miércoles, 5 de marzo de 2014

SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 30



Pedro se encuentra muy acelerado, y no le gustó cuando hablé con Diego y Ruben de camino al hotel. Tampoco le gustó cuando tuve que alejarme de él para ir a hacer pis en nuestra habitación, se paseó de un lado a otro frente a la puerta como si fuese un novio impaciente, chocando sus labios contra los míos el instante en que salí y besándome como por media hora antes de que vinieran a buscarnos para la pelea. No quería apartarse de mí mientras se dirigía a los vestuarios, con su mano apretándose cada vez más fuerte en mi cadera mientras nos adentrábamos cada vez más al Underground.



Le dije que no podía esperar para verlo pelear, y que estaría observando. Tensó su mandíbula y miró—propietario y sediento como nunca—hacia mis labios. Luego asintió y palmeó mi trasero mientras le daba instrucciones a Diego para que no se moviera ni un centímetro de mi lado durante la pelea.



Ahora, Diego se encuentra adherido a mí como un gemelo siamés.



Es un Hombre de Negro y hasta carga una pistola de aturdimiento llena de spray de pimienta. Tú nómbralo, Diego lo tiene. Incluso hoy tiene una mueca intimidante en el rostro, dando la orden de que todos debían mantenerse alejados de nosotros.



—Te tomas tu papel demasiado en serio —bromeo.



—Lo que el hombre quiere, lo obtiene —dice, riéndose.



Un enjambre de mosquitos despierta en mi estómago cuando nos dirigimos a nuestros asientos, primera fila al lado izquierdo del ring. Y se siente como si hubiese pasado toda una vida desde que vi una pelea. La emoción se mezcla con nerviosismo, y desafortunadamente, la acidez que al parecer no se marchó con todas mis náuseas del primer trimestre, promete regresar de nuevo llena de venganza.



—Pedro pagó todo este espacio para que así no tuvieras gente chocando contra ti —me explica Diego cuando llegamos a nuestros asientos, y noto que los dos asientos a nuestros lados y los dos detrás se encuentran vacíos.



Diego le asiente a alguien del otro lado del ring, y sigo su mirada para ver a mi buena amiga Josephine de pie por allá, manteniendo un ojo sobre nosotros. —¿De dónde salió Jo? —pregunto, sonriendo alegre, y feliz cuando la veo devolverme la sonrisa por debajo de su seriedad. De algún modo se muestra como todo un soldado, logrando actuar muy discreta y cortés, pero al mismo tiempo luciendo increíblemente intimidante.



—Tenía cosas que atender, y tomó un vuelo comercial para alcanzarnos. Dormirá con Diane y te seguirá a todas partes cuando Pedro no esté junto a ti.



Probablemente protestaría si no me cayera tan bien, y si no hubiese escuchado lo feliz que estaba de haber conseguido un trabajo en el que los clientes normalmente contrataban a hombres para hacer. Así que continúo sonriéndole mientras Diego y yo nos acomodamos y comenzamos a ver las primeras peleas.



—¿Dónde está Pedro?



—¡Traigan a Pedro!



La multitud grita cuando el ring es despejado por cuarta vez, y para el momento en que comienza el vitoreó, sólo un nombre se escucha por toda la arena. —¡Pe-dro, Pe-dro, Pe-dro!



—Los organizadores aaaaaman hacer que el público lo pida —dice Diego con un risa.



Y finalmente, las bocinas retumban—: ¡Eso es, damas y caballeros! ¡Perras y cretinos! ¡Chicas y jodidos chicos! ¿Lo quieren? ¡Lo tienen! Saluden esta noche aaaal único, eeeel inigualable, Pedro Alfonso, ¡¡RRRRIIIIIPTIDE!!



¡Mi Riptide! Grita mi mente emocionada. Mi Riptide. Mío mío mío. Mío esta noche, mío siempre.



A lo largo de toda la habitación, la gente se encontraba de pie a cada lado del ring. Algunos apoyan sus manos alrededor de sus bocas para gritar, mientras otros saltan y ondean carteles con su nombre en ellos.



