domingo, 2 de febrero de 2014
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 2
Únicamente he pasado la noche con un hombre en toda mi vida. Me encanta chocar levemente con sus músculos mientras dormimos. Me encanta cómo las sábanas huelen a él, a nosotros, y cómo sus hombros se han convertido en mi almohada favorita, aunque son duros como el infierno y no puedo entender como me gusta dormir en ellos, pero lo hago. Esto viene con sus brazos alrededor de mi cintura y su aroma, y su calor, me encanta todo, cada pedazo. Especialmente cuando agacha la cabeza para meter la nariz en mi cuello, y entierro la mía en el suyo.
El problema es que su lado de la cama parece echarlo exactamente a las diez de la mañana, y mi lado parece no tener botón de expulsión.
Hoy me siento como un peso muerto, mientras puedo decir que ni siquiera está en la habitación. El aire es diferente cuando no está cerca. Él lo carga cuando está cerca, como una lenta, poderosa vibración a mi alrededor que me hace estar híper alerta y me sienta segura y excitada.
Me he enamorado de él.
Hace seis meses, yo quería solo una noche, para tener un poco de diversión después de dedicar mis años a mi carrera. En su lugar... llegó él.
Impredecible, exasperante, sexy... el hombre que codician todos y yo no quería. Terminé no solo deseándolo, sino enamorándome de él. Y ahora, amarlo es la montaña rusa más excitante que he montado en toda mi vida.
Sentándome en la cama, me froto los ojos para protegerlos de la luz del sol y deseo tener Red Bull y Monster corriendo por mis venas como Pedro. Apenas dormimos haciendo nuestras cosas sexis favoritas, y ya está deseando irse. Incluso veo su maleta junto a la puerta, lista para que nos vayamos a nuestro siguiente destino, y yo aún tengo que empacar.
Entornando los ojos de nuevo me deslizo fuera de la cama, al pequeño armario para encontrar algo que ponerme cuando veo la carta en la mesita de noche junto a su iPhone, que rara vez está encendido excepto para escuchar música. La visión de mi carta trae una oleada de recuerdos a mí, tengo que reprimir la urgencia de agarrarla, romperla, y tirar las piezas al inodoro.
Pero Pedro enloquecería. Él atesora esa estúpida carta con la que lo dejé cuando me fui. Porque en ella, le dije lo que nunca nadie le había dicho antes.
Te amo, Pedro.
Mis piernas comienzan a temblar, cierro los ojos y me digo a mí misma que no soy perfecta. Nunca he sido perfecta. Nunca soñé con el amor, una pareja... Soñé con el deporte y las últimas zapatillas de deporte. No con el cabello de punta y ojos mieles. Estoy intentando aprender. Ser la mujer que un hombre como él merece. Y quiero pasar el resto de mi vida demostrándole a Pedro que lo merezco, y el resto de mis días asegurándome de que recupere lo que perdió por mi culpa. Si alguien en este mundo merece ser un campeón, es él.
—Es un coño, relájate—Oigo su ronca, voz masculina fuera de la habitación principal.
Me río de la respuesta de mi propio cuerpo al escuchar a Pedro decir "coño", mi vientre se aprieta y siento al instante un poco de calor.
Sonriendo, busco entre sus cosas en el armario, y luego tengo que ir a por su maleta. Sé que a él le gusta cuando me pongo sus cosas. Creo que le hace sentir como si fuera de su propiedad, y es una locura lo mucho que me gusta meterme en sus tendencias alfa. Cuando está con los ojos mieles, es posesivo, pero cuando es negro, es francamente territorial. Me encanta cuando se pone todo gruñón de: eres mía y a él cuando me pongo sus cosas.
Así que esta mañana, ¿por qué no tenernos a ambos encantados? Tomo su bata RIPTIDE de boxeo y me deslizo en ella, luego me apresuro al baño, a cepillarme los dientes y lavarme la cara, rodeo mi cabello en una cola de caballo, y salgo sin hacer ruido.
