sábado, 22 de febrero de 2014
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 19
No hay canción para esto. O tal vez sí, pero no nos sentimos con ánimos de música.
Todo lo audible entre nosotros proviene del suave zumbido del motor del avión fuera de las ventanillas. Pedro se rehusó a que Diego o Ruben vinieran en este vuelo, y los chicos estaban preocupados de que pudiese ponerse algo loco cuando no estuvieran alrededor. Pero nada pudo hacerlo cambiar de opinión esta mañana. Quería tenerme sola con él. Me llevó hasta el coche. Luego al avión. Dios, prefiero que me lleve como un accesorio con tal de que no me lleve a casa. Pero me está llevando a casa. A Seattle. Donde me quedaré, y él se irá.
Los tres doctores dijeron que no puedo viajar. Los tres dijeron que de seguro abortaría si no descanso.
Reposo en cama. Y una crema de progesterona. Eso fue lo que dijeron que necesito.
Lo que no saben es que lo que necesito es mi diablo de ojos mieles, y el pensamiento de estar separados por dos meses, hasta que pase el primer trimestre y esté fuera de peligro, me hace querer llorar.
Ahora, Pedro está tumbado en su asiento usual, su cabeza reclinada hacia atrás mientras mira hacia el techo del avión, frotando distraídamente mi cabello.
Luce casi tan miserable como me siento. Aún puedo escucharlo diciéndoles duramente a los doctores que citó a la habitación de hotel, cuando me recetaron el ‘no viajar’ y el ‘reposo en cama’. —Eso es imposible. La necesito conmigo. Ella va a donde voy.
Y cuando el tercer doctor se lamentó y se fue, recuerdo rogarle patéticamente.
—No puedes estar pensando seriamente enviarme de regreso, ¿cierto? Me acostaré. Demonios, no me moveré. Este es tu hijo. ¡Va a quedarse allí dentro! Lo hará. No veo cómo enviarme lejos me estresará menos. No quiero ir a casa. ¡Permaneceré en la cama todo el día, sólo no me lleves de regreso!
Parecía tan frustrado, listo para romper algo con las manos desnudas, mientras le decía a Diego—: Alista el avión. —Y luego se volvió hacia mí, y me miró con esos ojos mieles, esos que habían perdido todo brillo. Ni siquiera tuvo tiempo de explicarme porque comencé a llorar.
Y aquí estamos ahora. A cuarenta mil pies del suelo, volando sobre Seattle.
Me recuesto sobre el asiento, con la cabeza en su regazo, mi rostro hacia arriba mientras mueve sus dedos a través de la longitud de mi cola de caballo, luego a través de mi cuero cabelludo. Ha estado mirando hacia el techo por una hora, su pecho expandiéndose lentamente, como si cada respiración lo calmara, pero no lo suficiente.
Mi corazón duele cuando pienso en cuánto esfuerzo le tomará no dejar que esto joda su cabeza. Quiero susurrar palabras de consuelo, pero ni siquiera puedo hablar, estoy demasiada molesta con la vida por haberme lanzado una bola curva de nuevo.
Repentinamente, comienza a besarme suavemente, primero en la cima de mi oreja, luego el lóbulo, luego mi oído, su cálido aliento enviando temblores a través de mí mientras medio respira y medio gruñe palabras que parecen ser forzadas fuera de él. Mis ojos arden y estoy segura de que tengo un puñal sobresaliendo de mi pecho mientras dice—: Voy a extrañarte… Necesito que estés bien… Cuídate… Te necesito…
Mi garganta se siente tan apretada que sólo puedo asentir mientras lo observo alcanzar sus vaqueros y sacar una tarjeta de crédito platino.
—Úsala —susurra.
Supongo que Melanie moriría si un hombre le diera una tarjeta de crédito, pero no quiero salir de compras o algo. No quiero… nada, excepto mi vida. Quiero que nuestro bebé nazca bien. Quiero que estemos juntos. Quiero mi nueva vida, de viaje, con él.
—Paula —advierte, y lo siento meter la tarjeta dentro de mi palma—. Quiero ver que compres. A diario —dice. Me mira con una media sonrisa, su cabello más en punta de lo usual, ¿y cómo puedes amar a alguien tanto que el amor arda a través de ti? Amo la forma en que sus pestañas enmarcan esos ojos mieles, y la oblicuidad exacta de sus cejas. Amo su firme frente, pómulos y mandíbula, y cómo su boca se las arregla para lucir tanto llena y suave como firme y fuerte.
Levantando el brazo, muevo la punta de mis dedos a lo largo de su mandíbula. —Cuando regresé, me prometí a mí misma que nunca te dejaría.
—Me prometí a mí mismo que nunca te dejaría ir. ¿Qué más esperas que haga? —Sus ojos lucen oscuros y torturados, y sé que no durmió.