—¡¡Pedro, moriría por ti, Pedro!! —grita una voz detrás de mí.



La alegría punza en mis venas cuando lo veo salir trotando.



Con su perfecta postura y hombros relajados, su bata con la palabra RIPTIDE bordada cubre los músculos más fuertes del mundo, tensando mis pezones y dejando todo mi cuerpo temblando de necesidad. Mientras las luces del techo se enfocan en él, ávidamente observo sus hoyuelos, pero mi mirada se enfoca en las marcas de labial rojo en su barbilla. Y en su boca.



Parpadeo confundida.



Toma las cuerdas y salta hacia adentro, aterrizando a hurtadillas como un gato que ya es dueño del espacio cuadrado de ese codiciado ring, luego las cuerdas se sueltan y Pedro aparece en toda su gloria. Lo veo, pero aún me encuentro confundida por lo que veo en su rostro de niño; esas marcas, rojas y manchadas por todo su hermoso bronceado, hasta que la verdad comienza a hundirse y hundirse y hundirse en mi interior, y cada uno de esos besos se sienten como pequeños latigazos.



Mil y una inseguridades, que ni siquiera sabía que tenía, se acumulan dentro de mí.



Me imagino manos arregladas tocando su piel… labios en sus labios… sus gruñidos dirigidos a alguien más… sus manos ásperas contra la piel de alguien más…



Una molestia se acumula en mis ojos mientras Diego en voz baja me dice—: Paula, esas cosas vienen con tener esta vida. Él no pide a las admiradoras… sólo quiere luchar. No es gran cosa.



—Si tan sólo pudiese hacer que el resto de mi cuerpo, aparte de mi cerebro, lo entendiese —digo miserablemente, y se siente como que una nube negra de dolor ha caído sobre mí como un manto sobre toda mi luz.



A un par de asientos a mi derecha, una mujer se jala los cabellos y grita—: ¡Riptiiiiiiiiiiiiide! ¡Quiero arrastrarte a mi habitación y que me des hasta que no pueda caminar!



Señor, quiero golpear a esa perra con todas mis fuerzas.



Y allí está, el hermoso y magnífico Pedro Riptide Alfonso.



Hace su vuelta, y siento una presión tan inmensa en mi pecho que curvo mis manos alrededor de mi bebé y miro fijamente el pequeño bulto que ahora muestra. Nunca me había arrepentido de estar en estado, pero ahora me siento demasiado embarazada y demasiado estúpida.



Respiro, lento y profundo, mientras que todas mis inseguridades carcomen mi interior. Vamos a tener una familia juntos. Yo seré madre… pero él aún será luchador, rodeado de admiradoras jóvenes y bellas que harían cualquier cosa por tenerlo.



Paula Antes del Embarazo probablemente se sentiría como que nadie alguna vez pudiese apartarlo de ella.



Pero la Paula Embarazada se siente un poco en desventaja. Debido a que quizá duele un tantito que aún no me haya pedido que me casara con él. ¿Tal vez ni siquiera quería hacerlo?



¿Por qué si quiera se molestaría en hacerlo, cuando soy suya de todas maneras?



—Paula, te está mirando —murmura Diego emocionado.



Aun sintiéndome más inestable de lo que me gustaría, respiro lentamente y continúo mirando hacia mis piernas, al estúpido vestido de lino que me puse cuando me estaba arreglando para él esta mañana.



—Paula, te está mirando fijamente —dice Diego, ahora alarmado.



La multitud hace silencio.



El silencio se convierte opresivo cuando Riptide deja de sonreír, y ahora todos saben que algo está sucediendo.



Puedo sentir su mirada abriendo un hoyo en la cima de mi cabeza. Y sé que cuando lo mire, todo lo que veré será ese rojo. Labial. En su precioso rostro. Como el labial con el que lo manché una vez, pero hoy ése pertenece a alguien más. Quizá a una de las jodidas zorras que se cogió cuando yo no estaba. Dios.



—Paula, por el amor de Dios, ¿qué demonios? —Diego me codea—. ¿Quieres que le vaya mal esta noche?



Sacudo la cabeza y me obligo a mirarlo.



