sábado, 22 de febrero de 2014
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 20
—¿Por qué ese brillo en tus ojos? ¿Lo has hecho antes? Apostaría a que Melanie lo ha hecho con Ruben.
Sonriendo, mueve las manos por la parte trasera de mi cabeza y espalda, luego besa suavemente mi lóbulo y nariz, su voz densa.
—Quiero hacerlo contigo.
Mi sexo se aprieta y mis pezones duelen mientras un ardiente sonrojo se extiende a través de mí. Amo nuestras primeras veces. La primera vez que me hizo escuchar “Iris”. La primera vez que me invitó a correr. La primera vez que me besó, que me hizo el amor. Nunca habíamos tenido una primera vez de este tipo antes.
—También quiero hacerlo, pero no sé si puedo. Si toco y hay… sangre…
Presiona sus labios en mi frente mientras sus dedos toquetean los dos botones superiores de mi top, su voz diez veces más coqueta que momentos atrás. —Es sólo sangre.
Su aroma, las feromonas que suelta, me hacen girar en un frenesí. Mi útero se aprieta con deseo, y de repente palpito tan fieramente que mis ya sensibles pechos se sienten demasiado apretados en mi sujetador.
—Pedro, Dios, sólo tú puedes hacerme sentir cachonda en momentos así, cuando estoy tan preocupada.
Sus manos se extienden en mi trasero, y repentinamente, siento sus labios deslizándose sobre mi oreja; luego está lamiéndome suavemente, y un nuevo calor se construye entre mis muslos.
—Joder, te deseo demasiado. —Su voz se oye raposa mientras desliza una mano bajo la pretina de mis vaqueros y palmea una de las mejillas de mi trasero por debajo de mis bragas.
Ahueca mis pechos y los presiona juntos mientras me acaricia con su boca, de un lado a otro, gruñendo contra mi piel.
—Siempre que lo quieras, yo también lo querré —me dice, alzando la cabeza y presionando su boca en la mía, sus palabras vibrando contra mi lengua mientras lo acariciaba hambrientamente—. Sólo llámame y dímelo. Dime que me quieres. Que estás caliente por mí y cuidaré de ti. Cuidaré de mi mujer, siempre que quiera. Como quiera.
—Yo también. Llámame y cuidaré de ti. —Froto el pulgar a lo largo de su mandíbula, luego acortamos la distancia entre nuestras bocas y durante el resto del vuelo, coge los lados de mi cabeza y me besa, y me besa, y me besa duramente.
***
Un chofer en un sofisticado Lincoln negro espera por nosotros en el aeropuerto, y Pedro le dice al piloto que estará de regreso en dos horas. Viajamos en la parte trasera del auto en silencio y tan cerca como es posible, mientras escaneo el familiar paisaje y enciendo mi iPhone. Me doy cuenta de que estoy haciendo de todo para distraerme mientras nos acercamos a mi apartamento. Justo como me cargó al bajar del avión y entrar al auto, Pedro me saca del auto y me lleva a mi apartamento.
Aprieto los brazos alrededor de su cuello. —Quédate. Pedro, quédate. Se mi prisionero masculino. Prometo cuidar de ti todo el día, cada día.
Se ríe con ese rico sonido masculino, mirándome con esos desgarradores ojos mieles, luego escanea el apartamento con curiosidad, y siento mariposas cuando veo su genuino interés. Quiere ver dónde vivo. Oh, Dios, lo amo tanto que duele.
—Te daré un rápido tour, y luego tendrás que sacar tu fino trasero de aquí —le advierto.
Sonríe. —Enséñame la guarida de mi mujer.
Con él llevándome, extiendo la mano y le enseño mi colorida sala de estar. —Mi sala de estar, Melanie la decoró. Es realmente buena. Ecléctica. Ha sido mencionada en algunas revistas locales, pero por supuesto, sueña con ser mencionada en el Architectural Digest. Aunque Sofia, una de mis otras amigas, le dice que tiene una mejor oportunidad en Playboy. Son rivales en decoración y les encanta meterse la una con la otra.
Me guiña, y el guiño viaja hasta formar un pequeño hormigueo en mi estómago mientras apunto a la habitación contigua.
—Y esa es mi cocina. Es pequeña, pero como sólo estoy yo aquí. Y la puerta de aquí nos lleva a… mi habitación.
Entramos, y me pone a los pies de la cama; luego lo asimila todo con una silenciosa pregunta. Miro alrededor y luego a sus ojos. Es sencilla, con las paredes pintadas de forma simple. Algunas fotografías en blanco y negro de atletas cuelgan en ellas —con un primer plano de músculos. Hay una pared repleta de imágenes mías, de Melanie, Sofia, Cristian… algunos otros amigos… Tengo dos gráficos de nutrición colgados allí también, que hablan sobre los carbohidratos, proteínas y grasas saludables. Y una frase enmarcada que Melanie me dio:
"Un campeón es quien se levanta cuando no puede."
Jack Dempsey.
Me lo dio cuando me lastimé la ACL y me encontraba en depresión, y traté de ser ese campeón.
Estoy mirando a uno ahora. Cada día veo a uno.
Camina hacia la pared cubierta de fotografías e inspecciona una imagen mía pasando la meta, el número seis en mi pecho, y pasa el pulgar por encima de ella.
—Mírate —dice con un para nada disimulado orgullo masculino, y no me di cuenta de que me había acercado a él hasta que se vuelve y me ve.
Me alza y me lleva de nuevo a la cama, esta vez me deja en el centro, cepillando algunos rizos de cabellos que se escaparon de la parte trasera de mi cabeza.
—Mantente fuera de tus pies, por mí —me reprende.
—Lo haré. Lo olvidé. Es un hábito. —Retrocedo hasta que descanso contra el cabezal y lo empujo hacia mí—. Deberías irte o no te dejaré dejarme —susurro en su oído.
Me abraza por un momento, sus duros y sólidos brazos envueltos apretadamente alrededor de mi cintura mientras mueve la cabeza hasta mi cuello y lo besa, lame y aspira, alternando entre los tres rápidamente. Nunca me ha olfateado tanto como en las pasadas dos horas. Ahora, me huele lenta y profundamente, luego me lame incluso más lentamente, y siento sus atenciones, y por último, me besa justo en el sexo.
—Cuando me digas que estás en la cama, esto es lo que imaginaré. Y esto es lo que verás —murmura mientras alza la cabeza.
Me estoy poniendo llorosa, pero no quiero hacer esto más peor, así que asiento, pero sé que no hay manera en este mundo de que pueda perderse la triste expresión en mi rostro.
Sus ojos se aferran a los míos mientras retrocede. —Regresaré pronto —me dice, ahuecando mi mejilla en su grande y callosa mano, y odio que las lágrimas se desborden. Me sonríe, pero esa sonrisa no alcanza sus ojos—. Regresaré pronto —repite.
—Lo sé. —Limpio mi mejilla, tomo su mano y deposito un beso en su palma, luego enrosco sus dedos alrededor de ella así tanto si quiere besarme como si no, podrá hacerlo—. Estaré esperando por ti.
—Mierda, ven aquí. —Me tira bruscamente entre sus brazos, y todo el esfuerzo que he hecho para contenerme se va al infierno, y los lagrimones comienzan. Empiezo a berrear.
—Está bien —dice, moviendo sus manos por mi espalda mientras una serie de sollozos me golpean. Está bien, escucho, todo está bien, pequeño petardo, pero no me siento como si estuviera bien. ¿Cómo podría estarlo? Podría necesitarme. Yo lo necesito a él. Podría ponerse difícil, y Diego podría inyectar más mierda en su cuello. Algo podría suceder en una pelea y podrían no decirme porque no querrán estresarme y que pierda el bebé. Me siento débil e indefensa, cuando todo lo que quería en la vida era ser fuerte e independiente. Pero me enamoré profunda e irrevocablemente. Y ahora estoy siendo regida por este amor, por este hombre, que suena como un trueno cuando habla en mi oído, y huele como jabón, él y el océano, y me sostiene en los brazos más fuertes del mundo, y cuando esos brazos no estén, todo mi mundo se irá con ellos.
—Necesitas irte —digo, respirando temblorosamente mientras lo alejo. En su lugar, pone su frente y nariz contra la mía, y respiramos el aire del otro.
No necesitamos decirlo. El Te amo cruje entre nosotros y escucho las palabras como si estuviera gritándomelas.
Toma mi mano, besa mis nudillos fieramente y luego enmarca mi rostro y aleja las lágrimas con sus pulgares. —¿Estás bien, pequeño petardo?
—Lo estaré. Más que bien —prometo.
Mi teléfono vibra en el bolsillo y temblorosamente reviso el mensaje.
—Melanie está a cinco minutos de distancia. —Mi voz suena cruda. Mel sabe donde escondo mi llave de repuesto y estará aquí en cualquier minuto; y Pedro se irá.
Se irá.
Mis ojos se empañan de nuevo. —Por favor, vete antes de que llore —suplico. Lo que es ridículo, porque ya he llorado como una bebé y me siento y probablemente luzco como una mierda.
Enrosca los dedos alrededor de la parte trasera de mi cuello y cierra los ojos mientras inclina su cabeza hacia la mía.
—Piensa siempre en mí.
—Sabes que lo haré.
Sus tempestuosos ojos mieles sostienen los míos y su voz suena ronca cuando se inclina hacia atrás. —Ahora, dame un beso.
