domingo, 2 de marzo de 2014

SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 28



Dos días después, todavía estamos en la misma habitación de hotel, y me levanto con la más deliciosa sensación de bienestar cuando me doy cuenta de que me está mirando. Está apoyado en un brazo, con los músculos abultados.  está completamente levantado y lleva esa sonrisa perezosa y sensual de un hombre que ha estado satisfecho hasta un casi estado de coma, y se ve tan sexy en la cama que quiero comerlo con una cuchara. Hago un ronroneo mientras ruedo a mi lado para mirarlo.



—No quiero dejar esta cama —le susurro, deslizando un dedo por uno de sus tatuajes.



Acaricia mi brazo con una mano, y la ternura en la misma es casi insoportable. Besa el hueco de mi oído. — ¿A quién perteneces? —pregunta en voz baja. Una vez más, sus ojos me dicen que soy suya.



—A ti.



Extendiendo la mano, me aprieta con tanta fuerza contra él, que me quedo sin aliento. —¡Así es!



Una risa extraña se me escapa, y suena como a una risita tonta.

—Nunca dejarás de preguntarme eso, ¿verdad? ¡Oh, te odio! ¿Lo has oído? Me hiciste reír como una tonta.



Riendo, me tira por debajo de su cuerpo grande, y le golpeo el pecho con el puño.



—¡Maldito seas me hiciste reír, y ni siquiera has dicho nada gracioso!



—Joder, me encantó. Hazlo de nuevo.



—¡Nunca! —Me río, y otra vez suena como una de esas malditas risitas.



Odio hacer eso, pero el placer genuino en sus danzantes ojos mieles me llena de tanta felicidad que mi pecho siente como si una granada detonaría cuando se ríe, así que sigo con la maldita risita.



Cuando está serio, examina mi rostro, rasgo por rasgo, y mientras el aire se mueve entre nosotros, nuestras sonrisas se desvanecen. Su cuerpo está aplastando el mío. Sus pectorales aplastan mis pechos. Su peso me tiene atrapada. Me encanta tanto, incluso cuando me duele tomar una respiración completa.



Sus ojos se humedecen con amor mientras se inclina y presiona los labios sobre los míos por tres deliciosos latidos. No utilizamos lenguas, sólo presionamos los labios, suaves y secos, y tan llenos de amor que casi podría levitar.



Mis manos recorren los músculos de su espalda. —¿Cuándo te vas? —respiro.



—Tan tarde como sea posible y que aun así pueda llegar a tiempo para la próxima pelea.



El dolor y la decepción parecen demostrarse en mi cara, porque refuerza su control sobre mí mientras se mueve hacia su lado y me lleva con él.



—¿Estás feliz aquí? ¿Te tratan bien? —Acaricia mi sien.



—Nadie me trata ni me entiende como tú. Excepto Mel.



—¿Y tus padres?



—Me aman —es todo lo que digo. Estoy a punto de decirle que puede que no estén demasiado emocionados acerca de nuestras circunstancias en este momento, pero luego miro a los ojos de este hombre y me doy cuenta de que no tiene padres que lo apoyen y se preocupen por él, y me doy cuenta de lo afortunada que soy—. ¿Te sentiste no amado cuando tus padres no regresaron? —le pregunto.



—No, no así. Incomprendido.



Habla casualmente, como si para él realmente fuera nada más que un hecho insignificante. Un hecho que me rompe el corazón cada vez que pienso en ello.



—Oh, Pedro. Lo siento mucho. Los odio por hacerte esto.



Se levanta y agarra el pantalón y sé que él va a querer ir a comer,por supuesto.



—¿Por qué? No me hicieron daño. ¿Por qué lo sientes? Aun así voy a ser un buen padre. —Me guiña el ojo—. Es porque ellos fueron unos padres de mierda que yo seré uno bueno.



Sus ojos brillan, y me dan ganas de llorar, mientras ambos miramos hacia abajo a mi abdomen. Estamos muy felices con este bebé a pesar de que no lo habíamos planeado. Tal vez somos jóvenes y estúpidos, joven y enamorados, pero estamos tan esperanzados en tener una familia juntos. En simplemente estar juntos.



Un golpe en la puerta de la suite me hace fruncir el ceño. Él también frunce el ceño, y luego me señala con el dedo.



—Quédate. —Se va a abrir la puerta y entierro mi cara en la almohada, odiando que hoy me deje otra vez. Hablé con mi doctora e insiste en que no viaje hasta que termine el primer trimestre, así que nos faltan por lo menos dos semanas y media.



Cuando oigo voces, agarro su bata, envuelvo el cinto alrededor de mi cintura, y salgo. Pedro me divisa en su bata de boxeo, y reacciona como lo hace siempre: Casi siento que se me va a abalanzar y a follar como no hemos podido hacerlo desde que quedé embarazada.

Diego parece como si no hubiese dormido en días.



