jueves, 20 de febrero de 2014

SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 18



La campana de pelea suena con ese ting familiar y el público se queda en silencio. Realmente no importa cuántas veces lo haya visto pelear, siempre estoy fascinada por la forma en que se mueve. Ambos van al centro, calentando. Sé que la estrategia de Pedro es diferente con cada oponente. Juega con algunos. Va directo al golpe con otros. A veces los cansa y guarda sus movimientos para los oponentes de mano dura, pero hoy comienza golpeando rápido, tan rápido que escucho los bruscos sonidos ¡poo poo poof! Enviando a la Araña Humana—el hombre que ha estado aterrorizando a sus oponentes esta noche—tropezando hacia atrás antes del primer minuto.



—¡¡Te amamos Riptide!! —Gritan las chicas R—I—P—T—I—D—E!—. ¡Elimínalo por nosotras!



—Cada vez que estás aquí pelea como un lunático —agrega Diego.



“Lunático“ ni siquiera es la palabra. Es una máquina.



La pelea está en pleno apogeo y los retorcijones en mi estómago apenas me dejan respirar correctamente. Sus músculos se curvan cuando da un gancho con la derecha, luego se cubre. La Araña—Humana falla, y Pedro contraataca. Golpea varias veces con la izquierda y la derecha, luego finaliza con un golpe directo que se estrella contra la Araña—Humana como una pared en movimiento rápido.



La Araña—Humana se mece.



Justin rebota hacia atrás y lo deja respirar. El otro hombre ataca.

Pedro hace una finta y su desventurado oponente golpea y golpea, fallando cada vez mientras Pedro se agacha y vuelve a levantarse para darle un puñetazo en el estómago, en las costillas, y luego en la mandíbula. En el momento en que usa su golpe más poderoso y da un gancho con la derecha, la Araña—Humana está sudoroso, ensangrentado y muerto de cansancio. Se tropieza.



Veo a Pedro esperarlo que vuelva a levantarse, y estoy segura de que todas las mujeres en el estadio están gritando y comiéndose con los ojos lo mismo que yo. Cómo gotas de sudor se deslizan por el torso musculoso de Pedro. Cómo los tatuajes de vid en sus brazos resplandecen con una fina capa de transpiración. Cómo esos sexis hoyuelos aparecen mientras se sonríe a sí mismo cada vez que sacude el centro de sus víctimas.



Las chicas R—I—P—T—I—D—E! se hablan la una a la otra entre medio de sus gritos, como lo hacemos Mel y yo cuando lo vemos pelear. Dos de ellas, la P y la T, están saltando juntas, abrazándose entre sí porque apostaría que la lujuria es simplemente demasiada.



Oh, Dios, incluso es demasiada para mí. Y supuestamente, él es mío. Pero simplemente no puedo creerlo. Lo veo, lo toco, lo beso, lo amo, y el noventa y nueve punto nueve por ciento de mí no puede creer que alguien tan elusivo, complejo, y masculino como él pueda pertenecerle a alguien—incluso si me ama.



Un gancho derecho y un ruidoso splat en la lona después, el brazo de Pedro está sostenido hacia arriba en el aire por el maestro de ceremonias. Con el pecho jadeante, hambrientos ojos mieles me ven, ojos que me chamuscan hasta los huesos. No sonríe. Sus fosas nasales se dilatan. Mi corazón martillea y todo mi cuerpo se prepara para lo que veo venir en sus ojos.



—¿Quieren más? —Escucho que gritan a través de los altavoces—: ¿Están listos para MÁS?



El público grita, las chicas R—I—P—T—I—D—E! gritan, y Pedro continúa mirándome mientras recupera el aliento, sus ojos mieles brillan y me desnudan en mi asiento, y apostaría todo lo que poseo al hecho de que está follándome en su mente. Mis sensibilizados pechos se vuelven incluso más pesados y cuando toma a su siguiente oponente, mi sexo se inunda y se aprieta mientras veo sus músculos flexionarse, la forma en que crea estrategias con ese cerebro suyo.



Estoy muriendo por tenerlo todo para mí esta noche, su lengua en mi boca, haciendo las cosas que hace, él dentro mío, montándome duro y rápido o lento y profundo… Sólo quiero abrazarme a mi león y darle todo el amor que nadie en el mundo jamás le ha dado, más que yo.