Lo hago, y gime suavemente cuando sus labios conectan con los míos. Pequeños fuegos artificiales explotan en mi interior, y siento su beso calmando mi mente, alma y corazón. Extiende una mano y acaricia la parte baja de mi espalda gentilmente mientras me besa profundamente, saboreando, memorizando; luego su boca se eleva para limpiar una lágrima en mi mejilla.
—¡¡Paula!! ¿Dónde está el caliente papá y la inminente madre?
Maldice en voz baja, y nos besamos rápidamente una vez más. Muerde y chupa mi lengua, más rudamente ahora, tirando de mi cabeza hacia atrás con su mano, su delicioso y crudo beso haciendo que mi cuerpo se sienta como si estuviera siendo succionado y mordido por un león. Mis pechos duelen. Mis pezones palpitan contra el sujetador.
Me retuerzo y junto los muslos cuando finalmente se aleja, nuestros ojos encontrándose brevemente. Enredándose. Luce ardiente y desesperadamente hambriento, como si en cualquier momento fuera a arrancar mi ropa.
—Eres todo lo que nunca pensé que quería. —Pone otro rizo detrás de mi oreja, sus ojos un poco demasiado brillantes mientras retrocede—. Y eres toda mía, recuerda eso, exquisitez. —Escucho los tacones de Mel haciendo clic afuera, y Pedro se levanta, de alguna forma luciendo más grande que nunca. Alto, rígido, con sus ojos mieles, y hermoso—. Eres completamente mía —dice—, Paula Chaves.
Un escalofrío me recorre mientras retrocede, su mirada clavándome a la cama.
Me siento jodida aquí, en mi cama, con sus ojos en mí, mientras trato de recuperar la respiración. —Estoy embarazada de tu bebé, por si aún hay dudas de a quién pertenezco —le digo.
—Ambos son míos —dice, apuntándome directamente—. Especialmente tú.
Me trago mi excitación y se gira para irse.
—¡Oye! —grito—. Tú también eres mío.
Asiente, luego lanza su iPod en mi dirección. —No me extrañes demasiado.
Lo atrapo y lo sostengo contra mi pecho. —¡No lo haré! —replico con poca seriedad, con falsa bravuconería, luego su suave voz resuena en el pasillo, y oigo a Melanie tranquilizarlo silenciosamente, entonces se escucha el doloroso sonido de mi puerta principal al cerrarse.
La calma le sigue; el tipo de calma que sólo siento cundo él no está alrededor.
Allí es cuando empujo el rostro en la almohada y cierro los ojos apretadamente.
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GRACIAS POR LEER!!! ♥♥
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 19
No hay canción para esto. O tal vez sí, pero no nos sentimos con ánimos de música.
Todo lo audible entre nosotros proviene del suave zumbido del motor del avión fuera de las ventanillas. Pedro se rehusó a que Diego o Ruben vinieran en este vuelo, y los chicos estaban preocupados de que pudiese ponerse algo loco cuando no estuvieran alrededor. Pero nada pudo hacerlo cambiar de opinión esta mañana. Quería tenerme sola con él. Me llevó hasta el coche. Luego al avión. Dios, prefiero que me lleve como un accesorio con tal de que no me lleve a casa. Pero me está llevando a casa. A Seattle. Donde me quedaré, y él se irá.
Los tres doctores dijeron que no puedo viajar. Los tres dijeron que de seguro abortaría si no descanso.
Reposo en cama. Y una crema de progesterona. Eso fue lo que dijeron que necesito.
Lo que no saben es que lo que necesito es mi diablo de ojos mieles, y el pensamiento de estar separados por dos meses, hasta que pase el primer trimestre y esté fuera de peligro, me hace querer llorar.
Ahora, Pedro está tumbado en su asiento usual, su cabeza reclinada hacia atrás mientras mira hacia el techo del avión, frotando distraídamente mi cabello.
Luce casi tan miserable como me siento. Aún puedo escucharlo diciéndoles duramente a los doctores que citó a la habitación de hotel, cuando me recetaron el ‘no viajar’ y el ‘reposo en cama’. —Eso es imposible. La necesito conmigo. Ella va a donde voy.
Y cuando el tercer doctor se lamentó y se fue, recuerdo rogarle patéticamente.
—No puedes estar pensando seriamente enviarme de regreso, ¿cierto? Me acostaré. Demonios, no me moveré. Este es tu hijo. ¡Va a quedarse allí dentro! Lo hará. No veo cómo enviarme lejos me estresará menos. No quiero ir a casa. ¡Permaneceré en la cama todo el día, sólo no me lleves de regreso!
Parecía tan frustrado, listo para romper algo con las manos desnudas, mientras le decía a Diego—: Alista el avión. —Y luego se volvió hacia mí, y me miró con esos ojos mieles, esos que habían perdido todo brillo. Ni siquiera tuvo tiempo de explicarme porque comencé a llorar.
Y aquí estamos ahora. A cuarenta mil pies del suelo, volando sobre Seattle.
Me recuesto sobre el asiento, con la cabeza en su regazo, mi rostro hacia arriba mientras mueve sus dedos a través de la longitud de mi cola de caballo, luego a través de mi cuero cabelludo. Ha estado mirando hacia el techo por una hora, su pecho expandiéndose lentamente, como si cada respiración lo calmara, pero no lo suficiente.
Mi corazón duele cuando pienso en cuánto esfuerzo le tomará no dejar que esto joda su cabeza. Quiero susurrar palabras de consuelo, pero ni siquiera puedo hablar, estoy demasiada molesta con la vida por haberme lanzado una bola curva de nuevo.
Repentinamente, comienza a besarme suavemente, primero en la cima de mi oreja, luego el lóbulo, luego mi oído, su cálido aliento enviando temblores a través de mí mientras medio respira y medio gruñe palabras que parecen ser forzadas fuera de él. Mis ojos arden y estoy segura de que tengo un puñal sobresaliendo de mi pecho mientras dice—: Voy a extrañarte… Necesito que estés bien… Cuídate… Te necesito…
Mi garganta se siente tan apretada que sólo puedo asentir mientras lo observo alcanzar sus vaqueros y sacar una tarjeta de crédito platino.
—Úsala —susurra.
Supongo que Melanie moriría si un hombre le diera una tarjeta de crédito, pero no quiero salir de compras o algo. No quiero… nada, excepto mi vida. Quiero que nuestro bebé nazca bien. Quiero que estemos juntos. Quiero mi nueva vida, de viaje, con él.
—Paula —advierte, y lo siento meter la tarjeta dentro de mi palma—. Quiero ver que compres. A diario —dice. Me mira con una media sonrisa, su cabello más en punta de lo usual, ¿y cómo puedes amar a alguien tanto que el amor arda a través de ti? Amo la forma en que sus pestañas enmarcan esos ojos mieles, y la oblicuidad exacta de sus cejas. Amo su firme frente, pómulos y mandíbula, y cómo su boca se las arregla para lucir tanto llena y suave como firme y fuerte.
Levantando el brazo, muevo la punta de mis dedos a lo largo de su mandíbula. —Cuando regresé, me prometí a mí misma que nunca te dejaría.
—Me prometí a mí mismo que nunca te dejaría ir. ¿Qué más esperas que haga? —Sus ojos lucen oscuros y torturados, y sé que no durmió.
Paseó de un lado a otro toda la noche, enroscando y desenroscando sus dedos mientras me preguntaba si sentía algún dolor. Sí, sentía dolor. Sentía pequeñas apuñaladas en mi corazón, pero en cambio dije: Sin calambres. Regresó a la cama para atraerme cerca, besándome como si quisiera devorarme. Recuerdo cada movimiento de su lengua sobre la mía. La temperatura de su aliento en mi rostro. Y cuantas veces alejó sus labios para besar mi frente y desaparecer en el baño.
Porque tampoco tenemos permitido hacer el amor.
Así que nuestra última noche juntos nos la pasamos besándonos. Y las muchas veces que tomaba una ducha fría, me la pasaba llorando en la almohada.
Ahora está retirando hebras de cabello de mi frente, sosteniendo mi mirada. —Vamos a estar bien, pequeño petardo —me susurra. Desliza su mirada hacia mi cuerpo y extiende su mano sobre mi estómago. El posesivo gesto hace que mi corazón arda con amor—. Lo superaremos. —Me frota suavemente a través de la camisa de algodón, mirándome con sus enternecidos ojos mieles—. ¿No?
—Por supuesto que sí —digo, con repentina determinación—. Son sólo dos meses, ¿cierto?
Toca mi nariz. —Cierto.
—Y no es como si no pudiéramos comunicarnos de otras formas.
—Exacto.
Sentándome, descanso mi frente en su hombro. Desliza su mano alrededor de mi cintura mientras masajeo sus músculos.
—Deja que tu cuerpo descanse. Enfríate después de tu entrenamiento. Abrígate apropiadamente.
Esconde el rostro en mi cuello mientras me empuja más cerca, y puedo escucharnos a ambos aspirarnos el uno al otro con profundas respiraciones. Su mano se aferra al hueso de mi cadera y repentinamente, lame mi cuello, su voz sonando gutural cuando gruñe en mi oído—: No puedo permitir que nada te suceda, Paula. No puedo. Tenía que traerte de regreso.
—Lo sé, Pedro, lo sé. —Paso los dedos a través de la parte trasera de su cabeza porque suena tan atormentado—. Vamos a estar bien, los tres.
—Este es el punto en todo esto.
—Y como dijiste, lo superaremos. Realmente lo haremos.
—Maldita sea, claro que lo haremos.
—Estarás de regreso antes de que incluso tengamos tiempo de sentirnos tristes, de extrañarnos demasiado el uno al otro.