Me mira con una expresión de completa locura y ansiedad. Sus piernas se encuentran abiertas, su mandíbula tensa y su postura a la defensiva. Me doy cuenta que siente como que algo está mal conmigo, ya que sus manos se encuentran en puños a sus costados y luce a punto de saltar para venir a buscarme.


Mantengo su mirada orgullosamente, porque ni siquiera quiero que vea lo lastimada que estoy, pero cuando me sonríe, simplemente no puedo devolverle la sonrisa.



Su sonrisa se desvanece.



Sus ojos brillan de dolor mientras curva sus dedos, y la locura en su expresión casi me parte en dos, pero yo me siento igual de desquiciada, y esta vez, simplemente no puedo aliviarlo. Me siento jodidamente lastimada, y molesta, y celosa y embarazada.



Vagamente, recuerdo tiempos en los que me sentaba en estas mismas bancas, deseando que esa magnífica bestia en bruto de allí fuese mía. Y ahora, en este momento, sentada aquí, embarazada con su bebé, me siento herida porque una cualquiera, o cualquieras, besaron y tocaron lo que siento como mío, y súbitamente deseo lo que tenía antes. Simplemente quiero ser una chica normal, en busca de trabajo. Sencilla. Metas sencillas y vida sencilla. Pero no. No puedo tener eso ahora. Ya que estoy más enamorada de Pedro Alfonso que alguna vez creí posible. Él es tan elusivo como una estrella caída, una que nadie en realidad atrapará alguna vez, e incluso si lo atrapas, sólo dejará un hoyo al atravesarte.



Como me lo está dejando en ese momento, justo en el centro de mi pecho, con mi amor por él corroyendo mi interior.



Incapaz de ver esos oscuros ojos ni un segundo más, me obligo a apartar la mirada para ver a su oponente entrar al ring, y mis ojos se deslizan para luego regresar rápidamente al tatuaje de una oscura y elegante "P" cursiva en el bíceps derecho de Pedro.



Mi corazón tartamudea en incredulidad. Veo fijamente el diseño en confusión, y me doy cuenta de que sí, está justo allí en su bícep derecho: una perfecta y hermosa "P".



Algo raro ocurre dentro de mí. Mis pobres bragas de pronto se sienten inundadas, y comienzo a palpitar.



Pedro se gira hacia su oponente, y veo sus labios curvarse engreídamente cuando le da un vistazo al luchador con el que debe enfrentarse, alguien joven y exaltado, claramente demasiado ansioso por comenzar.



Chocan sus guantes, y Pedro me mira. Luego, sin sonreír, flexiona a propósito su bícep con la "P" y lo besa para que yo lo vea. Una furiosa y ardiente onda se apresura hasta mi sexo, y aprieto mis piernas.



Su sonrisa se extiende, como si supiera que no puedo evitar que me haga mojarme.



La campana suena.



—¿Cuándo se hizo ese tatuaje? —pregunto por debajo de mi aliento. No puedo dejar de mirar la tinta.



—Justo después de que nos fuésemos de Seattle —me dice Diego.



Pedro va mano a mano con el “machito ansioso” como lo llama Diego, e inmediatamente lo golpea; luego se aparta hacia atrás y vuelve a envestir hacia adelante, haciendo que el luchador nuevo vaya tras él. El machito lanza un golpe y falla, Pedro le embiste con dos poderosos golpes seguidos que lanzan al hombre para atrás como una bola de fuego. El tipo revota sobre las sogas, y luego cae boca abajo en la colchoneta.



—¡Uuuuuuuuu! —dice el público.



—Auch, eso debió doler —dice Diego pero sonríe mientras detrás de mí, alguien grita—: ¡Eso es lo que obtienes por meterte con Riptide, idiota!



Sin importar lo que está pasando por mi mente, ver a Pedro pelear es una experiencia tan exhilarante que, dentro de mí, todos mis músculos se tensan como si yo fuese la que está luchando.



El otro tipo se levanta, y Pedro lo golpea de nuevo. Sus golpes son precisos y poderosos, con su cuerpo moviéndose sinuosamente y esa sexy "P" en su bícep deformándose cuando su músculo se alza en acción. Soy una masa se emociones a medida que la pelea progresa, y una gota de sudor se desliza entre mis senos.