La multitud grita—: ¡¡¡¡¡Vaaaaamos, Riptide!!!!!



Quieren la emoción que él siempre entrega, y que estoy segura Pedro quiere entregar. Me mira, y no sé qué es lo que está esperando ver en mi mirada, pero sea lo que sea, parece verlo.



Mira a su próximo rival, un joven luchador al que nunca antes había visto, y antes de darme cuenta, con la velocidad de la luz, da tres golpes rápidos, al costado, al centro, y termina con un gancho a su mandíbula—y cae de golpe.



—¡Sí! —sisea Diego, arrojando sus brazos al aire—. ¡SÍSÍ SÍÍÍÍÍ!



Toda la sala está gritando—: ¡¡¡Riptide!!! —mientras yo me quedo inmóvil en mi silla.



El dolor comienza como una palpitación, y progresó hasta convertirse en un calambre. Pongo mis manos alrededor de mi estómago y me muevo incómodamente.



—¡Riiiiptiiiiiiiiiiiiiiide, amigos! Una vez más, se los doy, ¡¡¡¡¡¡Riiiiiptide!!!!!!



Su brazo está estirado hacia arriba en señal de victoria, y noto la herida abierta en el medio de su regordete labio inferior. Me muestra sus hoyuelos, con los ojos centelleantes, y estoy muriendo por lamer esa gota de sangre y poner ungüento sobre él. Entonces el calambre se siente como un pellizco y me doblo un poco, y cuando traen a su nuevo oponente, ni siquiera estoy mirando. Me siento más que un poco enferma.



Mis pulmones se contraen mientras miro hacia arriba y veo cada músculo en la existencia trabajando mientras pelea, sus brazos tensionándose y estirándose. Lo veo, pero sigo refugiándome en mi cabeza. Preocupadamente enferma. Preguntándome qué me está sucediendo.



—Diego, necesito ir al baño en este momento —digo en una voz que nunca he escuchado. Suena asustada, realmente asustada, y tiembla. Pero él se pone de pie con los ojos en el ring y me sigue distraídamente a los sucios baños improvisados.



Allí, espero en la fila, me quedo de pie allí por un par de minutos, y cuando es mi turno de entrar en la pequeña casa de plástico, bajo mis bragas—que se sienten pegajosas—y veo que están empapadas de rojo, como si estuviera teniendo un mal periodo. —Oh Dios —digo.



Arrastro mil respiraciones relajantes, pero no hacen nada para realmente calmarme, y en su lugar un nauseabundo y aturdidor sentimiento de desesperación se apodera. Por minutos trato de tranquilizarme, entonces salgo afuera y al menos trato de estar entera hasta después de la pelea.



Diego me sonríe. —Amiga, nunca he visto vomitar a nadie tanto como tú. ¿Cuántos kilos has perdido?


—Sólo vayamos a sentarnos —digo. Camino lentamente y me encorvo ligeramente, porque estar de pie duele aún más, e instintivamente mi cuerpo parece querer que me encorve sobre mí misma. Desciendo hasta mi asiento con extrema precaución, mientras Pedro sigue allí arriba, con su nombre siendo gritado.




—¡Pedro! —gritan.



Parece estar esperando por otro oponente, con su cabeza girada en la dirección de Diego y mía, como si hubiera estado esperando a que regresáramos a nuestros asientos. Él guiña cuando me ve. Entonces sus pulcras cejas descienden sobre sus ojos y me mira con más atención.



De repente agarra las cuerdas del ring y salta hacia abajo, y el público se llena de vida cuando se dan cuenta que está por realizar una de sus travesuras habituales, al igual que siempre que salta fuera del ring. —¡Pe—dro! ¡Pe—dro! —canta la multitud, y cuando se dan cuenta de que se dirige hacia mí—y que toda esa torre de músculos y fuerza y testosterona está viniendo a mi camino—cambian el tono a—: ¡Beso, beso, beso!



Me balancea en sus brazos.



El público se vuelve loco y mi corazón también.



Pero él me mira, alerta y en el borde. —¿Cuál es el problema?



—Estoy sangrando —digo con lágrimas en los ojos.



***





La siguiente media hora pasa en un borrón.



—Busca el auto —le dice Pedro a Diego mientras me carga fuera de la arena.