—Tienes razón. Estaré entrenando y tú estarás descansando.
—Sí.
Cuando caemos en silencio, permanecemos cerca y abrazados por un largo tiempo, y casi puedo escuchar los minutos pasar, como pequeñas perras intentando arruinar mi vida. Pedro me olfatea de nuevo, como si quisiera conseguir suficiente de mi aroma para que le duraran los dos meses, y casi frenéticamente, hago lo mismo, inhalando su aroma y cerrando los ojos, sintiendo el músculo de su hombro bajo mis dedos, tan fuerte y sólido mientras comienza a masajearlo suavemente de nuevo.
—Dejé algo de aceite de árnica en tu maleta. Por si tienes algún dolor muscular o sientes algún dolor.
—¿Aún ves la sangre? —pregunta silenciosamente, y cuando asiento, me lleva a su regazo, donde me acurruco más cerca y presiono mi sien contra su mandíbula.
—Cada vez que un calambre empieza se siente como si fuera a salirse de mí.
Mueve su mano por mi espalda y presiona sus labios en mi frente.
—Sé que te matará no correr. Pero mantente fuera de tus pies, por mí.
—No me matará tanto como lo hará perder nuestro bebé —susurro.
He corrido toda mi vida. Pero ahora mismo, tengo miedo de siquiera caminar, por terror a tener calambres y encontrar algo rojo en mis bragas. Juro que si no puedo mantener al bebé del hombre al que amo en mi interior, no sé qué haré, pero no puedo, me niego a perder este bebé.
—Tus padres saben que vas, ¿cierto? ¿Tu hermana?
—Les hice saber que iba, pero no saben sobre nosotros aún. Estoy guardándolo para decírselos frente a frente. Sólo Mel y mis dos otros mejores amigos saben sobre ello.
Tira de mi cabeza hacia atrás así puede mirarme. —Bien. Pero ¿a quién vas a llamar primero si te sientes mal? A mí. ¿A quién vas a llamar cuando necesites algo? A mí. Seré tu todo. Seré tu jodida línea erótica por teléfono. A cualquier hora, donde sea que esté. ¿Entiendes, Paula?
—Lo siento. Mi mente se congeló en ‘Línea erótica’.
—¿En serio? ¿Qué parte necesitas que te aclare?
El diablo arquea una de sus cejas haciendo que el calor suba por mi cuerpo como en un volcán activo. La idea del sexo por teléfono con Pedro me hace reír como también me hace sentir, repentinamente, increíblemente agitada, por lo que termino empujando su pecho juguetonamente.
—¡No te llamaré para eso! Sé que vas a estar ocupado.
Sus ojos centellearon. —No demasiado ocupado para eso.
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jueves, 20 de febrero de 2014
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 18
La campana de pelea suena con ese ting familiar y el público se queda en silencio. Realmente no importa cuántas veces lo haya visto pelear, siempre estoy fascinada por la forma en que se mueve. Ambos van al centro, calentando. Sé que la estrategia de Pedro es diferente con cada oponente. Juega con algunos. Va directo al golpe con otros. A veces los cansa y guarda sus movimientos para los oponentes de mano dura, pero hoy comienza golpeando rápido, tan rápido que escucho los bruscos sonidos ¡poo poo poof! Enviando a la Araña Humana—el hombre que ha estado aterrorizando a sus oponentes esta noche—tropezando hacia atrás antes del primer minuto.
—¡¡Te amamos Riptide!! —Gritan las chicas R—I—P—T—I—D—E!—. ¡Elimínalo por nosotras!
—Cada vez que estás aquí pelea como un lunático —agrega Diego.
“Lunático“ ni siquiera es la palabra. Es una máquina.
La pelea está en pleno apogeo y los retorcijones en mi estómago apenas me dejan respirar correctamente. Sus músculos se curvan cuando da un gancho con la derecha, luego se cubre. La Araña—Humana falla, y Pedro contraataca. Golpea varias veces con la izquierda y la derecha, luego finaliza con un golpe directo que se estrella contra la Araña—Humana como una pared en movimiento rápido.
La Araña—Humana se mece.
Justin rebota hacia atrás y lo deja respirar. El otro hombre ataca.
Pedro hace una finta y su desventurado oponente golpea y golpea, fallando cada vez mientras Pedro se agacha y vuelve a levantarse para darle un puñetazo en el estómago, en las costillas, y luego en la mandíbula. En el momento en que usa su golpe más poderoso y da un gancho con la derecha, la Araña—Humana está sudoroso, ensangrentado y muerto de cansancio. Se tropieza.
Veo a Pedro esperarlo que vuelva a levantarse, y estoy segura de que todas las mujeres en el estadio están gritando y comiéndose con los ojos lo mismo que yo. Cómo gotas de sudor se deslizan por el torso musculoso de Pedro. Cómo los tatuajes de vid en sus brazos resplandecen con una fina capa de transpiración. Cómo esos sexis hoyuelos aparecen mientras se sonríe a sí mismo cada vez que sacude el centro de sus víctimas.
Las chicas R—I—P—T—I—D—E! se hablan la una a la otra entre medio de sus gritos, como lo hacemos Mel y yo cuando lo vemos pelear. Dos de ellas, la P y la T, están saltando juntas, abrazándose entre sí porque apostaría que la lujuria es simplemente demasiada.
Oh, Dios, incluso es demasiada para mí. Y supuestamente, él es mío. Pero simplemente no puedo creerlo. Lo veo, lo toco, lo beso, lo amo, y el noventa y nueve punto nueve por ciento de mí no puede creer que alguien tan elusivo, complejo, y masculino como él pueda pertenecerle a alguien—incluso si me ama.
Un gancho derecho y un ruidoso splat en la lona después, el brazo de Pedro está sostenido hacia arriba en el aire por el maestro de ceremonias. Con el pecho jadeante, hambrientos ojos mieles me ven, ojos que me chamuscan hasta los huesos. No sonríe. Sus fosas nasales se dilatan. Mi corazón martillea y todo mi cuerpo se prepara para lo que veo venir en sus ojos.
—¿Quieren más? —Escucho que gritan a través de los altavoces—: ¿Están listos para MÁS?
El público grita, las chicas R—I—P—T—I—D—E! gritan, y Pedro continúa mirándome mientras recupera el aliento, sus ojos mieles brillan y me desnudan en mi asiento, y apostaría todo lo que poseo al hecho de que está follándome en su mente. Mis sensibilizados pechos se vuelven incluso más pesados y cuando toma a su siguiente oponente, mi sexo se inunda y se aprieta mientras veo sus músculos flexionarse, la forma en que crea estrategias con ese cerebro suyo.
Estoy muriendo por tenerlo todo para mí esta noche, su lengua en mi boca, haciendo las cosas que hace, él dentro mío, montándome duro y rápido o lento y profundo… Sólo quiero abrazarme a mi león y darle todo el amor que nadie en el mundo jamás le ha dado, más que yo.
La multitud grita—: ¡¡¡¡¡Vaaaaamos, Riptide!!!!!
Quieren la emoción que él siempre entrega, y que estoy segura Pedro quiere entregar. Me mira, y no sé qué es lo que está esperando ver en mi mirada, pero sea lo que sea, parece verlo.
Mira a su próximo rival, un joven luchador al que nunca antes había visto, y antes de darme cuenta, con la velocidad de la luz, da tres golpes rápidos, al costado, al centro, y termina con un gancho a su mandíbula—y cae de golpe.
—¡Sí! —sisea Diego, arrojando sus brazos al aire—. ¡SÍSÍ SÍÍÍÍÍ!
Toda la sala está gritando—: ¡¡¡Riptide!!! —mientras yo me quedo inmóvil en mi silla.
El dolor comienza como una palpitación, y progresó hasta convertirse en un calambre. Pongo mis manos alrededor de mi estómago y me muevo incómodamente.
—¡Riiiiptiiiiiiiiiiiiiiide, amigos! Una vez más, se los doy, ¡¡¡¡¡¡Riiiiiptide!!!!!!
Su brazo está estirado hacia arriba en señal de victoria, y noto la herida abierta en el medio de su regordete labio inferior. Me muestra sus hoyuelos, con los ojos centelleantes, y estoy muriendo por lamer esa gota de sangre y poner ungüento sobre él. Entonces el calambre se siente como un pellizco y me doblo un poco, y cuando traen a su nuevo oponente, ni siquiera estoy mirando. Me siento más que un poco enferma.
Mis pulmones se contraen mientras miro hacia arriba y veo cada músculo en la existencia trabajando mientras pelea, sus brazos tensionándose y estirándose. Lo veo, pero sigo refugiándome en mi cabeza. Preocupadamente enferma. Preguntándome qué me está sucediendo.
—Diego, necesito ir al baño en este momento —digo en una voz que nunca he escuchado. Suena asustada, realmente asustada, y tiembla. Pero él se pone de pie con los ojos en el ring y me sigue distraídamente a los sucios baños improvisados.
Allí, espero en la fila, me quedo de pie allí por un par de minutos, y cuando es mi turno de entrar en la pequeña casa de plástico, bajo mis bragas—que se sienten pegajosas—y veo que están empapadas de rojo, como si estuviera teniendo un mal periodo. —Oh Dios —digo.
Arrastro mil respiraciones relajantes, pero no hacen nada para realmente calmarme, y en su lugar un nauseabundo y aturdidor sentimiento de desesperación se apodera. Por minutos trato de tranquilizarme, entonces salgo afuera y al menos trato de estar entera hasta después de la pelea.
