros hijos — dice con enojo. Mi corazón se estruja en mi pecho; ¿él dijo “hijos”, en plural? Quiero sonreír y abrazarlo por esto, pero su mirada está casi... cruda con dolor.



—¿Terminaste? —pregunto despreocupadamente, señalando al exterior, a donde él estaba trabajando.



Asiente lentamente, con el rostro tenso mientras me observa dirigirme hacia él. Está inquieto, su ira es palpable en el aire. Tiene una extraña expresión, como si estuviera tratando de serenarse. Continúa apretando y relajando su mandíbula. Odio que tenga que enfrentarse cara a cara con sus padres, pero una y otra vez, él ha probado que hará lo que sea para protegerme.



Mi cabeza se siente magullada e hinchada mientras me dejo caer a su lado y tomo su brazo, agarrando su gruesa muñeca y empezando a trabajar en ella.



—No puedo creer que dos imbéciles como ellos crearan algo tan maravilloso como tú —susurro en voz baja.



Diego se va en silencio a la cocina, y Ruben se dirige afuera al jardín para ayudar a el Entrenador a limpiar. Sus pasos se desvanecen, y todo a nuestro alrededor se siente silenciado mientras Pedro me mira. Su voz carga esa calma, la tranquilidad mortal que manifiesta cuando se está poniendo muy ocupado peleando contra algo en su interior.



—Tienen razón, pequeño petardo.



Siento como si me hubieran golpeado con un bate de béisbol justo en mi pecho. Inhalando una lenta respiración, me mira con fiereza.



—Paula, no le desearía un padre como yo a la descendencia de Scorpion, mucho menos a mi propio hijo.



No. No con un bate de béisbol. Creo que me acabo de estrellar contra un tren. Dolor pasa a través de mí, y mis manos caen de su brazo. —Por favor, no digas eso. Por favor, no pienses en nada más aparte de que serás el mejor padre.



Aprieta su mandíbula, y puedo decir que suaviza su voz por mí. — Podría ser como yo.



—¿De qué manera como tú? —contraataco ferozmente, sujetando mi estómago—. ¿Hermoso por dentro y por fuera? Con más fuerza de voluntad que nadie que he conocido. Hercúleo, generoso, amable...



Luce tan atormentado, me apodero de su mandíbula y lo obligo a mirarme.



—Eres lo mejor que me ha pasado. Eres humano, Pedro, y no te tendría de ninguna otra manera. Queremos esto. Queremos una familia unida. Lo merecemos, igual que cualquier otra persona.



Endurece su mandíbula y aprieta los dientes. —Pequeño petardo, quererlo no significa que esté bien. No tengo jodido valor alguno para cualquier cosa que no sea pelear.



—No, no es así. Eres un gran luchador, pero eso no es lo que te hace ser TÚ. Pedro, ¿no ves lo inspirador que eres? Eres honesto, impulsivo, apasionado, feroz y tierno. Proteges y provees sin ninguna expectativa. Nunca te he escuchado juzgar o criticar a las personas. Vives tu vida con tus propias reglas y haces tu mejor esfuerzo para proteger a los que te rodean. Amas incluso con más intensidad de la que peleas, y nunca he visto a nadie pelear como tú. Nadie te enseñó a ser como eres, simplemente tú. De cualquier manera que lo veas, tu eres el único padre que yo hubiera querido para mis hijos, y el único hombre al que amaré. Dejemos que esos dos se vayan. Te hicieron biológicamente, pero ellos. No. Te. Crearon.



Absorbe mis palabras, y mientras piensa en ellas, agarro su nuca y lo empujó hacia abajo para que pueda besar esos hermosos labios, y detenerlos de decir cosas más hirientes sobre sí mismo. Su boca, dura al principio, se suaviza bajo mi presión, hasta que siento la tensión en él aliviarse mientras me lame de regreso y murmura contra mis labios—: Estás ciega porque eres mía.



—No. Te veo porque soy tuya.



Retrocede para ver mi expresión, su mirada brillando protectoramente en mí, y sé que él hará cualquier cosa para protegerme a mí y a nuestro bebé.



—No están de acuerdo con mi elección. ¿Tú estás bien con todo esto? —me pregunta.



Dios, estoy de acuerdo con todo lo que hace, tanto así confío, respeto y amo a este hombre. Sé que está preguntando sobre su decisión de utilizar medios naturales para controlar su enfermedad. Probablemente le tome el doble de esfuerzo de lo que le llevaría medicarse; requiere disciplina y todo un estilo de vida dedicado a su bienestar y, francamente, no es como si él tuviera una postura política del problema. Es su vida y está tratando de vivirla, y yo quiero vivir la mía con él. Todos los que han estado enfermos, o han estado bajo medicación a largo plazo, alguna vez saben que cuando arreglas una cosa en tu cuerpo químicamente, renuncias a algo más. Mira la lista de efectos secundarios. No hay ninguna píldora mágica para la salud.



Somos obras en proceso, y la salud no es un lugar seguro. Es una meta que siempre está en movimiento y tiene que ser perseguida, diariamente, y para siempre. Pedro siempre luchará esta pelea... y yo siempre pelearé con él.



—Estoy bien con tu elección, Pedro —le digo, sosteniendo su mirada para que sepa que lo digo en serio.



La sonrisa que aparece en su rostro es tan tierna. —Tendremos a un pequeño alguien que dependerá de nosotros. Tienes que decirme si es demasiado para ti, Paula.



—Te lo haré saber —acepto.



Toma mi mano entre la suya, una grande y callosa, y ambos las observamos mientras entrelazamos nuestros dedos. —Entonces, dame tu palabra de que me dirás si alguna vez me salgo de control y te gustaría que me medique, y te doy mi palabra de que lo haré en el instante en el que me lo pidas.



—Pedro, te doy mi palabra —digo, apretando su mano.



—Y yo te doy la mía. —Me jala más cerca y me envuelve en sus brazos, y me deslizo en ellos, absorbiendo su abrazo fuerte y protector mientras extiende sus dedos sobre mi vientre redondo y agacha su cabeza sobre mi hombro para ver el bulto. —Te protegeré hasta que muera —susurra contra mi oreja—. Nada nunca les hará daño. Si ella es como yo, la apoyaré como ellos nunca lo hicieron. Le demostraré que aun así puede florecer. Que todavía vale la pena.



Estoy completamente derretida cuando giro mi cabeza para enterrar mi nariz en su pecho sudoroso, sin querer estar en otro lugar. —Será un él. Y él lo logrará. Al igual que tú.


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GRACIAS POR LEER!!!

NO FALTA MUCHO PARA QUE TERMINE ASÍ QUE DISFRUTEN DE LO QUE QUEDA!!♥♥


sábado, 8 de marzo de 2014

SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 33





–Así que está en todos los titulares que la novia de Riptide está embarazada –dice Diego mientras volamos a Austin.



Ahora Josephine vuela con nosotros también, y hoy se sienta con Diego, Ruben y Pedro en una de las secciones del salón, mientras que el entrenador está en el banquillo, Diane y yo ocupamos una de las otras secciones del salón. Pedro y los hombres parecen estar discutiendo mi seguridad para las dos peleas de Austin. Al parecer, nos estamos acercando a semifinales, por lo que Scorpion ahora estará peleando en las mismas noches que Pedro.



Una parte de mí está ansiosa por ver si vamos a tropezarnos con Delfina en los combates, mientras que otra parte de mí teme el resultado de tal encuentro.

Pedro está de mal humor, rudo y sobre protector. El hecho de que sus jodidos padres viven en Austin y que vendiera la casa donde nos alojamos normalmente, sin duda, le molesta. Diego alquiló otra casa para mantenernos lejos de los medios de comunicación, pero Pedro no se aplaca. Sé que no le gusta la idea de que esté en el mismo estado que Scorpion, y mucho menos el mismo código postal.



Mientras le muestro a Diane las fotos que Melanie me envió de esquemas de color para la habitación del bebé, oigo la voz de Pedro, baja, como si él no quisiera que yo lo escuchara, pero con autoridad. –Cualquier persona que se acerque a ella o siquiera la vea mal, te encargas de eso inmediatamente.



Por el rabillo de mi ojo, veo como Diego asiente sombríamente y pasa la mano por su corbata negra. –No te preocupes, Pedro, la protegeré como si fuera mía.



–Ella no es tuya, imbécil. Ella es MÍA.