Mi temperatura corporal pareciera más alta con el embarazo, pero ver al padre de mi bebé allí arriba—un maestro del completo desastre, con ese tatuaje que le grita al mundo que me pertenece, pero al mismo tiempo besado por otras zorras—me hace sentir posesiva y enojada. Me siento como un volcán.



Luego de que Pedro noquea permanentemente al machito por esta noche, luchador tras luchador sale a desafiarlo. Él los golpea tan fuerte que rebotan sobre las cuerdas, cayendo de costado, de frente, o sobre sus rodillas, todos sacudiendo la cabeza consternados, como si sus cerebros estuviesen temblando dentro de ellos.



Es imparable.



Diego se ríe junto a mí. —Nunca deja de sorprenderme lo mucho que a ese hombre le gusta ¡PAVONEARSE CUANDO TÚ LO MIRAS, JODER!



Sacudo la cabeza incrédula, y Diego asiente solemnemente. —Es en serio. La diferencia en sus análisis sanguíneos cuando se encuentra expuesto a ti, la manera en que alternas su química y sacas a relucir toda su testosterona, cuando traes a la vida sus instintos de luchador, es increíble. ¿Sabías que la testosterona de los hombres se eleva cuando ven a una mujer nueva atractiva? La de él no es así. Solamente se eleva hasta el cielo cuando te ve a ti, a su mujer.



Las palabras de Diego me matan. Pedro siempre parecer querer demostrarme que él es el hombre más fuerte del mundo y que es su labor protegerme—y oh, le creo.



Le gana a un cuarto luchador y luego a un quinto, con su cuerpo transpirando sexo y fuerza mientras los noquea, uno tras otros, con esos oscuros ojos chequeándome a cada momento, cerciorándose de que lo esté mirando. Cada mirada que lanza en mi dirección, aflige cada vez más mi interior, haciéndome sentir un poco más enojada y vergonzosamente cachonda, hasta que mi sexo se encuentra tan hinchado y mis manos tan tensas sobre mis piernas, que no sé de qué tengo más ganas: si de follarlo o de golpearlo.



Un sexto y séptimo luchador es traído, y Pedro aún no está cansado. Está bloqueando, golpeando, atacando y defendiendo.



—¡RIP, RIP, RIP, RIP, RIP! —canta el público, y Diego se une a ellos, golpeando su puño en el aire, y recitando la misma palabra que recitan las mil personas que se encuentran aquí, mientras el presentador toma la gruesa muñeca de Pedro y levanta su brazo en victoria.



—¡Nuestro ganador! ¡¡Una vez más, damas y caballeros, les presento a Pedro Alfonso, suuuuuuu Riptiiiiiiiiiiiiide!!



Esos ojos oscuros me buscan en las bancas. En el instante en que me encuentran, mi pulso palpita fiero dentro de mi cuerpo, y mi corazón latiendo como un colibrí cuando me mira y sonríe. Un temblor me recorre al ver esos hoyuelos, esa blanca sonrisa, esa mandíbula—y ese jodido lápiz labial.



Cuando al parecer no logro sonreír de vuelta, sus cejas descienden sobre sus ojos, toma las cuerdas y salta fuera del ring.



—¡Riptide, Riptide, Riptide! —Escucho como las personas emocionadas comienzan a recitar.



Obligándome a mantener su acerada y oscura mirada, me levanto sobre mis piernas temblorosas, y lo miro acercarse. Me ofrece su mano, observo a todo el jodido labial sobre su rostro, y luego tomo su mano. Mi mandíbula se tensa mientras me arrastra por las gradas.



—Llaves —le ladra a Ruben, quien salta de la esquina del ring y trota para caminar junto a nosotros.



—Yo los llevo, chicos.



Entramos a los bastidores, y Pedro se detiene en los casilleros para tomar su bolso, sin soltar nunca mi mano. No puedo dejar de mirar el labial en su maldita, sexy y exasperante boca, y el tatuaje de la "P" en su sexy y duro bíceps. Sensaciones conflictivas me golpean con tanta rapidez, que no sé qué hacer con ellas excepto apretar los dientes. Soltando mi mano por el más breve de los segundos, Pedro se pone una camisa blanca y salta dentro de un par de pantalones de algodón negros, luego toma mi mano, choca sus dedos entre los míos, y me conduce afuera. Me lanza hacia la parte trasera del Navigator, y una vez que nos encontramos en nuestros asientos Ruben enciende el auto, él toma mi rostro en su mano, con los ojos brillantes con la misma hambre con la que han estado brillando todo el día. O quizá mucho antes que eso. Se inclina para besarme y yo retiro mi rostro.



—No —digo.




Vuelve a mover mi cara y en voz baja y desesperada, murmura—: Quiero que me mires cuando peleo. He estado esperando por lo que se siente una eternidad para que me mires. —Choca su boca contra la mía, y un relámpago se apodera de mí mientras sus labios se mueven contra los míos. La necesidad dentro de mí es tan intensa, que requiere de todo mi autocontrol obligar a mi boca a cerrar debajo de la suya y retorcerme para separarme con un gemido.



—¡No me beses! —siseo.



Se apodera de mi cara con una mano abierta, me da la vuelta y toma mi boca otra vez, obligando a mis labios a abrirse para que pueda hundir la lengua en mí con un gruñido. Gimo cuando su lengua toca la mía, luchando débilmente mientras me retuerzo entre él y el asiento, y empujo sus hombros, girando la cabeza.



—¡Déjame ir! —me quejo.



—Dios, te necesito como necesito respirar… —Desliza su callosa palma por debajo de mi vestido, pasando sus largos dedos hacia arriba hasta mi muslo mientras presiona un camino de hambrientos y húmedos besos por mi garganta—. ¿Por qué estás jugando juegos conmigo? ¿Hmm? Necesito estar dentro de ti ahora mismo…



—¿Les dijiste eso a tus fans? —Jadeante y enfadada mientras su mano avanza por mi muslo, empujo contra su pecho de granito y hago un sonido de frustración cuando no se mueve—. Dile eso a la que besó tu barbilla, tu sien, tu mandíbula ¡y tu jodida boca!



Se aparta con un ceño confundido.



—¡Tienes pintalabios por toda la cara, Pedro! —digo, enderezando mi vestido.



Con un bajo ruido exasperado, arrastra la parte de atrás de su antebrazo a través de sus labios, luego baja la mirada hacia él y entrecierra los ojos cuando ve la raya roja en su piel. Cierra la mandíbula con fuerza y vuelve a caer en su asiento, dejando caer la cabeza hacia atrás con un gemido. Se pasa las manos por el pelo y se queda mirando el techo con ira, respirando a través de su nariz. Trato de deslizarme hacia el otro extremo del asiento, pero su mano sale disparada y se cierra alrededor de mi muñeca.



—No —dice con tono áspero, como si sintiera dolor.



Trago el nudo de ira que hay en mi garganta mientras él desliza su mano desde mi muñeca hasta mi mano y une nuestros dedos. Todo el camino soy plenamente consciente de su palma contra la mía, sus dedos largos y gruesos entrelazados con los míos, sosteniéndome con fuerza mientras mi pecho se siente como si fuera a estallar.



Llegamos a nuestro hotel y Ruben nos revisa con cuidado a través del espejo retrovisor.



—Recogeré al resto del equipo ahora —dice.



—Gracias —dice Pedro llanamente mientras me ayuda a bajar del coche. Luego, con su mano todavía sosteniendo la mía, me guía por el vestíbulo hacia los ascensores.



Entramos y su desaliñada mandíbula está todavía manchada de rojo. Incluso con esas rayas, su rostro es la fantasía de toda mujer. Tiene el pelo alborotado, los pantalones de deporte colgando bajos de sus caderas, mientras que la camiseta se aferra a su paquete de ocho, a sus hombros y a sus bíceps. Todavía es el mismo sex-symbol que ha sido siempre, mientras que yo me siento más embarazada que nunca, con el pequeño bulto de mi estómago.