Diego me sonríe. —Amiga, nunca he visto vomitar a nadie tanto como tú. ¿Cuántos kilos has perdido?
—Sólo vayamos a sentarnos —digo. Camino lentamente y me encorvo ligeramente, porque estar de pie duele aún más, e instintivamente mi cuerpo parece querer que me encorve sobre mí misma. Desciendo hasta mi asiento con extrema precaución, mientras Pedro sigue allí arriba, con su nombre siendo gritado.
—¡Pedro! —gritan.
Parece estar esperando por otro oponente, con su cabeza girada en la dirección de Diego y mía, como si hubiera estado esperando a que regresáramos a nuestros asientos. Él guiña cuando me ve. Entonces sus pulcras cejas descienden sobre sus ojos y me mira con más atención.
De repente agarra las cuerdas del ring y salta hacia abajo, y el público se llena de vida cuando se dan cuenta que está por realizar una de sus travesuras habituales, al igual que siempre que salta fuera del ring. —¡Pe—dro! ¡Pe—dro! —canta la multitud, y cuando se dan cuenta de que se dirige hacia mí—y que toda esa torre de músculos y fuerza y testosterona está viniendo a mi camino—cambian el tono a—: ¡Beso, beso, beso!
Me balancea en sus brazos.
El público se vuelve loco y mi corazón también.
Pero él me mira, alerta y en el borde. —¿Cuál es el problema?
—Estoy sangrando —digo con lágrimas en los ojos.
***
La siguiente media hora pasa en un borrón.
—Busca el auto —le dice Pedro a Diego mientras me carga fuera de la arena.
La palabra “¡Riptide!“ todavía resuena en el fondo cuando salimos, al fresco aire de Las Vegas, y al estacionamiento del almacén que aloja el Underground esta noche. Me mete en la parte posterior de la Escalade, y Diego se pone detrás del volante, golpeando los botones del GPS para llegar al hospital más cercano.
Puedo escucharme hablar casi frenéticamente—:No voy a perderlo. No voy a perder a nuestro bebé.
Pedro no me escucha, está hablando con Diego en voz baja mientras me sostiene en su pecho diciéndole—:Gira a la derecha—en emergencia —y yo continúo hablando, con mi voz más determinada.
—No voy a perderlo. Tú quieres este bebé, yo quiero este bebé, como correctamente, me ejercito, tú comes correctamente, te ejercitas.
Me carga dentro del hospital y acecha el mostrador para demandar atención, y cuando traen una silla de ruedas, le habla a la enfermera detrás de ella.
—Dígame a dónde llevarla.
Puedo escuchar su corazón latir debajo de mi oreja, y nunca lo he escuchado latir tan furiosamente antes. Poom poom poom.
Me carga dentro de una habitación, me deja en la cama y sostiene mi mano un poco demasiado fuerte mientras dos enfermeras y un doctor me revisan y Diego espera fuera de la habitación. Gracias a Dios porque mis piernas están abiertas y estoy terriblemente incómoda de tener a Pedro viéndome así.
Pero él está mirando nuestras manos entrelazadas, como si él también estuviera muy incómodo por esto, hasta que el doctor se empuja hacia atrás y se quita los guantes, y le dice—: Su esposa está en las primeras etapas de un aborto involuntario.
Mientras mi cerebro trata de darle sentido a lo que estoy escuchando, ruedo hacia mi costado, curvo mi mano alrededor de mi estómago en posición fetal, y sacudo la cabeza, sin decir nada, sólo sacudo la cabeza… no.
Sólo… no.
Soy una joven mujer sana. Mujeres jóvenes y sanas no pierden sus bebés así como así.
El doctor lleva a Pedro a un costado y le habla en tonos bajos, y levanto la cabeza para ver su rostro. Es el rostro de mis sueños, y juro que nunca olvidare su expresión feroz mientras le dice al doctor, en voz baja—: Es imposible.
El médico sigue hablando, y Pedro sacude la cabeza, con la mandíbula apretada. Se ve repentinamente más joven y más vulnerable de lo que nunca lo he visto. Dios, se ve tan descorazonado como imagino que se veía el día que le dijeron que había sido expulsado del boxeo profesional y que nunca volvería a boxear profesionalmente de nuevo.
Arrastra una mano por su cara y la deja caer a su lado, y el tren de pánico que corre en mi cabeza está ganando tanta velocidad, que estiro mi mano fuera de la cama y me escucho hablar en una voz ahogada por el miedo.
—¿Qué está diciendo? ¿Qué está diciendo?
Pedro deja al doctor a media oración y viene a mi lado, tomando instantáneamente mis dos manos entre las suyas enormes y callosas. Ni siquiera puedo poner en palabras cómo me siento ante el contacto, pero una oleada de químicos relajantes corren a través de mí y mis ojos se cierran mientras saboreo desesperadamente la sensación de mis pequeñas manos dentro de las suyas más grandes. No hay calambres. Nada. Ni siquiera temor. Sólo las secas manos de Pedro en las mías, y su fuerza constante, filtrándose dentro de mí. Se agacha y comienza a besar mis nudillos, y suspiro suavemente, inclinando mi cabeza hacia la suya con una sonrisa ebria.
No entiendo por qué él no me sonríe. O por qué luce tan completamente deteriorado. Hasta que me lleva de regreso al hotel y llama a dos doctores más.
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GRACIAS POR LEER!!! =)
miércoles, 19 de febrero de 2014
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 17
Estamos en la Ciudad del Pecado, y sus ojos volvieron a ser del miel penetrante de siempre.
Se despertó completamente miel después de enterarse que nos esperaban. Nos. Esperaban. No dormimos esa noche. Pedro estaba duro, y saliéndose con la suya conmigo, toda la noche. Me folló, me chupó, me hizo chuparlo, me acarició con sus dedos, puso su mano sobre la mía así yo lo acariciaba a él mientras me tocaba.
Al día siguiente, ambos estábamos bien follados y sin dormir cuando terminamos con el médico que quitó mi cápsula anticonceptiva. El hombre amable me recordó que después de cinco años, cualquier “cosa de la sección” necesitaba cambiarse.
La mía iba por los cinco años y medio, vergonzosamente, y admito que me sentí completamente estúpida por haberme olvidado por completo de contar, sobre todo cuando me aseguré que Pedro estuviera en control de natalidad.
Pero luego atrapé un destello de sus centelleantes, y presumidos, ojos mieles, mientras que en silencio se burlaba de mí que lo hice a propósito.
—Bueno, podrías haber usado un condón —susurré con el ceño fruncido.
—¿Contigo? —se burló. Luego me dio un toque en mis costillas—. Eres mía.
—Tu control de natalidad no funcionó por un tiempo, y al cuerpo le toma un tiempo incrementar su producción hormonal, sin embargo pareces estar bien —había dicho el doctor, y luego nos dijo la fecha de parto. La cual por suerte sería dos meses después de que terminara la temporada.
Juro que Pedro se veía tan adorable en el consultorio del doctor, fuerte y atlético en su ropa deportiva, sentado en una silla junto a la mía, escuchando con atención lo que el médico decía. Muchos términos podrían haber estado en chino para nosotros dos. Pero él se veía curioso y preocupado de que fuera capaz de correr. Y ¿cuánto debería comer? ¿Cuántos gramos de proteína? ¿Cuántos carbohidratos? El medico parecía confundido ante su necesidad por el conteo específico de gramos, y yo quería besar a mi chico por ir a la cita conmigo.
Mentira. No quería solo besarlo. Quería presionar mi pecho contra el suyo hasta que mis pezones dejaran de doler, y quería combinar mi boca con la suya y montarlo ida y vuelta hasta Australia.
Si la locura de Pedro despertó con mi embarazo, no voy a empezar a describir lo que la combinación de sus carnales ojos mieles y mis alborotadas hormonas me hacen. Ahora está decidido a que huela la comida que no me hace vomitar así puedo empezar a comer por dos. Me preocupa que me engorde hasta el tamaño de un elefante, por lo que si quiere que coma, prefiero comer comidas frescas y abundantes que comida basura. Y aquí estamos, Diane y yo, paseando por Whole Foods en Las Vegas Boulevard.
Fuera de la tienda, hay carteles de juegos, mujeres, y alcohol. ¡Esto es Las Vegas, bebé! Pero ninguno de nosotros está haciendo algo que necesite ‘permanecer aquí’. Pedro está entrenando en el gimnasio, y el entrenador en realidad aumentó sus horas de entrenamiento.
Está preparando más músculos y desgarrándose más, y el equipo completo está de acuerdo en que Scorpion no se merece nada más que la mejor temporada final de Riptide. Entonces mi bestia ha estado entrenando nueve horas mientras yo disfruto de un poco de sueño extra en las mañanas y luego me uno a él en el gimnasio antes de que haya terminado. Está comiendo proteínas como loco, y el entrenador le da batidos con L—glutamina para preservar la masa muscular, entonces ahora también ayudo a Diane a elegir la mejor comida para su cuerpo y mente.
Diego dice que si Scorpion quiere joder con su mente de nuevo, debemos asegurarnos que Pedro duerma bien, se ejercite bien, y coma bien —así está lo más estable posible. Muy especialmente necesita gran cantidad de grasas con omega—3.
Hoy, conseguimos tanta comida para mi que Diane y yo necesitamos dos carritos. Nos quedamos en los límites de las tiendas, comprando frutas, vegetales, los mejores quesos, chocolate, granos y frutos secos. Luego nos dirigimos hacia el área de proteínas y ordenamos salmón fresco de Alaska, rey entre los peces y tan libre de toxinas como los peces, espero conseguir.