– Señor Alfonso, – Josephine interpone–. Voy a estar en estado de alerta asegurándome de que ella no es de ninguna manera amenazada o molestada.



– Me encanta este esquema de color azul y verde – Diane me dice, desconectándome de la conversación en el otro lado del avión.



Volviendo a las imágenes, tristemente le digo – Me gustaría que lo del anillo hubiera funcionado. Pedro no quiere saber, y no quiero saberlo de un médico y contárselo accidentalmente.



– ¡Hey! – Ruben grita desde la otra sección. –. ¿Cómo van a llamarlo?



Los hombros de Pedro están encorvados mientras se inclina y estudia algo que Diego le muestra en su teléfono, y no creo que ni siquiera me esté escuchando, pero aun así digo: –Si es niño, no he sido capaz de pensar en ninguno. Pero tengo el nombre perfecto si es una niña.



– Oh, sí, ¿cuál? – Ruben pregunta, apoyándose en sus brazos, curioso.



–Iris –le digo en voz baja. Pedro voltea a verme instantáneamente, y la intimidad de su mirada perfora y quema a través de mí como una ola de lujuria y amor estrellándose en mi.



–Me gusta Iris – dice con voz ronca, asintiendo con aprobación.



Le toma Diego mucho más esfuerzo para lograr que Pedro se concentre de nuevo en lo que sea que Diego le estaba mostrando en su teléfono, debido a que Pedro sigue mirándome a través del avión. No me puedo concentrar en lo que dice Diane tampoco, porque sigo mirándole.



Se siente incorrecto tener todos estos asientos entre nosotros, mi iPod escondido en mi bolso y mí chico tan lejos.



Se inclina tan atrás en su asiento como le es posible, y a través del pasillo del avión, extiende su brazo y abre su enorme mano. Enlazo mis dedos entre los suyos, y luego se siente bien de nuevo. No deja de revisar sus cosas de hombres, y yo continuo hablando con Diane acerca de cosas de bebé, su mano sosteniendo la mía a través del pasillo.



***



Mientras Diego y yo nos establecemos en el Underground de Austin, tengo la mala suerte de ver a dos de los matones de Scorpion que nos miran desde el otro lado del ring. Parpadeo de sorpresa e inmediatamente escaneo la multitud en busca de Delfina.



No la encuentro por ninguna parte, y cuando mi atención se desplaza de nuevo a los matones, me encuentro con que su atención está todavía con nosotros.



Uno de los chicos tiene la cabeza rapada, y el otro lleva con orgullo un tatuaje de escorpión en el pómulo, al igual que su jefe solía tener antes que Pedro se lo tallara el día en que fue por Delfina.



Delfina. . .



La idea de su fraternizar con Scorpion y sus secuaces me hace infeliz, y la idea, por desgracia, también viene con la sensación de un millar de patas arrastrándose sobre mi piel. Estoy dividida entre múltiples impulsos: de vomitar, de huir, y de ir hacia estos matones y exigir que me digan dónde está mi hermana. Me siento como una brújula que se ha vuelto loca y no sé qué hacer, hacia dónde apuntar, o cómo reaccionar, así que en su lugar me siento aquí y sigo viéndolos, sintiéndome muy parecido a una pequeña niña tonta, incluso si Diego se sienta a mi lado, armado hasta los dientes con pequeños dispositivos.



Cuando los dos hombres se levantan lentamente y empiezan a hacerse camino alrededor del ring, el acto de que se dirigen directamente hacia nosotros hace que mis pulmones se contraigan. Mi corazón se golpea con fiereza en mi caja torácica mientras mis entrañas alborotadas caen por completo en pavor.



Tenso en su silla de plástico, Diego susurra:– Probablemente van a ver la pelea de Scorpion más tarde o  están explorando a Pedro. Comprobando cómo está luchando, si no hay ninguna lesión visible. Por favor, por el amor de dios, no hagas nada, e ignóralos.



Miro al par detenerse ante nosotros con hundimiento en la boca mi estómago.



– No te muevas, Paula – Diego advierte en voz baja.



Ferozmente consciente de que el bebé de ya casi seis meses de edad ronda en mi estómago, me obligo a mirar hacia el suelo de cemento, mientras que mis vasos sanguíneos se dilatan dentro de mí. Mis piernas tiemblan mientras hundo mis manos protectoramente alrededor de nuestro bebé, cuyo corazón ya hemos oído y a quién queremos lejos, muy lejos de estos hombres como sea posible.



Pero estos son dos idiotas que trataron de provocar Pedro a luchar en un club la temporada pasada, y fingir que no los veo cuando realmente puedo oler su hedor va en contra de todos mis instintos para golpear sus empeines y aplastar sus testículos.



–Hola, perra de Pedro. ¿Quieres darnos un besito? –Uno de ellos se burla.



La rabia y la impotencia brotan dentro de mí, mientras las filas de asientos empiezan a llenar nuestro alrededor, y me obligo a mantener mis ojos en sus pies y espero que se vayan, o que a Diego finalmente le salgan algunas bolas más grandes y haga algo.



–Les sugiero que se pierdan –dice Diego calmado.



–No estamos hablando contigo, flaco, le estamos hablando a la puta. ¿No recuerda que su coño se puso tan mojado y empapado como una foca cuando el jefe la hizo besarlo? Justo en este momento tu hermanita es follada muy duro por el jefe, justo en frente de todas sus otras niñas.



Mi cabeza se levanta bruscamente mientras mi cuerpo se vuelca en la humillación. Temblando en mí asiento, aprieto mis dientes y hago puños mis manos a mis costados como me gustaría un par de botellas para rompérselas en el cráneo. –Vuelve al agujero que saliste y dile a tu estúpido jefe que ¡Riptide va a enterrarlo este año! – digo rechinando.



– Paula – Diego me agarra el codo en señal de advertencia mientras los dos idiotas se ríen.



– ¿Quieres que le digamos que dijiste eso? ¿La nueva puta de Pedro? – El calvo escupe en el suelo, un centímetro de mis pies– .¿Quieres puta?



–Les advierto que se vayan –Diego repite, poniéndose de pie y metiendo la mano en su chaqueta.



Estoy modo de defensa con toda mi fuerza, y mi sangre está bombeando mientras les muestro mi dedo medio a ellos. – De cualquier forma. Dile que se vaya a la mierda y que pronto va a lamentar el no haber dejado a mi hermana en paz.



De repente, Josephine agarra a los chicos por la parte trasera de sus camisetas, con voz engañosamente tranquila mientras les pregunta:– ¿En busca de una mujer de verdad, señores?



Diego me levanta de mi asiento y me arrastra hacia debajo de la fila mientras mi corazón bombea con tal violencia, que apenas puede respirar.



– ¿Qué fue eso? – Diego me da vuelta, con los ojos ardiendo en ira –. ¿Un poco de spray de pimienta en mi bolsillo hace que te sientas toda luchadora enloquecida?



– Diego, eres un estupido. ¿Por qué no lo usaste? ¡Ellos estaban respirándonos en la nuca!




– Paula, un poco de sutileza, ¡por favor! ¡No puedes provocar a estos tipos! Si vuelven cuando Pedro esté luchando y ve que están a dos pies de ti, va a dejar el ring y será descalificado, y esa es la última mierda que necesitamos...– Se calla, toma una respiración profunda y me frunce el ceño–. ¿Qué fue lo que te dijo que hicieras hace rato en el vestidor? ¿Eh?



Recuerdo la petición de Pedro con claridad, y al instante mi voz decae. – Que estuviera tranquila en mí asiento.



– ¡Bueno, entonces! Podrá gustarle que eres un pequeño petardo, pero no quiero que te alejes de mi vista, y desde luego no quiero que te quemes.



– Diego, a Pedro no le gustaría que me sentara con la cabeza baja mientras que los dos payasos me insultaban. Estoy segura que él no esperaría que no hiciera nada.



– Él no espera que hagas nada, es por lo que me nombró para tratar de mantener las cosas bajo control.



–Si él fuera tú, hubiera hecho algo, y si no estuviera embarazada, ¡yo lo haría!



–No estoy jodiendo a Riptide, Paula. ¡Mírame! – Diego se señala a sí mismo en su chaqueta negra y corbata–. Admito que no estoy embarazado, y podría haber usado uno de estos pequeños juguetes que tengo en mí en ellos, pero eso levantaría todo tipo de señales de alerta para cuando Pedro saliera, se daría cuenta de que algo estaba a tu alrededor y dejaría la lucha. No siempre se trata de atacar. Por Dios.



– Diego, lo siento, lo entiendo. Vamos a sentarnos. Estoy feliz de que se hayan ido – le digo, y ambos exhalamos mientras nos dirigimos de nuevo a nuestros asientos y nos sentamos a ver, pero mis manos aún tiemblan de la adrenalina corriendo por mis venas.



El lugar es rodeado de gente en el momento que la primera pelea se anuncia por los altavoces.



– Bienvenidos, bienvenidos, señoras y señores. . . –Escucho.



El ruido y la emoción nos rodean mientras vemos luchadores que vienen y van. Viendo toda esa sangre de nuevo, escuchando los sonidos de huesos triturados contra hueso, empieza a hacer que me inquiete.

Pedro. . . oh dios. Sólo de pensar en cómo podía toparse con Scorpion en los vestuarios eleva mi nerviosismo a la azotea.



Estoy inhalando y exhalando cuando Diego me dice: – ¿Sabes qué, Paula? Me dijo que no quería que nadie te mirara, así que tienes razón, él hubiera querido que los llevara tan lejos de ti como fuera posible, inmediatamente. Pero no puedo tomarlo tan literal, chica. Estoy tratando de mantener las cosas en calma por aquí. Entiende por favor que tengo que ser la cabeza fría aquí.

–Entiendo, Diego, pero – digo exageradamente –, eres como un arma cargada sin gatillo.



–Estamos en negociaciones directas con Scorpion, Paula – me dice, en voz baja–. La última cosa que quiero es agravar la situación, o sólo le costará más a Pedro.



– ¿Qué? – Mis ojos se abren–. ¿Sabes algo acerca de Delfina?



– Sólo que esta vez Pedro se está haciendo cargo de las cosas y que tú estás fuera de esto completamente. – Aprieta los labios significativamente y asiente, y ni siquiera puedo discutir, para ese momento Pedro es anunciado, su nombre explotando a través de los altavoces y del público.



– Sí, señor, ¡saca a Riptide para esta gente! – El anunciador grita, y la multitud ruge– . ¡RIPTIDE!



Mi corazón da un vuelco, mi conciencia inmediatamente pasar a centrarse en el destello rojo que se acerca al ring.



La pelea de la noche es tan significativa. No sólo porque nos enteramos de que Scorpion fue descalificado por usar manoplas en una pelea la noche anterior y porque Pedro está en el primer lugar por una gran cantidad de puntos, sino porque sé que Austin es el lugar donde nació, donde, en su cabeza, cree que fue rechazado. Pero no por la multitud. Oh, no. Nunca por la multitud.



La arena resuena con gritos sanguinarios mientras Pedro salta al ring, trayendo todo el color a ese espacio en blanco y aburrido.



– Si pasa esta noche, sin perder, entonces dejaremos a Scorpion muy por detrás. Todo son buenas noticias – Diego me dice.



Asiento con entusiasmo, mis ojos se enfocaron en nada más que Pedro ahora.

Ruben y el entrenador toman su lugar en la esquina mientras Pedro se quita su bata RIPTIDE y se la entrega.

Mientras que su oponente es anunciado, Pedro levanta los brazos y sonríe a su público, entonces me señala, y la gente ruge. –Paula, Paula, Paula – empiezan a cantar.



Se ríe, y estoy con las mejillas sonrosadas por el conocimiento repentino que aquí todo el mundo ahora sabe acerca de mí. Todos sus admiradores todos saben que soy la novia embarazada de Riptide, así que qué más da. Agito la mano como una tonta y le mando un beso, y me encanta la forma en que él lo coge y lo aplasta en su boca. Creo que eso es lo que la gente estaba pidiendo cuando cantaron Paula, porque en el instante que mueve sus brazos para agarrar mi beso en el aire y aplastarlo, la multitud se vuelve loca, y nos reímos al unísono.



Un nuevo peleador se mete en el ring, sin toda la fanfarria de la entrada de Pedro, y la lucha comienza.



Pedro es especialmente juguetón con los combatientes más jóvenes. Parecen esperar que sea potente, pero no tan rápido, y puedo ver que los vuelve locos. Finge mucho, les da un poco de juego, y luego los acaba sin misericordia para el deleite de su público.



Esta noche se va a través de doce peleadores, termina empapado y un poco magullado en su lado izquierdo. Cuando nos dirigimos a la casa de alquiler, empieza a cuestionar a Diego tan pronto como lleva a la gran sala de estar que se separa en largos pasillos, cada uno lleva a una habitación separada.



– ¿Todo bien en las gradas?



–Uh, algo.



– ¿Cualquier explorador alrededor?



– Dos. Los mismos de siempre.



– ¿Miraron a Paula?



–Uh...



Se mueve alrededor, frunciendo las cejas. – ¿Jodidamente miraron a Paula?



Diego me mira y luego a él. –Vinieron a hablar. Paula les enseño el dedo. Les dije que se fueran. Josephine se acercó. Puse a Paula a un lado.



Pedro me mira, y ahora sus cejas se levantan. – ¿Les enseñaste el dedo?



Me enfada. – ¿Preferirías que los hubiera pateado en las bolas?



Su incredulidad se desplaza a Diego. Muy lentamente, arrastra una mano por su pelo con frustración, hacia atrás de su cuello, luego niega con la cabeza y me agarra la nuca mientras me conduce hacia nuestra habitación. – Lo discutiremos en nuestra habitación– dice refunfuñándome.



– Buenas noches, chicos – dice Diego.



Pedro se para y cambiando de dirección. – ¿No hay señales de la hermana de Paula?



– Ninguna – dice Diego, y la emoción en su rostro casi me rompe. Él y Pedro se enganchan en una forma silenciosa de comunicación de hombre a hombre, y eso es todo, y nos dirigimos en diferentes direcciones.



Tan pronto como Pedro nos lleva a nuestra habitación, soy presionada contra la puerta y me encuentro con su nariz enterrada en mi escote mientras me huele a nuevo.



Mi coño se aprieta cuando gruñe – ¿Por qué insultaste a esos idiotas? – Hace su cabeza hacia atrás y me da toda la fuerza de su mirada miel–. ¿Qué te dijeron?



–Estaban en nuestras caras, y no me gusta decir esto, pero Diego es como un arma cargada sin gatillo.



– ¿Lo es?



–Fue realmente una buena cosa que pudo mantener la calma esta noche, porque yo no pude. Estoy enloqueciendo pensando que Delfina está allá fuera con esos hombres. ¿Qué vas a hacer?



Sacude la cabeza y se dirige a la ducha. – Vas a mantenerte fuera de esto.



Empiezo a ir tras él. – ¿No vas a decirme al menos?





Abre la puerta de la ducha, y eleva su mirada más sombría sobre mí. –Por nosotros, Paula – susurra con severidad, acariciando su mano a lo largo de la curva de mi abdomen– . Por nosotros tres. Vas a prometerme que vas a estar lejos de esto. Y si rompes lo que me prometiste, que me ayude Dios...



– ¡No! Que Dios me ayude, si tú te pones en peligro a causa de ella... por mi... voy a...



– ¿Qué? – ladea una ceja divertido, y luego me acaricia el culo con una sonrisa–. Me gusta cuando me golpeas, y también me gustas enojada.



– Pero voy a estar muy enojada ¡como nunca me has visto! – Lo veo amenazadoramente a su pecho mientras comienza despojarse de su pantalón de boxeo–. No, Pedro. – Alcanzándolo antes de que entre en la ducha, lo agarro de la mandíbula y lo obligo a mirarme–. Prométemelo.



En su mirada hay destellos de diversión mientras pasa la parte posterior de un dedo por mi sien. – ¿Qué voy a hacer contigo, petardo?



– Prométemelo – Insisto.



– Te prometo –me dice– , que tu hermana estará de regreso contigo muy pronto, y que estoy aplastando a ese insecto este año. –Suelta mi barbilla y se mete en la ducha, y no puedo explicar el alivio que siento. Nunca me ha mentido. Sus palabras no son tan abundantes, pero llevan tanto peso. Está ganando este año, y lo que sea que esté negociando, Delfina será libre pronto. Ligeramente aliviado, voy a sacar mis aceites. Le lleva exactamente cuatro minutos para enjabonarse, lavarse el pelo y salir con una toalla alrededor de su cintura mientras usa otra para secarse el pecho.



