miércoles, 11 de diciembre de 2013
CAPITULO 4
—Estate quieta. Enviaré a alguien por ti.
Él sonríe y retrocede mientras la multitud sigue gritando, y vuelve a subir al ring, dejándome intermitente detrás de él. A la mujer a mi lado le toma como un minuto entero de temblar e hiperventilar para decir:
—Oh por dios, oh por dios, oh por dios dios dios, su codo me rozó, ¡su codo me rozó!
—¡PEDRO RIPTIDE ALFONSO, GENTE! —grita el anunciador.
Mis rodillas se vuelven blandas, y me dejo caer en mi asiento, ligera como crema batida, juntando mis manos para evitar que tiemblen. Mi cerebro está tan derretido que ni siquiera puedo pensar más allá del punto donde él se deslizó fuera del ring y me susurró cerca del oído, en su voz terriblemente sexy, que iba a enviar a alguien por mí. Sólo recordarlo hace que mis pies se retuerzan. Melanie está boquiabierta sin habla, y Sofia y Cristian me miran como si fuera algún ser santo que acaba de hacer que un animal salvaje se pusiera de rodillas.
—¿Qué demonios te dijo? —gesticula Cris con la boca.
—Jesús, María y José —dice Melanie, chillando y abrazándome—. Paula, ese chico es ardiente para ti.
La mujer a mi lado toca mi hombro con una mano temblorosa.
—¿Lo conoces?
Sacudo la cabeza, ni siquiera sabiendo cómo responder. Todo lo que sé es que desde ayer hasta hoy, no ha pasado un segundo en el que no haya pensado en él. Todo lo que sé es que odio y amo la manera en que me hace sentir, y la manera en que me mira me llena de deseo.
—Señorita Chaves —dice una voz, y levanto la cabeza rápidamente hacia los dos hombres de negro que están parados entre yo y el ring. Ambos son altos y esbeltos; uno es rubio y el otro tiene el cabello marrón enrulado.
—Yo soy Diego, el Asistente Personal del señor Alfonso —dice Rulos Marrones—. Y éste es Ruben, es la segunda mano del entrenador. Si nos siguiera, por favor, el señor Alfonso quiere tener unas palabras con usted en su habitación del hotel.
Al principio, ni siquiera puedo registrar quién es el señor Alfonso. Luego amanece el entendimiento, y un rayo de perno al rojo vivo rasga a través de mí. Él te quiere a ti en su habitación de hotel. ¿Lo deseas tú a él? ¿Quieres hacer esto? Una parte de mí ya está haciéndolo con él de diez maneras diferentes en mi mente hasta el domingo mientras que la otra parte no se mueve de su estúpida silla.
—Sus amigos pueden venir con nosotros —añade el rubio en su voz tranquila, y señala al asombrado trío.
Estoy aliviada. Creo. Jesús, ni siquiera sé cómo me siento.
—Paula, vamos, ¡es Pedro Alfonso! —Melanie me arrastra a la fuerza y me obliga a seguir a los hombres, y mi mente comienza a correr a toda velocidad, porque no sé lo que voy a hacer cuando lo vea. Mi corazón está bombeando adrenalina como loco mientras somos dirigidos hacia afuera del Underground ,hacia el hotel cruzando la calle, luego al ascensor.
Una punzada de nervios ondean a través de mí mientras el ascensor hace un sonido metálico al llegar al último piso, y me siento exactamente como solía hacerlo cuando competía. Ha sido un viaje en montaña rusa el sólo imaginarme el cuerpo de este hombre dentro del mío, y de repente estoy cerca de la cumbre donde podría ser una realidad. Mi estómago se aprieta ante el pensamiento de lo estimulante que podría ser el descenso. Cosa de una noche, aquí voy...
—Por favor dime que no vas a hacerlo con este tipo —me dice Cris, su rostro estrujado con preocupación mientras las puertas se deslizan para abrirse—. No eres así, Paula. Eres mucho más responsable que esto.
¿Lo soy?
¿Lo soy, realmente?
Porque esta noche me siento loca. Loca de lujuria y adrenalina y dos sexys hoyuelos.
—Sólo voy a hablar con él —le digo a mi amigo, pero ni siquiera yo estoy segura de lo que voy a hacer.
Seguimos a los dos hombres dentro de la primer parte de la enorme suite.
—Tus amigos pueden esperar aquí —dice Ruben, moviéndose hacia la gigantesca barra de granito negro—. Por favor sírvanse una bebida.
Mientras mis amigos acuden en manada hacia las brillantes botellas nuevas de alcohol, un chillido inconfundible se le escapa a Melanie, y Diego me mueve para seguirlo. Cruzamos la suite y entramos en el dormitorio principal, y lo encuentro sentado en un banco a lo pies de la cama. Su cabello está húmedo, y sostiene un envase de gel contra su mandíbula. La visión de un macho tan primitivo asistiéndose una herida luego de haber roto repetitivamente hombre tras hombre con sus puños es de alguna manera, fabulosamente sexy para mí.
Dos mujeres asiáticas se arrodillan en la cama detrás de él, cada una frotándole un hombro. Una toalla blanca está envuelta alrededor de sus caderas, y un río de agua todavía se aferra a su piel. Tres botellas vacías de Gatorade han sido dejadas en el suelo, y él tiene otra en su mano. Deja el paquete de gel en la mesa y termina lo último de la Gatorade, el líquido se termina de un trago, luego él la tira a un lado.
Estoy fascinada mientras sus músculos arrebatadores se aprietan y relajan debajo de los dedos de las mujeres. Sé que el masaje es algo normal luego de un ejercicio intenso, pero lo que no sé, y no puedo entender, es la manera en que verlo obtener uno me afecta.
Conozco la forma humana. La venero. Fue mi iglesia por seis años, cuando decidí que estaba en regla una nueva carrera para mí, cuando me di cuenta que no podría volver a correr otra vez. Y ahora, mis dedos pican con el deseo de investigar su cuerpo, empujar y soltar, meterme dentro de cada músculo.
—¿Disfrutaste la pelea? —Me observa con una pequeña sonrisa engreída, sus ojos destellando, como si supiera que me encantó.
Es una cosa de amor y odio para mí, verlo boxear. Pero simplemente no puedo darle un cumplido luego de escuchar a quinientas personas gritar lo bueno que era, así que me encojo de hombros.
—Lo haces interesante.
—¿Eso es todo?
—Sí.
Él parece irritado mientras abruptamente sacude los hombros para detener a las masajistas. Se levanta y rueda esos hombros cuadrados, luego hace sonar su cuello hacia un lado, luego el otro.
—Déjenme.
Ambas mujeres me ofrecen una sonrisa y se dirigen afuera, y el instante en que estoy sola con él, me quedo sin aliento.
La enormidad de estar aquí, en su habitación de hotel, no está perdida en mí, y de repente estoy ansiosa. Sus bronceadas manos de dedos largos descansan en reposo a sus lados, y una ráfaga de deseo corre a través de mí mientras las imagino pasar por mi piel.
Mi cuerpo palpita, y con un esfuerzo levanto los ojos hacia su rostro y me doy cuenta que me está mirando en silencio. Se suena los nudillos con una mano encima de ellos, luego hace lo mismo con la otra. Parece agitado, a pesar de que no ha agotado la suficiente energía dándole una paliza a una docena de hombres hacia el suelo. Como si pudiera simplemente hacer un par más de rounds.
—El hombre con el que estás —dice, flexionando sus dedos abiertos a sus lados como si quisiera que corra algo de sangre, sus ojos observándome—. ¿Es tu novio?
Honestamente no sé qué esperaba al venir aquí, pero esto puede que hubiera sido algo en la línea de ser llevada directamente a su cama. Estoy tan confundida y más que un poco ansiosa. ¿Qué quiere de mí? ¿Qué quiero yo de él?
—No, es sólo un amigo —respondo.
Sus ojos le dan una mirada a mi dedo anular y vuelven a subir.
—¿Nada de maridos?
Un extraño y pequeño zumbido corre por mis venas, directo a mi cabeza, y creo que estoy aturdida por la escénica del aceite de masaje que frotaron en él.
—Nada de maridos, para nada.
Me estudia por un largo momento, pero no parece derrotado con lujuria como yo estoy personal y vergonzosamente sintiéndome. Simplemente me está evaluando con una media sonrisa en su lugar, y parece genuinamente interesado en lo que estoy diciendo.
—¿Fuiste internada en una escuela privada de rehabilitación para sus jóvenes atletas?
—¿Me buscaste?
—En realidad, nosotros lo hicimos —dicen las dos voces familiares de los hombres que me trajeron aquí, y mientras vuelven a entrar a la habitación, Diego lleva el sobre de papel madera y se lo pasa a Ruben.
—Señorita Chaves. —me habla una vez más, Diego, con el cabello enrulado y los ojos marrón claro—. Estoy seguro de que se está preguntando por qué está aquí, así que simplemente iremos a eso. Nos vamos de la ciudad en dos días, y me temo que no hay tiempo para hacer las cosas de otra manera. El Señor Alfonso quiere contratarla.
Observo por un momento, perpleja, y francamente, confundida como el infierno.
—¿Qué es, exactamente, lo que creen que hago? —Un ceño fruncido se posa en mi rostro—. No soy una prostituta.
Tanto Diego como Ruben se echan a reír, pero Pedro está alarmantemente callado, lentamente relajándose en el banco.
—Nos conoce, señorita Chaves. Sí, admito que cuando estamos viajando, encontramos conveniente mantener una o varias amigas especiales del señor Alfonso para, digamos, facilitarle sus necesidades antes o después de una pelea —explica divertidamente Diego.
Mi ceja izquierda sale disparada hacia arriba. En realidad, soy perfectamente consciente de cómo funcionan estas cosas con los atletas.
Solía competir y sé que, antes o después del deporte, el sexo es una manera natural e incluso saludable de aliviar el estrés y asistir al desempeño. Perdí mi virginidad en la misma prueba de las Olimpíadas en la que mi rodilla fue enviada al infierno, y la perdí con un corredor que estaba casi tan nervioso por competir como yo. Pero la manera en la que estos tipos hablaban sobre las "necesidades" del señor Alfonso, tan casualmente, se siente de repente tan personal, que mis mejillas queman de la vergüenza.
—Un hombre como Pedro tiene requerimientos muy particulares, como podrá adivinar, señorita Chaves —continúa Ruben, el hombre de cabello rubio que luce como surfista—. Pero, él ha sido muy específico en el hecho de que ya no está interesado en las amigas que teníamos aseguradas para él durante nuestro viaje. Él quiere enfocarse en lo que es importante, y en su lugar, quiere que usted trabaje para él.
Mis entrañas se contraen mientras observo a Ruben, luego a Diego, y luego a Pedro, cuya mandíbula luce más cuadrada de lo que recuerdo, como si estuviera hecha de la pieza de granito más bella e invaluable que se encontró en el mundo.
No hay manera de que sepa que cosa está pensando, pero a pesar de que ya no está sonriendo, sus ojos permanecen encendidos con malicia.
Su rostro está un poco hinchado en el lado izquierdo, y mis instintos realmente quieren tomar el gel y ponerlo de nuevo en su mandíbula. Maldición, en mi mente, ya le he puesto la pomada en la cicatriz roja en el centro de su labio inferior. Estoy tan abrumada por estos pensamientos que no me doy cuenta que no puedo confiar en mí misma con alguien tan poderoso y atractivo como él. todavía sigo emocionada por estar en la misma habitación que él.
Diego hojea las carpetas. —Estuviste haciendo prácticas en la Academia Militar de Seattle en rehabilitación deportiva para jóvenes adolescentes y veo que te graduaste sólo hace dos semanas. Estamos dispuestos a contratarte por tus servicios, los que serán en ocho ciudades que dejamos para el tour y para que el señor Alfonso continúe acondicionando para futuras competiciones. Vamos a ser muy generosos con tu sueldo. Es muy prestigioso tener un atleta y debe ser impresionante en cualquier currículum. Incluso podríamos permitir que seas un agente libre, en el futuro, si decides irte —dice Diego.
Me encuentro parpadeando varias veces.
He estado con ansiedad por la solicitud de empleo, no me habían llamado hasta ahora. La escuela donde hice prácticas me ofrecieron volver cuando se reanuden las clases en agosto, así que por lo menos tengo esa opción. Es, sin embargo, a muchos meses de distancia y la inquietud de tener un título y no hacer nada con ello me está matando.
De repente, me doy cuenta que los ojos de todos están en mí y estoy especialmente consciente de la mirada de Pedro.
En mí.
La idea de trabajar para él después de ya haber tenido sexo con él en mi cabeza hace que me sienta un poco más que mareada.
—Tengo que pensar en ello. Realmente no estoy buscando algo lejos de Seattle a largo plazo.
—Lo miro vacilante, y luego a los otros dos hombres—. Ahora bien, si eso es todo lo que querías decirme, es mejor que me vaya, dejaré mi tarjeta en tu bar. —Me giro y la voz imponente de Pedro me detiene.
—Respóndeme ahora —espeta.
—¿Qué?
Cuando me doy vuelta, él inclina la cabeza y sostiene mi mirada, el brillo de sus ojos ya no es divertido.
—Te he ofrecido un trabajo y quiero una respuesta.
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Aquí el capítulos tres! espero que les guste y comenten que les pareció!!
Gracias por leer! ♥
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wow buenísimo,me encanto!!!
ResponderEliminarBuenísimo el capitulo como siempre, yo también me imagine todo lo que ella se imagino con el jamas pensé que la llamaba para ofrecerle trabajo jajaja, aunque creo que hay algo detras de ese ofrecimiento jajaja gracias Jesy son muy buenas todas tus historia y ya quiero leer el proximo cap =)
ResponderEliminarWow, q buen cap!!!!
ResponderEliminarMe encantoo buenisimo. Espero el proximo
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