Mientras esperamos que varios kilos de pescado sean empacados, inspecciono una de las encantadoras cabezas de broccoli que pusimos en uno de nuestros carritos. Solía llamarlos “pequeños árboles” y Melanie los llamaba “cosas verdes”, que era como llamaba a cualquier cosa verde —la única razón por la que comía vegetales era por el color. Mel ama el color.
—Mi abuela me enseñó todo lo que sé sobre la comida. Curó la depresión de mi abuelo con una dieta —me dice Diane.
Pedimos unos camarones silvestres también y cualquier otra cosa que parezca salvaje y fresca, y el tipo del mostrador empaqueta todo.
—Tuve depresión una vez —le digo de repente, mi mirada en el ojo de pez muerto—. No es algo divertido.
—¿Tu? Paula, nunca podría haberlo sabido mirándote. ¿Pasó algo que lo produjo?
—Supongo que mi vida cambió antes de que estuviera preparada.
Me encojo de hombros y le sonrío tristemente—. No podía creer las cosas que pasaban por mi mente esos días —admito—. Todo parecía tan inútil. Tan sombrío. Es difícil pensar que alguien pueda salir de eso.
—¿Cómo lo lograste tú? —presiona.
—No lo sé, creo que una pequeña parte de mí se dio cuenta que no era mi cerebro. Era otro órgano, como nuestros riñones o hígado.
Está perfectamente seria, asintiendo en entendimiento, así que agrego, aunque suena loco—: Mi cerebro quería que muriera, pero de alguna forma surreal, podía sentir a mi alma luchando.
A veces no puedo dejar de pensar y comparar: Mientras que yo estuve deprimida una vez en mi vida, por casi dos meses, Pedro pasa por eso continuamente, dando vueltas una y otra vez, subiendo y bajando. Cualquiera que pase por esto es un guerrero. También lo son los que son amados, los que pelean con ellos. Lo juro, el alma de Pedro es fuerte… sé que cuando se hunde en el oscuro vórtice, es su alma la que conquista. Toda esa energía latente dentro de él es demasiado poderosa como para no levantarse de nuevo. Como a… contracorriente.
—¿Cómo se sintió eso? —susurra Diane mientras el hombre finalmente empaca varias bolsas de hielo.
—¿Sabes cómo obtener cualquier estímulo visual o audible, o cuando tocas algo, el cerebro dicta una respuesta a estos estímulos sensoriales? —le digo—. Te veo y mi cerebro inmediatamente me envía una respuesta cuando te veo, la cual en mi es consuelo y alegría. Pero en mi depresión, veo las cosas, las cosas normales, y la respuesta que mi cerebro arroja no concuerda. Era loco.
—¡Suena loco! —coincide.
Sonrío y tomamos el hielo que el hombre ofrece, decimos gracias, y empujamos nuestros carritos por la línea hacia los fiambres y quesos. Agrego—: La forma en que lo veo es como si nuestro cerebro fuera el médico, y las glándulas suprarrenales son las farmacias que llenan las recetas. Puedes ver un comercial con niños riendo, y una mente desequilibrada rápidamente recetará ansiedad y lágrimas por los niños riendo. Incluso si lógicamente no tiene sentido—no importa. Esa es la receta que a tu cuerpo le dieron.
—Realmente lo siento,Paula. Nunca pensé realmente lo que eso debía ser.
Agregamos queso de cabra orgánico a nuestros carritos, leche de coco, leche de almendras y leche entera.
—Me dieron pastillas, pero lo volvieron bastante peor. La única cosa que me sacó de eso fue mi familia y Melanie, ejercicio y sol.
—Sé que nuestro chico lo tiene varias veces al año —susurra Diane mientras inspecciona la marca de un contenedor orgánico de yogur griego—. Sabía que pasaba algo con él; solo no sabía el diagnostico hasta que los chicos me dijeron la última vez que fue hospitalizado.
De repente soy transportada, una vez más, al hospital, a Pedro intentando decirme algo, y yo corriendo… y luego él, intentando tratando de lidiar, con un millar de mujeres en la cama.
Juro que duele profundo, tan profundo, justo donde está mi alma.
Antes de saberlo, envolví mi mano alrededor de mi abdomen, como si pudiera sentirlo allí. En mí. En nuestro bebé.
—Es un luchador increíble—me dice Diane con admiración, con los ojos brillando con alabanza—. Todo el esfuerzo que puso en ponerse bien. Tienes que haber notado que Pedro nunca come algo que no está completamente bien para su cuerpo. Nunca jamás.
Mi estómago ruge cuando recuerdo su montaña saludable de desayuno y lo compare con el agua mineral y las galletas que tuve. Pero parece que no puedo poner nada en mi estómago en las mañana, ni siquiera mis deliciosos dátiles orgánicos sin semillas. Pero por supuesto que noté lo bien que come Pedro. Come la comida más limpia, y mantiene su cuerpo en el mejor estado natural posible. Amo esto. Amo como es, y como trata su cuerpo amablemente con comida después de exigir lo máximo de él durante horas y horas de cada día.
Y entonces miro a Diane, y realmente la veo, veo lo bien que lo comprende, esta mujer casi en sus cuarenta, con su gran sonrisa y amables ojos, y el aura de confort que emana, y todo el calor que infunde en cada una de las suites del hotel, y sé lo bien que cuida de él, y sé cómo podría bien ser la cosa más cercana a una madre que Pedro tuvo.
Impulsivamente, suelto mi carrito y la abrazo, susurrando—: Gracias. Por cuidarlo, Diane.
—¡Oh, bah! ¿Cómo no podría, cuando él me ha cuidado tan bien? Si crees que lo he cuidado bien, no puedo decir suficiente sobre todas las cosas que hizo por nosotros, en cualquier momento que escucha que necesitamos algo. Incluso fue al funeral de mi madre.
Se detiene ante mi mirada sorprendida, y mientras caminamos hacia la cajera y comenzamos a descargar, agrega—: Ni siquiera tuvo una madre, no una de verdad, pero sabía que me preocupaba por la mía, voló por tres estados al funeral por mí. No dijo una palabra —solo me abrazó al final— pero que simplemente haya estado allí…
Su voz se rompe inesperada, y entiendo lo que significa para ella la muestra de afecto silenciosa de Pedro que hace que mi garganta se sienta apretada.
—Estamos muy emocionados por el bebé — deja escapar, cambiando de tema—. Todos nosotros. Diego. Ruben. El entrenador. Estamos muy emocionados por este pequeño bebé. Creemos que es el universo devolviéndole algo bueno y puro a Pedro, realmente lo creemos.
Rodea mi carrito como si quisiera tener contacto con el bebé de alguna manera, y luego duda antes de tocarme. Me estiro por su mano y lentamente la apoyo sobre mi estómago.
Le susurro—: Nunca supe cuánto quería a este bebé hasta que supe que venía.
Sus cejas se levantan en completa intriga. —¿Él?
Tengo esta sensación en mi estómago. No sé si es el sexto sentido se supone que tienen las mujeres. Si se trata de la forma en que instintivamente imagino un poco de Pedro cuando pienso en este bebé. No sé por qué, o cómo creo que lo sé, pero se siente tan cierto para mí, tan cierto como que estoy ahora mismo enamorada de su padre, que asiento con entusiasmo. —Él.
* * *
Las Vegas está completamente atrapado por Riptide. Jóvenes estudiantes se apiñan en la arena, ¿y las chicas? Las chicas son el grupo más ruidosos, más saltarín de jóvenes que me he encontrado. Están tan enamorada de él que todos mis celos, los cuales me di cuenta que se magnificaron a la enésima potencia por mi embarazo, se liberó completamente en mí. Las chicas gritan, e incluso las escucho hablar de él detrás de mí, hablando de lo grande que son su manos y lo que eso significa.
Diego también parece oír eso, y se ríe entre dientes a mi lado y sacude su cabeza.
Al otro lado del ring y a la izquierda, un grupo de amigos usan camisas rojas con cada una de sus letras estampadas en ellas, y están practicando levantarse al mismo tiempo, así todos pueden ver que deletrean ¡R I P T I D E! Incluso hay un signo de exclamación para el pobre amigo que no consiguió una letra.
Para el momento en que su pelea se acerca, ya observé a cada una de estas mujeres con mi mandíbula apretada, y luego, de repente, las amo porque lo aman a él también y él se merece esa adoración.
¿Qué quiero? ¿Qué animen a un idiota como Scorpion? ¡Diablos, no! Toma ya. Creo que he superado mis celos perfectamente por la noche.
De hecho, lo logré tan bien que me siento tan saltarina como los fans cuando lo anuncian. —¡¡Riiiiiptiiiiiiide!! —grita el anunciador, con el entusiasmo que, juro, todos los anunciadores que he escuchado guardan para él—. ¡¡El único e inigualable, gente!! ¡El ÚNICO e INIGUALABLE!
Aparece como un hermoso rayo de luz rojo y entonces salta dentro del ring. El hombre es fuerte como un toro, pero aerodinámico como el infierno, y mientras se quita el albornoz y lo veo volar por el aire cuando se lo arroja a Ruben, casi lo puedo sentir en mi cuerpo. El raso sobre mí, cómo amo la forma en que me envuelve, y la forma en que huele a él.
—¡Y ahora, Joey “la Araña“ HUMANA! ¡Que ha aterrorizado a sus oponentes en esta noche!
