miércoles, 12 de marzo de 2014
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 37
Un millón de cosas borrosas revolotean en mi interior cuando lo escucho inhalar otra vez, más largo y más profundo en esta ocasión, como si él necesitara mi esencia para calmarse y encontrar su centro. Me agacho y beso la parte superior de su cabeza, corriendo mis manos por su cabello. Juro que no puedo dejar de besarlo. Beso su mandíbula, su sien, me estiro por su mano, beso la parte trasera de sus dedos.
Cuando regresamos a la suite, Diane nos sirve la cena, su rostro todo radiante al verlo en la mesa, y cuando Pedro me mira a través de ella y palmea en su regazo, yo casi corro hacia él. Cuando levanta su tenedor hacia mí, me siento como una estúpida ave hambrienta que está siendo alimentada por primera vez en el año.
Cuando me pregunta—: ¿Más? —Lentamente, viendo atentamente mi boca mientras alza su tenedor, yo asiento y muerdo todo, y entonces, antes de que incluso trague, presiono mis labios en los de él, porque no puedo expresar el alivio que sentí después de este procedimiento, de ver que él está completamente bien. E incluso un poco mejor.
Él golpea la cama perezosamente, su cuerpo todavía relajado con los restos de la anestesia y los relajantes musculares que le dieron, el colchón crujiendo cuando cae en él, todo muscular y perdido.
—Ven aquí —llama sin siquiera alzar su cabeza o mirar para ver donde estoy.
Acabamos de cepillar nuestros dientes y estoy recogiendo la ropa que dejó desordenada por el suelo, entonces añado la mía a la ordenada pila en la silla de la esquina y me deslizo desnuda bajo las sabanas con él. Nuestras esquinas se tocan. Cada sensación está intensificándose para mí. Estoy agradecida por su toque. Por escuchar su voz. Por cada pequeño momento que tengo justo ahora. Ahora veo que tan precioso es. Cada canción que él puso para mí, cuando esa brillante mente está bien y resplandeciente con luz y pensamientos. Precioso, incluso, cuando él está en la oscuridad, silenciosamente luchando contra ella y aferrándose a mí.
Su brazo se curva alrededor de mi cintura, y sus dedos se enroscan en mi cadera mientras me arrastra para ponerse en cuchara conmigo. Mi ansiedad por haberlo observado pasar por lo que acaba de hacer todavía se acelera en mí, y no puedo evitar presionar extra fuerte contra su cuerpo. Lo escucho retumbar una risita divertida. Escuchar su suave, sexy risa…
Oh Dios.
—No es gracioso —digo entre lágrimas mientras lo encaro—. No es jodidamente gracioso.
—Sí, lo es —susurra con un adorable hoyuelo, su voz profunda y texturizada mientras frota la yema de su pulgar por mi nariz—. Nadie nunca se ha preocupado por mí antes.
—Sí lo hacían, Pedro. Todos los que amas, te aman también. Diegor, Ruben, el Entrenador, y Diane. Ellos sólo son mejores ocultándolo de ti.
Me mira pensativamente, entonces extiende su mano en mi estómago y sus labios rozan, suave y dulcemente, sobre los míos.
—He hecho esto antes. Lo tengo, pequeño petardo. —Esos ojos oscuros mirándome, su pulgar frotándose sobre mi frente—. No pongas esa pequeña cara por mí, ¿está bien? —Me aplasta contra él y cierra sus ojos con fuerza, gimiendo como si sujetarme se sintiera bien para él—. Quiero hacerte feliz. Quiero hacerte jodidamente feliz, nunca quiero que estés triste.
—Bien —digo, todavía un poco emocional, presionando mis labios en su mandíbula.
—¿Bien? —repite, moviendo su cabeza y presionando sus labios en los míos.
Deslizando mi brazo alrededor de mi estómago, enlazo mis dedos con los suyos y asiento. —Más que bien.
Corriendo mi mano libre sobre su cabello, curvo una de mis piernas alrededor de sus caderas y dejo un millón de besos en su rostro, haciéndolo reír. Me río suavemente con él, una sonrisa curvando mis labios con cada beso que continuo presionando, pero no me detengo. Ahora sé que él es realmente mío. Esos dedos han sido míos desde el momento en que me tocaron. Ese rostro. Esos labios. Su enorme, amable, protector, posesivo, y compasivo corazón. Él ha sido mío desde que he sido suya, y saber esto me hace sentir como que estoy siendo hecha pedazos, y luego recompuesta, completa y feliz.