— Ven aquí y deja que te frote— le digo, y mientras me sigue a la banca que generalmente encontramos al pie de la mayoría de las camas de hotel, me tira en sus brazos y besa el hueco de mi oreja.



— ¿A quién le perteneces? – pregunta en voz baja.



Me derrito.



– A un tipo con suerte. – lo obligo a que se siente, luchando contra el impulso de besar cada centímetro de él por el momento.



– Dime su nombre– ordena al tiempo que se deja caer para que pueda frotar sus músculos. Me mira arrodillarme ante él y colocar todos mis materiales cerca, y usa una inclinación devastadoramente atractiva en los labios que es francamente irresistible.



– ¿Por qué? ¿Te gusta la forma en que su nombre suena en mi voz? – pregunto mientras desenrosco la tapa de mi aceite de árnica.



– Joder, me encanta. Dime su nombre ahora. – Sus calientes ojos mieles miran mientras me echo el aceite en las palmas y froto mis manos para calentar el líquido antes de deslizarlas hábilmente a lo largo de su pecho y hombros.



– Pero... él es... complicado – susurro, curvando los dedos alrededor de su clavícula y su garganta—.Lo conozco muy bien, y sin embargo... – Me detengo y froto el aceite de árnica a todo lo largo de un sólido brazo musculoso–. Y al mismo tiempo, siempre sigue siendo un misterio.—Deslizando hacia arriba de su brazo y para poner el aceite a través de sus trapecios, le susurro al oído :– A veces responde por Riptide, pero yo lo llamo Pedro. Y estoy loca por él.



Su pecho retumba con una sonrisa, y veo las pequeñas estrellas de deleite danzando en el interior sus ojos mientras me mira a la cara y me pellizca la nariz.



– Eres buena para mi ego Paula, mi hermosa embarazada Chaves.



– Pero no dejes que ese ego sea todavía más grande – le advierto, ahora frotando el aceite caliente a lo largo de sus pectorales como me cae mi voz y le digo:– Tú eres mío.



Sonriendo, deslizo mis dedos por su brazo, le toco la mano, entonces impulsivamente levanto su mano y beso sus nudillos, mirándole a los ojos mieles, que brillan con ternura mientras me mira. – ¿Esta es mía también? – Pregunto con incertidumbre.



Baja la voz a un gruñido juguetón mientras corre la parte posterior de un dedo por mi mejilla. – Depende, pequeño petardo. ¿La quieres?



–La quiero.



– Entonces es tuya, pequeña.



Tomando la otra mano, repito lo que hice con la primera y beso sus nudillos.



– Y ¿esta otra?



– ¿La quieres? – Levanta las cejas y feliz sacude su cabeza en dirección a la puerta–. Todas esas señoritas por ahí lo querían.



– Pero yo la quiero – protesto.



Sonríe con indulgencia y recorre el reverso de un dedo por mi mandíbula de nuevo. – Entonces es tuya.



Mi voz falla cuando quito su toalla para que pueda esparcir el aceite en las pantorrillas y los poderosos muslos. Admiro su sonrisa sexy, esos hoyuelos y el pelo revuelto. Pregunto:– ¿Qué hay de ti? ¿Todo tu? –Paso mis aceitosas manos por su pack de ocho, levanto la cabeza para buscar sus labios. Gruñe cuando lamo la costura de su boca. Suavemente . Sigo masajeando su piel mientras comienzo a mover mis labios sobre los suyos. Es una máquina de combate y es mío, mis ojos brevemente se cierran mientras lo atiendo y respiro – ¿Qué hay de ti, Pedro? ¿Eres mío?



Su voz gruesa hace que mis pezones se paren. – ¿Me quieres?



Dios. Mi gran hombre, adorable como un niño. Un niño con la fuerza de mil hombres. Juguetón y posesivo. Me muero de la necesidad y de amor cuando le susurro:– Te quiero – al oído–. Todo tú. Negro y miel y cualquier otro tono que tengas.



Gimiendo, jala mi cabeza hacia abajo a sus labios y me besa, duro y profundamente. – Voy a responderte en la cama. – Coge mi mano, como si estuviera listo para la parte de la cama, pero me río y tiro hacia atrás.



– ¡Cinco minutos más!



Niega con la cabeza. – Dos.



– Cuatro.



– Tres, ahora lo tomas o te arrojo en la cama justo ahí, en este instante.



– Hecho.



–Listo, ¿te arrojo en la cama? – protesta.



–Listo, ¡tres minutos más! – Lloro riendo, apurando mis manos mientras froto a lo largo de sus duros pectorales. Mi risa se desvanece cuando mis pensamientos van de nuevo a los hombres de Scorpion.



–Ella solía meterse en mi cama por la noche cuando tenía pesadillas. Tenía una imaginación tan vivida, veía cosas, buenas y malas, donde no había ninguna.



– ¿De qué estás hablando? – Pregunta con voz ronca.



–Delfina – le digo, sin poder ocultar la tristeza en mi voz–. Sólo quiero que sepas por qué... No sé. Por qué siempre la he protegido. Parecía necesitarme, y caímos en esos roles. Ella siempre necesitaba protección. Pero ahora me pregunto si la dejo resolver sus propios problemas, ¿alguna vez aprenderá la lección? Siempre he querido protegerla pero ahora nada me hará arriesgar al bebé y a ti, ni siquiera ella.



Su expresión es tan amable y comprensiva, un pequeño grupo de emociones viajan por mi pecho.





– Shh. Relájate – dice, acariciándome con mano el pelo–.Él no va a conseguir el campeonato, o el premio, o a tu hermana. No está ganando. Yo. Voy. A. Ganar. Todo. ¿Me escuchas? Obtengo el oro, el campeonato, la libertad de tu hermana... Y voy a proteger, complacer y amar a mi chica.



GRACIAS POR LEER!♥


viernes, 7 de marzo de 2014

SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 32



Pedro está absolutamente enamorado de mi barriga de cuatro meses de embarazo. Estoy empezando a mostrarla y eso lo emociona. No, más que emocionado. Estoy emocionada también… ¡Amo jodidamente mi barriga! Me siento increíble. No más nauseas. Y de alguna manera parezco “brillar”, pero creo que tiene que ver con la forma en que Pedro me hace el amor además del bebé que puso en mí.



Él mide mi bulto cada mañana con sus manos cuando estoy parada estudiándome a mí misma en el espejo de cuerpo completo del hotel. Lo que sea que esté haciendo (fuera de la ducha, cepillándose los dientes), viene hacia mí para  inspeccionarme también, su mirada brilla con orgullo mientras me ahueca con sus manos y me mide. Su voz está ronca esta mañana. Acabamos de despertarnos y está desnudo, detrás de mí, su esbelto y gran cuerpo perfectamente visible en el espejo detrás del mío mientras agacha su cabeza para acariciarme con su nariz.



—¿Crees que estás comiendo lo suficiente? —susurra en mi oído, justo antes de presionarme de nuevo contra él y rozar sus labios en la base de mi garganta.



—¡No voy a empezar a comer como tú! —lo acuso mientras me volteo en sus brazos y entrelazo mis dedos en su nuca, sonriendo hacia él como la tonta-perdidamente enamorada que me hace sentir. Juguetonamente, empujo sus hoyuelos—. Ya hemos establecido que tienes problemas. Solo quieres que todo el mundo sepa que estoy embarazada y no disponible.



Me alza así que nuestras bocas están alineadas y planta un gran beso en mis labios, estrechándome. —¡Así es!



Hoy en el gimnasio quiere enseñarme como derribarlo—o, más específicamente, a cualquiera que constituya una amenaza para mí. Ahora que he estado caminando, luego trotando un poco, con la total aprobación del doctor, me siento de maravillas. Pero lo que más me hace sentir bien es la forma en que Pedro me mira. Como un caliente trasero del propietario, esta es mi mujer, este es mi hijo. Leí que es completamente normal estar caliente cuando estás embarazada, pero realmente no puedo olerlo sin quemarme con la necesidad de arrancarle la ropa y saltar a sus sexys huesos. Lo cual he estado haciendo al menos dos veces al día, para su completo deleite masculino.



Él no ha estado negro en dos meses desde que llegué aquí, pero ha estado tramando algo con Diego y Ruben. El hecho que los tres están tan sigilosos sobre eso me preocupa. Creo que tiene que ver con Delfina, pero cuando le dije “Pedro, Delfina me envió está nota. Ella no quiere que hagamos nada al respecto y podría esperar hasta la final para hablar con ella.” Él solo se rió y dijo “Déjamelo a mí ahora, ¿Está bien?”



Pero no está bien.

Estoy aterrorizada.



Esta mañana, tenía una extraña reunión con Diego y Ruben en nuestra sala de estar. Me miró y calmadamente me preguntó “¿Puedo hablar con los chicos a solas por un momento?” desde entonces, he estado toda preocupada sobre sus planes.



Y esa es la única parte sobre estar embarazada que no me gusta. Detesto ser tratada como una imbécil, débil y delicada florecita.



No, señor. Y hoy lo probaré en el gimnasio cuando, de hecho, logre derribar a Pedro Alfonso, a pesar de mi barriga de embarazada.



Lo observo hacer flexiones, su respiración rápida y constante, adentro y afuera, adentro y afuera. Lo observo hacer tres rondas de saltos con la cuerda y tres rondas de boxeo con un contrincante imaginario―giro, puñetazo, giro, puñetazo, protegerse, evadir…su perfecto pecho masculino sudado, la intensidad con la cual se ejercita me pone toda caliente. El entrenador le grita desde la banda lateral y Ruben toma el tiempo de su velocidad y hace notas en un portapapeles.



En el momento que Pedro está todo empapado y me hace señas que avance hacia el ring, estoy excitada en completa y total lujuria.



—¿Lista?



Asintiendo, me subo al ring con él.



Tengo una de mis mallas de cuerpo entero puesta, una con un cierre justo en el medio. Sus ojos se arrastran por ella y juro que calientan cada parte que tocan. Él coloca su mirada de regreso a mis ojos.



—¿Lista? —su voz es más ronca.



—No tienes idea de cuan lista estoy. Voy a patear tu trasero y se va a sentir increíble.



—Patea mi canilla primero y luego mi trasero… —me jala más cerca, su aliento caliente y cálido en mí oído mientras susurra—: La clave para derribarme es sacarme de equilibrio. Si yo o cualquier persona más pesada que tú está equilibrada, jamás vas a derribarlos.



—De acuerdo. —digo mientras me deja a un lado, porque la que pierde el equilibrio con su cercanía soy yo.



—Pateas mi canilla. Pierdo el equilibrio, luego mueves tu pierna rápidamente como lo hiciste la última vez y pateas la parte más débil de mi talón, ¡Cuida como lo haces ahora! Así que haz que me balancee, luego túmbame.



Mariposas nerviosas toman vuelo dentro de mí y gimo y ruedo mis ojos.



—Siento que me voy a lastimar de nuevo. Todavía eres un árbol, Pedro.



—Con una jodida canilla. —se mueve a mí alrededor, sus labios curvados con diversión, sus hoyuelos sexys y juguetones—. Vamos. Mantén tu equilibrio y sácame del mío.



Miro sus brillantes y juguetones ojos mientras todo mi corazón siente que es de aproximadamente una tonelada de amor, sentado justo en mí.



—Lastimarte va en contra de cada uno de mis instintos. —digo dramáticamente, como si realmente creyera que podría golpearlo.



—No me lastimarás ni un poco. —dice, riéndose.



Entonces lo agarro por la mandíbula y lo beso a la antigua en los labios antes de apartarme y estirar mis piernas. —Está bien. Mi orgullo dice que esto debe hacerse. ¿Qué pasaría si fueras escorpión?



Frunce el ceño. —Lo derribas, bebé, y me refiero ahora. Vamos, mueve mi mundo, mi pequeño petardo.



Lo hago. Pateo su canilla colocando todo mi peso en ella hasta que dice “ouch”, luego giro mi pierna tan rápido, alcanzo la parte posterior de su pierna y lo siento caerse al instante que lo conecto. Pero todavía es Pedro Alfonso, y naturalmente parece estabilizarse. Se planta así mismo hacia atrás, sacándome de equilibro cuando lo hace. Chillo mientras comienzo a caer, y él instantáneamente me agarra y se lanza a sí mismo de espaldas, rompiendo mi caída.



Se ríe mientras nos enderezamos.



—Me dejaste ganar. —lo acuso, entrecerrando los ojos.



Sacude su cabeza. —No, tú hiciste eso por tu propia cuenta. —me asegura.



—Eres un gran e increíblemente en forma mentiroso. —le digo, empujándolo.



Se ríe y se sienta derecho conmigo en su regazo, apartando mi cola de caballo a la parte posterior de mi cabeza. —No fue tan difícil, ¿cierto? —me pregunta, acariciando mi mejilla.



—No —inhalo, luego digo en voz baja así él es el único que me puede escuchar en su oído—. pero tú lo estás. **Paula hace un juego de palabras. en ingles la palabra Hard significa difícil y duro**



Mira hacia mi boca y me desplazo encima de él. Agacha su cabeza y me huele, y siento un hormigueo recorrer toda mi piel cuando su nariz se conecta con mi nuca.



—¿Te gusta entrenar conmigo? —le pregunto con voz aterciopelada mientras apoyo mis brazos en sus hombros, excitándome y calentándome a causa de su enorme erección debajo de mí.



—Hmmm —dice mientras levanta su mano y agarra mi nuca—. Me gusta cuando entrenamos de esta manera… —me besa suavemente y empuja su lengua dentro de mi boca, y siento electricidad correr de su lengua hacia todo mi cuerpo. Él está húmedo por su sesión de ejercicios y se siente caliente y sediento, y me siento aún más caliente y más sedienta mientras aferro a su pecho, sus músculos pegajosos y duros mientras me siento a horcajadas sobre él.



Empuña mi cola de caballo en su mano, manteniéndome en posición mientras levanta la cabeza ligeramente y dice—: Ruben…



—Sí, le diré al entrenador. —Ruben no puede disimular la risa en su voz mientras trae algunas toallas y bebidas antes de cruzar hacia la salida.



—Pedro… —lo regaño.

Sus labios se curvan deliciosamente en las esquinas mientras sus dedos bajan el cierre de mi malla de cuerpo completo y Ruben le grita al entrenador—: ¡Oiga, entrenador, tenemos irnos así el chico puede hacer su camino hacia Paula! —ellos desaparecen por las puertas del gimnasio, y mientras le pasan seguro, Pedro pasa sus labios apasionadamente por mi cuello.



—No es posible en ningún aspecto ser así de hermosa. —me murmura mientras desliza su mano abierta sensualmente por la curva de mi columna.



—Entonces aquí es donde llegamos a la parte de besarnos, porque es casi imposible sacarme de esto. —susurro.



—Va a salir. —dice, lamiéndome. Besa mi boca y sostiene mi cuello mientras me besa. Luego usa su mano libre para bajar el cierre de mi malla de cuerpo completo. Me retuerzo y gimo porque nunca hemos intentado esto conmigo usando algo tan complicado.



—Puede salir, pero no fácilmente.



—Simplemente hagamos un poco de espacio para mí. —murmura con vehemencia en mi mandíbula mientras se agacha hacia la cúspide de mis piernas y despega un pedazo de tela de cada muslo; luego le da un tirón y rasga mi malla en la costura. Siento el aire escabullirse por la apertura y por el ardor de mi centro de mi ser. Estira una mano dentro de la rasgadura y dice—: Agárrate de mí cuello. —mientras maniobra para rasgar y sacarme las bragas que llevo puesta. Les da un tirón y las extrae por la rasgadura, sus ojos brillantes y una oleada de excitación me barre como una tormenta.



—Oh, por favor. —trayendo su cabeza de regreso a la mía, tomo sus deliciosos labios, mis labios moviéndose desesperadamente sobre él.

Me levanta por un segundo, luego empuja sus pantalones de chándal y me trae de regreso con una mano en mi cintura, esa sola mano lo suficientemente fuerte para bajarme hacia él y atravesarme. Grande. Caliente. Duro. Mío. Gimo y lamo su cuello. Perdida mientras mis paredes se estiran para tomarlo. Él agarra mi cabeza y toma mi boca más duro. Me está moviendo, amando, levantando y bajando con una mano, la otra en mi nuca, sosteniéndome y ahuecándome mientras me besa, su boca fuerte y dominante, abriendo y saboreando, retirándose y burlándose.