Paseó de un lado a otro toda la noche, enroscando y desenroscando sus dedos mientras me preguntaba si sentía algún dolor. Sí, sentía dolor. Sentía pequeñas apuñaladas en mi corazón, pero en cambio dije: Sin calambres. Regresó a la cama para atraerme cerca, besándome como si quisiera devorarme. Recuerdo cada movimiento de su lengua sobre la mía. La temperatura de su aliento en mi rostro. Y cuantas veces alejó sus labios para besar mi frente y desaparecer en el baño.
Porque tampoco tenemos permitido hacer el amor.
Así que nuestra última noche juntos nos la pasamos besándonos. Y las muchas veces que tomaba una ducha fría, me la pasaba llorando en la almohada.
Ahora está retirando hebras de cabello de mi frente, sosteniendo mi mirada. —Vamos a estar bien, pequeño petardo —me susurra. Desliza su mirada hacia mi cuerpo y extiende su mano sobre mi estómago. El posesivo gesto hace que mi corazón arda con amor—. Lo superaremos. —Me frota suavemente a través de la camisa de algodón, mirándome con sus enternecidos ojos mieles—. ¿No?
—Por supuesto que sí —digo, con repentina determinación—. Son sólo dos meses, ¿cierto?
Toca mi nariz. —Cierto.
—Y no es como si no pudiéramos comunicarnos de otras formas.
—Exacto.
Sentándome, descanso mi frente en su hombro. Desliza su mano alrededor de mi cintura mientras masajeo sus músculos.
—Deja que tu cuerpo descanse. Enfríate después de tu entrenamiento. Abrígate apropiadamente.
Esconde el rostro en mi cuello mientras me empuja más cerca, y puedo escucharnos a ambos aspirarnos el uno al otro con profundas respiraciones. Su mano se aferra al hueso de mi cadera y repentinamente, lame mi cuello, su voz sonando gutural cuando gruñe en mi oído—: No puedo permitir que nada te suceda, Paula. No puedo. Tenía que traerte de regreso.
—Lo sé, Pedro, lo sé. —Paso los dedos a través de la parte trasera de su cabeza porque suena tan atormentado—. Vamos a estar bien, los tres.
—Este es el punto en todo esto.
—Y como dijiste, lo superaremos. Realmente lo haremos.
—Maldita sea, claro que lo haremos.
—Estarás de regreso antes de que incluso tengamos tiempo de sentirnos tristes, de extrañarnos demasiado el uno al otro.
—Tienes razón. Estaré entrenando y tú estarás descansando.
—Sí.
Cuando caemos en silencio, permanecemos cerca y abrazados por un largo tiempo, y casi puedo escuchar los minutos pasar, como pequeñas perras intentando arruinar mi vida. Pedro me olfatea de nuevo, como si quisiera conseguir suficiente de mi aroma para que le duraran los dos meses, y casi frenéticamente, hago lo mismo, inhalando su aroma y cerrando los ojos, sintiendo el músculo de su hombro bajo mis dedos, tan fuerte y sólido mientras comienza a masajearlo suavemente de nuevo.
—Dejé algo de aceite de árnica en tu maleta. Por si tienes algún dolor muscular o sientes algún dolor.
—¿Aún ves la sangre? —pregunta silenciosamente, y cuando asiento, me lleva a su regazo, donde me acurruco más cerca y presiono mi sien contra su mandíbula.
—Cada vez que un calambre empieza se siente como si fuera a salirse de mí.
Mueve su mano por mi espalda y presiona sus labios en mi frente.
—Sé que te matará no correr. Pero mantente fuera de tus pies, por mí.
—No me matará tanto como lo hará perder nuestro bebé —susurro.
He corrido toda mi vida. Pero ahora mismo, tengo miedo de siquiera caminar, por terror a tener calambres y encontrar algo rojo en mis bragas. Juro que si no puedo mantener al bebé del hombre al que amo en mi interior, no sé qué haré, pero no puedo, me niego a perder este bebé.
—Tus padres saben que vas, ¿cierto? ¿Tu hermana?
—Les hice saber que iba, pero no saben sobre nosotros aún. Estoy guardándolo para decírselos frente a frente. Sólo Mel y mis dos otros mejores amigos saben sobre ello.
Tira de mi cabeza hacia atrás así puede mirarme. —Bien. Pero ¿a quién vas a llamar primero si te sientes mal? A mí. ¿A quién vas a llamar cuando necesites algo? A mí. Seré tu todo. Seré tu jodida línea erótica por teléfono. A cualquier hora, donde sea que esté. ¿Entiendes, Paula?
—Lo siento. Mi mente se congeló en ‘Línea erótica’.
—¿En serio? ¿Qué parte necesitas que te aclare?
El diablo arquea una de sus cejas haciendo que el calor suba por mi cuerpo como en un volcán activo. La idea del sexo por teléfono con Pedro me hace reír como también me hace sentir, repentinamente, increíblemente agitada, por lo que termino empujando su pecho juguetonamente.
—¡No te llamaré para eso! Sé que vas a estar ocupado.
Sus ojos centellearon. —No demasiado ocupado para eso.
-----------------------------
LEAN EL SIGUIENTE....
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario