miércoles, 26 de febrero de 2014
SEGUNDA TEMPORADA: CAPITULO 23
Me siento allí, dándole vueltas a todo. Entonces me levanto, bloqueo la puerta, me desvisto, y me cepillo el pelo, ajustándolo hasta que se suelte, porque necesito sentirme guapa y necesito a Pedro. Santo Dios, cómo lo necesito. Sólo quiero que hoy suceda algo bueno y quiero que piense que estoy bien y segura, como él quería que estuviera.
Le envío un mensaje diciéndole que bajé Skype para su iPad antes del vuelo y que le dejé su nombre de usuario y contraseña en un post-it. Luego abro mi portátil, inicio sesión y espero. Parece que me quede dormida con el teléfono junto a mí, cuando me despierto más tarde, veo Pedro Alfonso: 11 llamadas perdidas.
—¡Oh, no!— Marco y suena, pero no contesta. Marco y marco, luego, gruño y lo empujo a un lado, tirando de las sábanas hasta el cuello, de repente tengo frío.
Me estoy durmiendo otra vez cuando escucho un pequeño zumbido. Veo su nombre parpadeando, y mi corazón salta y hago clic en responder, las sábanas cayendo a mi cintura. —¿Estás ahí? —Pregunto.
Ajusto la pantalla de mi ordenador portátil mientras las mariposas estallan dentro de mí. — ¡Hey. No puedo verte! Mueve tu…
—Esta es la cosa más estúpida que he hecho en mi vida. —dice.
—No vas a pensar eso cuando me veas. — Me atrevo.
Entonces lo veo. Apoyado contra la cabecera. . . con el torso desnudo y, supongo, recientemente bañado. . . y mi respiración es historia al ver su rostro dolorosamente juvenil. La habitación del hotel está totalmente iluminada detrás de él, y mis ojos se estrechan con sospecha.
—No vas a dormir, ¿verdad?— Le pregunto.
Él me contempla y yo lo contemplo de nuevo, arrastrando mi mirada sobre su pecho bronceado, a lo largo de su musculoso brazo, el Gatorade azul medio lleno en su mano. La vista de todos esos músculos, los tatuajes celtas, sus pectorales, su garganta… dios, esos tendones gruesos de su garganta, donde arropo mi nariz en la noche, hace cosquillear todo mi cuerpo con el recuerdo de cómo se siente, huele y luce.
Un lazo de necesidad se despliega dolorosamente dentro de mí, y se extiende por todo mí ser, hasta que se me ocurre sólo esta necesidad: besarlo y sostenerlo, tocarlo y acariciarlo, oler su cuello, su pelo, sentir su aliento en mí y cada pequeño callo suyo.
Entonces me doy cuenta de que todavía me mira, la parte de arriba de mi cuerpo totalmente desnuda, y estoy instantáneamente húmeda cuando veo esa territorial mirada de eres-mía.
—¿Se supone que esto me hace sentir bien? —Pregunta con voz ronca, mirando mis pechos—. Es jodidamente una tortura mirarte detrás de una pantalla.
—Pedro. . . —Digo.
Sus cejas se fruncen sobre sus ojos. —No te quiero por tu cuenta. ¿Hay alguien ahí contigo?
—Delfina estaba aquí, y creo que Mel está fuera con ella. — Lo dejo en eso, porque en este momento, no quiero decirle nada de mis padres hasta que todo se haya calmado. Él fue rechazado por sus propios padres y juro que cualquier cosa que tenga que hacer, no va a ser rechazado por la mía—No te preocupes, no estoy sola. —Le aseguro.
Él asiente, pasando sus dedos por el pelo en señal de frustración. Luego, deja caer su cara y frota la pantalla con las dos manos. Levanta su cabeza y entrecierra sus ojos. —Quiero tocarte. Estoy a punto de tomar un bocado de esta maldita pantalla.
Suelto una pequeña risa, entonces gimo y cubro mis ojos también. Usar Skype no es una buena idea. Oh Dios, hace que lo anhele. Verlo y desearlo duele, me duele. —Me duele verte. También quiero olerte. —le digo.
Levanta una camiseta mía. —Encontré esto en mi maleta. —La levanta y la huele, y jadeo y casi puedo sentir su nariz en mi cuello, oliéndome. Lamiéndome.
—Mierda, Paula, quiero estar ahí, tomarte en mis brazos, extenderte abierta en tu cama, y follarte hasta mañana.