—Quiero dormir contigo en mí —ruego, arrastrando mi boca abierta a lo largo de su mandíbula, mis dedos súbitamente casi arañando la piel de sus hombros mientras respiro su caliente piel y trato de acercarme más con mi barriguita hinchada en medio.
Él desliza su mano entre nosotros y comienza a prepararme con sus dedos mientras vuelve su cabeza y lentamente, sin prisas toma mi boca, su lengua desacelerándome, lamiendo dentro de mí con perezoso placer.
—¿Estas lista? —murmura calientemente.
—Lléname… —Es todo lo que puedo decir, y un sonido sin aliento burbujea por mi garganta mientras me agarra por la cintura y me hunde en su longitud, llenándome de manera que estoy tan repleta y tan penetrada por él, que puedo difícilmente hablar, o respirar, o pensar en nada que no sea Pedro en mi interior, pulsando y caliente, su boca tomándome, lentamente, asegurándome que él tiene esto. Y él me tiene.
***
Todavía es negro el día de la pelea, y la atmosfera en la suite presidencial es espesa y tensa mientras esperamos a que esté listo. Diego, Ruben, y el Entrenador se asoman por la puerta de la habitación principal, mientras estoy siendo carcomida por mi propia preocupación enferma, porque en serio no estoy segura de sí deba pelear así.
—¡Di el nombre de ese hijo de puta! —sisea el Entrenador hacia Diego.
Creo que quiere provocar la energía turbulenta de Pedro en acción, pero Diego sacude su cabeza.
—No usaremos rabia. Él ya está lleno de odio hacia sí mismo cuando está decaído —susurra Diego.
Pero lo que, personalmente, siento más en su lucha interior. Ha estado en su interior, peleando. No ha dicho una palabra de auto–desprecio, pero siento que las ha estado pensando, que las siente en su alma. El electroshock lo ha ayudado, pero todavía está decaído. Me rompe que tenga que pelear así.
—Trata de calentar esos músculos, Paula —sugiere Diego.
Yendo hacia donde Pedro está atando sus botas en silencio, deslizo mis manos arriba y abajo por su espalda y suelto cada músculo que puedo, despertándolos con lentas, y deliberadamente fuertes, presiones de mis dedos.
—Muy bien, Pedro, hay que animarnos. Sé que te gusta ésta —dice
Diego mientras acomoda los parlantes del iPod de Pedro. “Uprising” de Muse irrumpe a través de la habitación en un volumen alto. El ritmo rebelde de la música parece alcanzar los oídos de Pedro, y sus músculos comienzan a cooperar bajo mis dedos, como si él no pudiera evitar responder.
Mi corazón se estremece un poco. ¿Está volviendo en sí mismo? Ha estado tan ocupado peleando en su interior que sólo me pregunto si ha dejado lucha suficiente para Scorpion. Da un tirón a su otra bota mientras froto sus duros músculos y trato de transmitir cada onza de bien y energía sanadora que tengo para él.
Caliento cada músculo, uno por uno, moviéndome por su espalda, poniendo especial atención en sus manguitos rotadores. Cuando no puedo evitar inclinarme hacia su cabeza y preguntarle cómo se siente, él se balancea alrededor y agarra la parte de atrás de mi cabeza, sujetándola mientras cierra su boca en la mía y me saquea.
Cuando se echa hacia atrás, mi boca quema por su calor, y sus ojos hierven a fuego lento con una oscura y fiera desesperación. Me mira fijamente como si fuera la única esperanza en el mundo, la mirada en sus ojos es tan salvaje y feroz que enciende la esperanza en mi interior de que quizás él luchará. Tal vez lo quiere lo suficiente como para empujar a través de esto. Sé cuánto desea esta victoria, y sé que detesta completamente cuando su lado oscuro jode con él.
—Pedro, viejo, esto es por lo que has estado esperando. —Diego se apodera de sus hombros y atrae su atención hacia él con un apretón tranquilizador—. Todo lo que siempre has querido está al alcance de tu mano. Todo. Tiene planes después de este campeonato, sé que los tienes. Ganando esto los harás posibles. Paula, el bebé…
Ante esas palabras, lo veo pellizcar sus ojos cerrados por un silencioso momento, luego suelta un largo y lento respiro. Diego se inclina para murmurarle algo en el oído, y Pedro asiente y ásperamente. — Gracias —dice, y cuando abre sus ojos otra vez, se pone de pie. La sinapsis en mi cerebro parece encenderse en emoción. Vestido ya en su atuendo de lucha, en su rasgado y bronceado cuerpo, puedo ver cada centímetro de la maquina estelar en la que se ha convertido.