Me vengo rápido y duro, y sus brazos se aprietan como tornillos cuando mis contracciones ondulan a través de él. Lo escucho gruñir suavemente mientras me deja llenarlo con flujo. Luego me levanta y me lleva por el ring, recostándome en las cuerdas. Uno de sus brazos me protege, y él ni por un segundo se ha salido de mi interior. Comienza a moverse de nuevo. Gimo suavemente. Siento como si estoy flotando, suspendida en el aire por una cuerda y su brazo, la única conexión en mi cuerpo a su brazo y su polla dentro mí. Mi cola de caballo cae detrás de mí, mi garganta se arquea y él está ahí para devorarla. Maúllo mientras se mueve y hundo mis uñas en sus abultados brazos, sintiendo sus bíceps flexionarse y contraerse con su cuerpo cuando me bombea.




No hablamos. No necesitamos hablar con palabras; hablamos de esta manera. Levanto mi cabeza y lo muerdo y lamo y jadeo mientras escucho su respiración. Sus músculos flexionándose y moviéndose mientras se mueve dentro de mí hasta que me vengo otra vez. Él nunca, nunca se viene antes que yo―espera, me prepara, me observa, sus ojos se oscurecen cuando me ve venir ahora, luego aprieta su mandíbula y su cuerpo se endurece mientras se hunde más profundamente y se sostiene a sí mismo allí, y ahí es donde explota. Cuando está todo el camino dentro, y me estoy viniendo alrededor de él, abrazándolo dentro de mí, ondeándolo y agarrándolo.



En vez de caer flácidamente esta vez, apretamos nuestro agarre alrededor del uno al otro cuando acabamos. —Quédate dentro de mí. —le suplico. Estoy recuperando mi aliento, mis uñas están excavando sus hombros.



Me coloca más cerca y hunde su cabeza dentro de mis senos y respira fuertemente, como si mi piel es su aire, luego ligeramente muerde la parte superior de mi seno.



—Quiero vivir dentro de ti. —me dice en su ronca y tierna voz que hace que me derrita, y me agarra con más fuerza y lame y lava su mordida, su mandíbula raspando mi piel. —Dios, quiero morir dentro de ti.



Mis huesos se sienten líquidos en mi cuerpo, pero incluso relajada, siento esa atracción de toda su energía de tornado trabajando en la mía. —Eres tan posesivo, sé que me vas a llevar contigo.



—No, nunca te haría daño.



Me rio suavemente. —No será tu elección, me llevarás contigo porque yo iré a donde sea que tú vayas. Vas a ser mí final, Pedro Alfonso, pero esa es la manera en que me quiero ir.



Su rostro se retuerce con dolor mientras arrastra el dorso de sus nudillos por lo largo de mi mandíbula. —No, Paula te protegeré incluso de mí.





Nos miramos el uno al otro por un momento y la determinación en sus ojos de protegerme solo me asegura que, pase lo que pase, mi vida siempre estará entrelazada con la suya, para bien o para mal. Caminaré a su lado, correré, pelearé, aferraré y perseguiré sus sueños, los cuales ahora se han convertido en míos.



—Como tú dijiste, te amaré si eso nos mata —susurro mientras acaricio su rostro—. Todos morimos. Yo prefiero morir amándote como loca.



—Bebé, soy el único que te va amar como loco. —dice con su voz emocionada, apretándome, haciéndome reír en completa y total felicidad.



—Pedro… ¿Dónde vamos a tener el bebé?



Se endereza y me levanta en sus brazos, con mis piernas todavía entrelazadas alrededor de sus caderas mientras cruzamos el ring. —Donde sea que quieras tenerlo. Será fuera de la temporada. Puedo llevarte a donde sea que quieras.



—Estaba pensando que puedo mantener mi apartamento. Al principio, no iba a renovar. Pero podría ser inteligente tener un lugar donde tocar base. Y tengo una habitación libre que usaba para hacer yoga y podría transformarla en la habitación del bebé. Melanie está de acuerdo en decorarla…



Él nos sienta en el taburete en la esquina del ring, donde una cesta de toallas y bebidas esperan por nosotros. Agarra una toalla y me baja a su regazo mientras lentamente empieza a limpiarme, su perfil calmado y relajado.



—Le pediré a Diego que renueve tu contrato por otro año mientras buscamos por algo más —me dice—. Puedes usar la tarjeta que te di para cargar cualquier cosa que quisieras.



Muevo un brazo alrededor de su cuello y empujo un hoyuelo oculto. —¿Así que voy a ser tu novia y tu empleada? ¿Oficialmente?



Él agarra la parte posterior de mi cabeza, coloca mi cara hacia arriba casi hasta el techo, y lame un camino desde debajo de mi mentón derecho hacia mi boca, donde bruscamente envuelve mi boca con la suya.



—Oficialmente, eres mía.



***



—¿Vamos a ir por la ruta habitual de las vacunaciones o buscaremos un doctor que trabaje con nosotros un programa diferente? Hay muchas evidencias que las vacunas podrían ser la causa del autismo. —le digo a Pedro una noche.



Estoy comiendo un montón de vegetales. He leído que diferentes colores de vegetales proporcionan diferentes antioxidantes. Los vegetales verdes proporcionan unos diferentes que los morados y anaranjados, así que estoy comiendo un arcoíris cada mañana, mediodía y noche. Lo mejor para el bebé de Pedro.



Además la piña es la fruta del momento. Es todo lo que quiero comer. Tan pronto como llegamos a cada lugar, Pedro le ordena a Diane que traiga todas las piñas orgánicas que pueda encontrar. Las mezclo con plátanos para hacer un poco de batidos. Me las como con pimienta de Cayena. Diane las sofríe para mí con pequeños trozos de pavo. Soy una loca de la piña y Pedro está divertido como el infierno por ello.



—Yo diría que es una niña —Diane me dijo ayer—, porque se te antojan golosinas. Pero te ves tan bien. Cuando tienes a una niña, al menos, cuando tuve a mis hijas, me veía como una mierda.



—¿Por qué?



—Las niñas roban tu belleza. Y el amor de tu hombre. —sus labios se tuercen mientras estudia mi estómago con los ojos curiosos y entrecerrados —. Pero no cambiaría a mis hijas por nada. ¿Has hecho la cosa con la cadena con un anillo?



—No —le digo y ella me explica como envuelves una cadena alrededor de un anillo y la sostienes sobre tu barriga y la observas hacer o círculos para un niño o líneas para una niña. Suena tonto, pero, por supuesto, ahora estoy acostada desnuda en la cama y sostengo el anillo que tome prestado de Diane sobre mi barriga. Pedro está jugando ajedrez en su iPad, la parte de atrás de nuestras cabezas están presionadas mientras él hace lo suyo y yo hago lo mío.



Vamos a Austin en un par de semanas y sé que lo está empezando a inquietar, porque no está teniendo un montón de sueño.

Realmente me maravillo con la forma que usa el ajedrez para centrarse a sí mismo. Todas esas noches que estuvo inquieto antes y agarro su iPad, colocándolo en mí, no tenía idea de que jugaba ajedrez.



Ahora, ato el anillo en un hilo cuando él me dice—: Vamos a conseguir al doctor que queramos y tenerlo trabajando con nosotros en nuestro programa de vacunación. —Y asiento cuando finalmente cuelgo el anillo sobre mi estómago y lo observo moverse.



—¿Es un circulo o una línea? —le pregunto




Él para de jugar y coloca el iPad a un lado, girándose para observar. Creo que es un niño porque la forma de mi barriga está hacia abajo y duermo en mi lado izquierdo, y mi cabello es voluminoso y brillante, pero no estoy segura de cuan ciertos son esos cuentos de viejas.



—Está haciendo las dos cosas —me respondo a mí misma del maldito anillo, riendo—. ¡Que fracaso! —chillo cuando me agarra por las axilas y me arrastra hacia él.



—¿Qué quieres que sea? —pregunta, tendido sobre mí y acariciando un mechón suelto detrás de mí oreja.



—Lo que sea. Solo estoy muy curiosa por saber.



—Puedes saber —me dice, besando la punta de mi nariz—. Te llevaré a un doctor para que puedas saber, pero yo no quiero saber.



—¿Por qué no? —deslizo mis brazos a su alrededor y miro fijamente sus ojos Mieles. —¿Tienes miedo de amarlo demasiado, muy intensamente, antes de incluso conocerlo?



—Digan lo que digan, no será real hasta que lo sostengamos. —se deja caer en su espalda y me coloca a su lado; luego ahueca la parte de atrás de mi cabeza y coloca mi cara contra su cuello en mi curva especial, y cierro mis ojos y ligeramente lo lamo como él me ha enseñado que le gusta. Él es tan grande, ama intensamente, pelea con tanta fuerza. Le estoy dando lo que nunca, jamás ha tenido y probablemente ni siquiera sabía que quería. Tiene miedo a hacerse ilusiones…



Al siguiente día, me quedo alrededor de la banda lateral, viéndolo golpear el pesado saco de boxeo. Golpea. Golpea. Golpea. Estoy haciendo algunos estiramientos de yoga cuando siento un definitivo golpe viniendo de mí interior. Dejo de respirar. Lo siento de nuevo y me quedo completamente inmóvil, y vine una vez más. No es una burbuja. Siento como si algo dentro de mí me está golpeando, justo como papá está golpeando el pesado saco.

Mi corazón salta y yo salto al igual de fuerte poniéndome de pie.

—Pedro. ¡Pedro! ¡Pedro jodido Alfonso!



Él se balancea dando la vuelta y detiene el balanceo del saco con una mano.



—¡Siente esto! —Le quito el guante con mis manos temblorosas y lo tiro a un lado y coloco su mano en mi estómago, mi corazón acelerado. Vamos, pequeño bebé…



Pedro frunce el ceño con asombro. Patea.



Entrecierra sus ojos y presiona su gran mano más cerca, sus ojos volando hacia los míos. —¿Eso es…?



Asiento.



De repente, me lanza una impresionante, blanca sonrisa, sus hoyuelos tan profundos como nunca los he visto mientras agacha su cabeza como si está listo para hablar con el bebé.



—Dile a ella que lo haga de nuevo. —susurra.



—Ella no me presta atención —mis labios se inclinan en una sonrisa mientras lo empujo juguetonamente —. Y es él. Porque mi cabello está brillante y me barriga está hacia abajo, creo. Y golpea bastante. Tal vez si se lo pides amablemente, te mostrará más de sus movimientos.



—¡Patea para papá y continuemos! —grita el entrenador, desde el otro lado del pesado saco.



Pedro me sonríe y Ruben se acerca, como todo un chico surfista perezoso pavoneándose.



—¿Se movió? Jesús, tengo que sentir esto. —Extiende su mano.



—No toques. —gruñe Pedro, golpeando su mano a un lado.



Ruben suelta una gran carcajada, mientras Pedro me agarra más cerca con una mano y mantiene la otra extendida en mi abdomen, sosteniendo nuestras miradas mientras esperamos como dos segundos para que el bebé se mueva.

Cuando el bebé patea de nuevo y él se echa a reír. Estoy tan llena de amor, lo abrazo.



—¿Eso es lo suficientemente real para ti? —suspiro, una sonrisa bailando en mis labios mientas inclino mi cabeza hacia él, mis fosas nasales atrapan el delicioso olor de su jabón y sudor pegado en su piel.



—Eso se sintió jodidamente surrealista. —susurra, sus ojos animados con alegría y como si se tratara de un concurso de velocidad, besa mi frente, mi nariz, mis mejillas y mi mentón; luego me agarra por la cintura y me arroja en el aire, un chillido de alarma se me escapa cuando me atrapa.



—¡Pedro Alfonso, tu eres el único hombre que arroja a su novia embarazada en el aire de esa manera!



—¡Ella es un pequeño petardo y le encanta! —me arroja en el aire de nuevo.



Esa noche, por primera vez le reproducimos al bebé su primera canción. Pedro pone sus audífonos en mi estómago y reproduce la canción de Creed “With Arms Wide Open”.



La canción le dice al bebé como lo mostrará al mundo y lo recibirá “Con los brazos abiertos” y juro que puedo sentir la comodidad del bebé, mientras su hermoso y sexy padre se estira a mí lado y comienza a besarme.



—¿Ella tiene mi gancho? —pregunta con la voz emocionada, entre esos suaves y embriagadores besos mientras escuchamos la música en mi barriga.



—Él definitivamente tiene tu gancho, porque por supuesto es todo sobre ti. —bromeo, ahuecando su mandíbula.



Se ríe. —¿Todo sobre mí?


—Absolutamente todo. Todo. Mi vida entera. —le digo con un toque dramático que hace obvio que estoy exagerando, pero su sonrisa es tan deslumbrante y enorme, su gran ego de león tan grande en la habitación, acaricio su mandíbula y me rio, y por alguna razón, solo tengo que decirlo otra vez, si solo mantiene esa gran amplia sonrisa en su rostro—. Sí, Pedro, es realmente todo sobre ti.



GRACIAS POR LEER!♥


jueves, 6 de marzo de 2014

SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 31



Me detengo cuando no queda nada, solo su dura mandíbula, un poco irritada, mi cuerpo en llamas con necesidad, mi corazón ardiendo con amor y cada centímetro de mí ardiendo con celos. Y agarro su pelo, me inclino y planto un beso justo allí, donde solía estar otro beso, intentando desesperadamente borrar cualquier cosa anterior. Y planto otro beso allí, y otro donde solía estar otra marca. Él agarra mis caderas con fuerza mientras arrastro los labios a lo largo de su mandíbula, su cabeza y su boca, y le beso, rápido y casi como si no quisiera hacerlo, y vuelvo a liberarlo, conteniendo el aliento mientras lo dejo ir.



Alza una ceja. —¿Hecho? —pregunta con una voz demacrada, y no creo que esté respirando cuando asiento.



Su pecho se expande a medida que agarra la camiseta manchada y la levanta en un solo y fluido movimiento, lanzándola a un lado.



—Tú y yo vamos a hacer el amor ahora. No tenemos que esperar un segundo… más… para estar juntos.



Escalofríos corren a través de mí, y mi voz está en carne viva con la emoción. —No puedo soportar ver sus pintalabios sobre ti, Pedro; no las permitiré besarte. ¡Y esta no es alguna locura de embarazada hablando, o mis inseguridades! Te dije hace mucho tiempo que no compartiría. No te compartiré.



—Shh, nena, tampoco espero que lo hagas ni quiero que lo hagas.



Quita el andrajoso vestido de mis hombros, luego lo deja extenderse debajo de mí sobre la mesa. Me urge a descender y luego me mira expuesta para él, con las rodillas dobladas hacia atrás. Me toca en todas partes: mis piernas, mis brazos, entre mis pechos, y se inclina sobre mí.



—El entrenador estaba vendando mis manos, llevaba mis auriculares. No las vi venir hasta que estaban todas sobre mí. No sucederá otra vez. No beso a nadie. No beso a nadie. Excepto a mi pequeño petardo.



Se inclina sobre mis pechos y lame un pezón a través del sujetador, deslizando su pulgar por debajo del liso algodón blanco, bajando la tela y enganchándola debajo de la creciente hinchazón.



—Voy a lamer estos y a chuparlos, y voy a hacer lo que quiera con ellos.



Mi corazón bombea sangre caliente a través de mis venas mientras él baja la tela en el otro lado y lame la sensible punta enviando rayos de placer a todas partes por mi interior. Mis pechos son más grandes, sobresalientes, los pezones más oscuros y fruncidos, y él los ahueca como si explorara nuevos territorios que le deleitan. El sonido que retumba por su pecho hace que haga mi propio pequeño ruidito mientras me retuerzo con necesidad. Sus ojos se elevan hasta los míos cuando oye ese sonido, y coge mis caderas y me arrastra hasta el borde de la mesa, mi trasero separándose del mismo borde, y se desata de un tirón los pantalones de deporte.



De repente siento lo duro que está, su pesada erección se frota contra mi empapada entrada cuando se inclina para lamer y chupar mis pechos otra vez, su dureza enclavada en el índice de mis piernas.



—¿Sensible? —Presiona un pezón con su pulgar, luego el otro, sus manos son ásperas pero suaves. Arqueo la espalda y maúllo suavemente. Quiero un moratón, quiero dolor, quiero dolor en mi piel y en mis músculos, como el dolor en mi interior con el amor por él.



—Sí —suspiro y hay un nudo en mi garganta y lágrimas de necesidad en mis ojos.