Tira de mí hacia nuestra habitación. La puerta se cierra de golpe detrás de nosotros por su propio peso, y al instante en que deja ir mi mano, me agarra por las caderas y me levanta para sentarme en la mesa del comedor.



—No me hagas esto. —Me muerde el cuello y desliza su mano bajo mi vestido otra vez, levantándolo rápidamente para ahuecar mis bragas esta vez—. Mierda, no me hagas esto ahora —gruñe.



Empiezo a temblar cuando arrastra su boca hasta mi mandíbula, mordisqueando mis labios mientras frota la punta de un dedo contra mis bragas. Odio el gemido que sale de mí, pero a él parece que le gusta, porque gruñe y se dirige directamente a mi boca.



Aparto la cabeza de un tirón, mi voz suave y dolorida. —¡Quiero besarte a ti, no a ellas!



—Soy yo. —Saca la mano de mi vestido, agarra los lados de mi rostro con ambas manos y me besa, manchándome con el pintalabios de otra persona mientras cubre mi boca y me fuerza a abrirla. Empujo contra su pecho hasta que no puedo empujar más, mientras su lengua se impone sobre la mía y envuelve sus brazos alrededor de mi espalda y me recuesta en la mesa, sus brazos protegiéndome de la dura superficie mientras me succiona con un hambre desesperada—. Soy yo —dice con aspereza, pasando una mano a lo largo de mi cuerpo y hasta mi pecho.



Gimo con necesidad y odio hacerlo. Estoy tan húmeda. Le necesito tanto. Huele tan malditamente bien. Me estoy volviendo loca, pero cuando cubre mi pecho con una mano, todavía estoy celosa y furiosa, y trato de apartar su mano. Él hace un bajo sonido dolorido.



—Paula… —Con un sonido de frustración, agarra la tela de mi vestido con ambos puños y la desgarra de un tirón. Jadeo mientras extiende la tela a los lados para revelar mi ropa interior, su oscura cabeza descendiendo rápidamente para poder arrastrar la lengua sobre mi piel, desde mi ombligo hacia arriba, mientras separa la tela incluso más y asciende frotando con sus manos por mis costillas.



Los temblores me atraviesan y agarro la parte de atrás de su cabeza, dividida entre tirar de él hacia mi boca o apartarlo, en su lugar, tiro de él hacia arriba por su cabello.



—No —gruño, y él vuelve a aligerar y me mira con esos salvajes ojos animales, y sé que no debo provocarlo, debo calmarlo, pero estoy loca de celos. Él me ha convertido en esto. Amar y obsesionarse sobre él, preguntándome con quién ha estado. Tal vez ni siquiera se conozca a sí mismo —pero ellas le conocen, y ellas no son yo.



Presa de una nueva determinación, me siento y con enojo agarro su mandíbula y empiezo a frotar mis palmas y dedos con furia sobre las marcas. Cuando no puedo eliminar muchas de ellas, cojo su camiseta blanca y tiro de ella hacia arriba para limpiarle. Él se queda allí de pie, respirando más fuerte de lo que lo hace cuando lucha, mirándome como si estuviera suplicando por algo —por mí— mientras me permite pacientemente limpiarle.



Mis dedos tiemblan. Sus ojos son brillantes en la penumbra de la suite mientras yo restriego, pero todavía no puedo conseguir quitar el pintalabios, y no puedo soportarlo.



Me chupo el dedo y froto la saliva sobre las marcas de pintalabios, luego paso su camiseta por encima de las malditas manchas.





Se frustra más y se mete los dedos en la boca, luego empieza a frotar los lugares en que estoy yo, haciendo que nuestros dedos choquen mientras restriega nuestra saliva sobre toda su mandíbula. Levanto la camiseta y froto de nuevo, quedándome sin aliento cuando finalmente empieza a quitarse.


GRACIAS POR LEER!♥

3 comentarios:

  1. muy bueno las hormonas y los celos la tienen mal pobre pau @rociibell23

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  2. Wow que intenso,buenisimo el capitulo me encanto!!!

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  3. me encanto Pau y el ataque de celos ja ja ja !!

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