El deseo estalla en mi estómago cuando esas palabras duras me golpean. —Oh, Dios, yo también.
Sus ojos parpadean mientras se inclina hacia adelante, sus músculos de la parte superior del cuerpo ondulándose con el movimiento. —Me gustaría estar ahí, así podría apretar tus pechos y morder las puntas y decirte lo mucho que te quiero.
Mis huesos se han desintegrado dentro de mí. El lugar entre mis piernas ahora arde y anhela. Mi voz está adolorida y necesitada, llena de excitación. —Te quiero como nunca he querido nada en mi vida. —Respiro, mis pechos desnudos ya arrugados en el aire y sensibles por el aire acondicionado.
—¿Quieres mi polla en ti? —Pregunta rudamente.
Exhalando un suspiro tembloroso, hundo mis dedos alrededor de mis pechos simplemente porque están repentinamente pesados y duele. Ellos están heridos por él. —Pedro, me estás matando.
—No. Esto me está matando —dice en voz baja, frotando la pantalla de una manera que me permite imaginar su pulgar raspando mis labios, corriendo por mi mandíbula, rodeando las puntas duras de mis pezones—. Dime que quieres mi polla en ti y luego finge que tus dedos son los míos. Suelta tus manos, Paula. Muéstrame tus pezones.
—Pedro. —le digo, mi corazón apretando en la necesidad mientras cierro mis manos alrededor de mis pechos.
Un bajo y retumbante gruñido rasgó su garganta mientras se inclina aún más cerca. —Paula. —dice con voz ronca, frotando el pulgar sobre la pantalla de nuevo—. Cuando te vea voy a poner mis malditas manos sobre ti. Voy a pasar mi lengua por todo tu cuerpo hermoso. Luego voy a frotarla durante horas contra tu clítoris.
—Oh, Dios, Pedro. . . —Mi clítoris palpita entre mis muslos mientras muevo mis caderas cuando pienso en lamer su cuello, su pecho, el tatuaje de la estrella en su ombligo.
—¿Por qué estás sosteniendo tus pechos en tus manos? ¿Estás fingiendo que soy yo? —exige con voz ronca. Cuando asiento, me dice—. Bien. Entonces pellízcate lentamente, como te gusta. Y luego ve al sur y frótate a ti misma por mí.
—Pero quiero tocarte. —le digo, su orden enviando hormigueo de emoción a través de mi piel—. Quiero pasar mi lengua por todo tu pecho y lamer tus pezones mientras recorro mis manos por tus bíceps y frotar tus cuádriceps y abdominales. . .
Sus ojos brillan con malicia y niega con la cabeza. —No, Paula. —me regaña—. No hables sexy para mí si no vas a hacer lo que te digo primero.
—Voy a ir al sur, si vas al sur también. —le desafío, mi pulso latiendo frenéticamente en mi garganta mientras que el calor que se está encendiendo dentro de mí, empieza lentamente a quemarme.
No duda y se mueve. Mi cuerpo se tensa, y un cataclismo de excitación se apodera de mí cuando veo que su antebrazo flexionado y su brazo desaparecen debajo de su cintura. Puedo imaginarme perfectamente su gran mano acariciándose a sí mismo, y mi coño solloza repentinamente.
—Pedro, quiero besarte ahí —me atraganto, necesidad obstruyendo mi garganta—, y luego quiero comerte todo, después, quiero estar toda pegajosa y sentirme amada y hermosa debido a ti.
Su voz dulce mientras veo su brazo moverse ligeramente.
—Paula, si estoy ahí o no, eres amada y eres hermosa.
—Pedro. —Digo, yendo al sur también con los dedos porque le había prometido. Cuando me encuentro resbaladiza, adolorida e hinchada, inhalo fuertemente—. Te necesito. Llámame por teléfono.
—¿Qué quieres decir, pequeño petardo?
—Llámame por teléfono.
Colgamos en Skype y contesto el teléfono al primer timbrazo, y su voz suena más cerca. Tan cerca que se derrama en mí, más sexy que el sexo en sí, profundo y oscuro con lujuria y puedo escuchar su respiración en mi oído, y un aleteo apasionado surge por todas partes dentro de mí.
—Te necesito, Pedro. —estallo—. Realmente necesito todo de ti, tu calor, tu boca, tu voz. —Cierro los ojos y deslizo mi dedo a través de los pliegues exteriores de mi sexo, acariciándome a mí misma como si él me estuviera acariciando.