La palabra “¡Riptide!“ todavía resuena en el fondo cuando salimos, al fresco aire de Las Vegas, y al estacionamiento del almacén que aloja el Underground esta noche. Me mete en la parte posterior de la Escalade, y Diego se pone detrás del volante, golpeando los botones del GPS para llegar al hospital más cercano.



Puedo escucharme hablar casi frenéticamente—:No voy a perderlo. No voy a perder a nuestro bebé.



Pedro no me escucha, está hablando con Diego en voz baja mientras me sostiene en su pecho diciéndole—:Gira a la derecha—en emergencia —y yo continúo hablando, con mi voz más determinada.



—No voy a perderlo. Tú quieres este bebé, yo quiero este bebé, como correctamente, me ejercito, tú comes correctamente, te ejercitas.



Me carga dentro del hospital y acecha el mostrador para demandar atención, y cuando traen una silla de ruedas, le habla a la enfermera detrás de ella.



—Dígame a dónde llevarla.



Puedo escuchar su corazón latir debajo de mi oreja, y nunca lo he escuchado latir tan furiosamente antes. Poom poom poom.



Me carga dentro de una habitación, me deja en la cama y sostiene mi mano un poco demasiado fuerte mientras dos enfermeras y un doctor me revisan y Diego espera fuera de la habitación. Gracias a Dios porque mis piernas están abiertas y estoy terriblemente incómoda de tener a Pedro viéndome así.



Pero él está mirando nuestras manos entrelazadas, como si él también estuviera muy incómodo por esto, hasta que el doctor se empuja hacia atrás y se quita los guantes, y le dice—: Su esposa está en las primeras etapas de un aborto involuntario.



Mientras mi cerebro trata de darle sentido a lo que estoy escuchando, ruedo hacia mi costado, curvo mi mano alrededor de mi estómago en posición fetal, y sacudo la cabeza, sin decir nada, sólo sacudo la cabeza… no.



Sólo… no.



Soy una joven mujer sana. Mujeres jóvenes y sanas no pierden sus bebés así como así.



El doctor lleva a Pedro a un costado y le habla en tonos bajos, y levanto la cabeza para ver su rostro. Es el rostro de mis sueños, y juro que nunca olvidare su expresión feroz mientras le dice al doctor, en voz baja—: Es imposible.



El médico sigue hablando, y Pedro sacude la cabeza, con la mandíbula apretada. Se ve repentinamente más joven y más vulnerable de lo que nunca lo he visto. Dios, se ve tan descorazonado como imagino que se veía el día que le dijeron que había sido expulsado del boxeo profesional y que nunca volvería a boxear profesionalmente de nuevo.



Arrastra una mano por su cara y la deja caer a su lado, y el tren de pánico que corre en mi cabeza está ganando tanta velocidad, que estiro mi mano fuera de la cama y me escucho hablar en una voz ahogada por el miedo.



—¿Qué está diciendo? ¿Qué está diciendo?



Pedro deja al doctor a media oración y viene a mi lado, tomando instantáneamente mis dos manos entre las suyas enormes y callosas. Ni siquiera puedo poner en palabras cómo me siento ante el contacto, pero una oleada de químicos relajantes corren a través de mí y mis ojos se cierran mientras saboreo desesperadamente la sensación de mis pequeñas manos dentro de las suyas más grandes. No hay calambres. Nada. Ni siquiera temor. Sólo las secas manos de Pedro en las mías, y su fuerza constante, filtrándose dentro de mí. Se agacha y comienza a besar mis nudillos, y suspiro suavemente, inclinando mi cabeza hacia la suya con una sonrisa ebria.





No entiendo por qué él no me sonríe. O por qué luce tan completamente deteriorado. Hasta que me lleva de regreso al hotel y llama a dos doctores más.

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GRACIAS POR LEER!!! =)


5 comentarios:

  1. NO PENSAS SUBIR MAS ; NO NOS SOPORTABAMOS ???????

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  2. Ayyyyyyyy, Dios mío, que no pierda el bebé x favorrrrrrr!!!!!!!!!!!!

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  3. ayyy nooo,que no pierda al bebe!!!

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  4. Ayyyyyyyyy nooooo el bebe que no lo pierda por favor me encanta esta novela ya quiero saber que va a pasar jaja

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  5. noo por favor que no le pase nada al bebe pobre pau

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