martes, 17 de diciembre de 2013

CAPITULO 7



Me siento peligrosamente mareada y definitivamente no estoy feliz por eso. Así que saco mi iPod y mis auriculares de la pequeña bolsa de viaje que llevo y la ubico en mi regazo. Él los mira fijamente, luego arrebata mi iPod, conecta sus auriculares y empieza a ir a través de mi música, entregándome la suya. Busco a través de su selección, y aborrezco absolutamente todas sus canciones. Él está en el rock puro, dejo caer mis auriculares y agarro mi iPod de nuevo.


—¿Quién puede relajarse con eso?


—¿Quién quiere relajarse?


—Yo quiero.


—Toma —el me alcanza su iPod otra vez—. Debo tener algo de música suave para ti. Escucha una de las mías y yo escucharé una de las tuyas.


Está seleccionando una canción de su propio aparato, así que yo busco una que me guste en el mío, y elijo una de poder femenino llamada “Love Song” de Sara Bareiles, que es básicamente esta chica diciéndole al chico que no está obteniendo uno. La reproduzco para él.


Mi amor por las canciones del poder femenino es casi legendario. Viejo y nuevo. Es todo lo que mis amigas y yo escuchamos. Incluso Cris las canta.


Así que luego me pongo mis auriculares para ver cual eligió él para mí, y algo pasa con mi cuerpo cuando escucho las primeras palabras de la canción, Y me doy por vencido a tocarte para siempre… la canción “Iris” de Goo Goo Doll.


Y me doy por vencido para siempre tocarte…
Porque sé que de alguna forma me sientes…
Eres lo más cercano que he estado al cielo y no quiero irme a casa justo ahora…


Agacho la cabeza para que no se dé cuenta que me estoy sonrojando y casi tengo que obligarme a no pausarla porque se siente insoportablemente íntima. Escuchar esta canción.


La que el extrañamente eligió para que escuche.


Pero no me animé a pausarla. Incluso cuando se inclinó hacia adelante para ver mi expresión. Su rodilla cepilla la mía, y el punto de contacto arde a través de mí como la canción sigue derramándose en mi oído.



Y no quiero que el mundo me vea, dice, pero quiero que tu sepas quien soy…


Creo que ni siquiera estoy respirando, ni siquiera sé si puedo.


Él también está escuchando mi canción, y sus ojos están tan cerca de los míos cuando miro hacia él, puedo contar cada una de sus pestañas puntiagudas. Sus labios se retuercen con humor, y sacude su cabeza con lo que creo es una risita. Una risita. Obviamente no puedo oír porque estoy escuchando el final de “Iris”, la cual escuché por primera vez en la película City Of Angels y la cual también me hizo llorar, como, por días. Un chico se rinde, literalmente, para siempre a estar con la chica de la cual se enamoró, y algo trágico pasa—como en una película de Nicholas Sparks.


Cuando el silencio le sigue al final, lentamente me saco los auriculares y le devuelvo su iPod.



—Ni siquiera sabía que tenías canciones lentas ahí—murmuro, totalmente comprometida en una nueva conversación con mi propio iPod, mientras me lo devuelve.


Su voz es baja e intima. —Tengo veinte mil canciones, todo está allí.


—¡No!—digo automáticamente sin creerle mientras me vuelvo a verificar, y es verdad. Mel piensa que es la mierda porque tiene diez mil, y voy a tener que decirle que ciertamente no lo es.


Y ahora, lo que no puedo olvidar es que, de veinte mil canciones, ¿reprodujo esa para mí?


—¿Te gustó?—sus ojos me atravesaban, y sé que puede ver mi sonrojo, no puedo evitar eso.


Asiento.


Mi iPod se siente más caliente de lo usual mientras nerviosamente empiezo a jugar con él, y me niego a pensar que es por su mano. Mis mejillas arden incluso más, trato de hundirme en mi propio mundo musical.


Ocasionalmente, durante el vuelo, el me pasa sus auriculares y iPod, y me hace escuchar una canción, y yo busco una para él. No sé qué pasa conmigo, pero cuando me sonríe con esa sonrisa perezosa que muestra sus dos hoyuelos, escuchando todas las canciones del poder femenino que elijo para él, como “I Will Survive” de Glorya Gaynor, quiero derretirme, especialmente cuando al mismo tiempo, el diablo sonríe con malicia, y parece decidir meterse conmigo mientras se reproduce "Love Bites" de Def Leppard para mí.


Muero cuando el poderoso sonido de golpes de su Dr. Dre se derrama en mis oídos, empujando las bajas, voces masculinas tan dentro de mi cuerpo, cada palabra sexy parece latir descaradamente en mi sexo. Las palabras son tan crudas y carnales, que me hacen pensar en él, y yo, tocando, besando y amando... y no me gusta que por una fracción de un instante, incluso creo que eso es exactamente lo que él quería que yo crea.