Cuando dice—: Ven aquí, Paula. —Estoy tan increíblemente nerviosa por la pelea, que casi tropiezo hacia adelante mientras voy. Me toma en sus brazos y me abraza con fuerza, poniendo un cálido beso en la parte trasera de mi oído—. Te necesito en mis periféricos, al menos. En todo momento.
Súbitamente, mi interior se estremece con el conocimiento de que estará peleando, y así venga el infierno o el cielo, yo lo estaré mirando.
—¡No me moveré de mi asiento! —le prometo.
Pone a cero su atención en mí por un segundo más, entonces besa detrás de mi oído de nuevo y acaricia mi trasero. Eso es todo lo que hace. Entonces comienza a saltar en su lugar, torciendo sus brazos arriba y alrededor de sí mismo, y la atmosfera entera cambia dramáticamente mientras el equipo comienza a respirar otra vez.
—¿Dónde está Jo? —pregunta ásperamente a Diego.
Un cosquilleo comienza en mi centro cuando comprendo que él realmente está regresando.
—Ya está explorando el área —dice Diego, y hay un temblor de emoción en su voz mientras probablemente comprende lo mismo.
—Ni tú, ni Jo, van a quitar sus ojos de Paula, ¿Me escuchas? — ordena mientras truena su cuello hacia un lado, y luego al otro.
—¡Lo tenemos, amigo! —le asegura Diego.
—Muy Bien. ¿Estamos listos aquí? —El Entrenador balancea la lona que contiene la ropa limpia de Pedro, Gatorades, y auriculares extra, encima de su hombro.
—Listo —responde Pedro mientras recupera su iPod de los altavoces. La música muere al instante, y todos lo vemos agarrar sus auriculares de la mesita de noche y asegurarlos en su iPod plateado.
—¡Demonios, sí! ¡Ese es mi chico! —grita el Entrenador
Ruben grita—: ¡Este es el HOMBRE!
—¿Quién estará pateando traseros? —El Entrenador golpea la espalda de Pedro mientras se dirigen hacia la puerta.
—Yo. —Oigo el bajo gruñido de Pedro.
El entrenado llega a su espalda con un golpe aún más fuerte. —¿Qué nombre es el que todos gritaran esta noche?
—El mío.
—¡Dilo!
—Riptide.
—¡Así no es como los hijos de puta lo dicen!
Pedro cierra de golpe el puño en su pecho y grita —: ¡RIPTIDE!
—¡ASI ES! —grita El Entrenador de nuevo.
Golpean sus nudillos, y luego el Entrenador lo lleva fuera de la habitación y a los ascensores, el resto de nosotros los seguimos detrás. — ¿Tienes suficiente para esta pelea, chico?
—Lo tengo.
El Entrenador asiente, luego lo empuja —¿Qué vamos a hacer si no se somete, chico? ¿Ya sabes lo que debes hacer?
—Sé que hacer.
Al escuchar esta última serena afirmación, mi sangre se acumula en mis pies, y siento como todas las otras partes de mí se estremecen mientras mi piel se convierte en piel de gallina y algo más. Una parte de mí quiere ser valiente y ver esta pelea, pero no recuerdo haberme sentido nunca tan carente de valor en mi vida.
Con el ceño fruncido repentinamente, Pedro empuja un grueso dedo en el pecho del Entrenador.
—Pase lo que pase, no vas a tirar la toalla. ¿Me escuchas? Nosotros NUNCA, JAMAS nos someteremos.
La tensión en el aire aumenta dramáticamente, y un par de miradas se intercambian. Cuando no hay una respuesta inmediata por parte del Entrenador, Pedro lo empuja un paso atrás. —Entrenador. No tirarás la toalla. Nosotros no nos someteremos. ¡Y punto!
Los ojos del Entrenador giran brevemente en mí dirección. Brevemente, sí, pero no lo suficientemente breve para que no logre ver la duda en su mirada antes de que asienta. Exhalando a mi lado, Diego toma mi mano cuando oímos un tintineo.
—Vamos —murmura.