Antes que la Araña—Humana pueda llegar al ring, Pedro me mira, con sus ojos mieles irradiando calor. El deseo crece entre mis piernas. La noche anterior me viene a la mente. Sé en lo que está pensando—puedo sentirlo en mi interior. No sé qué es lo que me conecta con él, pero algo lo hace, y mientras la testosterona revolotea por su cuerpo puedo decir que está preparado para luchar y pensar que yo lo observo. Y eso lo calienta. Y va a pelear, como lo hace, y justo después va a follarme. Como le gusta. Oh Dios, ni siquiera puedo esperar. Puedo culpar a mi embarazo todo lo que quiera, pero el único realmente culpable de calentarme con una simple mirada es él.
—Ese hijo de puta se droga mirándote —dice Diego.
—Lo tiene controlado —contesto. Pedro me dice que una pelea es mitad cabeza, mitad cuerpo, y tal vez tiene razón, pero cuando vez a Pedro pelear, apostaría todo mi ser en el hecho de que él pelea con todo su corazón. Justo ahora mi corazón late más fuerte por él mientras choca los guantes con su oponente y los dos se preparan.
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lunes, 17 de febrero de 2014
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 16
Así que no solo ahora estoy faltando al trabajo y viviendo al borde, sino estoy orinando en un palo.
Diego nos consiguió una cita con un muy experimentado ginecólogo masculino para mañana, y Pedro está poniéndose impaciente; inclusive perdonó a Diego por la parte de doctor—masculino, pero no va a esperar tanto tiempo para saber. Por supuesto, el Sr. Malhumorado no podía esperar. Le he dicho mil veces que no estoy embarazada, y mientras más le digo que no estoy, más engreído luce. Ahora, parece más emocionado sobre que este orinando en un palo de lo que estoy yo.
Cuando salgo fuera del baño usando su camisa negra, lo encuentro en la habitación boxeando con un contrincante imaginario.
Observo desde el umbral, admirando su balanceo. Sabe exactamente donde va su puño , y aun cuando da la impresión de estar relajado, conozco que el poder detrás de cada golpe es igual a una excavadora.
Inclinándome en el marco de la puerta, la atleta en mí no puede evitar admirar al atleta en él. He conocido a miles de deportistas en mi vida. Pero nunca, he conocido a alguien como él. Su velocidad. Agilidad. Como esquiva. Balancea. La manera en que sus peleas parecen ser instintivas, y al mismo tiempo, también puedo ver en ambos su régimen de entrenamiento y peleas que su cabeza está siempre en el juego.
Pienso sobre mis padres por un momento. Saben que estoy en una gira trabajando, aunque no tienen idea cuan profundo estoy envuelta con el hombre que me contrató. El día que dejé Seattle, mi preocupación principal era sí o no Pedro me aceptaría de vuelta. Ni siquiera consideré decirles a mis padres que estaba enamorada. Que conocí al chico—al que nunca pensé encontrar. El que me hizo caer más fuerte de lo que nunca pensé que podía caer. Sé que confían en mí para ser centrada. A través de estos años, he probado ser la más responsable de sus hijos, pero si esta prueba es positiva…Oh mi dios, si es positiva, ¡Gritara “irresponsable”! Por todo el lugar.
Mi dios, ¿Qué si estoy embarazada? Y un pequeño bebe Alfonso llega a mi vida de la manera que Pedro hizo, haciéndose cargo, diciéndome:—¿Sabes qué? Podrías no saber que me necesitas, que me quieres, y maldita sea me amaras, pero aquí estoy.
—¿Ya miraste?
Su voz me sacude de vuelta a la conciencia. Mi estómago se revuelve por los nervios mientras me mira. Ha estado pasando sus dedos por su cabello, y cada vez que lo hace, parece aun más desarreglado. Sus ojos son oscuros, pero la luz viniendo del atardecer ilumina la pequeña mota de miel en sus ojos negros. Luce cálido y deportivo en sus pantalones de ejercicio y su sudadera—aniñada—y el pensamiento de tener a su bebe me hace sentir caliente, inquieta, y muy, muy desprevenida.
—¿Paula? —insiste suavemente.
Mi estómago se revuelve una vez más. Una parte de mi esta curiosa, y la otra parte no quiere saber y todo lo que quiere es mantener las cosas como están. Solo nosotros. Pedro y Paula.
—¿Orinaste o no orinaste en un palo, bebe? —pregunta cuando continúo dudando.
—¡Lo hice! ¡Te dije que lo hice! —me quejo mientras voy por la prueba, después la traigo de vuelta a la mesita de noche y leo las instrucciones por tercera vez. Luego junto mi valor y me pongos mis pantalones imaginarios de chica grande mientras quito la cubierta y miro a la pantalla.
Las mariposas se marchan de mi estómago.
Mis padres aparecen en mi mente. Mamá y papá. Otra generación. A lo mejor Delfina les dijo que he estado viendo al hombre para el que trabajo, pero si ni siquiera saben que estoy con él, un bebe en camino los dejara en necesidad de terapia por un mes. Alejo ese pensamiento, porque honestamente, lo que es importante ahora es lo que él piense. Él. Pedro Alfonso. Tu primero y único Riptide. Posiblemente, ¿el papá de mi hijo?
Mierda.
Esto no puede estar pasando.
Pero lo está.
Giro para verlo, y un camión entero lleno de amor golpea mi corazón.
Esta saltando en la habitación, lanzando sus puños en el aire, arriba y abajo. Da un gancho, lanza un jab, frunce el ceño, y golpea a su compañero imaginario de boxeo,quien parece ser uno rápido, por la forma en que Pedro está lanzando y golpeando de vuelta.
Es cautivador.
Roto, crudo, y tan real. Es todo mío,o al menos, es todo lo que quiero en el mundo. Que sea mío.
Calmadamente, como si me sintiera, para de balancearse y levanta una de sus elegantes cejas que siempre parecen estar permanentemente inclinadas.
—¿Qué dice?
—Dice…—miro a la pequeña pantalla, y no, no estoy viendo doble. Quiero decir, lo estoy, pero no es una alucinación.
Creo que rocas han reemplazado mis pulmones, porque no puedo respirar mientras coloco la prueba abajo al pie de la cama y camino hacia él. Paso a paso, miro en esos ojos negros—grises con la mota de miel que me mira acercarme con creciente curiosidad. Levantando mis manos, sostengo su desaliñada mandíbula y realmente lo miro mientras me mira, excepto que estoy perfectamente seria y él está perfectamente sorprendido.
—Pedro, no olvides esto —susurro ansiosamente, mi pecho incrementando con necesidad de su apoyo—. Estas negro en este momento, y no quiero que olvides lo que te voy a decir. Te necesito aquí completamente conmigo.
—Hey. —sus hoyuelos se desvanecen mientras enmarca mi cara con sus grandes y callosas manos—. Te tengo.
—Dios, por favor hazlo.
—Sí, lo hago. Te tengo. ¿Ahora que está mal aquí? ¿Hmm? Si no lo estas, entonces encontraremos que es lo que está mal contigo. Si lo estas…
Alejándome antes de que pueda terminar, corro, agarro la prueba, y se la traigo, mi corazón cogiendo un ritmo acelerado. Quiero su fuerza. Quiero su confianza. Aun si es volátil, siempre lo es. Maldita sea. ¡Fuerza! Necesito eso ahora.
Nunca quitando sus ojos de mi, toma el pequeño palo y lo extiende.
Pero dios, podría no estar sonriendo por mucho tiempo.
Mi voz es calmada y sorprendentemente firme. —Dos líneas significa, supuestamente, que lo estoy.
Sus ojos se quedan entrelazados con los míos por un momento largo, y después sus pestañas se deslizan hacia abajo mientras gira la pantalla de la prueba ligeramente hacia la luz del sol.
Mi propia ansiedad me come por dentro mientras espero por una reacción. Estábamos bromeando en el avión, pero ahora esta serio. Tan serio como yo. Su perfil completamente ilegible mientras miro la perfecta forma de su nariz, lo elegante que es. Su boca, relajada y llena, tan malditamente hermosa. Sus cejas, ligeramente juntas en desconcierto mientras descifra las líneas. Me es imposible fingir alguna emoción en absoluto.
Cuando coloca el palo a un lado, mi respiración se detiene en mis pulmones, y cuando levanta su cabeza, nada más existe en el mundo más que este momento. Levanta sus ojos a los míos, y mi estómago se retuerce tan fuerte como el corazón lo hace en mi pecho.
¿Qué si no me quiere así?
¿Qué si esto es demasiado para nosotros?
¿Qué si somos lo suficientemente fuerte para amarnos uno al otro, pero no lo suficientemente fuerte para amar a alguien más—juntos?
¿Qué si no estamos listos?
Nuestros ojos se encuentran. Estudia mi reacción mientras estudio la suya aun más desesperadamente. Y de las mil cosas que pude haber imaginado ver en su cara, nunca imaginé que vería lo que veo. Esta…complacido. No. Esta más que complacido. Sus ojos están brillando como si estuviera sexualmente hambriento, pero por lo que está hambriento es por algo más. Después sus hoyuelos aparecen, se ríe, y su perfecta felicidad explota como un arcoíris dentro de mí.
—Ven aquí. —me recoge y levanta, así mi abdomen está en su cara, y me da un ruidoso beso. Chillo cuando me baja a la cama y se cierne encima de mí.
La vista de esos dos hoyuelos en su barbilla desaliñada me deleitan demasiado, comienzo a reír.
—¡Eres un hombre loco! ¡Eres el único hombre que conozco que tira a su novia embarazada a la cama!