* * *


Comparto habitación con Diane en Atlanta, y me encanta que ella mantenga su pasta de dientes, cepillo de dientes, y todas sus necesidades femeninas tan bien escondido como yo. Es una gran compañera de cuarto, alegre y positiva cada momento del día, y me encanta que tengamos que hablar sobre la cocina saludable durante la noche, cuando cada una de nosotras golpeamos nuestra propia cama.


He aprendido que va de compras por los mejores y más frescos ingredientes locales cada mañana, y alimenta a Pedro solo con la mejor comida orgánica, todos los días, a tiempo cada tres a cuatro horas, por lo que su entrenamientos parece estar espaciados en las secciones de cualquiera de 3-2-3, o 4-4 con las comidas más pesadas en el caso de este último. Los hombre comen por tres leones adultos hambrientos. Mucha proteína. Muchos vegetales. Y en la media hora después de su entrenamiento, demasiados carbohidratos que incluso yo termino carbo-drogada de solo pensar en esas deliciosas dulces patatas y pasta que engulle.


Ella condimenta sus comidas con hierbas naturales, como tomillo, albahaca, romero, un poco de toque de ajo o pimienta de cayena, y algunas combinaciones de patea-traseros que he estado anotando para cuando vuelva a casa. Está divorciada a los 39, y también me dijo que estamos terminando la última pelea en Nueva York al final del tour, una ciudad que siempre quise conocer.


Mañana Pedro tiene su primera pelea de dos en Atlanta, y esta tarde me encuentro pasando el rato en el marco de su gimnasio de alquiler privado, esperando para estirar una vez que haya terminado. Es nuestra tercera tarde aquí, y ya me he dado cuenta que Pedro Alfonso entrena como un demente.


Un.


Hombre.


Loco.


Hoy en particular parece imparable.


—¿Alguna razón por la que todavía entrena así de fuerte a esta hora?—pregunta Diego al Entrenador Lupe.


—¡Oye, Alfonso! ¡Deja de mostrarte delante de Paula!—grita el entrenador, y escuchamos una risa desde el otro lado del gimnasio, donde Pedro esta matando— cruelmente asesinando—una bolsa de boxeo.


—No lo puedo sacar de ahí—dice Lupe mientras se vuelve de nuevo a nosotros. Pasa una mano por su calva cabeza como si comprobara algún tipo de temporizador que ha envuelto alrededor de su cuello. Su habitual ceño se profundiza en intensidad —. Ya vamos nueve horas hoy y todavía tiene jugo. Pero ni siquiera me mira, Diego. Ambos sabíamos que esto iba a pasar desde que él…


Ambos vuelven sus cabezas hacia mí, como si no pudieran hablar hasta que me esfume, y yo levanto mi ceja.



—¿Qué? ¿Quieren que me vaya?


Lupe sacude la cabeza y vuelve con Pedro, quien está todavía extasiado, y volando en el viento como un murciélago aleteando por todas partes. Sus brazos se balancean con una precisión perfecta, cada embestida golpea el punto muerto de la bola que se balancea hacia atrás. El sonido que hace es rítmico y más rápido que un segundo, thadumthadumthadumpthadump…




—Nueve horas al día es realmente excesivo, ¿no lo crees? Incluso siete al día es de locos—le digo a Diego desde la barrera.



Hoy hemos ido mucho más allá de sus 4-4 horas de entrenamiento, y estoy sorprendida de que el hombre aún siga adelante.


Incluso cuando entrené para los Olímpicos, no lo hice así de duro, y francamente, el programa de entrenamiento de pedro me deja impaciente. Hoy ha hecho abdominales colgado, donde cuelga de su pies y dobla su cuerpo a sus rodillas, tan rápido como pueda, perfectamente trabajando esos abdominales de tabla de lavar como si no hiciera nada. Él hace flexiones, lagartijas, alpinismo, sentadillas. Salta la cuerda con un solo pie, luego cambia al otro, luego cruza la cuerda, oscilaciones, giros y vueltas, a la vez que apenas si llega a ver la cuerda, la hace volar tan rápido como lo golpea rítmicamente el suelo. Después de eso, hace boxeo de sombra o golpea el ring con un compañero de lucha, y si su compañero de lucha cae antes que él, como pasó hoy, Pedro se vuelve a las bolsas pesadas o el speedball, y termina empapado.




—Le gusta cansarse—me explica Diego mientras seguimos observándolo—. Si todavía puede dar un puñetazo al final del día, golpea la cabeza del entrenador para que no lo monte tan fuerte.


Le toma una hora más detenerse, y para el momento en que el entrenador me silba, soy yo la que está muerta de cansancio por la estimulación visual de ver a Pedro Alfonso entrenar. Cada movimiento que hace es tan agresivamente primitivo que se siente sexual para mí.


Incluso en pantalones sudados y una camiseta sencilla, no hay manera de que puedas perderte los músculos apretados de la parte superior de su cuerpo a través de la tela de algodón húmedo, y la forma en que sus pantalones cuelgan bajo en las caderas estrechas hacen que mis pechos se sienten tan pesados y dolorosos que juro por Dios que no puedo imaginar lo que se siente cuando esté amamantando un día.