—Dios, dime cuánto me necesitas. —dice, y su respiración parece más rápida y un poco más áspera.
Y de repente, su voz está tan cerca que en mi cabeza él está conmigo, sus labios cerca de mi oído, su timbre ronco enviando un débil temblor a mis muslos, y le susurro: —Tanto es la tortura para verte, oír tu voz.
Su voz es ronca. —Nena, te necesito a mí alrededor, aferrándote desesperadamente a mí.
—Me muero de ganas por verte.
—En tres semanas estamos luchando en Seattle, y voy a verte. Y voy a desnudar tu piel y reencontrar todo mi cuerpo con el tuyo. Cada parte de él.
—Odio que no puedas estar en mí. —Admito con fuerza, mis ojos revoloteando se cerraron cuando mi cuerpo se pierde en el sonido de su voz y una oleada de calor se extiende a lo largo de mi piel.
Está respirando bruscamente. —Eso no importa. Cuando esté allí, voy a estar encima de ti.
Él ha apoderado mi mente. Estoy transportada a nuestra habitación de hotel. Para él. Estoy ahí, en mi cabeza, con él. Me lo imagino todo, lo recuerdo todo. La forma en que su pulgar pellizca mis pezones. Cómo frota pequeños círculos de placer en mi clítoris. Cómo su lengua lame mis pezones. Frota contra mi lengua. Traza la costura de mis labios. Cómo lame mi nuca. La parte posterior de mi oreja. La grieta de mi oreja. Mojando en la hendidura.
—Por favor. —Jadeo mientras comienzo a retorcerme, agarrando el teléfono entre la oreja y el hombro mientras uso una mano para acariciar mi pecho y el otro para frotarme.
Su voz me hace imaginar su rostro mientras se endurece por la necesidad y el placer, y sólo me da un tirón más en este torbellino de placer cuando lo escucho gruñir.
—Paula, tengo mi polla en mi mano y estoy empujando dentro de ti, y te juro que puedo jodidamente olerte. Dime lo que estás haciendo. . . .
—Te estoy tomando. Dentro de mí. Estoy mordiendo tu cuello y. . . Pedro, Pedro. . .
Nunca supe que podía venirme de esta manera, pero en el instante que escucho el bajo, interminable, sexy gemido que él a veces libera cuando está empezando a venirse, lo pierdo. Porque nunca he visto a nadie venirse como él lo hace. Temblores destruyen mi cuerpo, y me tumbo mientras me esfuerzo por seguir agarrando mi teléfono, porque me niego a perder un solo aliento de él, un solo sonido que él haga.
Luego jadeamos, saciados, pero mientras me acuesto ahí tratando de recuperarme, una soledad absoluta se arrastra sobre mí, de repente abrumándome. No puedo abrazar a mi león, o besar sus labios, o sentir su piel caliente y dura en la mía. Miro mi mano mojada con mis propios fluidos, y en lugar de sentirme conectada a él, por primera vez, soy más consciente que nunca que estamos separados. —Te echo de menos. —susurro con tristeza.
Está callado por un momento, y luego suavemente, tiernamente: —Quiero golpear cosas todo el puto día. Hay un dolor en mi pecho que quiero arrancar de mí, pero está tan jodidamente profundo, que podría arrancar mi corazón y todavía estaría allí.
—Pedro. . .
—Esta es la última vez que voy a vivir sin ti. Estoy medio loco ya y a mitad de camino de la maldita tumba. No me gusta esto. Cada monstruo en mi cabeza me dice que correrás y no voy a estar lo suficientemente cerca para alcanzarte. Cada instinto dentro de mí me grita para ir a buscarte. Cada hueso de mi cuerpo me dice que eres MÍA—no una parte de mí, pero mi cerebro comprende por qué diablos te envié lejos de mí. El resto de mi cuerpo no lo puede soportar. No puede convencer a al resto de mí que estar lejos de ti es correcto.
—Pedro Alfonso, te juro—juro—que cuando sea capaz de levantarme de esta estúpida cama y correr de nuevo, siempre vas a ser, siempre, la única cosa a la cual correré directamente.
--------------------------
LEAN EL SIGUIENTE.........
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Excelentes los 2 caps Jesy!!! Cada vez + linda esta historia.
ResponderEliminar