—Soy el único hombre, —dice—. por lo que se. Hay solo un hombre en tu mundo, y soy yo.
—Está bien, pero no le digas a mi papá que concordé tan fácilmente…—froto sus hombros, enmarca mi cara, y se estabiliza encima de mí. Si pensé que lucía engreído antes, ahora le da un nuevo significado a la palabra.
—Paula Chaves embarazada con mi bebe —dice astutamente. Su cabello demasiado levantado, paso mi mano y observo a mis dedos jugar con él. Una ola de alegría pasa sobre mí.
—Mi cabeza está dando vueltas. Bésame.
Baja su cabeza y tiernamente encaja su lengua con la mía, trazando la carne de mis labios primero, y después acariciando mi lengua con la suya tan deliciosamente, todo mi sentir brota despierto. Se aleja para acariciar la parte trasera de un dedo curveado bajando por el lado de mi cara.
—Hazlo que luzca como tú.
—Eres el que me está dando esto.
—No, tú me estás dando esto.
—Está bien, ambos somos almas muy bondadosas.
Su risa es maravillosa, es contagiosa mientras rueda a su lado, me coloca en sus brazos y comienza a darme un montón de lentos besos.
—Eres mía ahora, desde la parte alta de tu hermoso cabello negro hasta las suelas de tus pequeños pies. —acaricia mi cara con su pulgar calloso mientras besa la parte alta de mis parpados—. Ni siquiera pienses dejarme otra vez o iré tras de ti y que me ayude dios, te voy a atar donde este, donde duerma y donde coma. ¿Me escuchaste, Paula Chaves?
Mis pechos están sensibles debajo de mi sostén, y asiento sin aliento. Mierda, amo cuan posesivo es—y es el doble cuando es negro. Me siento a mí misma ponerme más húmeda entre mis piernas.
—No hay ni una parte de mí que no sepa que soy tuya. —le aseguro, tomo su mano y la coloco en mi corazón.
Aprieta su mandíbula, y una chispa de primitivo conocimiento aparece en sus ojos mientras coloca sus dedos alrededor de mis pechos. Comenzamos a besarnos. Iniciamos duro, y después más lento. Ambos nos deslizamos más cerca al mismo tiempo, necesitando el contacto como oxígeno. Susurra en mi oído:—Estoy tan loco por ti. —acaricia con la nariz la cima de mi cabeza, lo aprieto cerca y jadeo—. Te amo tanto.
Luciendo extremadamente satisfecho, casi como cuando me da varios orgasmos múltiples seguidos, me gira y ajusta, sosteniendo mi estómago mientras comienza a acariciar con la nariz la parte trasera de mi cuello mientras mi mente continúa dando vueltas, e imagino a un pequeño Pedro corriendo de la manera que los niños corren, torpe y tropezándose, y toco mi estómago mientras dejo que mi león me acaricie.
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sábado, 15 de febrero de 2014
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 15
Pedro ha estado maniaco por dos semanas ahora.
Se llamó a sí mismo el “rey del mundo” un par de días atrás, seguido por “el rey de la selva”, después “el rey de los sacos de boxeo”, y luego, esa tarde, me preguntó que fuera su reina, y me reí. Pero al mismo tiempo, lucía tan encantador y adorable con sus hoyuelos que casi se sintió como si estuviera proponiéndose.
Es tan enérgico. Ha estado desgastándonos a todos, pero al menos Diego—circula debajo de sus ojos y todo—es feliz que no ha cambiado a depresión. El Pedro maniático pelea como un gladiador, y últimamente, parece estar en un muy buen humor mientras que pueda patear la mierda de la gente y tener mucho sexo—lo cual estoy más que feliz de proveer, ya que he estado tan caliente y lujuriosa por él como siempre estoy o—extrañamente—a lo mejor un poco más.
Mientras le bajo al escusado y trato de respirar otra vez, Diane me da una sonrisa que me dice que cree que Pedro es adorable por preocuparse, pero su sonrisa se desvanece cuando toma una buena mirada a mi complexión.
Realmente me siento como la mierda, así que debo de lucir como la mierda. Gracioso que no importa cuán vieja me ponga, cuando me siento así de enferma, recuerdo mis días de sopa y extraño a mi mamá. Nunca nos dejaba comer en la cama, excepto cuando estábamos enfermas, y después conseguíamos una bandeja con sopa caliente.
—¿Podría ser un virus estomacal? —Diane toca mi frente. —No hay fiebre. ¿Te gustaría algo de agua mineralizada? ¿O un Alka—Seltzer? —pregunta.
—A lo mejor algo de agua gasificada —admito, sonrojándome en vergüenza cuando pienso que el equipo completo ahora sabrán sobre mí y mi vomito—. ¿Tienes algo de goma de mascar?
Asiente y me mira mientras rápidamente trato de reacomodar mi cola de caballo. —Deberías quedarte esta tarde. —sugiere.
—¿Perderme su entrenamiento? ¡Nunca! —jadeo.
—Luces tan pálida, Paula.
Pellizco ambas mejillas y agrego una brillante sonrisa. —Ahí.
Reprendiéndome con una negación con la cabeza, se va y regresa con un paquete de goma de mascar, y una pequeña bolsa de viaje del hotel conteniendo un cepillo de dientes de plástico y un tubo de Colgate.
—Colecciono estos de cualquier lugar donde vamos. También los champús. —me dice orgullosamente.
—Oh, eres una salvadora, Diane.
Mientras me cepillo los dientes en el pequeño grifo, comienzo seriamente a preguntarme que está mal conmigo, y cuando salgo, está al borde de su asiento, codos en sus rodilla, sus ojos negros fijados en la puerta del baño del avión.
Agregados a los suyos, otros tres pares de miradas preocupadas me siguen mientras hago una línea recta hacia mi asiento. Me siento tan débil y deshidratada, caigo en el asiento y me siento encima de mi bolsa de viaje. Pedro la saca de debajo de mí y la manda volando al final del banco, después firmemente acuna la parte trasera de mi cabeza e inclina mi cabeza hacia la suya.
—¿Qué está mal contigo?
—No lo sé. No he sido yo misma desde las picaduras.
Siento, más de lo que veo, la presencia de Diane cerca, y parece estar estudiándonos, aunque eso no tiene nada que ver; solo quiero ser apapachada. Quiero subirme al regazo de Pedro y estar ahí, con mis brazos alrededor de su cuello, y mi nariz en su garganta, aspirándolo demasiado, pero estoy tan cansada para moverme de mi asiento, así que solo meto mi cara en una de sus manos, cierro mis ojos por un momento y huelo su jabón.
—Paula, ¿Estás segura que comenzó con las picaduras?
Ambos, él y yo nos giramos hacia Diane al mismo tiempo, y tiene esta sonrisa retorcida que nunca había visto antes.
Sus felices ojos cafés fijados en Pedro, en vez de mí, y cuando habla otra vez, su voz tiembla con algo que suena como entusiasmo. —¿Le has preguntado a Paula si vas a ser papá?
¿Disculpa? Creo que solo me atraganté, y después trago, una bola de boliche. Para el momento que siento un cierto par de ojos negros familiares mirándome, mis pulmones se sienten como si se estuvieran expandiendo al límite.
Espera hasta que deslizo mi mirada hacia la suya, su voz apenas audible a través del motor del avión. —¿Lo soy?
Santa mierda….¿Lo estoy?
¿Embarazada?
La mera palabra hace que la bola de boliche en mi estómago pese el doble. ¿Está preocupado de que lo esté? Miro a su cara y…nada. Pura guapura, y eso es todo. No puedo leerlo con esos ojos negros.
—No. —insisto. Todas mis paredes internas levantadas en modo defensa al miedo total de que algo así nos haga establecernos—. Estoy en control de natalidad. Lo he estado por años. Ha estado haciendo que mi periodo desaparezca así que realmente no sé cuando es mi tiempo mas…—pauso cuando Diane eleva una ceja hacia a mí—. No lo estoy —le aseguro a su cara sonriente, deslumbrando ahora.
Trae una botella de agua gasificada, y Pedro la toma de sus manos estiradas.
—No puedo estar. No podría estar.—digo, ahora solo hablándole a él.
—Quiero que alguien te cheque. —abre la botella por mí, me la pasa mientras gira su cabeza al frente del avión—. ¡Diego, quiero que alguien cheque a Paula en este maldito momento!
—En ello, señor. —contesta Diego—. Haré unas cuantas llamadas tan pronto como aterricemos.
—Que sea una mujer, con un perfecto curriculum y experiencia, ¡No alguna novata! —agrega.
—No quiero que nadie me cheque. —protesto.
Parece estar poniéndose extra maniaco, así que paso sus manos por su sedoso cabello para calmarlo. Exhala fuertemente por su nariz, y cuando lo siento comenzarse a calmar, entierro mi nariz en su garganta. No segura porque, pero este es el único lugar donde no me siento enferma o nauseabunda, con mis pulmones llenos de puro Pedro.
—Estarás siendo checada —dice bruscamente en mi cabello, luego pone sus brazos debajo de mí y me jala a su regazo. Casi gimo en gratitud, me siento tan ridículamente segura en sus brazos.
Baja su cabeza para oler mi cuello como si se calmara a sí mismo con mi esencia también, después sus labios errantes hacen un camino hacia mi oreja, donde me habla suavemente y gentilmente, ganando impulso con cada palabra:—Si esos escorpiones te causaron algún daño permanente, juro que voy a matar a ese hijo de puta y clavaré su cabeza ¡a una maldita pica!
—¿Por qué al menos voy y le consigo una prueba de embarazo? —pregunta Diane.