Oigo su risa en la sala de estar, más como una risita por algo que Diego murmuró, y mis entrañas hacen todas esas cosas que él le hace mientras doy la vuelta a la esquina.
Dios mío.
No puedo creer lo que me hace. Ni siquiera puedo explicar esta combinación de escalofrío—estremecimiento—agitación dentro de mí, pero es ridículo.
—Está revisando para ti, amigo, no veo la diversión aquí—dice Diego, alarmado—.Sus buscadores han estado preguntando alrededor de hoteles para saber dónde nos alojaremos después.
—Sólo relájate y mantente en guardia, Diego—dice Pedro, y solo lo miro fijamente por un momento, escuchándome tomar aliento.
Mis ojos mieles de león. Su cabello levantado endiabladamente. La oscura tinta a través de sus musculosos brazos flexionados mientras lentamente toma sorbos de una bebida con electrolitos. Veo su glorioso torso bronceado. Los pantalones de chándal colgados bajos en sus estrechas caderas y revelando solo la punta de su tatuaje de estrella. Sus pies descalzos. Se ve caliente, fuerte, tierno, y la palpitante energía que parece irradiar de él se siente como un imán para mí.
—¡Paula, buenos días!—Diane Werner, su chef y nutricionista, dice desde la cocina.
Casi perezosamente, Pedro se da la vuelta y lentamente, muy lentamente, se pone de pie, sus músculos extendiéndose con el movimiento. Sus ojos mieles recorriendo mí cuerpo, capturándome en su bata roja, que cubre todo el camino hasta mis tobillos, y un brillo territorial chispea en su mirada de una forma que hace que cada parte de mí femenina se apriete con deseo.
—Bueno, hola, señora Riptide. —Diego interviene, sus ojos castaños brillando con diversión.
Sonrío. Porque no sólo quiero ponerme la ropa de mi Riptide, deseo que él me haya pedido que lleve su nombre incluso cuando una vez le dije a mi mejor amiga que nunca, jamás, me casaría por mi carrera siempre iría en primer lugar. ¡Bah!
—Eh, Diego y Diane—digo con voz somnolienta, pero mis ojos están en pedro, y mi corazón no se detendrá.
¿Será capaz de estar quieto cuando estoy alrededor de él? Mientras lo miro fijamente esta mañana justo como todas las mañanas durante los últimos meses, me digo a mi misma que no estoy soñando, no es una fantasía, es mío. MÍO.
Salvó a mi hermana de las garras de un hombre que ni siquiera puedo nombrar. Pedro arrojó el último campeonato de la temporada pasada a cambio de la libertad de ella, sin siquiera dudarlo. Sin siquiera decirme. Perdió su título, una enorme cantidad de dinero, y podría haber perdido su vida, todo por rescatar a mi hermana, Delfina.
Pero no sabía que eso fue por mí.
Todo lo que sabía era que de pronto se encontraba en la última pelea de temporada. Perdido. Siendo golpeado. Maltratado. Cayendo abajo. Levantándose. Escupiendo al Escorpión.
Me quería morir.
Mi luchador, siempre tan impulsivo, persistente, apasionado, y determinado, se negaba a luchar.
Dios, estaba tan, tan mal.
Él no estaba castigándome, estaba salvando a mi hermana por mí.
Si él no hubiera vuelto a mi ciudad natal de Seattle, con Delfina a salvo, yo hubiera cometido el mayor error de mi vida, y lo habría pagado por el resto de mi vida.
Habría vivido el resto de mis días sin amor, sin sonrisas, y, lo peor de todo, sin Pedro. Como lo hubiera merecido.
Mientras lucho con las mil libras de remordimiento que este recuerdo me da, sus hoyuelos se muestran rápidamente, y si pensaba hace unos momentos que era feliz, nada se compara con esta avalancha.
—Eh—susurro.
—Así que mi pequeña petarda —dice con un brillo diabólico en sus ojos.
—Sólo apenas después de ti.
Se echa y reír y Diego tose—Chicos, todavía estoy aquí, y Diane también.
Mi sonrisa se desvanece, y a pesar de eso la de Pedro no, su sonrisa se ablanda, y lo mismo ocurre con la mirada en sus ojos. De repente, me hace sentir tímida. Virginal. Como si por haberme desnudado la otra noche y esta mañana estoy sin toda mi valentía, sin ningún punto de protección, usando sólo algo que le pertenece a él.
Aún con esos hoyuelos como armas letales contra mí, él se acerca.
Mi cuerpo está por todo el lugar mientras me obligo a caminar a su encuentro a mitad de camino, y muerdo de vuelta un chirrido cuando alcanza un musculoso brazo, engancha un dedo en el cinturón de mi bata, y tira de la distancia hacia él.
—Ven aquí—murmura.
Inclina la cabeza y deja un beso en la parte de atrás de mi oreja mientras extiende su mano abierta por la parte baja de mi espalda, acariciando las letras de RIPTIDE en la parte de atrás, como para recordarme que están ahí. Estoy sin aliento cuando agacha su cabeza hacia mi cuello y toma una larga, profunda inhalación en mí. Mierda, me mata cuando hace esto, y entre mis piernas, siento un poco doloroso apretón de necesidad.
—Pedro, ¿me estás escuchando?—pregunta Diego.
Pedro gruñe mi nombre suavemente, bajo y profundo, en la manera que lo hace cuando me folla. —Buenos días, Paula Chaves. —Mi estómago se aprieta en respuesta a eso, y con el suave beso que coloca en mi oído, mis rodillas se están volviendo mantequilla, porque siempre me hace esto, y mientras la voz de Diego repite lo que acaba de decir, comienzo a alejarme, pero pedro no me lo permite.
Patea la silla y colapsa, arrastrándome con él. Luego me pasa a uno de sus muslos para que pueda tomar su bebida deportiva de la mesa y finalmente mira a Diego, su voz baja pero firme.
—Dobla nuestros buscadores y sigue a los suyos.
Sus dedos trazan mi espalda mientras baja la botella, y Diego rasca su cabeza negando en total confusión.
—Pedro...amigo...el maldito bastardo hizo trampas para ganar, y sabe que va a perder mientras estés luchando esta temporada. Está espiándonos ahora, y va a hacer lo mejor para sabotearte este año.
Él va a estar jodiéndote la cabeza. ¡Provocándote para que pierdas los estribos!
Apenas estoy envolviendo mi cabeza en torno al tema, pero sea lo que sea, "provocar" a Pedro no es una buena idea. Tiene temperamento, usualmente. Él es un cabeza dura e insistente y tenaz, pero especialmente, es bipolar, y no quieres despertar al lado oscuro a menos que estés preparado para hacer frente a más de doscientas libras de un temerario que no duerme.
Me gusta mis más de doscientas libras temerario, pero su imprudencia me preocupa aunque no parece en absoluto perturbado por las advertencias de Diego.
En lugar de responder a su pregunta, se vuelve hacia mí enredando sus dedos en el cabello de mi nuca.
—¿Quieres desayunar?—Me pregunta.
Mordiendo el interior de mi mejilla, me inclino y suelto mi voz.
—¿Quieres decir además del que salió de mi cama?—Me pellizca la nariz y se inclina hacia mí.
—Él negocio llamó hoy a tu desayuno fuera de la cama.
—En realidad me siento extrañamente con resaca esta mañana, no tengo hambre en absoluto.
—¿Con resaca de qué? ¿De mi boca?—pregunta, sus ojos bailando.
Miro hacia su boca y es tan llena y perfecta. La forma en la que la usa es perfecta. Cada palabra que habla es perfecta. Bastardo atractivo. Por supuesto que me da resaca, la clase de tipo que nunca había conocido hasta él.
—Sabes. —Diego interpone—: Me habría sentido menos preocupado por él y lo que planea hacerte si no supiera tu Kriptonita ahora—Él asiente hacia mí.
—Ni siquiera se acercará a mi Kriptonita. Lo quebraré primero.
La tranquila convicción con la que dice eso hace que se me ponga la piel de gallina en los brazos, y creo que tengo un poco de náuseas. El último encuentro de la temporada pasada es mi peor pesadilla.
—Aún puedo totalmente imaginarlo encontrando formas de llegar a tu Kriptonita y. —dice Diego—. Encontrando maneras de pulsar tu botón rojo, molesto e imprudente.
Pedro se gira hacia mí, luego coloca el pelo a un lado e inclina mi cabeza a un lado para estudiarme, como si supiera que apenas puedo oír el nombre de ese hombre, mucho menos escuchar hablar de él.
El Escorpión Negro es mi Voldemort personal. Ese imbécil dañó a mi hermana, y luego a mí. Y lo peor de todo, lesionó a Pedro. En esa última temporada. Lo lastimó por mi culpa. Dios, fantaseo con matar al hijo de puta.
—Te va a provocar, atormentar...—continua Diego en tono amenazador.
Pedro me mira en silencio, su pecho desnudo, su cuello bronceado y fuerte, y cuando vuelve su atención a Diego su voz es más sombría.
—Diego, ni siquiera ha hecho la jugada, y ya estás perdiendo los estribos—le dice.
—Porque soy el único que arregla las cosas cuando pierdes. —Diego alisa su corbata negra con una mano—. Esta temporada podría llegar a ser francamente desagradable. Necesitamos estar fuertes y preparados, amigo. Tenemos que dirigirnos al aeropuerto en media hora, a lo más, pero te advierto, Phoenix no podrá ser tan tranquilo como habíamos anticipado.
—Voy a perder la cabeza. Solo con el doble de nuestros buscadores—dice Pedro, ahora serio, entonces toma un último trago de su bebida deportiva y deja a un lado la botella vacía.
—Muy bien, vamos a llamar a un poco más...—Veo a Diego dirigirse a la cocina y golpear el teclado de su teléfono móvil.
Ahora la voz de Pedro es profunda mientras me da toda su atención.
—Te quedaste dormida—murmura, ahuecando mi rostro mientras me sonríe—. ¿Te cansaste anoche?
Su voz rezuma todo tipo de sexo y ternura. Mientras asiento, me siento a mí misma recorrer calor por dentro.
—Escucho que dioses del sexo hacen eso—bromeo.
Se ríe suavemente y acaricia mis labios con su pulgar.
—Eso es cierto. ¿Estás lista para irnos?
Muerdo su pulgar mientras asiento.
—Te extrañé en la cama esta mañana—murmuro.
—Dios, yo también. Necesito ser la primera cosa que vea esos ojos bonitos todas las mañanas.
Se presiona contra mí y entierra su cara en mi pelo, y toda la tensión de escuchar la palabra "Escorpión" y las náuseas me dejan cuando lo huelo. Meto la nariz en su pecho e inhalo mientras él me inspira, y la habitación se cae, y el mundo se cae, y en este momento nada importa. Nada importa más que él, sus brazos a mi alrededor y mis brazos a su alrededor. Creo que una parte de él aún no puede creer que esté en sus brazos otra vez, porque él me está apretando tan fuerte que apenas puedo respirar, pero no quiero respirar. Estoy tan afectada pos su olor, la sensación de sus fuertes brazos a mi alrededor, cuando apenas hace dos meses estúpidamente había renunciado a él, apenas puedo soportarlo.
—Te amo—susurro, y cuando él no responde, abro los ojos y tiemblo cuando veo su fiera mirada entrenada en mí. Frota mi labio inferior con su pulgar de nuevo, entonces me lleva de nuevo a su pecho como si fuera valiosa. Baja su cabeza, sus labios en mi oído: Eres mía ahora.
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