Pedro sigue follándome con los ojos y sus labios se curvaron en esa pura satisfacción masculina que tiene cuando uso sus cosas.

Dobla un dedo y lentamente me invita a seguir. Mi corazón se derrite y voy, consciente de que me observa mientras extiende la mano.



Extiendo la mía, y él se apodera de mis dedos y me lleva a su lado, donde impulsivamente comienzo a frotar sus músculos desnudos mientras habla con Diego.



Pero estoy tan absorta, presionando su músculo duro, que me toma un par de segundos notar el silencio. Un silencio tan absoluto, que se podría oír a un alfiler cayendo en la habitación.



—¿Qué está pasando? —Dejo lo que estoy haciendo mientras mi mirada va de un lado a otro entre ellos.



Diego se afloja inquietamente el nudo en la corbata. —Tengo malas noticias.



Una semilla de miedo se asienta profundamente en mi interior.

—¿Qué pasó?



Mira al suelo y se pasa una mano por el pelo, y me doy cuenta de que Pedro está mirando a mi perfil, sus ojos mieles me miran con tanta intensidad que la pequeña semilla de miedo en mi estómago se convierte en un nudo completo.



—Es Scorpion —dice Diego.



Una palabra y mi corazón es una taladradora.

—¿Qué pasa con Scorpion? —La sensación de hormigueo en mi piel surge con un deseo de venganza. No me gusta pensar en él. Hablar de él. No me gusta su nombre.



Pero Pedro está aquí. Seguro. Está a salvo. ¿Verdad? Sus ojos están clavados en mí. Se ven... preocupados.



Mierda. Estoy fría. Paralizada. Congelada.



—Delfina pasó la noche con él —añade Diego, con la voz increíblemente fría, casi como un robot.



Sus palabras me molestan de una manera tan profunda y aterradora que es un milagro que aún parezca tener suficientes células en el cerebro para registrar lo que me dice.



Mi hermana.



—Han pasado todo este tiempo en un hotel cercano. Ella salió con él, otra mujer y sus tres secuaces. Están en camino hacia el aeropuerto, al parecer, hay un boleto a nombre de ella.



—¿Se va con él? —Me tropiezo hacia atrás, así de duro es el golpe—. ¡No puede irse con él, es... es... es una jodida desagradecida!



—Petardo... —dice Pedro, pero estoy muy nerviosa para escuchar.



—Oh Díos mío. ¡Es una egoísta, irreflexiva, desconsiderada y pequeña engañosa! No puedo creer...



Me estoy volviendo loca, mientras que Pedro está tranquilo y pensativo. Tiene los brazos cruzados hasta que esos tatuajes en sus brazos parecen estirar sus músculos hasta el límite, con los pies separados en esa postura de pelea y los ojos brillando en concentración. ¿Cómo puede, el luchador, estar pensando, cuando yo quiero golpear algo? Lo hizo todo por Delfina, por mí. Todo.



¡Y Diego! Diego está enamorado de ella.



Mis ojos arden con ardientes lágrimas de frustración y mi mente da vueltas, repitiendo cada momento de las últimas semanas en mi cabeza, repitiendo mi conversación cuando ella se abrió sobre Scorpion y yo estaba demasiado preocupada por Pedro y mi bebé para prestarle atención. He estado tan absorta en mí. Me perdí los indicios. Pero, ¿qué indicios? ¡Esto no puede ser real!



Voy a agarrar mi celular y lo enciendo, buscando en todas mis aplicaciones por un mensaje. Sólo tengo mensajes de Mel, Cris, y Sofia, pero ninguno de Delfina. Marco el número de su celular mientras Diego se pasea alrededor, y Pedro me mira en silencio, con los brazos cruzados, y las cejas bajas sobre los ojos como si estuviera tratando de entender todo esto.



—No me gusta esto, Pedro —dice Diego mientras da vueltas incansablemente, sacudiendo la cabeza. Se ve tan despeinado como si hubiera tenido una pelea con un cocodrilo—. Si Delfina le dice algo acerca de Paula estando embarazada, y aquí, en reposo, ella será tan vulnerable aquí como si estuviera en la gira, excepto que tú no estarás aquí para protegerla. Él podría hacerte daño, hombre.



—Voy al buzón de voz —interrumpo, casi para mí. Luego cuelgo y vuelvo a marcar.



Nada.



Dios, ¿qué le pasa? ¡Él es el tipo de hombre que me envió una caja llena de escorpiones! No tiene escrúpulos, no quiere nada más que joder a Pedro de nuevo. Y él va a usar a mi hermana de nuevo, ¿no que no se da cuenta de esto?




Cuando meto mi teléfono en el bolsillo de mi bata, veo a Pedro mirándome con una mueca feroz. Sé que le gusta esto incluso menos que a mí, y sé que también está haciendo esa conexión.

Que Delfina vuelva a Scorpion en este momento oportuno no puede ser una coincidencia. Scorpion la tentó de alguna manera. La quiere usar de nuevo. Y no voy a dejar que mi chico salga lastimado por nada del mundo. Nada.