Reprimiendo un escalofrío caliente, hago que mis piernas se mueven y me dirijo sobre las colchonetas en el piso, donde Pedro está de pie, esperándome a mí, ya sin camisa. Riachuelos de sudor se aferran a su torso, y sé que él es perfectamente caliente y que sus músculos se han formado hasta el agotamiento. No hay más glucógeno muscular en el almacenamiento, su glucosa estará baja, y va a ser tan caliente que va a ser como un pretzel caliente cuando lo maniobre. La mera posibilidad de eso me hace igual de caliente. Es un sueño mío, dedicar mi vida a esto, pero es un trabajo tan táctil que con este hombre, y en un gran desafío. No solo porque sus músculos son demasiado fuertes comparados con los míos, sino porque apenas puedo hacer contacto con su piel sin sentirme exaltada. Cada poro en mi cuerpo salta a la atención y se centran en cual sea la parte de mi cuerpo tocando el suyo. Realmente odio esta pérdida de control en mí.


Ahora veo el bulto de sus músculos mientras se envuelve en toallas y caprichosamente arrastra la toalla por su cabello húmedo, dejándolo incluso más sexy y en punta. También estoy usando unos tennis y un equipo apretado para moverme fácilmente a su alrededor, y esos sorprendentes ojos mieles barren sobre mí mientras me acerco.


Está jadeando, sin sonreír, y luego se deja caer en un banco mientras yo voy alrededor y llego a él desde atrás.


El se queja cuando envuelvo mis dedos en sus hombros y empiezo a cavar profundo. Chispas de emoción golpean bajas en mi estómago cuando hago contacto, pero intento reprimir mis reacciones y se centrarme en aflojar su cuello, sus tríceps, sus bíceps. Empujo en sus pectorales, su núcleo, tratando de no responder como una mujer a cada apretón de sus músculos bajo mis dedos, la increíble tirantez de la piel debajo de mi tacto.


Trabajamos en cada articulación, tirando todo lo suelto, mis movimientos en ocasiones haciéndole hacer un ronroneo bajo. Los músculos de mi sexo se aprietan y trato de relajarlos, pero cada vez que gime, se agarran y aprietan fuerte.


Odio cuando hacen eso.


Parece que el arte de relajar a este hombre me hace terminar en la décima potencia.


Pero al menos ya no estoy desempleada.


Respirando lento y profundo, paso tiempo extra frotando sus deltoides, el más redondo, parte más cuadrado del hombro. Los aprieto y giro, y luego sigo por el supra espinoso, un pequeño músculo del manguito rotador, y también el más herido de los cuatro músculos que rodean ese brazalete.


Él todavía está jadeando cuando termino, excepto que ahora, también lo estoy yo.


El entrenador silba —Está bien, ve a las duchas. Te veo mañana a las 6 a.m. y listo para pelear. Ahora ve a comer una maldita vaca.


Pedro me saca de donde habíamos trabajado en su espalda en el suelo, sus ojos mieles brillando mientras aprieta mis dedos un segundo más de lo que esperaba.



—¿No de pie todavía?


Me toma un momento recordar nuestra conversación en el avión, y sonrío.



—Todavía no. Pero no te preocupes. Si sigues trabajando así, vamos a llegar allí antes de que lo sepas.


El se ríe, y cuelga una toalla alrededor de su cuello mientras se dirige a las duchas, y horas después me doy cuenta que debe haberse quedado dormido como muerto después el esfuerzo que atravesó. Yo, en cambio, permanecí despierta, con insomnio. Apreté mis tríceps tres veces desde nuestra llegada y he decidido que no estoy gorda, y aún así, todavía me pregunto qué significa hmm.


Pienso en el avión y sus manos en mis tríceps y los ojos mieles en la cara y la forma en que me mira cuando me acerco a él para estirarse. Pienso en la forma en que me probó y se divirtió a sí mismo conmigo los pasados tres días, y yo no entendía por qué todo eso me hace retorcer por dentro y sentir pequeños escalofríos calientes a mi alrededor.


Mi adrenalina va a salir disparada si esto continua.


Traté de pensar en algo más, pero mis piernas están inquietas bajo las sábanas, y la necesidad de salir y correr me carcome.


Ojalá mi corazón pudiera salir a correr, sentir esas endorfinas en lugar de estos pequeños tintineos extraños en mis nervios que me roen en carne viva, esta extraña necesidad que florece dentro de mí cuando veo Pedro Alfonso. Incluso cuando se lo niego a Melanie, estaba tan segura que me quería esa primera noche en Seattle, sólo no sé lo que pasó que me contrataron en su lugar.


Pero eso es lo que quería, ¿no? Un trabajo.


Excepto que el precio a pagar por mi nuevo trabajo era un poco de tortura sexual. Gran asunto. Mejor lo bloqueo mañana. Con esa nueva resolución, agarro mi iPod de la mesa de noche, enciendo mi música y me fuerzo a escuchar cualquier canción excepto las que reprodujo para mí.


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Espero que les gusten estos dos capitulo!
Gracias por leer!♥

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