Toma mis labios en un beso voraz, luego entierra la cabeza y gime contra mi cuello. —Paula. —Me acaricia entre las piernas y empuja su pulgar dentro de mi cuerpo mientras gira la cabeza y acaricia mi lengua con la suya. Mis entrañas se estremecen cuando se aparta para contemplar lo libertina que parezco mientras introduce su pulgar en mí.



Veo la cruda necesidad en su cara mientras me mira; luego levanta la mano y lame su brillante pulgar mojado. Oh, Dios, le veo, primitivo y masculino, aun con ese encanto juvenil y ese loco pelo rubio, y me retuerzo y gimo porque le deseo, lo deseo, LO DESEO.



—Estás inquieta, ¿qué quieres?



La necesidad irregular en su voz me hace temblar cuando digo—: Quiero lamerte como tú me lames. —Asiente y se inclina, y me da su lengua primero; luego ahueca la parte posterior de mi cabeza y me presiona contra su cuello.



Húmedo y ardiente calor, su piel es seda bajo mi lengua que gira. Me estremezco mientras me levanto y agarro su pelo y succiono su labio superior en mi boca. Sabe del modo en que él lo hace y sabe del modo en que él me quiere. Nos besamos intensamente y mi respiración se atasca incluso más. Rompe mi sujetador cuando muerdo su labio inferior, y está respirando profundamente cuando tira de mis bragas hacia abajo y retrocede para verme completamente desnuda ahora. Sus ojos me recorren, devorándome. Ve mis pechos sobresalientes, desnudos, están más llenos, y sé que los desea. Ahueca uno, como si estuviera conociéndome por primera vez. Esto es lo que le hizo a mi cuerpo. Esto es lo que le sucede a mi cuerpo después de él.








Toca mi otro pecho, luego inmediatamente ahueca ambos, los acaricia y empieza a jugar con ellos, observando lo que hace con brillantes ojos oscuros.




Su labio está sangrando por mi mordisco en el lugar en el que siempre se abre, y su pecho está cubierto de sudor. Yo protesto—: Te mordí —digo.



—Pon tus labios sobre él.



—Pedro…



—Pon tu lengua sobre él. —Se inclina otra vez y arremete contra mis labios con los suyos, y le lamo suavemente, en la forma en que un animal limpia instintivamente una herida. Succiono el labio sangrante con delicadeza. Arrastra su nariz sobre la mía y luego lame mis labios abiertos. Le abrazo, separo las piernas y las envuelvo alrededor de sus caderas.



La necesidad se precipita a través de mí cuando agarra mi trasero y me levanta en el aire. Levanto la parte inferior para ayudarle, y estoy tan ebria de deseo que mi visión se torna borrosa mientras me carga un par de pasos hasta el sofá.



Besa mi cuello mientras me baja, luego traza círculos con su pulgar entre mis muslos, exactamente donde estoy húmeda, y maúllo suavemente.



—¿Estás lista para mí? —Su voz es áspera sobre mi oído mientras acaricia mis húmedos pliegues con sus dedos—. Prepárate para mí.



Empuja su largo dedo dentro de mí para humedecerme más, pero estoy tan empapada que se desliza fácilmente. Me contraigo y casi no puedo evitar correrme mientras él frota dentro de mis profundidades.



Desliza los labios por mi cuerpo e inclina su cabeza, corriendo su lengua por encima de mi clítoris, lamiendo suavemente mientras me sostiene abierta por los muslos. Agarro la parte de atrás de su cabeza, observándole hacerme esto. Luego se arrodilla al final del sofá, agarra mis caderas y me arrastra hacia abajo un par de centímetros más —y empieza introducirse. Lleno. Caliente. Más duro que nada que haya tocado jamás. Arqueo el cuerpo y jadeo mientras guía cada centímetro de sí mismo en mi interior, mientras mis ojos quedan atrapados en los suyos y los suyos en los míos. Acuna mi rostro y arrastra su pulgar por mi labio inferior, tirando de él tosca y amorosamente, mientras sigue introduciéndose en mí, hasta que está completamente asentado en la parte más profunda de mí.

Gimo cuando mece las caderas.



Se inclina y me besa en la oreja. —Me extrañas.



Me giro y beso su boca, jadeando cuando inclino las caderas.



—Siento como si nunca hubiera estado tan húmeda e hinchada.



—Yo nunca he estado tan duro. —Sale y luego vuelve a introducirse, lenta y placenteramente. Le siento abrirme, separarme, tomarme, llenarme, luego dejarme… gimo y estoy a punto de suplicarle que vuelva a entrar, cuando lo hace… entra… meciéndose… los músculos de sus brazos, sus tatuajes ondulan mientras se mueve. La tercera vez inmoviliza mis brazos por encima de mi cabeza y empuja con más fuerza, el movimiento haciendo que mis pechos se sacudan.



Grito y él lo amortigua con su boca. Respiro profundamente, inhalando su aroma.



—Te amo… —digo con voz estrangulada.



Se detiene dentro de mí, respirando con dificultad. Un sonido bajo y gutural desgarra el fondo de su garganta mientras se gira y comienza a lamer mi oreja. Luego desliza los brazos alrededor de mí como para protegerme mientras recupera un ritmo que es rápido, determinado, crudo y primitivo.



Estoy casi llorando mientras inclino las caderas y giro la cabeza hacia su oreja, jadeando mientras saborea mi cuello, aprieta mis pechos, me folla rápido y duro.



—Oh, Dios… Pedro...Pedro…



Apoya su frente contra la mía mientras sus caderas siguen meciéndose expertamente contra mí; luego sube su pulgar y empieza a acariciar mi clítoris mientras su polla se arrastra, dura y palpitante, dentro de mí. Me desato y me rompo, temblando incontrolablemente mientras él toma mi boca con su beso deliciosamente caliente. Amor, lujuria y necesidad me recorren mientras me vengo y me muevo violentamente debajo de él.



—¿Estás bien? —pregunta, ralentizando sus movimientos a medida que continúo corriéndome.



—¡Sí! —Cada centímetro de mí grita por él. Me arqueo contra él y ondulo un poco, con ganas de más, deseándolo. Gruñe como si no pudiera aguantar más y se retira, luego empuja de nuevo, impulsándose con más fuerza, sosteniéndome con un brazo alrededor de mi cintura mientras me arqueo y me sostiene en el sitio con una mano mientras entra en mí. Gimo y digo—: Pedro.



Sus ojos me queman mientras arrastra una mano por el arco de mi garganta, entre mis pecho, luego se inclina para lamerme otra vez.



—Mía —susurra suavemente, recordándomelo.



—Tuya, tuya —digo mientras mi orgasmo se construye dentro de mí.



Presiona su nariz contra mi oreja, gruñendo mientras se viene, calor en mi interior, su gran cuerpo tensándose sobre mí, un gutural sonido animal saliendo de sus labios antes de que diga con voz áspera otra vez—: Mía.



Después de que se corre y me abraza durante un minuto, me levanta en sus brazos, todavía dentro de mí, y entierro la nariz en su cuello. Me lleva por la cocina y agarra dos manzanas verdes en una mano, luego me da una mientras nos lleva a la habitación principal.



La muerdo con un crujido cuando nos acomodamos debajo de las mantas, y muerde la suya propia con un crujido más grande. Nos besamos un poco, y él sabe a manzana jugosa y ácida. Termina primero, luego lame el jugo de las comisuras de mis labios, y le ofrezco mi manzana porque sospecho que todavía está hambriento. Da un gran mordisco, sonriéndome cuando le doy la vuelta y muerdo por donde lo hizo él.



Sus piernas se mueven sin cesar bajo las sábanas, y sé que mi veloz Pedro no dormirá esta noche, pero si quiere hacerme el amor toda la noche, puede. Espero que lo haga. Me muevo para mantenerlo todavía dentro de mí mientras ambos nos comemos mi manzana y mordemos el lado opuesto al mismo tiempo. Nos reímos al unísono, y le digo—: Ahora mismo nuestro bebé es del tamaño de una ciruela.



—¿Una ciruela? —Abre la boca, así que le doy más manzana, y muevo los dedos para formar el tamaño de una ciruela con mi mano libre.



—Una ciruela —repito.



—Tan pequeño —dice con ternura, deslizando una de sus grandes manos por la pequeña curva de mi estómago.



—Tan pequeño. —Aspiro, acurrucándome contra su gran y cálido cuerpo con un suspiro, escuchándolo terminarse mi manzana y dejándole lamer todas las gotas de jugo que caen en mi piel.


GRACIAS POR LEER!♥