Pedro la evalúa con ojos negros entrecerrados. Y no puedo evitar darme cuenta, con un poco de pánico, que no están destellando para nada, y ciertamente no están riendo.
—No estoy embarazada. No puedo estar.—insisto. ¡Mi brazo lo que sea el control de natalidad no puede fallarme! ¡¿Podría?!
Me mira lentamente, rastrilla su mirada por mi cuerpo, pasando desde la punta de mi cabeza por mi cola de caballo, el incremento de mis pechos debajo de mi confortable blusa azul cielo, mis apretados pantalones de mezclilla rosas, y lentamente hacia arriba, su expresión ilegible.
—¿Qué? ¿Crees que lo estoy? —Pregunto con incredulidad, y antes de que pueda contestar, agrego:—Pedro, un bebe sería muy espeluznante en este momento.
Se burla. —¿Quién está asustado de un bebe?
—Yo estoy. Tu adorable hombre. Yo.
Empuja mi barbilla y sonríe. —A lo mejor lo tomaré si luce como tú.
—¡No tomaras ni una mierda porque no hay nada que tomar! —me observa por unos cuantos latidos del corazón, y juro que luce algo como…
—Luces engreído, verdad.—acuso, difícilmente creyendo lo que estoy viendo.
Eleva una elegante ceja.
—Lo haces. Luces engreído pensando que me embarazaste cuando mi control de natalidad dice que es casi imposible.
Se ríe en esa manera profunda y gutural suya que hace que mi piel reviva y todos los pequeños cabellos en mis brazos se levanten, pero solo para expresar algún tipo de conexión, después me inspecciona con esos adorables ojos negros que ahora están brillando más, pero mucho más con entretenimiento.
—Prefiero que tengas un bebe mío dentro de ti que estés enferma por su veneno. —es medio susurro, medio gruñido.
—Ni uno es el caso. —le aseguro. Y aun, ¿Por qué estoy teniendo un—festival—de—dos—semanas—de—vomito?
Mierda.
¡Jodida Mierda!
Me aplana ligeramente contra la dureza de su pecho y acaricia mi espalda, rápidamente, arriba y abajo, luego me dice calladamente, sus palabras suaves llenas de advertencia:—Voy a meterte en la cama cuando lleguemos al hotel, y no te vas a mover de ahí. No me importa que estés mal. No te estás moviendo de esa cama hasta que alguien te cheque y me diga que vas a estar bien.
—¡Já! De ninguna manera me quedare en la cama todo el día, ni siquiera porque me siento mal. Nunca falté a un día de trabajo en mi vida.
Besa mi oído otra vez en esa manera de novio que está comenzando a gustarme demasiado. —Entonces no has vivido apropiadamente
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ELLOS DUDAN COMO USTEDES JAJA!
ESTARA? O NO ESTARA??
GRACIAS POR LEER!!! ♥♥
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 14
Para el momento en que nos montamos en nuestro ascensor del hotel, ambos estamos cansados —especialmente yo. Simplemente no me he recuperado del maldito Regalo y estoy lo suficientemente cansada para saltarme la cena y dirigirme directamente a la cama.
Después de ocho horas de entrenamiento, Pedro ha golpeado la mayor parte de su rápida energía por ahora. Se apoya hacia atrás contra la pared del ascensor con un brazo vagamente envuelto alrededor de mis caderas, mientras yo estoy mitad de pie, mitad echada a su lado, descansando parte de mi cabeza contra el costado de su garganta.
—Ducha fría, comer una vaca, te veo mañana —dice el entrenador mientras sale a su piso.
—Estoy en eso. —Pedro responde en su voz baja y poderosa.
—Buenas noches, Entrenador —digo.
Y tan pronto como estamos solos en el ascensor, Pedro agacha la cabeza para olfatearme.
La presión de su cuerpo contra mi espalda es todo músculo caliente y duro. Exhala calurosamente contra mi piel, entonces lame la parte posterior de mi oído, y una sacudida eléctrica se apodera de mí. Luego acaricia su camino a través de la parte posterior de mi cabeza, hacia mi otro oído, y también me huele ahí. Mis pezones están dolorosamente en perlas contra mi top, y en la primera lamida de su lengua por la parte trasera de mi oreja, la necesidad rasga a través de mí.
Él me tiene bien ajustada a su gran cuerpo, y me susurra al oído en un tono grueso y apreciativo—: Te vi estirando. ¿Lo estabas haciendo por el bien de tus músculos o los míos?
Mientras sus palabras corren a través de mí como una caricia sexual, desliza una mano abierta en la parte delantera de mi cuerpo, y me estremezco mientras me acuna sobre mis pantalones de lycra.
—¿Paula? ¿Fue por tu bien o el mío? —Él lame y chupa un punto desnudo de piel en la parte posterior de mi cuello, encendiendo un doloroso zumbido dentro de mí.
—Tuyo —gimo.
Él se ríe suavemente mientras desliza esa mano hacia arriba.
—¿Disfrutaste viéndome entrenar? —Su ronca pregunta presiona todos los sexis botones dentro de mí mientras llena su mano con uno de mis pechos por encima de mi camiseta.
—Yo y el resto del gimnasio —le digo jadeando.
Aquí viene otra vez su sonrisa. Sexi. Profunda.
Sus dedos viajan arriba y abajo de mi brazo desnudo, causando todo tipo de estragos en mí. La lava se filtra dentro de mí cuando añade dientes a mi oreja y tira suavemente. De repente, no puedo soportarlo, me giro en sus brazos y, Dios, huele tan bien que me siento mareada.
Está en una camiseta limpia, su cuerpo emana calor como un rugiente volcán, y empuño mis manos en el suave material para prepararme mientras beso su cuello, lamiéndolo hambrienta y desesperadamente. Su sabor envía punzadas de deseo a lugares que ni siquiera sabía que tenía.
Gruñe suavemente en satisfacción y baja la cabeza para zumbar mi boca con la suya. Luego acuna mi culo en su gran mano y aprieta mientras el ascensor sube el resto del camino. Froto mis manos por su pecho, sobre su camiseta, y sigo imprudentemente saboreándolo.
—Pedro —gimo. Presiono mis pezones en su pecho y me ondulo persuasivamente, y él se ríe suavemente en mi oído mientras agarra mi culo más duro en sus manos.
—¿Me deseas? —empuja, su cálido aliento y halagos contra mis labios cuando presiona su boca en la mía.
—Sí...
Desliza su mano entre mi culo y, por detrás, repentinamente acaricia su pulgar sobre mi clítoris a través de mis pantalones de lycra. Mis rodillas casi fallan.
—¿Estás húmeda? —incita.
-Pedro... —Sólo puedo decir, mi sexo dolorosamente adolorido entre mis piernas.
—¿Está húmedo tu coño? —pregunta, sinuosamente sumergiéndo su lengua en la grieta de mi oído.
—Sí. Dios, sí.
—Déjame ver. —Me voltea de modo que los dos estamos ante las puertas, luego facilita sus dedos en mis pantalones y bragas y me acaricia por un breve segundo, verificando mi humedad, deslizando un dedo en mi hinchada entrada, haciéndome jadear, mecer mis caderas, y gemir, hasta que dice, en un ronco y satisfecho susurro—: Hmm.
Ping.
Hmm...
Es un sonido entre nosotros, y cuando lo dice, significa que quiere comerme.
Todo de mí.
Cerca de un millón de células de mi cuerpo tiemblan de deseo, y mi ritmo cardíaco patea hasta que las puertas se deslizan abiertas. Él me echa sobre su hombro y agarra mi trasero en camino a nuestra habitación, me río con sorpresa por su movimiento cavernícola y pateo en el aire.
—¡Diane debe estar en nuestra habitación ya! —chillo, pero aprieta mi culo como si no importara y me lleva dentro, metiendo su dedo pulgar, una vez más por detrás, entre mis piernas, deslizándolo sobre mi clítoris.
Mi coño se hincha con necesidad, y me quedo completamente quieta, dejando que me frote.
Mis ojos ruedan a la parte posterior de mi cabeza mientras él frota y frota, sus hombros duros y fuertes bajo mi estómago mientras me lleva.
—Hola chicos —dice Diane mientras él me lleva a la suite, y antes de que pueda responder, se dirige directamente al dormitorio principal, diciendo por encima del hombro—: No tenemos hambre aun, estaremos fuera en una hora.
Y cierra la puerta detrás de nosotros.
En nuestro camino a Boston, tengo la oportunidad de conocer mejor al retrete del jet. La mitad del vuelo me la paso vomitando en él.
Cuando salgo después de mi primera ronda, el ceño fruncido de Pedro me saluda, mientras Diane me apura a su asiento al frente donde tiene un plato de papaya, melón, nueces y queso cottage esperándome. Amo la papaya. Tiene fibra y un montón de vitamina A, y es genial para el sistema digestivo. Hay un pedazo de limón al lado, lo cual usualmente amo también exprimir sobre la papaya. Mi cuerpo tiene una idea diferente, sin embargo, y la esencia de papaya…
A punto de vomitar en mi boca, empujo el plato a un lado y corro al baño, levanto la tapa del escusado, y vomito otra vez.
Inmediatamente Diane aparece en la puerta, y la escucho hablar con alguien afuera. Por supuesto tengo una idea general de quién es ese alguien.
—No lo dejes entrar. —le ruego entre jadeos.
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GRACIAS POR LEER!!!
QUE LE PASA A PAULA???
SI COMENTAN MÁS TARDE SUBO OTRO!! =)
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