—Quiero ir a la gira contigo —dejo escapar. De repente no me siento tan segura. Estoy embarazada, estamos separados... pedro tiene ese brillo protector feroz en sus ojos. No sé lo que va a hacer, pero mis instintos de protección por él, nuestro bebé, y yo misma, arrasa toda la fuerza en mí—. Quiero ir de gira contigo —repito.



—Ven aquí —dice en voz baja, extendiendo la mano.



En tres pasos, estoy en sus brazos. Me siento envuelta por todo lo que él es mientras susurra—: ¿Cuándo puedes venir conmigo? —Sus manos son cálidas y constantes cuando inclina mi cara hacia la suya—. Paula, ¿cuándo? —insiste en voz baja.



—Dieciocho días. —Toda una vida.



Sus ojos parpadean posesivos y asiente deliberadamente. —Estoy aquí. A las diez de la mañana de ese día dieciocho. ¿De acuerdo?



¿Qué puedo siquiera contestar? Se va hoy, y todo es un jodido desastre. Mis ojos arden un poco, y dejo caer mi rostro para que no lo note.



Un gruñido enojado sale de él mientras da un paso lejos de mí.



—¡JODER CON ESTO! —Agarra puñados de su pelo y gira en torno a Diego—. Abandonamos la temporada. Él la dejará ir una vez que sepa que no voy a pelear más. Y me voy a quedar donde soy necesario. Cancélalo hasta que nazca mi hijo.

Cuando me doy cuenta de lo que está haciendo, lo agarro de sus fuertes brazos, hasta que me mira.



—¡Pedro Alfonso! —Su mandíbula se fija en un ángulo determinado, y estoy abrumada por el pánico—. Te prometo por todo lo que soy y todo lo que siento por ti, que no voy a dejar que nada, nada, nos pase a mí o al bebé. Nada. —Acuno su rostro y corro mi dedo pulgar sobre su mandíbula—. No vamos a detenerte. No podría vivir conmigo misma. Tú. Ve allí. Y pelea. Y gana. Confía en mí. Te elijo a ti. Amo a mi hermana, pero te amo más ti. ¡Vamos a ayudarla cuando podamos, pero no a tu costa! Ya no más. Esta vez no voy a elegirla. Te elijo a ti.



Apuña su mano en mi pelo suelto y me mira directamente. —No voy a hacerte elegir.



Mis ojos arden de nuevo.



Aplasta mi boca en un beso duro, entonces me mira con determinación a los ojos con una mirada que resplandece a través de mí. —Voy a salvarla todas las veces que sea necesario. Por ti.



El brillo determinado en su mirada me abruma con inquietud. —No —me quejo—. No, ya ni siquiera sabemos que está pasando.



Me agarra con más fuerza. —Voy a necesitar tu entereza, pequeño petardo. Necesito saber que estás a salvo cada segundo del día. Que no vas sola a ninguna parte. Que no respondes a las llamadas de nadie excepto las nuestras y de Melanie. No recibas ningún paquete. No creas todo lo que leas o escuchas acerca de mí. No contactes con tu hermana sin informarme.



Sus ojos parpadean en mi cara, como si se estuviera asegurando de que estoy bien e ilesa. Luego se dirige a nuestra habitación y lo sigo mientras toma algo de ropa y me lanza una de sus camisetas.



—Quiero hablar con ellos.

—¿Qué? ¿Quiénes?



—Tus padres. —Se acerca e inclina mi cabeza hacia atrás, con la mandíbula fija en un ángulo determinado—. Te he traído aquí para estar a salvo, protegida y cuidada. Quiero hablar con tus padres. Quiero que me miren a los ojos y me den su palabra de que te van a cuidar. Quiero poner un guardia en la puerta, uno en los ascensores en construcción, y uno dentro de tu casa. No discutas conmigo —me detiene antes de que pueda empezar.



Me cubro la cara con un sonido enojado de frustración. —¿Por qué estamos hablando de mí? Estoy preocupada por ti —lloro, dejando caer las manos—. Él quiere perjudicarte a ti, Pedro. ¡Te juro que si alguien te hiere, voy a lastimarlo diez veces más!



Acaricia mi trasero. —Soy un chico grande. Ahora vamos a encontrarnos con tus padres.



—¡No podría sobrevivir a lo que hiciste la última vez! Es su decisión ahora.





—Esto no va a ser como la última vez.


GRACIAS POR LEER♥

4 comentarios:

  1. wow capítulos intensos pero buenísimos,me encantaron!!!

    ResponderEliminar
  2. woooo que capitulos un pedro decidido me encanto sii espero el siguiente besos

    ResponderEliminar
  3. Buenisimos capítulos ¡ me encanta q estén tan unidos, juntos son Invencibles ( te suena) ja ja ja

    ResponderEliminar