Abordamos el ascensor, pero estoy tan malditamente nerviosa, mi corazón golpeando tan ferozmente que sé que va a romper un par de costillas en el momento en que lleguemos al Underground. Pedro juguetea tranquilamente con su iPod, sus auriculares negros en una mano. Está tratando de entrar en la zona. Con todo el amor que tengo por él en mi corazón, lo veo agachar la cabeza, colocarse sus auriculares, y reproducir su música.
—¿Por qué lo prometiste? —Ruben enfrenta al Entrenador mientras Pedro escucha su música, su tono acusatorio—. ¡Si las cosas se ponen extremadamente feas, no vamos a dejarlo morir ahí afuera hoy!
—¡Sus ojos están volviéndose mieles! ¡Si alguien va a morir esta noche, no es nuestro chico! —refuta el Entrenador.
¡Muy bien, todo esto es una locura! Mi estómago esta enrollado como una serpiente de cascabel venenosa lista, y simplemente no puedo estar de pie aquí como un mudo por un segundo más largo.
—Diego, ¿de qué están hablando? Estoy empezando a enloquecer aquí.
—Ha habido rumores sobre este siendo el combate de la década — responde en voz baja—. Ambos son tercos como el infierno, y uno tiene que someter al otro por la victoria, Paula. Podría volverse peor. Como has dicho… más que mierda pasando.
Un pequeño destello del final de la temporada pasada juega en mi cabeza, espontáneo y no deseado. Recuerdo el cuerpo caído de Pedro en el suelo de lona ensangrentado. La multitud que gritaba su nombre. Y luego el silencio cuando se dieron cuenta de que su Riptide, su feroz, apasionado, hermoso Riptide, caía.
Mientras todas mis entrañas se enredan como pretzels por los recuerdos, empezamos a salir del ascensor arrastrando los pies, pero Pedro agarra mi mano y me detiene.
—En mi periferia —susurra en mi oído.
Sus ojos se clavan en los míos, y rezo, ruego que no vea el miedo en mis ojos, pero saca sus auriculares hasta el cuello, y oigo la música fluir entre nosotros. Loca y rápida.
—En tu asiento en todo momento, Paula —me dice, y desliza sus manos en mi cabello y golpea su boca sobre la mía, robando mí sabor mientras me alimenta con el suyo, dejándome drogada y aturdida. Pone su frente en la mía, su mirada incandescente mientras me observa—. Te adoro con cada respiración que tomo, con cada onza de mí; te adoro. —Con otro beso rápido y duro, le da una bofetada a mi trasero—. Obsérvame quebrarlo.
Mientras viajamos al Underground, mantiene su brazo extendido sobre la parte trasera de mi asiento mientras escucha su música. El resto del coche está totalmente en silencio. Puedo saborear la violencia en el aire mientras se aleja hacia los vestuarios, y quiero gritar “te amo” mil veces, pero está con su iPod ahora, entrando en su zona.
—Diego, ¿realmente está listo para esto? —susurro vacilante.
—Eso espero, Paula. Odiaría que este episodio tomara otro de sus sueños. Vamos —dice mientras nos empuja a través de la multitud hacia nuestros asientos.
Al menos dos mil personas llenan la arena esta noche. El Underground ha estado provocando a su público toda la temporada, y ahora están sedientos de sangre por ver a Scorpion contra Riptide. Las caras están rayadas con rojo, simulando sangre. Erres rojas brillantes adornan las mejillas de las mujeres y la parte superior de algunos de sus pechos. Veo rojo, rojo de Riptide, cruzo los asientos y camino a la parte posterior, con la multitud de pie, donde hay un poco de negro también, negro de Scorpion.
Instalándome en mi asiento junto a Diego, me doy cuenta de que Pedro ha asegurado una vez más dos asientos vacíos a nuestros lados, y parece que esperamos toda la vida, mirando fijamente hacia el vacío ring central, que sólo parece hacer que la multitud grite más fuerte mientras esperan por Pedro y Scorpion para que llenen el espacio cuadrado de veintitrés por veintitrés.
—¡Riiiptiiiiide! —grita un grupo de amigos al unísono, en frente del
ring y de mí.
Detrás, un canto comienza—: ¡Sáquenlos! ¡FUERA! ¡FUERA! ¡FUERA!
GRACIAS POR LEER! =)
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Que nervios¡¡ por dios q GANE.. :))
ResponderEliminaroh que anciosa por dios la pelea llega espero el siguiente besos
ResponderEliminarAyyyyyyyyy, qué buen cap!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarWow ansiosa por leer el proximo capitulo!!!
ResponderEliminar